Los Ros XXII

A partir de aquel día todo cambió para mí, porque encontré en Paco un gran apoyo: más que un amigo, más que un familiar, un segundo padre. La libertad para hablar con él a partir de ese momento fue total, y ello me ayudó mucho, aunque Paco no era una persona muy proclive a cambiar de opinión y durante todos aquellos años había ido forjando su propia historia acerca de nuestra familia. A pesar de que yo sabía de que difícilmente le iba a cambiar la historia, y menos aún a implicarlo en mis propias investigaciones, sé que iba a escucharme y que siempre podría contar con él para contrastar pequeños o grandes descubrimientos en los recuerdos de Martín, que seguían brotando a borbotones en cada una de las visitas, unos con mayor importancia, otros reducidos a la mera anécdota, al mero amable recuerdo de la infancia de mi padre, que había sido siempre alegre, aunque algo retraído para algunas cosas, como si presagiara lo que iba a suceder años después.

La mente de la Juana, al contrario, parecía estar completamente agotada. No tanto la mente, pero sí su cuerpo, sus ganas de vivir, se le hacía cada vez más difícil hablar y pasaba sus días medio adormilada y sumida en un mutismo.

Mi madre está agotada, ya lo que Dios quiera —me había dicho Paco, cuando asomé por la puerta tras haber dejado a Martín tranquilo, echando su cabezadita.

Nos habíamos acostumbrado a tomarnos el café juntos los sábados, a veces nos acompañaba Mariluz, los fines de semana en los que no trabajaba. Aunque con Mariluz siempre me llevé también bien, la verdad es que nos quitaba confianza. No sé lo que Paco había llegado a contar a su mujer acerca de la familia de su inseparable amigo Carmelo, probablemente no todo, porque Paco siempre fue también muy reservado para ciertas cosas, no había más que ver cómo había guardado el secreto de su mejor amigo todos aquellos años sin la mínima alusión a nadie, ni tan siquiera a su madre… Su disculpa era que la Juana era demasiado beata y no hubiera entendido nada, que muy probablemente se hubiera escandalizado, así que mejor dejar las cosas como estaban, que qué necesidad tenía la Juana de saber sobre Martín, si no lo había adivinado antes, y todo ello situado en el momento en que Santiago murió y nací yo y todo cambió en la vida de todos.

A pesar de que, como digo, con Mariluz había confianza, ella había intuido que Paco y yo andábamos de confidencias, más de una vez nos dejaba solos en la cocina, y ella se iba con Dina al salón, a ver la televisión… La cocina se había convertido para nosotros en un lugar en el que intercambiar los pequeños descubrimientos de la semana.

Tu padre siempre creyó que no le habían contado toda la verdad, porque con toda lógica pensaba como poco creíble que le hubieran dejado a la puerta de los herreros sin más. ¿Era hijo de Martín o era hijo de Santiago? Porque de alguno de los dos tenía que ser. El pueblo había asumido sin más la paternidad de Martín, la paternidad real, la biológica, como digáis ahora, pero por alguna razón Carmelo, después de lo ocurrido, pensó que quizá su padre de verdad fuera Santiago, que por él tenía incluso más pasión que Martín…, porque a ver, ya te lo he contado muchas veces, que Martín estaba normalmente en Salas, en su trabajo, pero era Santiago el que estaba al tanto día y noche de tu padre, al que había empezado a enseñar el oficio, y al que no lo dudes le hubiera seguido enseñando, si tu padre no se hubiera ido de casa para terminar de tabernero… Recuerdo bien a Santiago mirando con arrobo a Carmelo, pero lo que yo le decía a Carmelo era que si realmente hubiera sido hijo suyo, nada le hubiera impedido hacerse él cargo y no su supuesto hermano. Allí tenía que haber gato encerrado…

Y lo seguirá habiendo. Martín insiste que él no tuvo nada que ver, que si dijo que era suyo fue porque de repente, aquella noche, toda su infancia pasó por su mente como un fogonazo, y que vio a aquella criaturita en el mismo hospicio que él había estado y no, no quiso para ese ser inocente la misma vida, por lo menos tendría un padre. Esto me lo ha repetido hasta la saciedad, y que aquella noche Santiago, cuando llegó a casa con el niño, estaba muy muy borracho, que no daba una, que tras las primeras efusiones porque un hijo les había caído del cielo, repite mucho estas palabras, entró como en pánico en cuanto la criatura empezó a llorar por hambre… y que fue entonces cuando salieron corriendo en busca de la única mujer que sabían que iba a sacarles del apuro de una forma o de otra, tu madre.

Hubo un rato de silencio, de la sala donde estaban las tres mujeres, la Juana, Mariluz y Dina. salían murmullos y se oía la televisión de fondo. Paco no decía nada, bebió un sorbo de coñac, había vuelto a sus propias cavilaciones, seguro, a sus teorías de gitanos que dejan niños en la primera puerta que se encuentran en un pueblo perdido, tan perdido, que por él no se va normalmente a ningún sitio. Porque esa era otra, para dejar un niño abandonado ¿es necesario irse tan lejos? ¿No había sido más fácil dejarlo en el orfanato? ¿Por qué dejarlo limpio y arreglado en un pueblo donde sus probabilidades de supervivencia iban a ser tan pocas? O quizá muchas si se conocía bien a la gente…

¿Tú crees que tu madre nos ha contado todo lo que sabe? —insistí yo—, porque se me hace difícil ver en la Juana una ingenua beata dispuesta a tragarse el primer embuste que le cuente un tipo del que está enamorada. Y, perdona, pero aun siendo un corazón todo oro, ese empeño en cuidar a un niño que no era suyo, con lo que tenía encima ella ya de por sí. ¿Y don Germán? ¿Qué me dices del cura? ¿No guardará, todavía, algún secreto de confesión?… ¿Y si fuéramos a verle?

¡A don Germán! ¡Quia, mujer! No sé cómo andará, tiene que estar ya muy mayor. Y además, si fuera secreto de confesión no te lo iba a decir a ti, ni aun contando con que hubieran muerto los implicados.

Tu madre le fue siempre muy fiel, como buena sirvienta que era, me lo dijo ella muy seria…, pero a ti no te caía bien don Germán, ¿por qué?

Ya te lo dije, porque me daba unos capones tremendos… Era como si al no tener padre, él tuviera que ejercer de ello, pero en lo malo ¿sabes?, no para lo bueno, sino para que no cayera en vaya usted a saber qué peligros. Juana, vigila a ese chico, que anda muy suelto y te va a salir un golfo. ¿Un golfo yo? Lo que pasa es que no me daba la gana estar todo el día en la iglesia o a su sombra, como pretendía, tenerme bien vigilado, y sí, yo prefería andar con los otros chicos, normal, o venirme a la fragua los días de agua, porque en ella además de Santiago, que sí que fue un segundo padre para lo bueno, se reunían los hombres del pueblo y hablaban de todo y yo aprendía de la vida escuchándolos, porque a ver, si no, sin un padre en casa ¿dónde iba a haber aprendido yo ciertas cosas? Porque la Juana con lo beatona que siempre ha sido, nunca me contó nada, incluso de mi padre me contó lo imprescindible, que como bien sabes, tú tendrás muchas lagunas, pero yo también tengo las mías de cómo murió el mío… Cuando ya mayorcito le decía algo a mi madre, que ¡cómo íbamos a molestar a don Alfonso! Y luego, como se quedó imposibilitado y medio lelo enseguida, que mira que Dios castiga sin piedra ni palo, pues que a ver, que si antes se había agarrado a la versión oficial, que habían sido sorprendidos por un pelotón cuando andaban perdidos fuera de las líneas en Teruel, pues que ahora con mayor motivo… Pero el que el cuerpo de mi padre no apareciera, y que don Alfonso dijera que como era de noche tenía dificultades para reconocer el sitio y que interrogados los lugareños, nadie hubiera visto ni encontrado nada… ¡Ay, Gabriela! Si tu padre se murió con la cosa de no saber quiénes fueron sus verdaderos padres, figúrate yo lo que daría por meterme en el tubo del tiempo y aparecer en aquella noche en la que mi padre desapareció y saber lo que pasó realmente. ¿Por qué don Alfonso pudo volver a las líneas aunque en malas condiciones, pero solo rozones de andar por esas breñas, y mi padre no? Y tardaron en darle por desaparecido, que mi madre guardó muchos años la esperanza de que algún día volviera a casa… ¡Figúrate tú! La Juana solo me decía que por qué no íbamos a creer a don Alfonso y que a fin de cuentas nos había ayudado y la había ayudado a ella y a mí, porque yo entré en Loste gracias a don Alfonso… Yo, ya te lo he dicho, siempre he creído que si éramos bien recibidos en la casa grande era por la mala conciencia de don Alfonso con algo que le pasó en la sierra con mi padre.

¿Y su mujer? Tu madre me contó que para ella mi padre era como si no existiera, a pesar de que aquel verano todo el mundo hablaba del chico de los herreros, y que la prohibió ir con el niño a la casa para que el ama que tenían no le alimentara también a él.

Es que los ricos siempre han sido muy egoístas, Gabriela, porque ya ves tú las amas, que la mayoría de ellas tenían que dejar a sus propios hijos en otras manos para criar en exclusiva a los de otros, si no podían criar a dos a un tiempo, ¿eh?… y a tu padre al final lo crió la Antonia igual que a su hijo, y ¡ahí los tienes!, que mira al Ramón, y tu padres siempre fue huesudo pero fuerte, que si no hubiera sido por el cangrejo que le entró tan de repente… Doña Guillermina conmigo se portaba bien, me daba chocolate, como a sus hijos, y con el Alfonsito nos tratamos muchos años… Ahora ya, si nos vemos nos saludamos…

Como obedeciendo a un instinto, Paco se levantó y se asomó a la ventana de la cocina, el día caía y Paco exclamó:

Hablando del ruin de Roma…, hay luz en la casa grande. Habrán venido a buscar algo.

Dicen que la venden, que venden la casa… A mí me da una pena verla tan abandonada.

Yo también he oído que si querían poner un hotel rural de esos que hacen ahora en los pueblos, pero no sé yo, he oído que piden mucho y a ver quién se va a dejar un dineral aquí, si no es alguien de la familia…

Pues no conozco mucho a los herederos, pero no los veo yo, aunque nunca se sabe…

Dicen que es una hija de la Blanquita que está casada con un extranjero, con un medio hippy…

Entonces si es ella no la venderán, la arreglarán…

¡Qué sé yo! Ya sabes, como con todo, en los pueblos unos dicen una cosa y otros otra.

Paco insistió en acompañarme a casa, así estiraba las piernas, dijo.

Al pasar por la casa grande, los ojos se le fueron hacia arriba, hacia el balcón donde se veían luces encendidas; el portón del garaje estaba medio abierto también y dentro se veía un coche grande, y Paco se volvió a mirar y a recordar:

¡Diez! ¡Lo mal que lo pasé en aquel Hispano Suiza con aquel chófer tan bestia cuando me operaron de las anginas!

 

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Los Ros XXI

Veíamos que la Juana se apagaba, su vida se iba agotando poco a poco, Paco lo notaba en cada visita, y yo también. Gracias a Dios que contábamos con Dina, con tu madre, tan diligente, tan cariñosa, tan dispuesta y tan valiosa para las dos casas, tanto para la de la Juana como para la nuestra.

Dina iba y venía de una casa a la otra, se preocupaba de coger el pan cuando sonaba el cláxon del panadero, de estar pendiente de los otros distribuidores y hasta de acercarse al dispensario a dejar los recados al médico. En poco tiempo se había hecho tan habitual en las calles del pueblo, que sus pocos habitantes la trataban con cariño, e incluso alguno se atrevía a pedirle también alguna ayuda.

Tu madre solo tenía una preocupación entonces, y era poderte traer a ti aquí, con ella, y seguir con la vida que le fue negada a tu padre. Desde la ONG estábamos gestionando todos los papeles y el mejor modo de que tú llegaras junto a ella sana y salva, porque tu madre había renunciado a ir a por ti. Demasiado caro todo y ella no podía permitírselo porque tenía que ahorrar hasta el último céntimo para la nueva vida que os esperaba. Además estaba la Juana y estaba Martín, de los que tu madre se sentía totalmente responsable. ¿Cómo dejarlos solos? Hasta la llegada del verano en el que tanto Paco como Mariluz y yo volviéramos a coger vacaciones, la idea de dejar el pueblo se hacía impensable. A mover a la Juana, Paco ya había renunciado. Martín parecía con fuerzas renovadas, pero aun así…

Paco hablaba maravillas de tu madre, porque para él había sido un descanso, un regalo del cielo ante aquella madre tan tozuda que se negaba en redondo a abandonar su casa. ¿Y de Martín, que se creía tan valiente, qué decir?

En invierno, en las casas de los pueblos, es difícil encotrar un momento de intimidad. Todo el mundo se mete en casa y se arrebuja en los cuartos de estar, que suele ser la habitación más caliente, en torno a las televisiones. Aquella tarde la Juana se quedó dormida en su sillón y Dina aprovechó para recogerse en su cuarto, quizás a descanasar un poco ella también, aunque lo más probable es que aprovechara también para leer, o quizá para rezar. Paco me sirvió un café y no nos movimos de la cocina, allí a un lado y a otro de la mesa de formica me fue desgranando sus sentir, y redescubrí a mi tío Paco, el de la infancia, y me di cuenta de lo injusta que había sido con él en los últimos tiempos hasta casi ningunearlo. Al tío Paco, recuperaba ahora para mis adentros el tratamiento familiar de los buenos días de mi niñez, lo veía ahora tremendamente cercano, porque la conversación con Martín me había recordado que Paco y mi padre habían sido uña y carne, y que solo cuando mis padres se separaron y mi madre y yo nos instalamos en Pamplona el distanciamiento se produjo, porque Paco, con querernos mucho, tenía claro que debía permanecer al lado de Carmelo, siendo su soporte, tuviera o no razón, porque aunque mucho nos quería a nosotras él era su amigo y más que eso, su hermano.

Paco se me representaba ahora apenas unos meses atrás, en el velatorio de mi padre, sereno, con la emoción contenida, no pudiendo disimular las lágrimas, y debo reconocer que Paco, en silencio, había hecho casi todo, se había ocupado de las cosas materiales, consultándome solo lo imprescindible, dejándonos a Martín y a mí vivir nuestra pena, casda uno la suya, sin agobios. Ahora había llegado la hora de reconocérselo y de agradecerle esa más que amistad que siempre nos había tenido. Paco sonrió condescendiente:

¡Hija, siempre has sido tan independiente, tan autosuficiente!…

No tanto, Paco, y tú lo sabes, la compañía siempre viene bien. Eres un gran tipo, mi padre tuvo mucha suerte de tenerte a su lado hasta el último momento y yo todavía no te he agradecido todo lo que hiciste por él y por nosotros.

No hay nada que agradecer, somos la familia, una familia rara, desparejada, pero familia, aunque no haya lazos de sangre entre nosotros.

Paco me había sorprendido en la misma onda por la que yo he pasado muchas veces. La familia no es solo la de la sangre, la de los genes, hay otros lazos que te unen más y entre ellos está la voluntad de ser algo del otro. Si el día anterior me había retenido alarmada no atreviéndome del todo a confiar en él, no sé muy bien por qué, en ese momento, aquella tarde de enero sentí la necesidad de confiar totalmente en Paco.

Tú sabes toda la verdad de nuestra familia, ¿verdad? ¿Tú sabes que en realidad Santiago y Martín no eran hermanos, sino…? Ahora diríamos que eran pareja, y por eso me dijiste también que mi padre no era hijo de Martín.

Paco volvió a sonreír:

¡Ay, Gabrielita! ¡Esa chica lista e independiente!

Paco se tomó un sorbito de café antes de proseguir, me molestó su tono condesciendente, perdonándome casi la vida por mi estupidez o por creer que él era tonto.

¿Tú te crees que los demás nos acabamos de caer de un guindo? Antes, puede, pero después de tantos años ¿cómo no iba a estar al cabo de la calle de lo que había en tu casa siendo además íntimo de Carmelo? Porque tu padre y yo como hermanos, yo su hermano mayor, y él mi hermano pequeño, porque entrábamos el uno en la casa del otro como lo que éramos, como dos personas solas que se necesitaban la una a la otra.

Se quedó en silencio, yo no pude o no quise decir nada, le dejé que prosiguiera, el sol ya iba bajo y se colaba en la cocina y me daba en la cara y tuve que mover un poco la silla, pero me vino bien ese deslumbramiento para evitar el sonrojo que las palabras de Paco me estaban produciendo. ¿Cómo podía haber sido tan ingenua? Prosiguió, aunque cambiando totalmente el registro, volviéndose mucho más añorante:

Yo admiraba mucho a Santiago que para mí fue como un padre. Le veía alto, fuerte, un gigante, pero a la vez cariñoso, arreglándome los juguetes que por vía de Martín me trajeron los Reyes algunos años, porque Carmelo y yo éramos unos afortundados, que, al contrario de otros chicos del pueblo, a nuestra casa llegaban los Reyes y nos dejaban algo más que unas mandarinas. Pero además, es que cuando se le salían los ejes al camión, pues no había problema, porque Santiago en un abrir y cerrar de ojos lo dejaba como nuevo. Eran las ventajas de tener un amigo fuerte que además era herrero… y además, alguna vez se asomó a la puerta de la fragua para defenderme de los grandotes que querían quitarme lo que era mío, porque en los pueblos ya se sabe… Yo envidiaba a Carmelo porque tenía dos padres, y Carmelo me envidiaba a mí porque tenía una madre para mí solo, una madre que no compartía con nadie, salvo con él, porque sí, la Juana siempre lo quiso casi como a otro hijo, y cuando en la casa grande le daban alguna golosina para mí siempre la repartía entre los dos, aunque lo de la casa grande duró poco, porque enseguida dejaron de venir por aquí… A mi madre también la protegía Santiago de alguna manera, yo siempre quise creer que entre ellos había algo más que una amistad…, pero estaba Martín, claro, y mi madre siempre negará cualquier otro tipo de sentimiento… Claro que había habladurías en el pueblo, pero mi madre servía a don Germán, y él no consentía ciertas bromas ni menos insinuaciones… Por cierto, ¿sabes que me enteré que don Germán todavía vive, que está en la residencia de los curas y que aunque muy torpe todavía tiene la cabeza lúcida? Yo nunca me llevé bien con él, porque todavía recuerdo sus pescozones y algún capón a sobaquillo… Sería lo normal entonces, pero no, para don Germán no dejaba de ser un pillo que hacía pasar lo peor a mi santa madre… Bueno, dejemos eso… El que dos hombres, dos hermanos, vivieran juntos a nadie escandalizaba ni hacía sospechar otra cosa… Hoy sería distinto, sobre todo ante dos personas tan distintas y sin ningún parecido…

¡Anda que no te ha dado a ti con lo de los parecidos! —me atreví a decirle y por descargar un poco la tensión que se iba creando entre nosotros.

Ríete, pero el aire de familia sale… Tú no puedes negar que eres hija de Carmelo, esa nariz afilida… pero sobre todo porque sois igual de tozudos los dos, igual de persistentes, si quieres, y no cejáis hasta que conseguís lo que queréis… Pero la verdad es que Carmelo no tuvo suerte, sobre todo con tu madre, como no la tuviste tú tampoco con ese novio que te echaste… que ¿qué te crees? En Burgos se sabe todo, hijita. Como te decía, para mí los herreros, pero sobre todo Santiago lo habían sido todo… Fue un momento muy duro para mí, fue un momento muy duro para los dos, cuando tu padre me confesó avergonzado lo que había descubierto en su casa, en su casa, que era también un poco la mía… Es que no solo se le hundió el cielo a él, es que a mí también, y eso que yo ya era un mozo hecho y derecho… Yo estaba trabajando en Burgos, de mozo en la fábrica de galletas, cuando mi madre me mandó recado de que Carmelo se había escapado de casa y que no sabían dónde andaba, que si yo sabía algo, pero yo no solo no sabía nada, sino que no tenía ni idea de por dónde empezar a buscarle… Mi madre ni idea… Yo ceo que mi madre nunca supo la verdad, aunque tonta no era, y que la historia aquella de que Santiago se había quedado impotente por las heridas de la guerra se lo llegó a creer de verdad… Sí, sí, aquello se corrió por el pueblo y se siguió hablando de ello durante bastante, siempre que salía alguna desgracia de la guerra, de algún muerto, de algún tullido, al final aparecía el nombre de Santiago, pero a mí… ¿qué te voy a decir que no te haya dicho? Para mí Santiago, el herrero, era el hombre más hombre del mundo.

Paco, aunque estaba convencida de que no lo hacía a posta, es que le iba saliendo así, se iba por las ramas en su relato y yo empezaba a impacientarme, ¿qué era lo que se habían dicho entonces aquellos dos amigos casi hermanos?

¿Y cómo te enteraste? ¿Fue a verte? ¿Qué te dijo?…

Fui yo a verle a Santo Domingo… Cuando me dijo mi madre que había aparecido allí, y que los herreros habían vuelto de verle y que estaba bien, pero que Carmelo no había querido volver al pueblo y que se había quedado aprendiendo el oficio de tabernero, yo respiré pero me pareció muy raro, no me cuadraba con la forma de ser de Carmelo, al que nunca le había oído querer marcharse del pueblo, así que el sábado, al salir de trabajar, me subí a un camión de reparto que hacía la ruta de Logroño y me presenté en el bar donde estaba empleado. Me recibieron bien y me dio un abrazo: “Tengo que contarte algo tremendo —me dijo— pero será esta noche, cuando termine el trabajo”. La mujer del tabernero se ofreció a preparme un jergón junto al de Carmelo, yo me ofrecí a pagarle los gastos, y me dijo que no me preocupara por eso, que ya haríamos cuentas al día siguiente, y que se alegraba de que el chico, al que habían creído solo en la vida, tuviera familia y hubiera llegado yo, primo, hermano o lo que fuera, pero que se veía a la legua que yo era de fiar y que me preocupaba por él… Aquella noche, después de cerrar la taberna, Carmelo y yo, acompañados de un porroncillo de vino nos sentamos de cara a las estrellas, uno junto al otro, al abrigo de la tapia del convento de San Francisco, pero como nos quedábamos helados echamos a andar sin rumbo… Allí, andando, con medias palabras pero que no dejaban lugar a dudas, Carmelo me contó que había visto a su padre y a su tío en actitud poco decorosa, que nunca hubiera pensado que su padre y su tío fueran unos degenerados, más tarde cuando supo la verdad se referiría a ellos como invertidos, y que tanto asco le había producido el vivir allí bajo el mismo techo, que salió espantado llevándose apenas nada, que pronto había encontrado a unos gitanos que iban a la Rioja para la vendimia y como si la sangre le llamara, se fue con ellos… Les contó un cuento y como le vieron fuerte y decidido aceptaron que los acompañara, quizá con la intención de robarle, si es que el chico tenía algo… Que en la Rioja estuvo vendimiando una semana, que se necesitaban brazos y nadie le puso pegas, que le daban tres comidas al día y luego le cedían un saco grande relleno de paja para dormir, y que cuando aquello se acabó le dieron una soldada escasa y con ella llegó hasta Santo Domingo, que no tenía ni idea de lo que iba a hacer, pero que había entrado en aquella taberna a comer algo y se le ocurrió preguntar… El tabernero le recogió, pero por si acaso llamó a la Guardia Civil y no tardaron en presentarse Martín y Santiago que arreglaron con el tabernero que se quedara… Y sí, volví aquel otoño a verle otras dos veces, para mí era fácil ir y volver con algunos de los camiones que salían de la fábrica… Al principio no quise creerle, incluso le quise convencer de que había visto visiones o algo así, porque no me podía imaginar a Santiago de otra forma que sudoroso en la fragua, peleando con las rejas de los arados para sacarles punta, o con los ejes de los carros, lleno de grasa por todas partes, y luego lavándose allí, en la pila del corral, todo musculoso… ¿En actitud indecorosa con Martín? Entonces éramos un poco ingenuos…, pero no éramos tontos. Y tu padre tampoco lo era, así que cuando volvió de Navidad, en mi primera visita, me dijo muy serio: “Por lo menos no son hermanos, pero sí invertidos. No los voy a denunciar, pero yo te juro que voy a ser un hombre siempre y me voy a comportar siempre como tal. Jamás volveré a aquella casa”. Bueno, el jamás cambió con las circunstancias, como ya sabes, cuando tú naciste, y es que Carmelo desde muy jovencillo se fue detrás de las faldas y mira que yo le decía que tuviera cuidado, pero él, él quería ser un hombre… Yo tampoco volví por aquella casa… O al menos no volví por gusto, y cuando mi madre me dijo que Santiago se había muerto tampoco quise ir al entierro, no sé si me hubieran dado permiso, pero ni tan siquiera lo pedí… Me comí los puños y lloré mi pena solo, porque era como haber perdido por segunda vez a mi padre… ¡Santiago! ¡El gigante! ¡Quién nos lo iba a decir! ¡Un maricón como la copa de un pino! Porque mira, Martín, tan apañado y tan canijo él, siempre fue otra cosa…

Cuando tu padre volvió con el permiso, a poco de que tú nacieras, volvimos a rememorarlo todo, aquel otoño y mis viajes a Santo Domingo… Tu nacimiento le confundió bastante, pero también le cambió del todo. Había demostrado que era un hombre, y ahora tenía que cumplir como tal. ¡Y cumplió! ¡Vaya si cumplió! Lo que pasa es que las parejas no siempre resultan, aunque en todo matrimonio siempre hay problemas, y yo siempre pensé que tus padres bien podían haberse arreglado… Sentí enormemente que tu madre y tú os fueráis, pero se veía venir, se veía venir desde hacía tiempo, aunque siempre mantuve la esperanza.

Era ya de noche y Paco y yo seguíamos allí en la cocina, casi a oscuras, pues solo nos alumbraba la luz del farol de la calle, esa de ahí, justo en la esquina… Dina hacía tiempo que estaba con la Juana, había sido discreta, la había acompañado al baño y habían vuelto a la sala, pero era ya la hora de la merienda y tu madre nos interrumpió:

Discúlpenme, pero tengo que calentarle el vaso de leche a la señora Juana…

Pasa, hija, pasa —dijo Paco—. Anda, que hacía tiempo que no hablábamos, pero cómo se nos ha ido el tiempo.

 

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Los Ros XX

Martín estaba animado y se puso a hacer la cena enseguida. Yo le ayudaba mientras iba colocando las cosas en la alacena y en la nevera. Aproveché que estaba locuaz y de buen humor y saqué la conversación.

¿Sabes de qué hemos venido hablando con Paco? De la noche que llegó mi padre ¿Y sabes lo que me ha dicho? Que está seguro de que Carmelo no era hijo tuyo porque no os parecíais en nada, y que el aire de familia siempre sale Martín no parecía inmutarse, estaba a lo suyo, a la cazluela. ¿Tú crees que sabe la verdad? le pregunté sin rodeos.

Martín me miró de frente un poco sorprendido, luego se volvió sobre el fogón a seguir moviendo la cazuela.

Lo habrá dicho por decir. Nadie puso en duda nunca que tu padre no fuera hijo mío…, a lo mejor porque era lo que convenía, ¡quién sabe! Yo era el único que sabía que aquello no podía ser porque no había estado con mujer alguna.

Seguí hablándole de las suposiciones de Paco:

Paco me ha hablado de unos quincalleros, que probablemente el chico tampoco era suyo, porque los gitanos no abandonan a sus hijos, pero que quizá cumplían un encargo por dinero y que lo soltaron en el primer sitio que encontraron…

El pescado en salsa estaba casi listo, Martín sacó un pucherillo con un poco de crema de la nevera y la puso a calentar. Yo despejé la mesa, pasé un trapo por el hule y busqué en el cajón una servilletas, coloqué los platos, el mío al lado del suyo, y saqué los cubiertos del cajón. Martín retiró el pescado del fuego.

Tiene que reposar un poco dijo atendiendo a su guiso, pero enseguida afrontó el tema principal. Esta ves no evitó hablar de ello. ¿Sabes? Es que ese cuento de los quincalleros fue lo que se inventó Santiago, porque claro, don Germán se había empeñado en que yo me casase con la Juana, ¡figúrate!, porque la criatura necesitaba una madre y en esta casa hacía falta una mujer. ¡Vaya ideas! Y entonces Santiago ideó lo de que teníamos una pista sobre la posible madre, y que hasta entonces… Quería ganar tiempo… Porque lo de los quincalleros fue lo primero que pensó la Guardia Civil y a los que estuvieron preguntando, aunque no sé si investigaron mucho, pero a Santiago, que ya sabes que se llevaba muy bien con los guardias, eso le vino bien, y se inventó la historia a ver si a don Germán se le pasaba la perra, y la verdad es que se le terminó pasando, porque al cabo de un tiempo no insistió más. Si no era nuestro hijo, yo le había dado los apellidos y lo estábamos criando, así que era nuestro, era nuestro, bueno, era mío legalmente, pero Santiago siempre dijo que era «nuestro», nuestro hijo, ya te dije que conseguimos sin mayores problemas que nos lo dejaran porque entonces lo que sobraban eran niños y huérfanos, que la guerra estaba todavía muy reciente, así que si un fulano declaraba que la criatura era hija suya y se hacía cargo de ella con todas las consecuencias, pues uno menos para el hospicio y una carga menos para el estado.

Tú no estás muy convencido de todo eso ¿verdad? Tú tenías tu propia teoría

¿Para qué te voy a engañar a estas alturas? Yo siempre creí que el hijo era de Santiago, tienes derecho a saber lo que yo sé, que hartos secretos ha habido en esta casa…Sí, tenía celos, porque sabía que alguna vez iba con mujeres, aunque desde que nos vinimos al pueblo apenas salía… Y date cuenta que aquel día yo llevaba dos o tres fuera, y que subí muy cansado y que tras cenar me metí a la cama, porque supuse que Santiago estaría en la taberna y… Lo que pensé luego es que quizás no había sido así, pero tampoco me dediqué a averiguarlo porque yo no era de tabernas, sino que a saber… Bueno, pero si él se había presentado con la criatura en casa era porque tenía algo que ver, porque lo de que nos lo habían dejado en la puerta…

Pero si hubiera sido suyo, lo hubiera dicho ¿no? ¿Por qué iba a decir que era tuyo si lo era de él? ¿O ya había dicho que la guerra le había dejado impotente?

No, eso no, que eso fueron cosas de la Juana. Mira, Santiago tenía muchas rarezas y a pesar de todos los años que estuvimos juntos. él seguía guardando sus secretos y yo lo único que conseguí arrancarle cuando salía la conversación era un “el chico es tuyo, lo dicen los papeles, o sea que es nuestro y ya está”. Luego miraba a lo lejos, aunque enfrente tuviera la pared, y decía: “Le enseñaré el oficio, haré de él un buen herrero como lo fue mi padre”, y eso me reafirmaba en que el hijo por fuerza tenía que ser suyo y su sangre correr por las venas de Carmelo.

Pero no le llegó a enseñar el oficio y al final, paradojas de la vida, sacó el tuyo.

Pero eso fue fruto de la casualidad y de las circunstancias, no fue buscado.

¿Por qué se marchó tan pronto mi padre de casa? ¿Cuál fue la verdadera razón?

Hurgando en la herida había llegado al hueso y lo sabía, la herida era profunda, mal cerrada y peor curada, había estado allí durante años, tantos años que solo en el lecho de muerte se habían reconciliado padre e hijo, pero de lo que había pasado entre ellos en la alcoba apenas nada había trascendido.

¿Por qué va a ser? Porque nos vio y pensó que éramos dos degenerados y huyó espantado. Y mira que yo llevaba un tiempo diciéndole a Santiago que algún día tendríamos que contarle la verdad al chico, que ya iba siendo mayor y que… pero ¿cómo contárselo?, ¿qué decirle?… Ahora estas cosas son más normales, pero figúrate entonces… Dejamos pasar el tiempo y pasó lo que tenía que pasar. Un día me levanté temprano para ir al trabajo, y Carmelo no estaba en la cama, pero pensé, no sé, que andaría cerca… Me extrañó un poco porque acababa de amanecer, pero bueno, me fui camino abajo como casi todas las mañanas, sí, entonces todavía no tenía la moto, pero sí hacía el camino en bicicleta. Por la noche recibí un recado de Santiago, que subiera enseguida, que era importante. El chico no había aparecido en todo el día, no sabíamos si dar parte o esperar hasta el día siguiente, y esperamos en vela toda aquella noche y más, y Carmelo seguía sin aparecer… Santiago se temía cualquier cosa, pensamos ir donde don Germán, pero no nos atrevimos… Mejor dar parte a los guardias. Carmelo apenas tenía catorce años… Se lo dijimos a la Juana, eso sí, que mandó recado a Paco, porque Paco ya estaba en Burgos, porque para tu padre, Paco siempre fue como su hermano mayor, y pensamos que quizá… Los guardias tomaron nota y nos dijeron que nos tranquilizáramos, que estaría bien, que a esas edades los chicos se creen hombres y un día desaparecen, pero que vuelven pronto a casa, cuando les entra el hambre… Tu padre se había llevado algún dinerillo que teníamos en un bote, para los gastos de casa, pero no mucho, y eso me tranquilizó algo… Pasaron los días, Paco no sabía nada tampoco, no sabíamos nada de él hasta que nos dijeron que estaba en un pueblo de Logroño con una cuadrilla de vendimiadores… Nos pusimos en viaje inmediatamente y lo encontramos en Santo Domingo de la Calzada, trabajando ya en un bar, que se había ofrecido por la comida y un rincón para dormir, y el tabernero había aceptado porque el chico era espabilado. No quiso hablar con nosotros, nos llamó directamente degenerados y ni sé las cosas, la gente no entendía nada… Santiago que era el de las excusas se inventó una historia creíble para el tabernero y convinimos con él un mejor acomodo para el chico y yo le adelanté algunos billetes. Accedió a llevárselo a su casa, y que la mujer le preparara una cama en cualquier sitio decente, por lo menos dormiría en un lugar más cómodo, y sí, accedió a enseñarle el oficio y cogió los billetes que le tendíamos.

Allá usted, usted es su padre me dijo, pero si fuera chico mío me lo llevaba a casa a puntapiés. El chico me había dicho que era huérfano, que no tenía padres, fíjese, yo que iba a saber, y que tenía ya dieciséis años, aunque me parecía un poco canijo, pero ya sabe… La cuadrilla con la que ha estado vendimiando me dijeron que se le iban los ojos detrás de las faldas, ya ve… Bueno, eh, yo compromisos no quiero, a la primera informalidad le pongo de patitas en la calle, o se lo mando a ustedes con alguien de confianza, pero el chico parece espabilado y si como ustedes dicen… Sí, tiene que ser duro criar a un hijo solo, sin una mujer al lado, yo solo he tenido una hija, pero no sé qué hubiera hecho si hubiera tenido yo que bregar con ella, las mujeres son peores, pero entre hombres parece que nos entendemos mejor

Aquel hombre hablaba demasiado, incluso a Santiago le pareció que hablaba demasiado, pero después de haber hablado con él no nos pareció mala gente y lo mejor era dejar al chico allí, a ver si se le pasaba… Luego ya, con más calma… Tardamos en volver a vernos… A aquel hombre le dejamos también algo de dinero para que le comprara ropa y quedamos en mandarle la suya, porque andaba con lo puesto… Puntualmente durante los siguientes tres meses le hicimos llegar el dinero del alojamiento y algo más por si necesitaba algo, la manutención era a cuenta del trabajo. En Navidad fuimos a buscarle y sorprendentemente no se negó a volver con nosotros. Nunca nos lo dijeron, pero para mí que Paco, que fue a verle un día y le convenció, pero no sé lo que se dirían. Mucho les debemos al Paco y a la Juana, mucho.

Para aquella Nochebuena yo había matado y guisado un buen pollo. Cenaríamos y le explicaríamos a Carmelo la verdad, todavía no sabíamos cómo íbamos a hacerlo y cuánta verdad le diríamos, pero… Fue Santiago el que habló, Carmelo no había dicho nada en todo el camino y apenas habló durante la cena, comió poco, bebió agua, no quiso probar el vino y solo se llevó un trozo de turrón duro a la boca que fue chupando como un caramelo… Como te decía, fue Santiago el que habló:

La verdad es que tu padre y yo no somos hermanos, no al menos de los mismos padres. Nos conocimos durante la guerra… En la guerra, ¡ojalá tú no conozcas ninguna!, se pasan muchas calamidades, se sufren heridas, quedan los cuerpos mutilados, y lo peor es lo que viene después, superar ese miedo, porque, hijo, hombres seremos, pero se pasa miedo, y al final lo que agradeces es la compañía de ese amigo que cuando más lo necesitabas te cedió su propia manta, que te arropó como si fuera tu propia madre… Tu padre tampoco ha conocido a la suya, tampoco conoció a su padre, yo sí conocí a los míos… Martín se volvió hacia el retrato de los falsos abuelos como quizá en su momento lo hizo Santiago pero ya habían muerto, como había muerto mi única hermana, así que estaba tan solo en el mundo como Martín.

Santiago hizo una pausa y tomó un sorbo de vino, más para aclarar la garganta que para otra cosa, pues aquella noche nos habíamos propuesto que vino correría el justo, o un poco menos incluso. A mí me parecía que daba demasiadas vueltas, no sé muy bien hasta dónde quería llegar. No habíamos hablado nada nosotros porque convinimos que dependería de la reacción del chico, de tu padre. Carmelo no decía nada, pero escuchaba atento, Santiago había conseguido atraer su atención.

Santiago hizo mucho por mí durante la guerra empecé a decir, pero él me hizo un gesto y prosiguió:

Como te decía las heridas del cuerpo se terminan curando, pero las del alma, esas tardan más… Al final de la guerra no sabíamos muy bien qué camino tomar, todo estaba en ruinas no era fácil la vida, ni la vivienda, ni encontrar trabajo… Martín y yo nos habíamos separado como grandes amigos, con un gran abrazo, como han de abrazarse los hombres, con fuerza y Martín pegó un leve puñetazo en la mesa que yo imaginé tremendo en las manazas de Santiago y cada uno siguió su camino. Volví al pueblo y solo encontré miseria, ningún pariente próximo, la fragua de mi padre, porque mi padre era herrero y de él aprendí el oficio, hundida… Los labradores volvían a labrar sus tierras, pero estas estaban medio agostadas antes de que llegaran los calores… Todo era desolación y tristeza. Volví por donde había venido tratando de ganarme la vida en la ciudad, que algo saldría…

Me di cuenta de que Santiago omitía nombres de personas, de ciudades, dulcificaba los hechos… No, no iba a contarle a Carmelo la cruda realidad, tal como en su momento yo te la conté a ti, y lo entendí, porque no nos podíamos arriesgar a una segunda espantada de tu padre en plena Nochebuena con los caminos nevados… Santiago siguió:

Y cuando llevaba unos días dando vueltas, con el dinero que se iba acababando, Dios aprieta pero no ahoga, encontré un trabajo como peón en una cuadrilla que estaba arreglando una carretera que había quedado destrozada en un bombardeo… Fui saltando de obra en obra, de cuadrilla en cuadrilla, el oficio de albañil no me iba mucho y menos el de peón, pero había que comer y… entonces me hablaron de esta fragua y vi el cielo abierto.

Carmelo seguía el relato sin pestañear, Santiago se había convertido en un encantador de esos que engatusan a las serpientes con una gaita, y el chico seguía su son embobado. ¡Dios, cuántos embustes!, decía para mí. ¿No sería lo mejor decirle toda la verdad de una vez? Afuera el viento soplaba, y yo aticé la cocina bien porque la noche se presentaba larga y fría.

¿Y mientras tanto tú qué hacías, padre, dónde estabas? Carmelo me sorprendió con una astilla en la mano.

Pues yo igual, ganándome la vida en lo que podía, y más solo aún que Santiago, pues nunca conocí otra familia que la del hospicio donde me crié.

Y un día me lo encontré Santiago retomó el relato¡y no veas el abrazo que nos dimos! ¡Con lo que habíamos pasado en la guerra volver a encontrarnos! Si yo estaba mal, tu padre aún estaba peor, porque como te ha dicho, yo podía agarrarme siquiera a los recuerdos pero él ¿a qué? Y no sé si sería una locura, pero le propuse venirse conmigo aquí y protestó, porque él poco sabía de hierros, pero yo le dije que ya le enseñaría y que aquí seguro que encontraba otro trabajo, que de momento tendríamos casa y eso que nos íbmaos a ahorrar en patronas, y que a lo mejor, ¿quién sabe?…

¿Pero por qué haceros pasar por hermanos si no lo érais?

Tu padre no era tonto, y hasta ahí la cosa más o menos había tenido su razón, pero ¿cómo seguir con aquellas mentiras? Santiago, ya te lo he dicho alguna vez, era el rey de los embustes y las mentiras, y sí, hasta a tu padre le contó aquella noche unos cuantos embustes.

Bueno, digamos que con tu padre coleaba algún asuntillo de la guerra. Entonces te metían en la cárcel por nada, por una mera duda de haber dejado escapar a alguien, de haberte dormido en una guardia, o simplemente por no denunciar a un compañero, y aunque la guerra ya había acabado, siempre quedaban las envidias, las delaciones y el querer medrar… Además tu padre era inclusero, no tenía apellidos y no creas que lo de llamarse Expósito estaba bien visto entonces, que la sociedad se había vuelto muy ñoña… así que una vez instalados aquí decidí que usara los míos, ¿por qué no? ¿No se hacen adopciones más difíciles? ¿No hicimos apenas poco tiempo después la tuya?… No, no sabemos quién fue tu madre, en eso nunca te hemos mentido, y ni tan siquiera estamos seguros de que Martín sea tu verdadero padre, pero cuando te vimos ahí en la puerta, abandonado, a Martín, a tu padre, se le abrió el corazón y como hombre de bien se partió el pecho para que tuvieras un hogar, el hogar que él no tuvo. Y yo no pude menos que apoyarle en eso y considerarte también como hijo mío.

Carmelo bajó la cabeza, yo le vi que enrojecía, tomó un sorbo de agua y sin levantar la vista preguntó:

¿Y lo vuestro entonces…?

Santiago no me dejó que lo estropeara:

Pues lo nuestro fue como te he dicho una gran amistad, de siempre, de las de haber visto las orejas a la muerte muy cerca y habernos cobijado cuerpo con cuerpo en las noches de mucho frío bajo una misma manta. Puede que todo hubiera sido diferente si tú no hubieras aparecido en nuestra puerta una mañana, puede que tu padre hubiera encontrado pronto una novia, porque las chicas se le daban de maravilla, hubiera seguido su camino hubiéramos seguido siendo amigos, más que hermanos, para siempre… Yo hubiera seguido así y ahora sería lo que soy, un viejo solterón, pero te dejaron en nuestra puerta y eso lo cambió pronto. Teníamos que criarte y teniamos que seguir lo más juntos posible, y nos olvidamos de otras cosas, porque nuestro único fin todos estos años ha sido trabajar para sacarte a ti adelante… En este pueblo se han acostumbrado a nosotros, a los herreros y al hijo del Martín, pero nos aprecian y en todos estos años hemos conseguido un respeto…

Y aquí Santiago se puso serio y firme:

Y así tiene que seguir siendo. Este secreto no puede pasar de los muros de esta casa. Nadie, me oyes, nadie tiene que saber la verdad, que Martín no es mi hermano, ni lo que hayas podido ver u oír, porque sería la perdición de todos. Yo ya soy viejo parecía como si Santiago empezara a presentir su muerte pero tu padre aún es joven y es una persona de respeto, y tú tienes toda una vida por delante. No somos unos degenerados, pero llevamos toda la vida juntos y a veces necesitamos transmitirnos ese calor familiar. Nadie te va a obligar a vivir con nosotros, si no quieres, puedes volver a Santo Domingo a seguir aprendiendo el oficio de tabernero, si esto te gusta. Pocas perras tenemos, pero esas son tuyas y cuando hayas aprendido el oficio te ayudaremos a establecerte por tu cuenta, si eso es lo que quieres. Pero ten en cuenta que esta será siempre tu casa porque así lo quisimos… Y si nos quieres denunciar, y si quieres denunciar a tu padre, pues mañana mismo nos denuncias, pero ten en cuenta que te estarás denunciando a ti mismo.

A tu padre se le saltaban las lágrimas y a mí casi casi. Santiago había terminado su discurso de una forma muy dura. Carmelo rezongó:

Yo no voy a denunciar a nadie. Eso se cosa de ustedes. Ahora me voy a la cama.

Y se levantó y se fue a su cuarto.

Pasado el día de Navidad volvimos a acompañarlo hasta Santo Domingo, los dos, el tabernero nos recibió de buen humor, y la tabernera como si fuera un hijo, Santiago le arrimó unos billetes:

Para los gastos…

Y nos volvimos sin un mal abrazo de él, pero con la confianza de que el secreto, el secreto que nos había permitido llegar hasta allí, iba a seguir entre nosotros, pero comprendí tarde, demasiado tarde, lo duro que tuvo que ser para tu padre digerir solo todo aquello con tan solo catorce años.

La emoción nos embargaba, sentí algo a mis pies, miré para abajo y vi allí al gato, echándose sobre ellos… No lo había visto en toda la tarde, aunque eso no me extrañó porque era un gato muy a su aire… Como todos nosotros…

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Los Ros XIX

Tenía el coche en el taller, así que había quedado con Paco para que ese fin de semana me acercara al pueblo. Paco conducía con la seguridad de quien conoce bien la carretera, del que sabe con antelación dónde debe levantar el pie del acelerador porque se acercan las curvas malas, en qué rectas la gente se embala, y cuando quieres recordar te encuentras un coche de frente y tienes que hacerle hueco en la derecha, casi rompiendo las leyes de la física… Recuerda dónde tuvo que afrontar él mismo una multa por exceso de velocidad, cuando lo cazó un radar móvil, y dónde suelen apostarse los de Tráfico, claro, aunque esto es siempre un azar.

La carretera está ahora de maravilla, no como antes, que eran todo curvas y además estaba llena de baches inició él la conversación sin que yo le dijera nada. ¿Sabes? La primera vez que hice este recorrido me mareé todo, lo pasé tan mal que todavía me acuerdo, y además estaba el animal aquel del chófer que tenía don Alfonso, el de la casa grande.

Fue como si me despertara de pronto, porque con Paco, tan próximo y tan familiar, apenas había comentado nada de aquellos años lejanos por los que ahora me había vuelto a interesar.

¿Cómo fue eso? —le tiré de la lengua, dispuesta a no perder la oportunidad.

Pues como sabes mi madre era muy bien recibida en la casa grande, y don Alfonso le tenía una gran estima porque mi padre sirvió con él durante la guerra, de hecho murió estando con él, que esa es otra historia… Mi madre besaba la tierra por donde pisaba don Alfonso, pero la verdad es que a pesar de lo que ella diga, yo no he terminado de verlo nada claro.

Tu madre me dijo que era muy calavera, muy señorito, muy de Falange, pero que con ella se portó muy bien porque fue el que le consiguió la pequeña pensión…

¡Nos ha fastidiao! ¡El señorito! Mira, Gabriela, han pasado muchos años y total ya ¡qué más da!, mi padre se quedó para siempre allí, en un lugar de la sierra de Teruel, en lo mejor de su vida, y nadie le va a devolver la vida, pero más de una vez he pensando que en la muerte de mi padre hubo algo raro, pero mi padre era el soldado, el asistente, y el señorito era el señorito, así que mejor no revolver. A la viuda, a mi madre, le taparon la boca con cuatro perras y a seguir viviendo. Nunca apareció el cuerpo de mi padre, que si lo enterraron aquí, que si con las prisas lo enterraron allá…, que si al final le dieron como desaparecido… Yo para mí que don Alfonso sabía bien qué era lo que había pasado en aquella emboscada cuando los coparon en la sierra, pero que mejor todos callados. Y por eso éramos bien recibidos en la casa grande, porque mejor tenernos contentos… A mi madre, claro, porque yo era muy pequeño… Y no, de mi padre no tengo ningún recuerdo, porque cuando se marchó al frente yo acababa de nacer… ¡Pobre madre! ¡Y cómo me sacó adelante!

¿Y qué decías del chófer…?

Pues qué voy a decir, que era un animal, como don Alfonso, a fin de cuentas, pero este sin ninguna educación… Y es que me tuvieron que operar de anginas, que entonces te las quitaban en menos que canta un gallo, y a Burgos fuimos en el coche de línea, pero al volver don Alfonso puso su coche oficial a nuestra disposición, porque el chófer y el coche iban y venían continuamente al pueblo… Y mi madre, aceptó, claro, pero fue montarnos en el coche, y el animal aquel empezar a vociferarle a mi madre que si a ver si le íbamos a manchar la tapicería, que tuviese cuidao… y yo, que iba…, pues figúrate, recién operado de anginas, pues a la segunda curva empecé a vomitar, y eso que iba bien cogido en el regazo de mi madre, y la Juana desplegó unas toallas que llevaba en una bolsa, pero el otro allí, protestando y quejándose… Tuve pesadillas durante mucho tiempo, a pesar de que enseguida don Alfonso cambió de chófer… Todavía oigo sus gritos y a mi madre no sé si defendiéndose o disculpándose… ¡Qué animal!

¿Y don Alfonso qué dijo?

No me digas, no sé si mi madre se lo llegaría a comentar o se calló, o si el chófer le dijo algo a su jefe… El chófer era también de Falange, iban siempre con la camisa azul, el yugo y las flechas aquí, en el lado izquierdo… Y corría también el cabrón, como ese —un coche nos acababa de rebasar con apuros—, que parece que llevaba prisa… Y es que en aquellos tiempos quien tenía un coche, pues ya ves… Tuve pesadillas yo con el chófer de don Alfonso y aquel coche, que era un Hispano Suiza de aquellos negros…, ¡hasta en sueños oía el ruido del motor!

¿El ruido del motor? Se me abrió una ventana con aquellas pesadillas de Paco, que parecían llegar hasta el presente, una ventana absurda, un clavo ardiendo al que agarrarme.

Oye, Paco, ¿y tú te acuerdas de cuando llegó mi padre al pueblo?

¡Qué ha de hacer! ¡No me voy a acordar! Todavía veo a la Juana allí, asomada a la ventana, y yo pingándome a su lado porque no llegaba a ver nada, y el Santiago, que era un tiarrón, allí abajo con el rebozo lloriqueante a la altura del hombro. ¿Es un niño, madre?, recuerdo que le pregunté a la Juana, pero mi madre, ya sabes, calla y vuelve a la cama, me ordenó, pero yo me quedé despierto viendo qué hacían y oyendo lo que hablaban y vi como mi madre se vestía a toda prisa y cogía el mantón y bajaba por las escaleras, y yo me subí a un tajo para asomarme a la ventana y vi cómo torcían camino de la casa de la prima Antonia. ¡Cómo no me voy a acordar!

Y por casualidad ¿no oirías un coche aquella noche?

¿Un coche? Allí no había coches, allí solo estaba el Santiago con los pelos revueltos y los carros que pasaban a acarrear. ¿Por qué iba a ver oído yo un coche? ¡Ah! ¿Por lo que te he dicho de las pesadillas? No sé, mujer, ya te digo que soñaba a menudo con aquel viaje, pero aquella precisa noche…. ¡Cómo iba a saberlo y qué más da!

¿Confiar en Paco? Es un buen hombre y si me apuras más que familia, pero algo me detuvo. Tenía que ser prudente, que ya habría otras ocasiones…

Es que he pensado, pero a lo mejor es una fantasía mía, que a mi padre lo tuvieron que traer al pueblo en un coche, porque la madre, andando, no podía haber venido de muy lejos, que un niño tan pequeño no aguanta toda la noche sin mamar…

¡En coche! —se extrañó Paco—. ¿De dónde sacas esa idea? A tu padre lo traerían en carro los quincalleros o los gitanos que rondaban por el pueblo, y le daría de mamar alguna gitana, que siempre andan bien provistas, pero eso no quita para que fuese un encargo, que el chico no era de ellos, ¡vaya!, sino que por dinero trajeron el bulto y lo soltaron en el primer sitio que encontraron, que la casa de los herreros era la primera del pueblo entonces… porque ¿sabes?, a mí nunca me pareció que tu padre fuera hijo de Martín.

Pegué un respingo en el asiento:

¿Y por qué dices eso?

Paco no parecía ni sorprendido ni nada, hablaba con naturalidad, y yo pensé alarmada en otra confesión:

Pues porque no se parecían en nada, y los hijos siempre sacan el aire de los padres. Ya ves, yo no conocí al mío, pero durante mucho tiempo me dijeron que era como él, y cuando fui mocito que era como estar viéndole a él. Pero tu padre, el Carmelo, ¿a quién se parecía?, ¿eh?

Pues a su madre, como tú a la tuya, pese a lo que digas. Que tú eres el vivo retrato de la Juana, que si no te hubiera parido tan poco le hubieran cabido dudas.

Paco se rió, pero insistió:

Sí, pero el aire de familia siempre sale. Yo miro una foto mía de joven, y veo la de mi padre, y oye, que tampoco podría haber negado él que yo era hijo suyo.

Habíamos llegado al pueblo y Paco me paró a la puerta de la fragua antes de seguir él su camino calle adelante.

Luego te veo —dijo ayudándome a bajar las bolsas— y si no hasta mañana.

Hasta mañana, Paco, que encuentres bien a la Juana.

Martín al oír el coche había salido a la puerta y estaba ya metiendo las bolsas del supermercado.

Me había parecido que tardabais, como ahora se hace tan pronto de noche, las tardes se hacen eternas.

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Los Ros XVIII

Tras el otoño llegó el invierno. Debería decir el crudo invierno, pero la verdad es que hasta el clima se ha suavizado y por el pueblo ya no caen las nevadas de antes, yo diría que ya no nieva, pero abundan las nieblas, esas nieblas frías que se te meten hasta los huesos y más de una mañana dejan en las ramas de los arbustos los frutos blancos del frío helador.

Pensaba en ello una mañana en la que la claridad apenas levantaba y yo me abría paso por la carretera, una carretera a la que la poca prisa había despejado por completo aquella mañana de enero. El pensamiento me vino de pronto, se me ocurrió así, al llegar al cruce de la general.

De pronto pensé que hacía unos cuantos años, tantos como los sesenta con los que había muerto mi padre, que un coche tuvo que tomar una decisión, aunque seguramente ya la tenía tomada, ¿para Soria o para Burgos? Burgos, incluso en aquellos años estaba a menos de media hora, y desde allí todo un abanico de posibilidades llevaba directamente a distintos puntos de España, todos lo bastante distantes del pueblo, como para que nadie fuese a buscar en ellos a la madre de un niño pequeño abandonado en un pueblo de la sierra. Soria quedaba algo más lejos, aunque tampoco demasiado como para que un automóvil pudiera ir y volver una noche de verano, pero Soria era muy pequeño, en Soria se conocían todos y…

¿Por qué me daba por pensar en ello allí y ahora? No sé muy bien por qué, pero en el cruce, al mirar a izquierda y derecha para coger la general, me vino a la cabeza el pensamiento que se le había escapado a Martín el verano anterior entre confidencia y confidencia: Carmelo, tu padre, vino en coche. Santiago me lo dijo aquella mañana en que bajamos a Salas en busca de su madre.

No habíamos vuelto sobre ello, yo dejaba a Martín que me fuera contando sus secretos, sus secretos —algunos vergonzantes— mejor guardados, porque muerto mi padre, el viejo Martín necesitaba liberarse de ellos, como si supiera que a él también le quedaba poco, y que yo tenía todo el derecho del mundo a saber cuál era mi incierto origen, una verdad que nunca había contado del todo a mi padre, porque este no les dio ocasión, porque los acontecimientos tomaron su propio destino, y porque los moribundos, aunque estén dispuestos a decir toda la verdad, no siempre llegan a tiempo, así que había llegado el momento…

Pero Martín seguía sin tener todas las claves, y tenía que seguir guardando ciertos secretos, porque ¿qué sentido hubiera tenido decirle a la Juana cuál era la verdadera orientación sexual de Santiago y de él mismo? Martín tenía la impresión de que a pesar de los años pasados, la Juana nunca le habría perdonado que él fuera la verdadera causa de no haber podido vivir su vida en santo matrimonio, bendecido por el inevitable don Germán, otro que se fue de este mundo llevándose algún secreto, aunque en su caso el secreto de confesión lo justificara todo.

La Juana, la Juana, el deterioro cognitivo de la Juana era notorio, pero se la veía feliz, allí en el pueblo, donde había nacido, vivido y donde quería morir. Yo estoy bien en mi casa, y el Paco, con la jubilación en puertas, bendecía a Dios por haber encontrado a aquella negrita que cuidaba a su madre, como si de su propia madre se tratara.

Cuando pensaba en esa mujer de pelo prieto en moño, arrugas profundas, ojos claros y vivillos, sentada al lado de la estufa y bisbiseando rosario tras rosario, se me iban los ojos a la foto de encima de la cómoda. Era como una película, a la imagen del presente se sucedía como en un flashback esa Juana joven, de melena rizada sobre los hombros, labios pintados de rojo la foto era en blanco y negro pero mi mente la coloreaba y una alegre blusa de flores.

Esa mujer joven, alegre, despierta, no podía haber sido tan ingenua, seguro que sabía algo más, aunque lo hubiera ocultado en lo más profundo de su ser para que ni en tortura se lo arrancaran, pero seguro que estaba allí y quizá, quién sabe, algún día saldría a la luz… No había que perder la esperanza.

En eso entretuve mis pensamientos durante el corto viaje aquella mañana de vuelta a Burgos, en calcular distancias y tiempos, en pensar por lógica, que un día de fiesta como era el del Carmen, alguien más del pueblo tenía que haber visto ese coche, haber oído ese motor… y quizá alguno todavía estuviera vivo, algún chiquillo, algún niño de esos que guardan en su mente imágenes que no saben con qué relacionar, pero que están ahí. Sí, tendría que aprovechar todas las posibilidades para preguntar, aunque los del pueblo pensaran que a qué ton venían ahora aquellas preguntas sobre hechos ocurridos hace tantísimos años, y cómo saber si pertenecían a ese día o a otro cualquiera.

Si Martín no era en verdad mi abuelo, tal como decía, ¿quién? La prueba del ADN, que ya había descartado, volvió a mi mente.

¿Y mi abuela? ¿Dónde podría encontrar a esa abuela que nunca existió?

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Los Ros XVII

Volvimos a Burgos muy tarde porque donde la Juana nos entretuvimos más de la cuenta. ¡Cómo no iba a estar mi madre a gusto allí con todo lo que le debía! ¿Qué hubiera hecho nuestra familia sin esta mujer que pese a no ser propiamente de ella lo era todo para nosotros?

La Juana tenía un hermano y muchos primos, pero desde que se quedó viuda era también una rama desgajada de algún tronco invisible, un tronco casi inexistente, una rama, ella, y una ramita, su hijo Paquito, al albur de lo que surgiera en el camino, una rama con muy mala suerte.

Mi madre y la Juana se sumergieron en una conversación de mujeres, y Dina y yo allí, como tontas, sin decir ni pío, o solo en algún aparte para hablar de los pequeños detalles domésticos. La Juana le recordaba lo bien que mi madre se había adaptado a la vida del pueblo:

Claro, Juana, ¡cómo me iba yo a asustar de tener que ir al corral a vaciar el orinal y a lavar al lavadero si yo era de aldea! Si es que la gente dice mucho, pero yo de señoritinga no tenía nada, a ver, si no hacía tanto que había dejado las vacas y las gallinas por mucho que estuviera sirviendo en una capital… porque Ferrol, eso sí, ¡había que ver Ferrol entonces!, que no le tenía que envidiar nada a Burgos, con estar las dos ciudades llenas de militares… Pero la gente ya se sabe, y ¡menos mal que apareció Carmelo para acallar los rumores!, que yo sé bien que ya había quien había corrido el bulo de que yo era una novia tardía del propio Martin, ¡pobre Martín!

Bah, pero eso fue solo una persona, que yo bien me lo sé… Y además don Germán se puso muy serio y dijo que el que quisiera ver los papeles que se pasara por su casa, pero nadie se atrevió.

Yo a don Germán lo veía un poco entrometido, asomándose a la puerta cada dos por tres a preguntar, a interesarse por Gabrielita y por Carmelo y si Martín volvía a casa por las noches… Con Martín yo le veía una cierta complicidad, pero a la vez como que le huía… No me atreví a preguntarle por qué el cura entraba por nuestra casa como por la suya.

¡Y qué guapa estabas con ese vestido rosa! Martín siempre fue generoso, pero ya sé, ya sé que tú tenías tus ahorrillos, pájara. A ver si te ibas a poner tú también de luto, ¿a qué ton? Que la muerte de vuestro tío estaba reciente ¿y qué? ¿Qué tenías tú que ver con alguien a quien ni siquiera conociste? Oye, y el Carmelo era buen mozo y el uniforme le sentaba de perlas… ¡Qué lástima, hija, que al final no os entendierais!… Me alegro de lo tuyo con Ramón… Oye, ahora podréis casaros…

¡Pero Juana…! —ahí intervine yo porque me hacía gracia que la Juana siguiera siendo tan beata, porque lo de que mi madre estuviera viviendo con un hombre que no era su marido, es decir en pecado, siempre se lo recordaba. Ahora, es verdad, nadie había caído en lo obvio: mi madre era también viuda a los ojos de la Iglesia y nada ni nadie podría impedirle casarse con el hombre que convivía, pero…

Bueno, Juana —intervino mi madre, quitando hierro al asunto—, ahora lo primero es que Ramón se ponga bien y luego ya veremos. Azahares no voy a llevar, pero ¿quién sabe si no me compro un vestido blanco esta vez? Ya te pediré consejo, porque si me caso tú vas a la boda sin excusas… y mira, a lo mejor casamos a la Gabrielita con el Romontxu, que esta, ya ves, se la va a pasar el arroz y ahí sigue, y el otro ¡para qué te voy a contar!

La Juana se rió ante la broma, hizo un esfuerzo y suspiró:

¡Ay, hija! Si estoy que no me tengo. Ya ves…

¡Qué beatona sigue siendo la Juana! —le dije a mi madre camino de Burgos—. Mira que insiste con lo que te tienes que casar.

¡Ay, hija! —replicó mi madre—, ¡pero cuánto le debo! La Juana supo ser la madre que no conocí, y estuvo a mi lado cuando más falta nos hacemos las mujeres unas a otras.

No dejé que mi madre se pusiera sentimental, porque iba a terminar poniéndome yo también y estaba cayendo una buena, llovía con intensidad, el camino se hacía difícil y tenía que ir atenta a la carretera. Desvié la atención hacia tu madre:

Creo que hemos acertado con Dina, se la ve tan atenta, tan dispuesta a aprender… ¡Pobre gente esta que tiene que dejar su casa, su país, su idioma…!

¡Y pobre! Perder al marido así en un accidente tan tonto, cuando todo se le empezaba a arreglar… A la Juana le cae bien porque se siente muy identificada con ella, las dos tan jóvenes, viudas, el marido enterrado sabe Dios… Al poco de llegar al pueblo, la Juana me dijo que la acompañara al cementerio y me enseñó la tumba de Santiago, allí, a la orilla de la iglesia, apenas una cruz clavada en la tierra y flores frescas que le llevaba la propia Juana. Me confesó que su pena era no podérselas llevar a su marido, pero que lo enterraron tan lejos y ¡a saber!

—Pero hasta que quitaron la cruz esa en recuerdo de los caídos que estaba a un lado del atrio, la Juana llevaba flores allí también, porque allí estaba grabado el nombre del marido… ¡Menudo berrinche que se llevó cuando la quitaron! Comunistas, decía, ¡comunistas! ¡Qué mal hacía la cruz! Me lo contó Martín.

¿Y Dina? Perder al marido así en un accidente tan tonto, cuando todo se les empezaba a arreglar. ¿Sabes que está ahorrando para poder llevar las cenizas del marido a su pueblo y poder traerse a su niña? Porque tiene una niña, lo sabes ¿verdad?

Sí, yo sabía que Dina tenía una niña pequeña que había dejado en su aldea, al cuidado de unos familiares cuando ellos habían emprendido el largo y aventurado viaje. A Dina, a tu madre, me la recomendaron en la organización, no la recordaba, pese a que fíjate ¡qué casualidad!, una vez había pasado por su aldea. Yo no la recordaba a ella, pero ella sí que se acordaba de mí, de cómo estuve pasando consulta en el dispensario de la capilla, de cómo les daba consejos, de cómo el intérprete, el propio sacerdote traducía… Yo como buena española nunca fui ducha en idiomas, pero ella, ya ves, tan poco tiempo en España y ya se llevaba y se entendía a la perfección con la Juana… ¡Cuánto me he acordado de esas palabras de mi madre! ¿Sabes que Dina tiene una niña pequeña?

Luego, de pronto, mi madre cambió de tema:

Hija, y te lo digo de verdad, vas a cumplir ya cuarenta años…

Y dejó la frase en suspenso porque de sobra sabía yo a qué se refería, como si no lo hubiéramos hablado más de una vez, que no todo era trabajar, que había que pensar en una familia…

Madre, no parece que nuestro destino sea encontrar el amor de jóvenes —le dije en clara alusión al fracaso de su matrimonio con mi padre y su tardío amor con Ramón.

Mi madre suspiró:

Pero, hija, ¡no va a ser todo siempre igual! Deberías pensar en ti.

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Los Ros XVI

¡La alegría que le dimos a Martín!

Le faltó tiempo para despedir a Dina y mandarla donde la Juana:

Anda tranquila, que a ella le haces más falta —luego se volvió hacia nosotras —. Le estaba enseñando a hacer un bollo de nata, por enseñarle algo, porque estas chicas, allí en sus pueblos, no sé ni qué comen. Ahora nos vendrá bien para merendar. ¿Cuánto os vais a quedar?

Miré a mi madre antes de aclararle que la nuestra era visita de médico, que yo tenía que trabajar y mi madre volver a Pamplona. Pareció un poco contrariado, pero siguió a su aire. Empezaba ya a anochecer y se notaba algo de frío, la gloria estaba preparada, Dina la había dejado ya preparada, y el abuelo la encendió.

Hay que pensar en poner radiadores eléctricos de una vez —le dije—, ya estás muy viejo para andar con leñas y estas cosas.

Martín me corrigió:

No merece la pena, hija, que ya sé que me queda poco.

No digas eso, Martín —replicó mi madre—. Si quieres que te diga la verdad, esperaba encontrarte más pachucho, pero te veo estupendamente.

Bueno, ¿qué tal está Ramón?

Bien, bien. Recuperándose pero ya bien, estas cosas son lentas. Por eso he venido, porque le he podido dejar solo un par de días, pero tengo que volver de todas formas.

¿Quién te lo iba a decir, eh? Encontrar tu media naranja tras tantos años.

Porque sabrás que cuando mis padres se separaron yo estaba estudiando en Pamplona, tenía alquilada una habitación en un piso de estudiantes con otras chicas, pero al separarse, mi madre no se lo pensó dos veces y se vino conmigo. Alquilamos un piso para las dos y ella empezó a buscar trabajo. No lo encontró enseguida, tardó un poco en encontrar una cafetería que la contratara para hacer lo que había hecho siempre en el bar con mi padre, ocuparse de la cocina… Aunque mi padre nunca nos negó un duro, ni a mí ni a ella, y el bar seguía dando para mantenernos a todos, mi madre pensó desde el primer momento en ponerse a trabajar, decía que con su propio dinero conseguiría más pronto la total libertad, y así fue, no paró hasta que consiguió un trabajo en la cocina de un café para hacer tortillas, platos combinados, tostadas… Al principio apenas salía, solo si yo la arrastraba alguna vez al cine el día que libraba, pero el resto del tiempo, cuando no estaba trabajando, pues se quedaba en casa tranquila, haciendo punto y viendo la televisión. No paraba de hacer jerséis, bufandas…

Cuando terminé la carrera y decidí seguir mi propio camino, mi madre se quedó en Pamplona porque para entonces ya se había asentado y había hecho alguna amistad en el barrio… Yo había decidido recorrer mundo y terminé en África, donde como sabes conocí a tu madre… Con mi padre me llevaba bien, pero distante. Se pasaba la vida en el negocio y a mí el ambiente del bar no me gustaba mucho, pensándolo bien ¿qué mejor cosa podría hacer un hombre solo? Allí, si no amigos al menos tenía conocidos. Por casa iba a dormir y poco más, el resto del tiempo lo pasaba en el bar, en un bar que no cerraba nunca porque ¿para qué? Cuando yo estaba en Burgos paraba algo más, pero no coincidíamos mucho, así que cuando me ofrecieron lo de entrar en la ONG me lo tuve que pensar poco.

Al pueblo tampoco venía mucho, aunque veía alguna vez a Martín, que se acababa de jubilar y se había venido al pueblo… Decía que a fin de cuentas tampoco le ataba nada en Salas, que Salas era solo un trabajo, pero que solitario como siempre fue, ni tan siquiera había hecho verdaderos amigos, así que con los ahorrillos arregló otra vez la casa, se hizo con un huerto y hasta se echó gallinas, conejos y pavos porque quería comer sano, ya ves, a él que no tenía nada de hortelano le dio por ahí. Aquí seguía llevando la misma vida solitaria, pero al menos, según decía, estaba en casa, en su casa.

Con mi padre las relaciones habían sido muy distantes, y eso que venía mucho aquí al pueblo, a mí me traía en algunas ocasiones, porque le gustaban las patatas y las alubias que le vendían los pocos labradores que iban quedando. Veníamos pero nos marchábamos en el mismo día, sin apenas ver a Martín. Fueron unas relaciones muy tirantes las que tuvo mi padre siempre con el suyo. Cada uno a lo suyo, cada uno por su espigón, como solía repetir mi madre. ¡Vaya familia que estábamos hechos por entonces los Ros!

Estando en África, mi madre me dijo un día en esa llamada que yo le hacía cada quince días, que había conocido a Ramón, desde el principio se refirió a él por el nombre, que la llevaba unos cuantos años, pero que era simpático, echado para adelante, y sobre todo muy buena persona, viudo y con un único hijo ingeniero en Bilbao… Aquel día no me dejó hablar a mí, se ve que estaba realmene ilusionada… Bueno, mi madre y Ramón son en esto de los hijos como dos almas gemelas, hijos únicos ausentes, sin nietos… Aunque ahora, mira, la abuela te tiene también a ti, iremos a verla a menudo, te gustará Pamplona… Y ¡qué lástima que Ramón esté en esa situación! ¡Con lo que ha sido ese hombre y eso que le he conocido poco!

Aquella tarde mientras nos comíamos el bollo de nata que había ayudado a preparar tu madre, Martín y la abuela recordaron su boda, que debió ser algo más parecido a un funeral que a una boda…, porque mis padres se casaron por poderes. Mi madre necesitaba cuidados médicos, la fecha del parto se aproximaba y don Germán removió Roma con Santiago, no dudando en acudir a Ferrol, a las autoridades militares… Cuando curas y militares se empeñan en algo…, pero el poder y los permisos llegaron a tiempo y una mañana con la Juana y el cabo de la Guardia Civil como testigos, se celebró la boda en la iglesia del pueblo: Martín tomó el lugar de su hijo. A continuación desayunaron los cinco café con leche y tarta, que había preparado la Juana en su casa, y en un taxi, Martín, la Juana y mi madre salieron para Burgos a casa de una prima de la Juana, donde mi madre y la Juana esperarían la llegada del parto ya amparada mi madre por la sanidad militar. Martin volvió a su trabajo en Salas, pero no sin hacerle prometer a la Juana que a la menor novedad le llamaría, y que ya que su hijo andaba por esos mares, él estaba allí para lo que fuera menester, y que mi madre era ahora ya su hija y él a fin de cuentas el familiar más cercano.

En el pueblo se quedaron los rumores, los dimes y diretes y el recordar otros tiempos: ¡Mira con el Carmelo cómo nos ha salido! De tal palo tal astilla… Quien a los suyos se parece…, decía más de uno en la taberna con sorna. Don Germán trataba de poner coto a todas aquellas habladurías, recordando a más de uno que el que estuviera libre de pecado que tirara la primera piedra, pero las piedras debieron seguir cruzándose en el lavadero, en el colmado, en la taberna y por las esquinas, porque en los pueblos pequeños es imposible cortar esas cosas… Lo mismo pasaba en la aldea donde nació tu madre.

Yo nací en el hospital militar, mi madre tuvo un parto difícil pero fue muy bien atendida, aunque ya le dijeron que probablemente no iba a poder tener más familia… Entonces no se daba mucha importancia a esas cosas, se aceptaba y ya está, los hijos los mandaba Dios y lo mismo que te mandaba un montón no te mandaba ninguno… Hoy seguramente las cosas hubieran sido de otro modo y mi madre hubiera podido tener más hijos, pero ¡qué importa eso ahora!

Yo nací sana, me bautizaron allí mismo en el hospital y la Juana, una vez más, y Martín fueron mis padrinos. Volvimos al pueblo, donde las habladurías ya se habían mitigado un poco… La Juana, que por entonces ya estaba sola pues Paco vivía en Burgos, pues trabajaba en Loste, se pasaba más tiempo en nuestra casa que en la suya… Martín subía todos los días a dormir, poco antes de morir Santiago se había comprado una motocicleta, aunque de poco le sirvió ante la muerte de Santiago, pues siempre lamentó no haber llegado a tiempo.

No dudó en dejarnos la alcoba y la gran cama de hierro, en la que toda la vida habían dormido él y Santiago, a mi madre y a mí. Bueno, para mí buscó la cunita que había sido de mi padre y que había hecho el propio Santiago. Martín no era tan manitas como él, pero la cunita estaba intacta, solo sucia, así que solo tuvieron que limpiarla y pintarla de nuevo. Él no dudó en instalarse en el cuartito de mi padre, donde apenas cabía una cama turca y un palanganero…

¡Y en esto, por sorpresa, llegó mi padre con un permiso!

A pesar del luto, pues lo de Santiago estaba todavía muy reciente, Martín se empeñó en celebrar la boda y el bautizo, aunque ambas cosas ya habían pasado. E invitó a medio pueblo en parte para callar las habladurías y para decir que todo era normal. La gente disfrutó y lo único que no hubo fue música, por el luto, pero hubo regocijo, e incluso subió un fotógrafo a inmortalizar a mis padres conmigo en brazos, mi madre muy elegante, vestida de rosa, y mi padre de marinero. Es esa foto que ves ahí sobre la cómoda, debajo de esos abuelos que nunca fueron nuestros abuelos…

Me resisto a pensar que ese momento, mis padres felices conmigo en brazos, fue el único momento auténtico en nuestra familia, familia tejida sobre un tramazo de mentiras y endeble, hecha de frutos solitarios que se han ido arracimando alrededor de lo único que tenían, esa gran mentira que hizo hermanos a dos amantes, y un secreto que un moribundo se llevó a la tumba. ¿Quiénes somos realmente los Ros?

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Los Ros XV

Por la tarde llegó mi madre y ¡no veas las ganas que tenía de verla!

Habíamos hablado a diario por teléfono durante todo el verano, pero hay cosas que son para hablarlas cara a cara, y habían sido tantas las novedades de aquel verano…

Mi madre estuvo con nosotros en los últimos días de mi padre, y volvió a Burgos cuando tuvimos que ingresar al abuelo, pero Ramón también enfermó repentinamente y mi madre volvió a Pamplona. ¡Vaya racha que llevaba también ella! Luego, pues ya lo sabes, yo me cogí las vacaciones y me vine con el abuelo al pueblo, ella siguió en Pamplona, y ¡por fin, aquella tarde ya de otoño volvíamos a encontrarnos!

Al principio me pareció sentir un cierto resquemor, porque no me hubiera acercado yo a Pamplona:

Si tanto me echabas de menos me reprochó, bien podías haberme hecho una visita pero no me dejó defenderme, porque de sobra sabía la razón: pero ya sé, ya sé, el abuelo, tu trabajo…

Luego, ya en casa, sentadas frente a frente, calentándonos las manos en una taza de té —fuera llovía y hacía frío— le pregunté directamente:

¿Cuándo supiste que Martín y Santiago no eran hermanos?

Muy pronto suspiró. A tu padre se le escapó en una de nuestras primeras discusiones, pero yo entonces ni entendí ni quise entender, me preocupaba más mi futuro con aquel hombre que tenía enfrente que los dimes y diretes familiares, que se me escapaban…, entonces éramos todavía todos muy ignorantes. Creo que tu padre trataba de justificar su brusquedad, su dureza conmigo, porque los hombres tenían que comportarse siempre como hombres, recalcaba, y se lió y yo me lié aún más, me fui de la habitación llorando a encerrarme en el váter. Cuando salí tu padre había vuelto al bar y no volvimos a hablar de ello en demasiado tiempo.

Mira, yo a Martín le debo mucho y siempre le tuve cariño y respeto, porque él se portó conmigo como un hombre de verdad, supliendo a tu padre cuando estaba ausente, atendiendo las obligaciones de su hijo hacia aquel niño que iba a nacer… Siento mucho no haber podido estar contigo en el pueblo, pero yo ahora me debo a Ramón… Mañana mismo, en cuanto salgas de trabajar, nos vamos al pueblo porque quiero dar un abrazo a Martín, y más si me dices que ha perdido mucho, que no se ha repuesto del todo y que ¡quién sabe! Seguimos siendo una familia, aunque seamos pocos y estemos cada uno por su espigón, y lo que haya que hacer lo haremos de acuerdo. Siempre ha sido así, aunque parezca, como ya te digo, que cada uno va por su lado y a lo suyo, siempre hay un hilo que nos mantiene en contacto, aunque sea el débil hilo del teléfono.

Tu padre no es que fuera violento, te digo la verdad, como te lo dije en su momento, que nunca me puso la mano encima, lo suyo era otra cosa… Y no siempre fue así, claro, su actitud se fue agravando con el tiempo, aunque ¡quién sabe si en estos tiempos yo me hubiera enamorado de él!

Como sabes yo había dejado mi pueblo para ponerme a servir en Ferrol, que entonces era una ciudad donde había muchas posibilidades y muchos militares, no como ahora. Yo era una chica libre, huérfana, y con una tía, que con demasiadas cargas, había visto con buenos ojos que me hiciera cargo de mí misma… La casa donde entré a servir era una buena casa, el señor era militar, marino, y a menudo estaba fuera, la señora era amable y llevaba la casa con buena mano, tenían dos hijos pequeños y esperaban otro… Los jueves por la tarde librábamos, y bajaba al Cantón con otras chicas a pasear del bracete, a comer pipas o a obsequiarnos con algún helado en verano. Allí conocí a tu padre, lo típico, ellos, los marineritos, te piropeaban al pasar y nosotras nos dejábamos y nos reíamos. Tu padre entonces, aunque no destacaba mucho, era buen mozo y guapo, tenía algo, y me cayó bien y nos caímos bien, y de lo uno pasamos a lo otro…

Ahora en la distancia veo que siempre hubo cierta brusquedad, veo que nuestras relaciones siempre fueron así, no voy a entrar en detalles, pero a mí, ignorante totalmente, me parecía lo normalYo en el pueblo había tenido un novio, éramos muy niños y no sabíamos nada, dos achuchones, nos pillaron en el pajar… Yo me llevé una buena paliza y él, pues lo mismo, no nos volvimos a acercar ni de lejos. ¡Qué diferencia con Ramón a pesar de la edad! Así que en la práctica tu padre fue mi primer novio serio, con el que fuimos a más, y bueno, no voy a decir que no me gustaba porque por eso seguí con él, aunque ahora piense que las cosas tenían que haber sido de otra forma.

De los paseos por el Cantón, como fuimos a mayores, pasamos a vernos en un cuartucho que alquilaba la señora Encarnita a parejas como nosotros, y a otras más comprometidas, que ¡la de casados que pasaban por allí con sus entretenidas o simplemente con las prostitutas que se acababan de apalabrar! El cuartucho era una cochambre en el que te daban más ganas de ponerte a limpiar que a otra cosa, pero era lo que había y nuestra relación era esa, esperar de jueves a jueves, y algún domingo entre medias… El cuarto era pequeño y solo había en él una cama, con unas sábanas no muy limpias, una silla que cojeaba y un lavabo con una palangana y un jarrón de porcelana desconchado, también había una orinal y una única toalla raída que se clareaba y apenas secaba, yo terminé por llevarme la mía y otra para Carmelo en un bolso grande, como de la compra.

En realidad fueron contados los jueves, pero los suficientes, claro, para que tú vinieras a este mundo. Al poco, un día, tras el primer desahogo, Carmelo encendió un cigarrillo, me lo pasó para que le fuera dando alguna calada, pero yo lo rechacé porque siempre fui muy pato para lo del fumeteo y me ponía malísima, venga a toser, y sin más me dijo que iba a ser de momento nuestro último encuentro porque lo iban a trasladar a Marín, ya que se iba a embarcar en el Juan Sebastián Elcano, que se iba a conocer mundo… No me importó demasiado, no me asusté ni pensé en nada, solo estaba allí disfrutando el momento, pasando el rato. Carmelo aplastó la colilla sin miramientos sobre el suelo y volvió a los juegos amorosos, bruscamente me dio la vuelta: Ahora por detrás, bonita, que lo pasamos bien. Su mano izquierda me acariciaba afanosa y tosca por delante… y todavía se me pone la carne de gallina, que tu padre entonces me gustaba y yo era de las que se derretían con poco.

Carmelo se fue y aquel mes no me vino la regla, dejé pasar casi otro hasta comprender que estaba en estado. Le escribí, pero ya se había embarcado y la respuesta tardó en llegar… A la tercera falta empecé a ponerme nerviosa y a sentirme mal, confié a alguna amiga qué era lo que me pasaba, pero en la casa en la que servía no dije nada, disimulaba y confiaba en que la tripa tardara en notárseme, pensaba estar allí todo lo que pudiera pero luego… ¿Volver a la aldea con mi tía? ¡No me lo quería ni imaginar! Lo más seguro es que mi tía no me admitiera y me pusiera de patitas en la calle por perdida. ¿Qué haría, entonces? ¿Volvería a Ferrol, pero a dónde? Me veía en la calle en todos los sentidos, me veía vieja y fea de buscona en los muelles, o en el Esteiro, dándole mi dinero a cualquier chulo a cambio de un poco de protección… Tuve alguna pérdida y me asusté, fui con una amiga a un médico particular que me aconsejó cuidarme y por mi bien que dejara el trabajo, pero no podía hacerlo, como bien sabes.

Entonces empecé a hacer memoria de lo poco que me había contado Carmelo de su familia, pero recordé que su padre era cocinero en un pueblo de Burgos, cerca de su propio pueblo… A la desesperada, cuando ya estaba casi de cinco meses, escribí otra carta. La respuesta de tu padre y Martín llegaron casi al mismo tiempo.

Todavía lo recuerdo con su traje gris claro y el galón de luto en la manga, una gorra dando vueltas entre sus manos nerviosas, chiquito, rubio, como siempre fue, plantado allí, en medio del salón de los señores, cuando acudí a la llamada de la señora.

Nuestra conversación fue muy breve. En aquel primer encuentro hablamos solo lo indispensable, yo le enseñé la carta que acababa de recibir de Carmelo diciéndome que estaba dispuesto a cumplir conmigo cuando volviera a tierra… Martín apenas la miró, noté que le subía una cierta emoción, una cierta congoja, pero se sobrepuso:

Mañana vendré a buscarte y nos iremos al pueblo. La casa de mi hijo es desde ahora tu casa. Tenlo todo preparado. Ya lo he hablado con tu señorita.

Le pedí un día más y también a la señora, porque había vuelto a manchar y ante la inminencia del viaje, me asusté y pensé que sería bueno visitar otra vez al médico. La señora comprendió todo, estaba a punto de tener ella misma su tercer hijo y quizá por eso insistió en acompañarme al médico. El médico me dio unas pastillas para el viaje y un informe, con el consejo de que me pusiera en manos de un especialista al llegar a Burgos.

Yo no la movería, pero entiendo que en sus circunstancias… hablaba dirigiéndose a mi señora como si yo no pintara nada allí, pero supongo que era lo natural.

Martín nos esperaba silencioso en la sala de espera y no dudó en echar mano a la cartera para pagar la consulta. Al día siguiente tomamos el changái. Dejaba atrás mi tierra a donde tardaría en volver. Mi familia seguía sin saber nada de mi embarazo, ya les escribiría cuando estuviera asentada en mi nueva vida. La señora se portó bien conmigo, me dijo que contáramos con ella y con su marido, que se encontraba ausente, por si necesitábamos algo, que entre militares era deber ayudarse…

Mientras esperábamos el tren sentados en un banco de la estación me atreví a preguntarle por quién era el luto. Fue entonces cuando me enteré de que Santiago acababa de morir y que a Carmelo probablemente todavía no le habrían comunicado la noticia, porque un tío no es un padre y… Recuerdo que me puso la mano en la rodilla con delicadeza y me dijo:

Ahora lo que tenemos que mirar es por ti, por ese niño que va a nacer… y que a Santiago le hubiera gustado conocer añadió casi en un susurro. Tengo amistades en Burgos que van a cuidar de ti, no te preocupes. Ese niño nacerá sano y Carmelo y tú os casaréis cuando vuelva de la mili. La vida sigue y hay que mirar hacia adelante. Tenemos que mirar por ese niño.

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Los Ros XIV

No supe qué pensar de lo que la Juana me había contado. Nunca la creí una ingenua ni una paleta, pero no quería ahondar ni en su memoria ni en su fatiga, así que dejé la casa y volví a la del abuelo. Ese día estaba algo más animado y hasta me había preparado una cena sencilla aprovechando el pescado que había traído.

Le pregunté directamente por lo que la Juana me había contado, que lo que la Juana había creído era que Santiago se había quedado impotente por una herida de guerra, pero el abuelo prefirió no contestarme… Como si no me hubiera oído, aprovechó para enlazar su propio relato.

Santiago no es que fuera un mentiroso redomado, pero las mentiras le habían servido para salir adelante, había aprendido a hacer de ellas sus mejores aliadas y compañeras, no le faltaba habilidad para ello. Dicen que se coge antes al mentiroso que al cojo, pero yo creo que a Santiago no le pillaron nunca, que siempre mejor o peor salió airoso. Yo era bastante más calamidad a la hora de las mentiras y del disimulo, a mí me pillaban antes de abrir la boca.

Yo siempre fui un pobre desgraciado, un huérfano abandonado que creció en una inclusa, pero ese no fue el caso de Santiago, que nació en una familia normal y todo fue normal, hasta que cuando ya era mocito se dio cuenta de cuál era su inclinación y comprendió que en el pueblo no iba a poder seguir, así que se buscó una salida al pueblo y la encontró en el ejército, que entonces no era como fue después. El padre de Santiago era herrero, de él aprendió el oficio y no le iba mal en su pueblo, allá en Huesca, en la raya con Lérida… Santiago, según me contó, siendo ya mocito y al poco de morir su madre, vio que le iban más los mozos que las mozas, así que decidió marcharse del pueblo, su padre no se opuso, porque aunque a él no le había ido mal, pensó que le iría mejor a su hijo en el ejército que machacando hierros… Ya ves, las vueltas que da el mundo. Santiago tenía una única hermana, murió de tuberculosis en Barcelona al poco de venirnos para acá, de hecho si tardamos en venirnos, en dejarlo todo, en cambiar de identidad fue porque Santiago quería seguir viendo a su hermana, se le hacía muy cuesta arriba no volver a verla.

Santiago fingió su muerte, o por lo menos su desparición, a manos de los maquis un día que salió a por suministros a una zona que conocía bien, porque era casi la suya… Nunca me dio muchos detalles, decía que cuanto menos supiera de lo que había tenido que hacer para que no fueran a buscarle, mejor para todos. Yo no tuve necesidad de fingir nada porque yo no era nadie, ni nadie me iba a echar de menos. El cuñado de Santiago, el único familiar que le quedaba, harto tenía con la enfermedad incurable de la mujer, no tenían hijos…, así que tras la muerte de su hermana Santiago se quedó tan solo como yo en este mundo. Dejamos Zaragoza, como ya te conté, quemamos tras nosotros los pocos papeles que hablaban de nuestra verdadera identidad, así que desde aquel paso al frente, solo nos tuvimos el uno al otro… y luego a Carmelo, que fue nuestra ilusión durante tantos años, ver crecer a tu padre… ¡y solo Dios sabe las ilusiones que llegamos a hacernos!

Yo nunca estuve con mujeres, puedes creerme, tu padre no era hijo mío, puedes estar segura de que tú y yo no llevamos la misma sangre, pero ¿qué importa la sangre? He querido a tu padre como si lo hubiera tenido con una mujer a la que hubiera querido como quise a Santiago. Ahora, quizás si lo acepté fue porque siempre sospeché de que era hijo natural de Santiago. Solo tras su muerte, cuando don Germán me reveló aquella confesión fallida, se me quitaron las dudas, porque los moribundos no mienten y menos al confesor. Santiago no pudo revelarle quién era el verdadero padre, si es que lo sabía, pero le aseguró a don Germán, que yo no era, que todo había sido fruto de una de sus mentiras, que Carmelo no era hijo de ninguno de los dos. Ya ves, porque sabía que el niño no era mío, tenía que ser de Santiago, que había llegado a ponerme los cuernos, no me digas cómo ni con quién, mientras yo estaba en Salas trabajando para traer alguna perra a casa. Para él lo de ir con mujeres formaba parte de su estrategia para disimular. Yo era un blandengue, un mariquita, pero Santiago era un tiarrón, que juraba, bebía, piropeaba a las mozas, y si había que ir de putas iba, así era cuando yo lo conocí durante la guerra, y después siempre tuve la sospecha de que yo no era el único, y que si una mujer se le ponía por medio… Fui injusto con él en eso, pero siempre se ha dicho que donde hay amor hay celos ¿no?

De su querer no dudaba, me quería, eso se sabe, pero lo cortés no quita lo valiente… Él lo era todo para mía, me había dado una dignidad, una familia que nunca tuve, un cariño, y hasta un hijo…, pero antes de eso, antes de que Santiago decidiera que íbamos a ser una pareja, que íbamos a ser el uno para el otro, yo lo único que hacía era dar tumbos y ser el capricho de cuatro degenados, porque a ti no te voy a engañar, que tú eres médica y sabes de la vida, no todos los homesexuales somos unos degenerados, pero entre nosotros los hay, como en todas partes.

Aquellas confesiones tan íntimas del abuelo me estaban empezando a revolver por dentro. Yo sería médico y sabría lo que era el mundo y estábamos ya en el siglo XXI, pero oír contar aquellas cosas tan íntimas a alguien tan cercano a mí me iba partiendo el alma a medida que iba desnudando la suya. Así me lo contó, tal como algún día trataré de contártelo a ti, sin tapujos, para que comprendas que lo importante no es de dónde venimos, ni quiénes fueron nuestros padres, sino quiénes somos de verdad las Ros y por qué solo nos tenemos la una a la otra, como Santiago y Martín solo se tuvieron el uno al otro en aquellos años duros de la posguerra, y como luego fue Carmelo, mi padre, tu abuelo, el que los colmó como familia, al menos durante unos años.

Era ya tarde, al día siguiente tendría que madrugar para volver a Burgos, pero no quería interrumpirle, porque el abuelo Martín había cogido carrerilla en la historia que había comenzado a contarme deslabazada a principios del verano. Ahora parecía como que se diera cuenta de que le iba a faltar tiempo, que había demasiadas cosas que contar, y siguió, y seguimos…

Es duro lo que voy a contarte, prosiguió, pero sé que no te vas a asustar y es importante para mí que entiendas lo que Santiago era para mí. Estábamos en plena guerra, pero en retaguardia, Santiago, que por entonces ya era sargento de intendencia, era el encargado de los suministros en los hospitales. A mí me habían destinado a la cocina de uno de ellos; la carta que me habían dado en el hospicio diciendo cuál era mi oficio, pinche de cocina, me había abierto algunas puertas. Yo entonces apenas hablaba, pero se me veía lo que era, porque siempre fui muy enclenque y algo afeminado y porque al contrario que Santiago yo no iba detrás de las faldas, pero sí se me iban los ojos detrás de algunos hombres, y algunos hombres me aceptaban, o quizá debería decir que se aprovechaban de mi condición para satisfacer la suya.

Un día un grupo de convalecientes empezaron a meterse conmigo en una salita que había al lado de la cocina, que servía de comedor, de bar, y donde se reunían los que estaban mejor antes de que les dieran el alta, estaban poco en esa situación, casi pasaban de la cama otra vez al frente o a la calle, pero allí jugaban al dominó, al mus, bebían algo de vino si lo había… Yo pasaba delante de ellos llevando algún suministro del almacén a la cocina porque se aproximaba la hora de la cena, y entonces uno de ellos, el más fanfarrón, me chistó:

¡Eh!, chaval, haznos una mamadita.

No hice caso, seguí mi camino, pero otro se interpuso:

Vamos, hombre, ¿dónde vas tan deprisa? Si sabemos que te gusta más que a nosotros— y se llevó la mano a la bragueta. Yo me quedé mirándole y mirando su mano.

Lo había hecho otras veces, así que ya sabía que en ciertos casos lo mejor es seguir la corriente para que te dejen en paz pronto.

¿Todos queréis que os la chupe? ¿Tú el primero? —pregunté al que me había cortado el paso.

Pero entonces surgió como un trueno la voz de Santiago que entraba por la puerta de la cocina.

¡Alto ahí! Este soldado solo me la chupa a mí.

Santiago imponía, yo le había visto alguna vez de lejos, pero solo entonces, cuando le vi enfrente de mí, sacándome ua buena cabeza, me di cuenta de que estaba ante un hombre atractivo, apuesto… Me cuadré como un idiota, sabía quién era.

A sus órdenes, mi sargento.

Todos se rieron pero Santiago volvió a rugir.

¿Qué os hace gracia? Soldado, sigue con tu labor y ya hablaremos más tarde.

Recogí las cajas que había dejado a un lado, cuando me habían interrumpido el camino y me metí a toda prisa en la cocina.

Como mande, mi sargento.

Santiago me buscó dos noches después, nos adentramos en las traseras del hospital, y entonces supe que había algo más que una fanfarronada, que una voz de mando para evitar un abuso. Nadie se volvió a meter conmigo, pero nadie supo realmente qué es lo que había pasado, porque tras nuestra primera noche juntos hubo otra, pero al día siguiente, Santiago, que libraba, no dudó en bajarse de putas a Zaragoza. Oí en la cocina contarlo al cocinero, que había sido su compinche. Cuando nos volvimos a encontrar no me atreví a decirle nada, lo tomé como normal, porque a fin de cuentas para mí era mejor tener un protector fijo que no ir de bragueta en bragueta, además Santiago no solo me atraía, es que me trataba con respeto, con amor, y yo no podía hacer otra cosa que hacer lo que me pedía, de satisfacerle a él y solo a él…

De lo de la Juana tardó en contarme, lo hizo cuando no le quedó más remedio, porque sabía que yo tenía mis celos… Y la verdad es que Santiago en el pueblo hizo siempre vida de cartujo, bueno, entiéndeme, iba muchoa la taberna, se apuntaba a las meriendas que podía…, pero no salía del pueblo más que por necesidad y en el pueblo pocas oportunidades había de ir con mujeres, ¡menos con hombres….! Si no llega a ser por aquella última confesión con don Germán… Algún día te hablaré de esto también, pero ahora me voy a la cama, que se ha hecho muy tarde. Mañana cuando te vayas dime que te vas, y no te preocupes por mí, que la Dina, esa chica sabe cuidarme y es muy cariñosa. ¡A mis años y con una mulata! ¡Quién te ha visto y quién te ve, Martín!, terminó el abuelo con humor, refiriéndose a tu madre.

Aquella noche no dormí. Me levanté muy temprano y me asomé a la habitación del abuelo, le di un beso y abrió los ojos y me sonrió.

Anda con ojo, hija, no se te espante el burro.

El abuelo, sus bromas y ese raro sentido del humor, con el que le recuerdo.

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Los Ros XIII

En lo que quedaba del verano ni sé los viajes que hice al pueblo hasta que todo quedó organizado, al final ya había cogido la rutina de venir una vez a la semana, traía la compra para las dos casas.

Al principio el abuelo se mostró renuente a dejarse ayudar, no quería nadie en casa y menos una mujer, pero luego vio que Dina era dulce, eficaz y de confianza, la verdad es que fue una suerte esos meses que estuvo con nosotros… Entre Paco, Mariluz y yo fuimos haciendo entrar en razón a los viejos, pero la buena disposición de tu madre fue definitiva. La Juana fue la que más fácil nos lo puso, quizá porque se vio peor, o por la edad, o porque le gustaba tener la compañía de una mujer… El abuelo simplemente se adaptó.

La Juana había dejado una historia a medias, la historia de aquel invierno en que mi padre iba cumpliendo meses y haciéndose un niño sano a fuerza de que todo el mundo pusiera de su parte. ¡Cuántas veces he recordado lo que decía tu madre de que para criar un niño se precisa la tribu entera! En el caso de mi padre aquello fue literalmente así.

Aunque la Juana parecía estar más dócil, ya no estaba tan locuaz, no sabría decir si la memoria le iba flaqueando o que la fatiga se hacía presente en todo, porque enseguida vimos que iba cuesta abajo. Le costaba contarme las historias que antes salían con fluidez, yo trataba de tirarle de la lengua, no quería por su bien que se dejara, pero se hacía la remolona. Por fin conseguí que me contara cómo había terminado aquella tarde de Santa Águeda, no es que tuviera una especial curiosidad, porque por lo que me había dicho el abuelo ya me lo podía suponer, pero algo me empujaba a conocer su versión aquel verano en que tantos secretos familiares estaban medio desvelándose a empujones dispersos, como si hubiera detalles que se nos pasaban por alto y que iban tirando de ellos.

Aquel día yo ya me iba, Dina le había servido la cena a Juana, apenas probó dos cucharadas del puré y al acercarse el plato con la tortilla francesa, que Dina había aprendido a hacer a su gusto, se despegaron sus labios, y yo al oír su voz me paré, porque intuí que allí estaba lo que faltaba.

Me acuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo: Santiago acababa de freírse un par de huevos cuando llegué a su casa, y se disponía a cenar. Paquito se había quedado dormido y lo había dejado bien arropado y la puerta de la cocina abierta para que le llegara el calorcillo del fogón, me había echado el mantón y había ido muy decidida donde los herreros. Entré sin más, porque la puerta nunca estaba cerrada y me planté en medio de la cocina, Santiago no me esperaba y se sorprendió al verme:

El Carmelo está donde la Antonia, hace demasiado frío para andar con él de acá para allá, prefiero ir yo a verle y a estar un rato si hace falta —me dijo.

A mí todavía me subían los vapores del anís, me quité el mantón y me ahuequé el jersey y me desabroché el cuello de la blusa, no sé de dónde me venía el sofoco, pero a pesar del frío de la calle…

Pues aquí tienes demasiado calor, Santiago, o es que vengo yo sofocada —me daba aire con las manos, Santiago me miraba asombrado.

Siéntate, mujer. Cualquiera diría que te persiguen.

Perseguirme no, Santiago, pero necesito decirte algo —Santiago me miró fijamente y yo no paré—: Voy a hacer treinta años, y soy viuda… —Me dirigí hacia él, le miré de frente que no sé ni cómo me atreví…— Con tu hermano no, Santiago, que le llevo algún año, pero contigo estoy dispuesta a casarme —y no me digas cómo lo hice, de dónde saqué el arrojo, pero me empiné y le eché los brazos al cuello.

Santiago se quedó mudo, pero me llegó a acariciar el pelo. Estuvimos un rato sin decir nada. Yo había cerrado los ojos y había apoyado la cabeza en su pecho… No sé cuánto tiempo estuve así… Santiago me rodeó con sus brazos, como era tan grandón creo que me sentí perdida allí, era un abrazo acogedor… Santiago no decía nada, solo me abrazaba, hasta que reaccionó, me despegó los brazos del cuello y me empujó suavemente hacia una silla.

Juana, Juana, ¿qué te pasa, mujer?, ¿qué mosca te ha picado?

¡Qué mosca va a picarme! ¿No te has dado cuenta, acaso, de que estoy enamorada de ti? Que siento por ti algo que no sentía desde hace tiempo. ¿Por qué te crees que vengo a esta casa? ¿Porque me da pena el Carmelín? ¡Nada de eso! Vengo por ti, por si no te has dado cuenta todavía, que los hombres a veces sois muy tardos.

Sentí que titubeaba y volvió a acariciarme el pelo, me colocó un mechón por detrás de la oreja, y yo sentí que me derretía, le agarré la mano y se la besé. Él parecía que se dejaba y fui pasando mis labios por las yemas callosas de sus dedos, uno a uno, su mano, áspera como la lija, me acarició la mejilla…, y de pronto todo cambió. «No puede ser, Juana», creo que me dijo o eso pensé yo, porque ante la negativa empezó a ser todo muy confuso y me eché a llorar, lloré como una Magdalena porque una vergüenza enorme me subió del pecho, la congoja me pudo, metí la cara entre las manos y me dejé caer sobre mí misma.

Seguí llorando, se agachó hasta colocarse a mi altura y cogiéndome de nuevo las manos me dijo algo que no entendí… Luego me puso el mantón, él agarró su zamarro y cogiéndome bajo su brazo me acompañó a casa, me iba consolando, diciéndome que al día siguiente lo vería todo distinto, que me acostara, que durmiera y que olvidara todo lo que había pasado, que sería una muestra más de lo buenos amigos que éramos. ¿Amigos? Si yo lo quería era algo más, pero no entendía nada de lo que Santiago me decía.

En casa me fui directa a la cama, Paquito dormía plácidamente y me acurruqué junto a él buscando el calor de su cuerpecillo.

Al día siguiente me dolía la cabeza, pero empecé a entender las palabras que Santiago me había confiado la noche anterior, lo de las consecuencias que dejan las guerras, que se llevan lo mejor de los hombres… Él nunca más iba a poder corresponder como hombre a ninguna mujer… Por segunda vez la guerra me había arrebatado lo que yo más quería, y solo me quedaba aceptar mi mala suerte.

 

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