Reencuentros

Voy a la exposición que en la sala Fernán González hay montada sobre Basilio Martín Patino. Madrid es el pretexto, pero yo voy a reencontrarme con el autor, con el hombre de carne y hueso que una vez tuve la oportunidad de conocer.

Fue en Almería una calurosa noche de verano, a propósito de uno de esos encuentros alrededor del cine propiciados por la universidad de verano. Parecía frágil, pero conservaba el nervio suficiente como para haber dirigido Libre te quiero, un documental sobre el 15M. Contaba sin darle la menor importancia cómo había pasado por la Puerta del Sol cuando se estaba formando y enseguida llamó a su equipo: «Mañana en la plaza para rodar». Quizá no sea su mejor película, ¿a quién no se le han ido los pies con Canciones para después de una guerra?, pero sin duda la más intuitiva.

Libre te quiero (8673856029)

Tardé algunas salas en encontrarme a un Martín Patino juvenil mirándome de frente desde una pantalla de televisión. Nos sonreímos, nos volvimos a sonreír como aquel día en Almería.

En Almería lo acompañaba su mujer, Pilar Doblado, señora discreta y pizpireta, de la que ni la Wikipedia ni la biografía de la propia Fundación dicen nada. Viéndolos allí, apoyándose el uno en el otro, quedaban muy claros el reparto de papeles en esa unión.

Y como es día 21 de noviembre y estoy en el Fernán Gómez, ¡qué buenos homenajes!, no puedo por menos de acordarme de Emma, de la que algún conocido me ha recordado que hoy, aniversario de la muerte de Fernando, Emma habría cumplido 71 años.

A Emma también tuve la suerte de conocerla, hace muchos años, cuando las dos teníamos la edad de soñar, de ser rebeldes, y de esperar que nuestros sueños se cumplieran.

Algún tiempo después ella conoció a Fernán Gómez y su vida cambió para siempre.

Emma Cohen, retrato de joven

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Como una diosa romana

Entro en el vagón cargada con la bolsa que pesa más de la cuenta. Busco ávida un lugar libre y me siento entre dos personas, a las que no presto atención porque voy metida en mis propios pensamientos y pensando en ese cansancio que empiezo a sentir de vuelta a casa, quizá el mismo o parecido cansancio que sienten el resto de los viajeros, tras todo un día de trabajo.
escultura, cabeza de romana, tiene el pelo rizado, velo y ligeramente rota la nariz

De pronto levanto la vista y la veo allí, es joven, de piel oscura y fina, ojos marrones, gafas sin montura… Sus rasgos son perfectos, clásicos, y su peinado está hecho de numerosas trencillas. Es bella..

Quizá ella también esté cansada, porque apoya su cabeza en uno de los laterales de la puerta. Al quedar su cabeza ladeada, su belleza aumenta, se serena. ¡Es perfecta!

Me quedo mirándola como una boba, y quizá si sus ojos me devolvieran la mirada pensaría: ¡qué mirará esa vieja boba!

No sabe que su serena belleza sencillamente me tiene fascinada.

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Esperando la puesta de sol

Son muy jóvenes.

Llegan casi al mismo tiempo, ella avanza despacio a su encuentro, él se baja del coche de un amigo, se besan.

Enlazan sus manos, él le pasa el brazo por la espalda, ella se deja llevar. Se ha levantado un viento desagradable y buscan el abrigo de invierno donde los viejos toman el sol a primera hora de la tarde.

bancoconazulejos

El paseante sigue su camino, no es cosa de quedarse mirando cómo se aman dos jóvenes. Quizá le traen recuerdos de otros veranos a ese hombre maduro que inicia su diario paseo vespertino en una ciudad demasiado vacía en el mes de agosto.

Hay razones diferentes para no huir hacia la playa más próxima, para quedarse allí, en la ciudad recalentada, esperando los escasos días de alivio que una climatología loca deja caer de vez en cuando, aprovechando las sombras de los altos tilos, bajando las persianas y saliendo de casa cuando ya la mayor parte de la ciudad esté a la sombra, aunque el asfalto esté todavía demasiado caliente…

Sus razones serán probablemente distintas a las de ellos, a las de aquellos chicos a los que no les importa sentarse al sol, esperando con ilusión que el cielo se tiña de rojo para volver a besarse, para volver a renovar su amor una y cien veces en una tarde si es preciso.

A la vuelta aún siguen en el mismo sitio, los ve desde el caminillo del parque, con las cabezas muy juntas, no es difícil adivinar qué se murmuran, mientras el sol se hunde irremediablemente en el horizonte.

El paseante conoce bien ese lugar, y los matices que la luz va dejando en el horizonte hasta convertirse en una franja negra, que las luces del parque se encargarán de dejar en la zona de sombra.

Es su banco. Disimuladamente vuelve a mirarlos una vez más y prudentemente sigue su camino.

Hay todavía muchas tardes y sabe por experiencia que el banco no tardará muchos días en quedarse otra vez vacío.

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Elle

Tocaba en un bar de copas, en los sótanos de un edificio viejo, en una calle estrecha que de madrugada olía orines.

Cuando terminaba su jornada, a lo mejor una copa, pero las más de las veces, tras poner la funda a su teclado, y arrinconarlo aún más, salía silenciosa a la calle, sin esperar a los otros compañeros, que sí que solían prolongar la jornada. Se ponía el abrigo encima del traje de actuar, y despacio se acercaba hasta el hostal en el que vivía un par de manzanas más allá.

elle

 

Se levantaba tarde, bajaba a desayunar al bar de abajo, hojeaba los periódicos y salía a la calle con el último sorbo del café a fumar un cigarrillo. Volvía al hostal o se metía  en al biblioteca. De una bolsa sacaba un pequeño portátil y tomaba notas y consultaba libros hasta casi la hora de ir a la escuela. Hacía entonces un alto para tomar un café y un pequeño bocadillo. Antes de que los alumnos llegaran, aprovechaba uno de los cuartos de trabajo para ensayar sus propias piezas, para avanzar en sus estudios. Luego venían las tres horas de clase seguidas.

Mientras cenaba en el comedor del hostal veía el telediario, luego subía a su habitación, se enfundaba el traje rojo de lentejuelas, los zapatos de tacón, se echaba el abrigo o la gabardina por encima y vuelta a empezar.

Así un día y otro, otro y uno.

Las amigas tiraron de mí, me arrastraron hacia aquel sitio con música en directo:  No se ha acabado el mundo. ¡Disfruta! No pienses en el mañana. ¡Vive el hoy!

—Tiene algo —oí a mi espalda—, y me volví a contemplar cómo sus dedos nerviosos se posaban sobre las teclas, mientras que el pie derecho pisaba el pedal. Me fije en sus rizos, en sus hombros desnudos, en la curva de su antebrazo y saqué el móvil.

Volví sola un par de días después. Busqué una mesita cerca del diminuto escenario, al pie de la tarima me buscó el camarero, amablemente, y tras una propina anticipada, una butaquita. Aquella tarde, el espejo me había devuelto una figura llena de sombras, me había maquillado a conciencia, pero aun así…

Aguanté el reflejo de los focos, entre dos piezas levanté mi copa y le sonreí; me contestó con apenas una señal.

No me atreví a pedirle a la salida si la podía acompañar, pese a que sabía que las dos íbamos en la misma dirección.

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Sin título

Un vídeo corre por las redes sociales. Es tan real que lo sientes como tuyo…

Soy ordinaria from Chloé Fontaine on Vimeo.

… y recuerdas un lamento perdido en la soledad del cuarto de baño.

Me has follado haciéndome daño,

me has humillado,

«no hay otro modo»,

te has disculpado…

… mañana tendré regalo de cumpleaños.

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¡Benditas hemerotecas!

 

escudo heráldico en piedra rajado

Hola, Alonso:

Aunque nunca vayas a leer esto, pero nunca se sabe, te escribo como en aquellos meses del 2006. Han pasado once años y todavía me parece que fue ayer cuando te fuiste.

No sé si como entonces estarás al tanto de lo que ocurre en España, sobre todo de lo que pasa en el mundo de la cultura, y es que hay una novela que está haciendo furor y removiendo conciencias y recuerdos como ninguna otra, y sí, a mí también me ha traído los míos, y ya conté alguno, como no podía ser menos. Confieso que mi memoria me juega malas pasadas, confundo los años, y por eso me tengo que ayudar de los periódicos, que afortunadamente hoy está casi todo on line.

Me ha ayudado a ello una amiga virtual, María Ángeles, que estuvo de maestra doce años en el País Vasco en los «años de plomo» y ahora recuerda sus vivencias. Muy aconsejables, de verdad, y muy sinceras. Seguro que a ti también te remueve algo, y aunque te decepcione en algunos aspectos, si puedes, lee también la novela, si es que no la has leído ya. Ya, ya sé que tú eres de otro tipo de lecturas, yo también, pero hay que leer también de vez en cuando lo que escriben y sobre todo lo que leen los otros.

Recuerdo bien aquel día frío de la Navidad del 2005 en que pasaste a despedirte del abuelo. Estaba ya muy enfermo y lo sabíamos. Yo creo que apenas se dio cuenta de que te ibas, de que te marchabas a Inglaterra, que te habían dado la beca, y de que ya no te volvería a ver, a ti, que siempre fuiste su nieto preferido. Entre unas cosas y otras, tu madre, la abuela y yo misma, sentíamos que te fueras, pero sobre todo tu madre se alegraba de que pusieras tierra por medio, que cambiaras de aires, que la tenías en un sinvivir desde aquella vez que te detuvieron en aquella manifestación…

Y te prometí que te iría dando noticias de cómo andaba el abuelo y de los demás asuntos familiares, y también de lo que pasaba por aquí, aunque tú te enterabas antes que yo, los colegas te mantenían bien informado.

Aquel día —22 o 23 de marzo me dicen las hemerotecas— recuerdo que te escribí con una especial excitación, el abuelo empeoraba a ojos vistas, pero no era esa la noticia, la noticia era que ETA había anunciado un alto al fuego, había esperanza, había una esperanza de paz, de que cesaran las muertes, y sabía que ello a ti también te iba a dar una esperanza.

Recuerdo la muerte de Juan Carlos, no hace mucho que encontré el papel que entonces garrapateé, y recuerdo a tu madre en mitad de la cocina, viendo en la televisión a Karlos Arguiñano decir: «Por la paz en Euskadi yo haría cualquier cosa, me pondría hacer carreteras yo solo». A mí me hizo sonreír aquella frase, tu madre andaba como embobada. No fue el mismo día, no, es que se me mezclan los recuerdos, y en eso no me ayudan las hemerotecas.

Tampoco me ayudan mucho cuando trató de recordar quién fue aquel etarra que se suicidó en extrañas circunstancias… Aquel día había bajado al colmado de Jose, la tiendecita esa de toda la vida, al lado de la casa de la abuela, y allí estaban las vecinas comentando, se alegraban, se alegraban porque por lo menos aquel no mataría a nadie más… Jose, sin embargo, estaba seria, más seria que ningún día: «Es triste que tenga que terminar todo así, siempre muriendo alguien, ya sean unos o sean otros». Aquellas palabras no se me olvidarán jamás, y vuelven a mí cuando algo ocurre.

Dos parroquianas se miraron y salieron cuchicheando de la tienda. Yo no comenté nada, era una mujer tan adusta y además no había confianza, pero me hubiera gustado abrazarla por aquella lección de sensatez. Jose tenía tres hijos, uno como tú, no sé si te acordarás de él. Eran unos chicos tranquilos, que nunca se metieron en nada, pero yo creo que estaba pensando en ellos mientras daba golpes secos a la bacaladera.

La vuelta por las hemerotecas me ha recordado muchas cosas, y por supuesto me he acordado de ti, de aquellos meses en que te mandaba puntualmente las noticias del abuelo. ETA volvió a atentar en Barajas al final de aquel mismo año, y nuestras esperanzas se derrumbaron. Tú seguías en Inglaterra, y ahora, después de tantos años estás pensando en que quizá sea tiempo de volver. Al final siempre volvemos.

Los comentarios de mi amiga virtual me han hecho recordar cuando yo también salí un poco huyendo, y las hemerotecas me ayudan a poner orden en la confusión de fechas.

Mi salud bien, no te preocupes. Ya hablaremos cuando vuelvas.

A María Ángeles Merino, por su conmovedora lectura de Patria, que ha mejorado en mucho el original.

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El día que conocí a Miren

Fue en el autobús que iba de camino al sur. Iba en línea regular, porque aquel fin de semana no había podido coger el que desde Donosti salía ex profeso hacia la cárcel del Puerto, complicaciones familiares surgidas durante los últimos días la habían tenido en vilo. Y allí estaba ella, a la aventura, sin la seguridad de poder enlazar un autobús con otro, de saber coger la línea adecuada para ir de una terminal a otra, sin tener la seguridad de llegar a tiempo, pero decidida.

La una al lado de la otra, ella en la ventanilla, yo en el pasillo, el autobús llevaba prácticamente todas sus plazas ocupadas de gente variopinta, muchos jóvenes de camino hacia sus casas en fin de semana, algún hombre edad, curtido por el sol, de camino a la capital a ver a los hijos…, algunas mujeres más, ella y yo.

Miren se quitó el abrigo y lo puso encima de un bolso grande.

—¿Quiere que se lo ponga aquí arriba? —me ofrecí.

—Gracias, está bien así… en todo caso después —y se volvió a mirar por la ventanilla el autobús parado en la dársena de al lado.

Al principio hicimos el viaje en silencio, Miren miraba y miraba por la ventanilla, con la vista perdida, yo me sumergía en la lectura del libro de rigor. Ninguna de las dos mirábamos la televisión, creo que hubo un momento en que Miren cerró los ojos y no sé si no llegó a quedarse dormida unos momentos.

Cuando despertó, o pareció despertar, Miren se dirigió a mí tendiéndome el abrigo:

—Si haces el favor, es que voy a comer un poco…

Ella fue la que me tuteó, quizá porque me vio más igual que yo la había visto a ella: una mujer casi de mi edad, pero que por alguna razón me imponía un respeto, una distancia.

Y me levanté y le colgué el abrigo en el portaequipajes, y volví a sentarme, y Miren abrió el bolso y sacó de él un bocadillo envuelto en papel de plata, y una servilleta de papel. Lo abrió por arriba y me ofreció:

—Si gustas, es de pescado.

—Muchas gracias. Cuando paremos tomaré algo, ya falta poco —rechacé cortésmente, y Miren empezó a comerse lentamente el bocadillo y a acompañarse con unos sorbos de agua que bebía de una botellita que también llevaba en el bolso.

balcón con cartela presoak etxeraFue tras la parada preceptiva, cuando Miren se arrancó a hablar un poco más.

—Yo prefiero traerme algo de comer de casa, es más sano y además en estos sitios te clavan, se aprovechan de que son paradas fijas.

—¿Viajas mucho? —me atreví a preguntar, más por cortesía que por interés.

—Una vez al mes, voy a ver a un familiar, pero normalmente voy por otros medios.

—Yo voy a Almería, vivo allí, pero eso será mañana, cuando haya hecho algunas gestiones que tengo que hacer en Sevilla —completé siguiendo con la cortesía, y Miren volvió a ensimismarse en el paisaje, y yo en mi lectura.

Al cabo de un rato, Miren, como si se despertara de otro sueñecillo, me preguntó:

—¿Eres andaluza? No lo parece.

—No, soy de Madrid, pero ahora vivo en Almería. ¿Y tú?

—De Irún. He vivido toda mi vida allí, pero estoy muy al tanto de lo que pasa en el mundo. Soy modista ¿sabes?, y me llegan revistas de todas partes. Tengo unas clientas muy exigentes. También hago trabajos de sastrería, tengo un pequeño taller, una oficiala y un par de chavalitas, esas duran poco, enseguida se van. Para los encargos importantes doy trabajo fuera, ¿sabes?, porque a veces me encargan ropa de trabajo…

Sí, me iba dando cuenta de su fuerte acento vasco, de sus giros idiomáticos, que me veo incapaz de reproducir, de su timbre altisonante, aunque hablara en voz baja, de su complexión media, pero capaz de elevar su pecho lo suficiente como si fuera a cantar un aria, de su pelo corto y teñido de rojo rabioso. No estaba ante la típica matriarca vasca, no respondía al tipo, pero tenía muchos de sus rasgos. Intuyendo que no debía ahondar en el motivo de su viaje, me decidí por seguir hablando de costura, aunque lo mío no son, precisamente, los ojales.

—¿Y tienes mucho trabajo? Porque hoy en día que nos compramos todo hecho.

—Hay que irse adaptando a los tiempos. Hago muchos encargos para bodas, siempre el traje a medida sienta mejor, porque en la tienda, ya sabes, lo que te entra de cintura te sobra de sisa, y para las bodas, sobre todo si son de los hijos, hay que ir bien vestidas. Además, luego, con un poco de tela más siempre puedes forrarte el bolso o los zapatos y completar… Una lástima, porque son modelos caros que no te pones más que un día, pero al menos ese día vas guapa, es un dinero bien gastado.

—Sí, para un día. La verdad es que yo, si alguna vez me he comprado algún modelito para alguna boda, luego rara vez me lo he puesto.

—Tú tienes buen tipo. ¿Talla 46? Yo tampoco tengo problemas con la ropa…

—La 48 ya, que la edad no perdona. Tú, claro, te la haces y pasas de tiendas.

—¡Qué va! Es todo más complicado de lo que parece.

Se hizo el silencio, ella dio un suspiro, luego otra vez el silencio, y de pronto:

—¿Tú tienes hijos?

—No, no, soy soltera. Algunos sobrinos, pero hijos no. ¿Por qué?

—Cuando salgo de casa pienso siempre en ellos. ¿Qué harán? Si habrán sabido atender al aita, si María estará bien… A María la he dejado en la cama con gripe… María, ¿sabes?, no es normal, tuvo meningitis de pequeña y se quedó así, un poco retrasadilla… y sus hermanos, ya sabes, buenos chicos, pero para las cosas de casa…, en cuanto faltamos nosotras… —otro suspiro profundo, y luego… — ¿Para qué voy a  ocultar la realidad si no se gana nada con ello? Voy a ver a mi hijo mayor que está en la cárcel, una vez al mes…, voy una vez al mes… Cosas de la juventud que terminamos pagando los demás. ¡Cuándo terminará esta pesadilla!

Hoy, algún tiempo y algunos viajes después, Miren sigue yendo «allá abajo», como ella dice, una vez al mes. A la ida, sigue llevándose la comida de casa, porque en los restaurantes de carretera dan mal de comer y además se aprovechan. Deja a su hija María al cuidado de su nuera, Jon se casó el año pasado, ella a pesar del luto —el marido murió de cáncer poco después de nuestra primera conversación— se hizo un buen traje para la ocasión, sigue con el taller abierto. La nuera, Bego, es maja y cuando ella se va, se queda al cargo de María y de la casa, porque los hombres ya se sabe. Aingeru también anda con una chavala, pero le pega que es diferente, que con esa nuera no va a tener tanta suerte como con Bego. Mikel continúa en la cárcel.

Las calles de Bilbao se llenaron ayer otra vez de gente pidiendo la aproximación de los presos, que no sea también un castigo para sus familias. Y yo, claro, no puedo por menos que ver a Miren allí, entre la gente, sosteniendo discretamente una pancarta: Presoak etxera.

Patria, el renombrado libro de Aramburu sigue en la mesa del salón.

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Mi primera lectura del 2017

Abro al azar el poemario El agua siempre encuentra su camino de Alejandro González Terriza.

Portada románica bañada parcialmente por el sol

 

Mi corazón no es oro, sino carne
salada que atesora lo que es bueno
y envía su resumen por doquier.
No he muerto y sin embargo para algunos,
guardando en mi regazo multitudes,
apenas soy quien soy.

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De la mano de Ada

I feel no doubt if I continue my studies I shall in due time be a Poet.
Ada Lovelace as a child

Era mi primera experiencia en un museo virtual. Miento, antes había estado en el Louvre, pero ese no cuenta, porque ese existe de verdad y mis ojos habían paseado por sus telas, ¿los mismos ojos que cruzaban ahora el umbral del Museo Virtual de la Computación? Un pasillo con varias puertas a los lados se abría ante ellos. Sobre sus dinteles, los de las puertas, unos escuetos rótulos invitaban a enlazar con los secretos que guardaban celosamente. Y nada más abrir una de ellas, casi al azar, pude oír el frufrú de la seda de su vestido, un retrato de Ada Byron presidía la sala. Al igual que en algunos cuadros clásicos seguía con sus ojos al paseante y con un guiño de complicidad le invitaba a proseguir la aventura traspasando el retrato…El siglo XVIII acababa de dejar paso al XIX, pero las épocas no entienden de calendarios exactos y en los salones londinenses se seguía profesando culto a la razón. La astronomía se mezclaba con las matemáticas y con algunos avances científicos. Algunas señoras y señoritas, educadas cuidadosamente en materias tales como rezos, algo de música y algo de idiomas, traducían para los sesudos varones las obras escritas en las universidades europeas, alguna incluso, como Mary Sommerville, se había atrevido a realizar sus propios tratados, otras, como la propia Lady Byron, aprovechaban su posición social para contratar para sí o para sus hijas los mejores maestros de matemáticas. Este culto, ya un poco trasnochado, hacia las ciencias, no dejaba de producir una cierta ironía en la corriente romántica y transgresora que se abría paso. Y Annabella Milbanke, Lady Byron, soportaba con resignación el apelativo de “Princesa de los Paralelogramos” impuesto por su marido, el poeta de la nueva época.

El joven Byron, que gustaba retratarse en actitud desafiante y deliberadamente desprovista de toda etiqueta, en uno de sus muchos vaivenes, pensó que casándose con una de aquellas señoritas tan equilibradas, podría poner algo de orden en su ya angustiada vida. No lo consiguió, su pasado pesaba demasiado en aquella sociedad que se impuso al desafío romántico o a la fría razón, y pronto se vio obligado a abandonar los círculos londinenses dejando tras de sí una semilla, su hija Ada, de la que solo conservó el recuerdo borroso de algo que pudo haber sido: “¿Es tu rostro el par del de tu madre?, ¡Ada!, mi dulce niña, único vástago de mi linaje y corazón. Tus azules ojos me sonreían cuando antes de partir los vi por última vez…”.

Y los azules ojos de Ada Byron comenzaron años después a estudiar matemáticas de la mano del profesor De Morgan. Tras su fracaso matrimonial, Annabella Milbanke pensaba así separar a su hija de todo poso poético que su padre pudiera haber dejado en ella. Pero las matemáticas, la música y la poesía mantienen un ritmo interno que la niña supo captar y servirse de él, años más tarde, para explicarle al mundo de qué era capaz la extraña máquina que un científico de excéntricas ideas había inventado. Aquella máquina no solo calculaba sino que hasta de una cierta forma “pensaba”.

La máquina analítica de Charles Babagge ocupa toda una sala del Museo Virtual. Está allí, enorme, destartalada, impensablemente romántica, apoyada apenas por los bocetos que la precedieron aunque para entenderla, deberemos atravesar otra puerta más e irnos a los comentarios de Ada.

Ada y Charles Babagge se conocían de antiguo, ambos frecuentaban los mismos círculos palaciegos y el inventor no había podido sustraerse a la tentación de presentar sus “diseños” en sociedad. Años más tarde, al igual que le había ocurrido a su también maestra Mary Sommerville, a Ada le encargaron la traducción al inglés de los papeles de una conferencia científica que el matemático italiano Menabrea había redactado sobre uno de los diseños de Babagge, la máquina analítica.

Ada comenzó silenciosa y modestamente su tarea, pero aprovechando su conocimiento personal del autor del ingenio no pudo resistir la tentación de hacerle algunas preguntas.

Charles Babagge, un científico un tanto extravagante y bastante incomprendido en los salones, y un poco fuera del mundo, un poco transgresor a su manera, porque ¡cómo si no de otra forma se le hubiera podido ocurrir la idea!, propuso a Ada que añadiera sus propias notas a la traducción que estaba realizando…

[Supongo que el programa con el que escribo esto estará ejecutando muchos bucles para cumplir su propósito, que un sistema de entradas, salidas y alimentación sucesiva ordenará todo el proceso, que sucesivas tarjetas, aunque sean virtuales, se perforarán de forma parecida a como lo habría hecho la tejedora Jacquard…]

………………………………….

No sé si sigo en el Museo o lo he abandonado, no sé dónde estoy, pero ahí veo una frase en algo que parece ser una sala recapitulatoria: “Antes de que existiera la Red, existieron las computadoras personales y antes de estas los grandes e impersonales computadores. Y antes de que estos existieran o pudieran siquiera pensarse existió la Máquina Analítica y Ada Byron”.

Vuelvo a ver los brillantes ojos azules de Ada siguiendo atenta las explicaciones de Babbage y oigo el roce de la pluma sobre el papel, tratando de resolver los números de Bernouille con la máquina de su amigo…

Y la veo firmando sus trabajos con las modestas iniciales A.A.L. Y más tarde, allá a lo lejos, se vislumbra cómo la máquina análitica iba a ser capaz también de ponerle algo de música a las cosas… Y como queriendo obtener fondos para sus sueños trata de inventar un programa que la ayude a ganar en las carreras, sin conseguirlo.

El tiempo apremia y debo abandonar el Museo, me quedan aún muchas salas que visitar porque en realidad el Museo Virtual de la Computación es un museo sin fin, uno sabe por dónde entra, nunca en qué punto interrumpirá su recorrido o a dónde le llevarán sus pasos.

¿Volveré otro día para saber más sobre sus sueños? “Mi reino no es temporal”, le decía en bromas a Babagge. ¿Me leeré la historia completa de por qué hay un lenguaje de programación llamado ADA? ¿Sabré de su tragedia personal víctima de un cáncer? ¿Llegaré a saber todos los porqués que se escondía tras las modestas tres iniciales, A.A.L, con las que Ada firmó sus trabajos? ¿Sabré por qué quiso ser enterrada al lado de su esotérico y lejano padre? ¿Y qué hubiera pensado el padre de semejante hija, él, que defendía la más tradicional de las enseñanzas para las mujeres? ¿Dejó el poeta alguna pista en sus escritos aparte de esos escuetos primeros versos del Canto Tercero del Peregrinaje de Childe Harold?

Demasiados interrogantes, pero sí, tendré que volver uno y otro día. De la mano de Ada, por las sendas que ella marcó, recorreré otra vez las salas del Museo Virtual a la búsqueda de nuevas puertas.

 

 Is thy face like thy mother's, my fair child!
   Ada! sole daughter of my house and heart?
   When last I saw thy young blue eyes, they smiled,
   And then we parted,—not as now we part,
   But with a hope.—

 (Coro Entreaguas, 1997)

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La foto

Yo no estaba en la foto, así que para ilustrar esta entrada he tenido que echar mano de una cualquiera, de una de lo más convencional, aunque no creo que de haber conservado aquella foto,  a mis compañeros les hubiera gustado verse en ella —¡o sí!— tantos años después.

Málaga_la_nuit

Marbella, hotel Don Pepe, final de la década de los ochenta. Convención de ventas, trajes de fiesta, algún atuendo serio pero no demasiado formal para las charlas de mañana, ropa deportiva para los momentos de esparcimiento, y ¡sí!, ¡no os olvidéis del traje de baño!

Tarde relajada en la playa después de una mañana intensa, los bikinis y las toallas playeras salen de las maletas, los que no han sido precavidos improvisan o se compran un short para salir del paso en una tienda próxima. La mitad se baña en el mar, la otra mitad simplemente se relaja tumbada en la orilla.

Y a alguien se le ocurre la idea: «Venga, foto de familia, no seáis vergonzosos, venga, todos aquí». Los jefes, siempre tan dinámicos, son los que más animan, alguno se hace el sueco, pero de la foto no se escapa nadie.

Y de vuelta a la oficina, acabada la convención, pasa la foto de mano en mano en los corrillos de la máquina del café, hay risitas, disimulos, codazos, y sin que nadie lo remedie en pocos días, cuando el episodio está empezando a olvidarse, aparece el boletín mensual y la famosa foto en portada.

Cuca, la administrativa de Nóminas que siempre parece estar enfadada, ruge: «¡Indecente! ¡Esta foto es una auténtica indecencia! ¡Vergüenza les debía dar!».

Y muy digna agarra la revista y taconea por el pasillo hasta el despacho del director de personal.

Los cuchicheos se multiplican: «Es una exagerada y una beata. ¡Qué le importará a ella si ella no estaba! Si a los que salen no les importa…».

Berta, que tampoco está en la foto, vuelve a mirarla una vez más, ahora de frente. Los michilenes, lorzas, pellejos, barrigas cerveceras vuelven a asaltarla desde la primera fila, donde un grupo de varones luce palmito en traje de baño, dejando ver más de lo que la estética aconseja, sí, incluso, aquel guaperas de la esquina marca paquete con aquel bañador que no vestiría un saltador olímpico. Pechos y barrigas al aire, pelos en los sobacos que contrarrestan las calvas mal disimuladas…

Y en segunda fila, o en primera, pero tampándose discretamente con la toalla o un pareo, aparecen las chicas: una se agacha, otra se esconde, otra asoma disimuladamente solo la cabeza…, más de una no parece estar a gusto en la foto, pero sin duda la vergüenza de oponerse al resto ha sido mayor que la de exhibir un traje de baño que tapa demasiado…

Por muy normal que sea el bañador en la playa, y aunque —¡fuera complejos!— cada uno pueda lucir los michelines que tenga, hay fotos que nunca deberían tomarse y menos exhibirse. Sí, al guaperas del paquete tampoco le hizo ninguna gracia verse en la foto, pero disimuló y sonrió e incluso bromeó ante las compañeras:

—¿A que hemos salidos irresistibles, chicas?

Y ahora, leyendo polémicas veraniegas sobre el burkini, y aunque nada tenga que ver, me he acordado de pronto de aquella foto que no debió tomarse, y menos distribuirse, y es que no puede haber ética sin estética, y el decoro no se mide por los centímetros de piel femenina, sobre todo femenina, que puedan quedar a la vista.

 

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