Los Ros II

Tu padre llegó a casa el Día del Carmen.

Bueno, eso ya lo sabías, siempre ha sido así, siempre dijimos que ese día había nacido, pero lo que no sabes, y en gran parte yo sigo sin saberlo, fue cómo llegó a casa.

El invierno había sido duro para nosotros…, de eso ya hablaremos, que ahora no quiero perder el hilo y quiero darte todos los detalles.

El invierno había sido duro, te decía, pero por mayo yo había conseguido un trabajo en la cocina de un hotel que acababan de abrir en Salas, era un hotel sin pretensiones, más una fonda que otra cosa, pero necesitaban refuerzos cuando tenían alguna boda, que aunque escaseaban los posibles… sobre todo en las ferias y en los días de mercado.

Volví a casa ya anochecido, había hecho calor y el camino se me había hecho cuesta arriba. Dejé la bici al lado del portalón, de aquella bicicleta que tan poco me duró ya te contaré también, y me lavé allí mismo en el patio, con el agua del pozo, porque volvía empapado de sudor. No me paré a ver si Santiago estaba en casa, pero como no salió cuando llegué ya supuse que andaría merendando con los de la cofradía en la sala de arriba de la taberna, que ese día era día grande para ellos y Santiago seguro que había asistido a la procesión. Santiago hizo todo lo posible desde el principio por ser uno más en el pueblo…

Cené un bocado de bacalao que había traído conmigo, dejé otro a Santiago en la fiambrera y me tumbé vestido en la cama. No tenía intención de dormirme, pero entraba un fresquito muy agradable por la ventana y el caso es que caí rendido.

Me despertaron las sacudidas de Santiago:

—¡Eh! Espabila, mira lo que traigo.

Iba a protestar, a decir que me dejara en paz, pero Santiago ya había depositado encima de la cama, justo a mi lado, un canastillo con un rebujo.

—¿Qué es esto?

Él se rió:

—¡Un chico! ¡Y por lo que he podido ver con buenos atributos! —y ante mi asombró volvió a soltar otra risotada.

No podía dar crédito a lo que veía, pero sí, allí a la luz de la poca luz de la bombilla vi una carita entre morada y sonrosada y una naricilla…, y del rebujo me subió un olor entre agrio y dulzón.

—¿Quién es? ¿De dónde lo has sacado?

Santiago adoptó entonces un tono grave:

—De la puerta. Y traía una esquela: «Con su padre estará bien, yo no puedo criarle».

Me quedé mudo y cogí incrédulo el papel arrugado que me tendía Santiago, era un papel de estraza, basto, de esos de las tiendas, y venía escrito con tinta pero algo corrida, pero sin duda, y a pesar de la caligrafía dudosa, allí ponía lo que decía Santiago. Le miré fijamente sin saber qué decir, y Santiago se puso aún más serio para decirme:

—Yo no soy el padre.

Miré a la criaturita y luego le miré a él fijamente, sosteniéndole la mirada:

—No estarás insinuando que es mío, que yo te he…, te he…

Santiago se volvió bruscamente de espaldas:

—Yo no sé lo que tú haces en Salas, yo apenas me muevo de aquí, pero tú bien puedes ser el padre —añadió con un tono de sospecha, en un tono que no me gustó nada.

Me acerqué a él y le agarré bruscamente del brazo para que se girara y me miraba de frente:

—¿Qué insinúas? ¿A qué vienen ahora esos celos? Sabes que yo no caté mujer ni en la guerra, ni cuando tocaba ir de putas porque había que desahogarse. ¡Cómo va a ser mío!

Mi abuelo se quedó callado, yo no decía nada, él me miró y prosiguió:

—Perdona, hija, que te hable con esa rudeza, pero fue así —hizo una pausa y prosiguió—. Entonces Santiago soltó otra de sus carcajadas y dio paso a un entusiasmo inusitado:

—¡Pero eso, amigo, nadie lo sabe aquí! ¡Este chico será tuyo! ¡Será tuyo y mío! La Virgen del Carmen nos lo ha traído.

Santiago había explotado y daba saltos por la sala, la criaturita pareció rebullirse, casi instintivamente fui a ver que le ocurría, pero tu padre seguía durmiendo plácidamente. Por la sala, Santiago continuaba dando vueltas y moviendo los brazos alborozado como un molino.

—¡Somos padres! ¡Somos padres! Seremos la familia perfecta.

Santiago había conseguido escandalizarme:

—¡Estás borracho! ¡Hinchado como un fudre! Deja a la Virgen tranquila, no blasfemes, y vamos a llevar el niño a los civiles antes de que sea tarde. Por el camino te espabilarás.

Santiago se mostró tajante y se dirigió hacia la puerta tapándola con todo su amplitud:

—¡No! El chico se queda con nosotros, esta será su casa, y nosotros lo criaremos.

 

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Los Ros I

Llegaremos al pueblo la víspera de Santiago.

Él dijo esas palabras con solemnidad, en voz alta, sacando mucho de ese vozarrón que en otro tiempo me había intimidado.

A partir de ese día ya no seríamos Pedro y Tomás, sino definitivamente Santiago y Martín Ros, hermanos, herrero y cocinero, que, llegados de lejos, habían cogido en renta la fragua de la tía Pelona en Quintanavalle.

Santiago había llegado esa misma tarde a Arcos. Yo le tenía que esperar en la estación, aunque no sabía a ciencia cierta qué día y en qué tren llegaría, pero qué mejor tarea podía asignarme a mí mismo en aquella semana que visitar la estación y ver pasar los trenes.

Además, muy cerca, había localizado el almacén de un gitano con algunos trastos que podrían bien servirnos, el carro, el macho y las herramientas los había negociado Santiago directamente por teléfono desde Zaragoza. Se le notaba a la legua su mucha experiencia como sargento de intendencia en tiempos difíciles.

Nos dimos un abrazo fraterno, pero nuestras pieles supieron buscarse bajo las entreabiertas camisas. Nada de efusiones ambiguas, Santiago me había mostrado claramente el camino en las semanas previas, y yo había aprendido la lección sin rechistar, como buen alumno, ensayando los gestos una y otra vez a su dictado.

Como habíamos previsto, Santiago venía prácticamente con lo puesto, el traje de rayas, la corbata floja, la camisa desabrochada, apenas una caja de zapatos atada con un cordelillo en la mano izquierda, las mudas, sus mudas habían venido conmigo, y la ropa de diario, un buzo, unos pantalones usados, dos camisas viejas, deberíamos agenciárnosla por el camino. El almacén del gitano cerca de la estación podría proveernos de algunas cosas.

Nos echamos un trago en el bar de la estación, el vino negro y áspero se nos resistía garganta abajo. Santiago se limpió los labios con el torso de la mano y dijo por donde pasa moja, y luego dándome una palmadita en el hombro, añadió: Vamos, que hay que hacer.

Fuimos a ver al chamarilero, Santiago parecía encontrar en los revoltijos de ropas lo que quería y luego empezó a regatear claramente con el gitano el precio de aquellas ropas, no tardaron en llegar a un acuerdo y fue entonces, cuando los pantalones, las camisas y un mono azul de los del Ejército formaban ya un revoltijo, entonces fue cuando vio el cuadro. Era un cuadro de regulares proporciones en el que posaba un matrimonio de mediana edad y aspecto sereno.

—¿Cuánto quieres por esto?

—Dame veinte reales —dijo el gitano.

—Arréglate con diez, anda —replicó Santiago poniendo dos pesetas y dos reales encima de un taburete que se hallaba en medio del almacén.

De nuevo en la calle, Santiago me aclaró para mi sorpresa:

—Nuestros padres.

En el bolsillo interior de mi chaqueta, cuidadosamente doblada se hallaba mi nueva identidad: Martín Ros García, hijo de Raimundo y de Tomasa. Un huérfano como yo, un inclusero, que nunca había conocido padres de clase alguna, ni tan siquiera de papel, de pronto tenía padres y hasta un retrato de ellos. Empezaba a sentirme raro, la alegría empezaba a ocupar el lugar del miedo, el miedo y el temor a cómo saldría aquella aventura que iniciábamos. Santiago pisaba cada vez más firme.

Cenamos en la fonda cruzando solo las palabras indispensables, luego subimos al cuarto, abrimos la ventana que daba al corral y nos tumbamos vestidos en la cama, el uno al lado del otro, se oía ruido y voces en los cuartos vecinos.

Me abracé a él sin decir palabra, Santiago me buscó la boca, y por prudencia esa fue toda la pasión que mostramos aquella noche. Antes de desnudarnos, Santiago bajó a medias la persianilla, a la que le faltaban varias varillas.

Martín levantó la vista, enfrente Gabriela, su nieta, le miraba atentamente, sin perderse detalle de aquella historia que solo había hecho que comenzar…

—Voy a por agua, ¿te traigo un vaso de vino o algo?

—No, bueno, trae lo que quieras.

Hacía más de una hora que había anochecido, Gabriela se asomó a la ventana, en la calle ni un alma a aquella hora que tampoco era tan tardía, en el teleclub ya no había luz, y solo al final de la calle, estaban iluminadas las ventanas de un primer piso.

De vuelta a la sala, atizó la estufa y sacó del aparador la botella de anís que puso delante de su abuelo. Se arrebujó en la toquilla, se acomodó en el sillón y dejó que el gato se le subiera encima. Martín se sirvió un chispazo de anís y lo paladeó a modo antes de seguir con la narración. Su nieta era todo oídos.

Matrimonio mayor en blanco y negro moteado de gotas de lluviato en blanco y negro

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Los Ros

Para Pebble

Me contaron hace tiempo la historia, o mejor dicho, me la «dejaron caer» velada por mil prejuicios, por frases sin acabar…

¡Y no quise darle crédito!

¿Quién podría creer una historia así sucedida en un pueblo perdido y en pleno franquismo?

Con los años he llegado a conocer mejor a los personajes, a los protagonistas de esa historia, y sobre todo he conocido a Gabriela, y viéndola a ella, viendo que era real y que está ahí,  y que puedo tocarla y hablar con ella, he comprendido que bien pudo suceder aquello que me contaron, y si no fue exactamente así…

Tendré que rellenar las lagunas, demasiadas lagunas, tendré que hacerme con algunos datos más,  y sobre todo con mi imaginación, tendré que dar algún salto mortal, tendré que arriesgare, pero creo que merece la pena ir contando poco a poco su historia.

Andrea Santovenia

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Sombras en el amanecer de un nuevo año

Por mucho que lo imagines, nunca te haces una idea de cómo va a ser el final del camino.

Nunca vas a saber cómo vas a reaccionar cuando te digan que la última curva está cerca, que apenas quedan un par de revueltas y que vas a empezar a convertirte en sombra de ti mismo, en sombra de lo que una vez fuiste.

«Hay que estar siempre preparadas», nos decían las monjas en el colegio y nos hacían meditar en nuestros muchos pecados, que entonces eran pecadillos, y más de una tenía pesadillas por la noche y a la mañana siguiente corría a la capilla a ver si había llegado el sacerdote para confesarse.

La mayoría de nosotros no sabemos cuándo va a ser la última revuelta, pero lo intuimos, y entonces nos damos cuenta de que todo eso que no hemos hecho ya no lo vamos a hacer.

siluetas negras sobre fondo gris claro

Y empezamos a cerrar carpetas, a ordenar papeles, a deshacernos de cosa que ya no necesitamos, en realidad ya necesitaremos poco, solo esas pastillas que nos van a permitir seguir respirando, y agradecer que sale el sol en el horizonte y que llega otra etapa y que podremos seguir camino, aunque sea con ayuda…

Queda todavía mucho hasta la última revuelta, ¡ánimo! El 2018 es tuyo.

¡Feliz amanecer! ¡Feliz 2018!

A Mila

 

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Reencuentros

Voy a la exposición que en la sala Fernán González hay montada sobre Basilio Martín Patino. Madrid es el pretexto, pero yo voy a reencontrarme con el autor, con el hombre de carne y hueso que una vez tuve la oportunidad de conocer.

Fue en Almería una calurosa noche de verano, a propósito de uno de esos encuentros alrededor del cine propiciados por la universidad de verano. Parecía frágil, pero conservaba el nervio suficiente como para haber dirigido Libre te quiero, un documental sobre el 15M. Contaba sin darle la menor importancia cómo había pasado por la Puerta del Sol cuando se estaba formando y enseguida llamó a su equipo: «Mañana en la plaza para rodar». Quizá no sea su mejor película, ¿a quién no se le han ido los pies con Canciones para después de una guerra?, pero sin duda la más intuitiva.

Libre te quiero (8673856029)

Tardé algunas salas en encontrarme a un Martín Patino juvenil mirándome de frente desde una pantalla de televisión. Nos sonreímos, nos volvimos a sonreír como aquel día en Almería.

En Almería lo acompañaba su mujer, Pilar Doblado, señora discreta y pizpireta, de la que ni la Wikipedia ni la biografía de la propia Fundación dicen nada. Viéndolos allí, apoyándose el uno en el otro, quedaban muy claros el reparto de papeles en esa unión.

Y como es día 21 de noviembre y estoy en el Fernán Gómez, ¡qué buenos homenajes!, no puedo por menos de acordarme de Emma, de la que algún conocido me ha recordado que hoy, aniversario de la muerte de Fernando, Emma habría cumplido 71 años.

A Emma también tuve la suerte de conocerla, hace muchos años, cuando las dos teníamos la edad de soñar, de ser rebeldes, y de esperar que nuestros sueños se cumplieran.

Algún tiempo después ella conoció a Fernán Gómez y su vida cambió para siempre.

Emma Cohen, retrato de joven

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Como una diosa romana

Entro en el vagón cargada con la bolsa que pesa más de la cuenta. Busco ávida un lugar libre y me siento entre dos personas, a las que no presto atención porque voy metida en mis propios pensamientos y pensando en ese cansancio que empiezo a sentir de vuelta a casa, quizá el mismo o parecido cansancio que sienten el resto de los viajeros, tras todo un día de trabajo.
escultura, cabeza de romana, tiene el pelo rizado, velo y ligeramente rota la nariz

De pronto levanto la vista y la veo allí, es joven, de piel oscura y fina, ojos marrones, gafas sin montura… Sus rasgos son perfectos, clásicos, y su peinado está hecho de numerosas trencillas. Es bella..

Quizá ella también esté cansada, porque apoya su cabeza en uno de los laterales de la puerta. Al quedar su cabeza ladeada, su belleza aumenta, se serena. ¡Es perfecta!

Me quedo mirándola como una boba, y quizá si sus ojos me devolvieran la mirada pensaría: ¡qué mirará esa vieja boba!

No sabe que su serena belleza sencillamente me tiene fascinada.

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Esperando la puesta de sol

Son muy jóvenes.

Llegan casi al mismo tiempo, ella avanza despacio a su encuentro, él se baja del coche de un amigo, se besan.

Enlazan sus manos, él le pasa el brazo por la espalda, ella se deja llevar. Se ha levantado un viento desagradable y buscan el abrigo de invierno donde los viejos toman el sol a primera hora de la tarde.

bancoconazulejos

El paseante sigue su camino, no es cosa de quedarse mirando cómo se aman dos jóvenes. Quizá le traen recuerdos de otros veranos a ese hombre maduro que inicia su diario paseo vespertino en una ciudad demasiado vacía en el mes de agosto.

Hay razones diferentes para no huir hacia la playa más próxima, para quedarse allí, en la ciudad recalentada, esperando los escasos días de alivio que una climatología loca deja caer de vez en cuando, aprovechando las sombras de los altos tilos, bajando las persianas y saliendo de casa cuando ya la mayor parte de la ciudad esté a la sombra, aunque el asfalto esté todavía demasiado caliente…

Sus razones serán probablemente distintas a las de ellos, a las de aquellos chicos a los que no les importa sentarse al sol, esperando con ilusión que el cielo se tiña de rojo para volver a besarse, para volver a renovar su amor una y cien veces en una tarde si es preciso.

A la vuelta aún siguen en el mismo sitio, los ve desde el caminillo del parque, con las cabezas muy juntas, no es difícil adivinar qué se murmuran, mientras el sol se hunde irremediablemente en el horizonte.

El paseante conoce bien ese lugar, y los matices que la luz va dejando en el horizonte hasta convertirse en una franja negra, que las luces del parque se encargarán de dejar en la zona de sombra.

Es su banco. Disimuladamente vuelve a mirarlos una vez más y prudentemente sigue su camino.

Hay todavía muchas tardes y sabe por experiencia que el banco no tardará muchos días en quedarse otra vez vacío.

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Elle

Tocaba en un bar de copas, en los sótanos de un edificio viejo, en una calle estrecha que de madrugada olía orines.

Cuando terminaba su jornada, a lo mejor una copa, pero las más de las veces, tras poner la funda a su teclado, y arrinconarlo aún más, salía silenciosa a la calle, sin esperar a los otros compañeros, que sí que solían prolongar la jornada. Se ponía el abrigo encima del traje de actuar, y despacio se acercaba hasta el hostal en el que vivía un par de manzanas más allá.

elle

 

Se levantaba tarde, bajaba a desayunar al bar de abajo, hojeaba los periódicos y salía a la calle con el último sorbo del café a fumar un cigarrillo. Volvía al hostal o se metía  en al biblioteca. De una bolsa sacaba un pequeño portátil y tomaba notas y consultaba libros hasta casi la hora de ir a la escuela. Hacía entonces un alto para tomar un café y un pequeño bocadillo. Antes de que los alumnos llegaran, aprovechaba uno de los cuartos de trabajo para ensayar sus propias piezas, para avanzar en sus estudios. Luego venían las tres horas de clase seguidas.

Mientras cenaba en el comedor del hostal veía el telediario, luego subía a su habitación, se enfundaba el traje rojo de lentejuelas, los zapatos de tacón, se echaba el abrigo o la gabardina por encima y vuelta a empezar.

Así un día y otro, otro y uno.

Las amigas tiraron de mí, me arrastraron hacia aquel sitio con música en directo:  No se ha acabado el mundo. ¡Disfruta! No pienses en el mañana. ¡Vive el hoy!

—Tiene algo —oí a mi espalda—, y me volví a contemplar cómo sus dedos nerviosos se posaban sobre las teclas, mientras que el pie derecho pisaba el pedal. Me fije en sus rizos, en sus hombros desnudos, en la curva de su antebrazo y saqué el móvil.

Volví sola un par de días después. Busqué una mesita cerca del diminuto escenario, al pie de la tarima me buscó el camarero, amablemente, y tras una propina anticipada, una butaquita. Aquella tarde, el espejo me había devuelto una figura llena de sombras, me había maquillado a conciencia, pero aun así…

Aguanté el reflejo de los focos, entre dos piezas levanté mi copa y le sonreí; me contestó con apenas una señal.

No me atreví a pedirle a la salida si la podía acompañar, pese a que sabía que las dos íbamos en la misma dirección.

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Sin título

Un vídeo corre por las redes sociales. Es tan real que lo sientes como tuyo…

Soy ordinaria from Chloé Fontaine on Vimeo.

… y recuerdas un lamento perdido en la soledad del cuarto de baño.

Me has follado haciéndome daño,

me has humillado,

«no hay otro modo»,

te has disculpado…

… mañana tendré regalo de cumpleaños.

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¡Benditas hemerotecas!

 

escudo heráldico en piedra rajado

Hola, Alonso:

Aunque nunca vayas a leer esto, pero nunca se sabe, te escribo como en aquellos meses del 2006. Han pasado once años y todavía me parece que fue ayer cuando te fuiste.

No sé si como entonces estarás al tanto de lo que ocurre en España, sobre todo de lo que pasa en el mundo de la cultura, y es que hay una novela que está haciendo furor y removiendo conciencias y recuerdos como ninguna otra, y sí, a mí también me ha traído los míos, y ya conté alguno, como no podía ser menos. Confieso que mi memoria me juega malas pasadas, confundo los años, y por eso me tengo que ayudar de los periódicos, que afortunadamente hoy está casi todo on line.

Me ha ayudado a ello una amiga virtual, María Ángeles, que estuvo de maestra doce años en el País Vasco en los «años de plomo» y ahora recuerda sus vivencias. Muy aconsejables, de verdad, y muy sinceras. Seguro que a ti también te remueve algo, y aunque te decepcione en algunos aspectos, si puedes, lee también la novela, si es que no la has leído ya. Ya, ya sé que tú eres de otro tipo de lecturas, yo también, pero hay que leer también de vez en cuando lo que escriben y sobre todo lo que leen los otros.

Recuerdo bien aquel día frío de la Navidad del 2005 en que pasaste a despedirte del abuelo. Estaba ya muy enfermo y lo sabíamos. Yo creo que apenas se dio cuenta de que te ibas, de que te marchabas a Inglaterra, que te habían dado la beca, y de que ya no te volvería a ver, a ti, que siempre fuiste su nieto preferido. Entre unas cosas y otras, tu madre, la abuela y yo misma, sentíamos que te fueras, pero sobre todo tu madre se alegraba de que pusieras tierra por medio, que cambiaras de aires, que la tenías en un sinvivir desde aquella vez que te detuvieron en aquella manifestación…

Y te prometí que te iría dando noticias de cómo andaba el abuelo y de los demás asuntos familiares, y también de lo que pasaba por aquí, aunque tú te enterabas antes que yo, los colegas te mantenían bien informado.

Aquel día —22 o 23 de marzo me dicen las hemerotecas— recuerdo que te escribí con una especial excitación, el abuelo empeoraba a ojos vistas, pero no era esa la noticia, la noticia era que ETA había anunciado un alto al fuego, había esperanza, había una esperanza de paz, de que cesaran las muertes, y sabía que ello a ti también te iba a dar una esperanza.

Recuerdo la muerte de Juan Carlos, no hace mucho que encontré el papel que entonces garrapateé, y recuerdo a tu madre en mitad de la cocina, viendo en la televisión a Karlos Arguiñano decir: «Por la paz en Euskadi yo haría cualquier cosa, me pondría hacer carreteras yo solo». A mí me hizo sonreír aquella frase, tu madre andaba como embobada. No fue el mismo día, no, es que se me mezclan los recuerdos, y en eso no me ayudan las hemerotecas.

Tampoco me ayudan mucho cuando trató de recordar quién fue aquel etarra que se suicidó en extrañas circunstancias… Aquel día había bajado al colmado de Jose, la tiendecita esa de toda la vida, al lado de la casa de la abuela, y allí estaban las vecinas comentando, se alegraban, se alegraban porque por lo menos aquel no mataría a nadie más… Jose, sin embargo, estaba seria, más seria que ningún día: «Es triste que tenga que terminar todo así, siempre muriendo alguien, ya sean unos o sean otros». Aquellas palabras no se me olvidarán jamás, y vuelven a mí cuando algo ocurre.

Dos parroquianas se miraron y salieron cuchicheando de la tienda. Yo no comenté nada, era una mujer tan adusta y además no había confianza, pero me hubiera gustado abrazarla por aquella lección de sensatez. Jose tenía tres hijos, uno como tú, no sé si te acordarás de él. Eran unos chicos tranquilos, que nunca se metieron en nada, pero yo creo que estaba pensando en ellos mientras daba golpes secos a la bacaladera.

La vuelta por las hemerotecas me ha recordado muchas cosas, y por supuesto me he acordado de ti, de aquellos meses en que te mandaba puntualmente las noticias del abuelo. ETA volvió a atentar en Barajas al final de aquel mismo año, y nuestras esperanzas se derrumbaron. Tú seguías en Inglaterra, y ahora, después de tantos años estás pensando en que quizá sea tiempo de volver. Al final siempre volvemos.

Los comentarios de mi amiga virtual me han hecho recordar cuando yo también salí un poco huyendo, y las hemerotecas me ayudan a poner orden en la confusión de fechas.

Mi salud bien, no te preocupes. Ya hablaremos cuando vuelvas.

A María Ángeles Merino, por su conmovedora lectura de Patria, que ha mejorado en mucho el original.

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