Ojos grises

Solo lo había visto en foto, y alguna vez en televisión… Puede que alguna vez de lejos, cuando yo lo adivinaba en ese grupito que se había congregado al lado de un humilde portal, en aquella calle donde las lecheras iban a tener dificultades para pasar. A pesar de las dificultades y de lo temprano de la hora, donde apenas había amanecido aquellas madrugadas grises de invierno, él estaba allí, y yo lo admiraba de lejos buscando su leve sonrisa entre las fotos que me llegaban por Twitter.

Vista interior del Puente de Arganzuela caracterizado por ser una espiral de tonos metalizados sobre el Manzanares

No fui a la inauguración porque fuera a ir él, ni tan siquiera estaba segura de que fuera a estar allí, fui porque de casualidad me enteré de que iban a inaugurar una pequeña placa en homenaje a una vecina, una vecina a la que yo había conocido de toda la vida, la señora Luisa, a la que nunca creí tan importante.

Era una tarde soleada, la primavera se anunciaba, los fríos del invierno ya quedaban lejos, los asistentes habían sacado sus mejores trajes de entretiempo. Fue una ceremonia sencilla, en la que hablaron algunos vecinos, algunos amigos, algunos colegas… ¡Y todo por la señora Luisa, a la que ni tan siquiera conocíamos por doña Luisa!

Él fue el penúltimo en hablar, y se abrió paso desde las filas de atrás, vestido con un impecable conjunto que en directo no parecía de activista,  y fue entonces cuando me di cuenta de que tenía unos hermosos ojos grises…

… y aquella noche soñé con un romance que nunca llegaría, pero del que no pude entrever el final.

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Notre Dame

Fachada de Notre Dame con iluminada por el sole freante

Entramos ateos,  de la mano,

aquella tarde,

y tú me explicaste por qué encendías

la lamparilla en el primer altar.

Inexplicable deseo de tu abuela,

también atea.

Salimos con el corazón encogido,

pero un poco más juntos

los dos.

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Todo lo que ya no íbamos a necesitar

todo

Sumergirte en este ¿nuevo? libro de relatos de Maite Núñez es sumergirse en una misma, en lo más profundo de tus temores cotidianos, de tus pesares, de ese día a día que te va ganando día a día, mañana tras mañana.

Libro de ausencias. Ausencias de los hijos que se fueron, ausencia de los hijos que no llegaron a ser, pesares y remordimientos. ¿Hice bien o fue el destino? ¿Qué hubiera pasado si en aquella encrucijada, aquel día, yo…?

Al igual que en su libro anterior, Cosas que decidir mientras se hace la cena, aquí las mujeres nos reconocemos, sabemos reconocernos.

P. D.: Nunca he estado en San Cayetano, pero ¿por qué me resulta tan familiar esa urbanización y esa carretera de las dunas?

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Felices fiestas

Pesebre con el Misterio

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Los Ros (XLV)

La idea de ir hasta Belchite, ese pueblo fantasmagórico que da miedo, fue de Alicia, la novia de Fran.

Sí, de pronto Fran y Alicia se sintieron muy interesados en la historia de su abuelo, y se bebieron los informes del detective, algunos documentos más, que les llegaron de la Asociación de la Memoria Histórica, y por supuesto los pasos que había dado Paco en busca de la verdad y del rastro perdido de su padre.

Fuimos todos en el coche del tío y nos quedamos en un hotel de Zaragoza, porque nos habían dicho que el calor entre aquellas ruinas era infernal y queríamos hacer la visita pronto, luego volveríamos hacia casa con la intención de comer de camino. Mariluz compró unas flores y nos acercamos los seis, totalmente perdidos, al interior de aquel pueblo fantasma, una pura ruina. Alicia y Fran llevaban como una especie de plano o mapa con anotaciones e iban abriendo camino.

Supe entonces que Alicia había empezado a trabajar como fotógrafa de prensa, por su cuenta, eso sí, vendiendo sus fotos y reportajes al que se los quería comprar. Unos compañeros le habían hablado de aquel lugar y de que algunos se llegaban hasta él a hacer psicofonías: dejaban las grabadoras funcionando sobre una piedra en lo que había sido la iglesia y cuando las recogían se podían apreciar voces extrañas, lamentos, gritos, explosiones… Alicia no llegó a tanto, pero se hinchó a sacar fotos, quizá con la vaga esperanza de que le apareciera la sombra de algún fantasma en ellas y subiera la cotización, tenía pensado ofrecérselas a dos o tres revistas, incluida una de fenómenos paranormales.

Yo recordaba lo que Paco me había contado de la extraña visita de la familia de don Alfonso a aquel lugar, cuando todavía vivía gente allí y me estremecía… Me estremecía ya no tanto pensar en los horrores de la guerra, la lucha cuerpo a cuerpo, los civiles escondidos en los sótanos, el calor sofocante de agosto como el que se anunciaba… Eran poco más de las diez de la mañana y ya habíamos empezado a sudar. Nos adentramos por lo que había sido la calle principal y todavía era, a un lado vimos las ruinas de la iglesia, pero seguimos adelante, lo que quedaba de paredes y balcones parecían amenazarnos con caerse sobre nosotros, sepultándonos en algún momento, yo te llevaba pegada a mí temiendo que mis pensamientos pudieran hacerse realidad.

Paco iba muy callado, seguía a Fran y a Alicia y cerrando el grupo Mariluz, tú y yo. Mariluz, abrazada al ramo de flores, iba espantada y parecía haber leído mis pensamientos:

¿No será peligroso andar por aquí?

No, no lo decía por los posibles fantasmas, lo decía por la piedras y los cascotes que se cernían sobre nuestras cabezas. Mariluz siguió en una especie de soliloquio:

¿Y aquí viene la gente por la noche?… Desde luego cuánto pirado hay en el mundo… Para dar una mala pasada y caerte en cualquier sitio…

Al final se veía como una cruz de hierro y hacia allí nos dirigimos.

Me recuerda la cruz que había en el pueblo —dijo Fran— donde estuvo el nombre del abuelo.

La cruz a los caídos que hubo en el pueblo, me parece que ya te lo he contado, era pequeña y endeble, pero tenía tres nombres grabados, uno de ellos el del padre de Paco, además de José Antonio, el fundador de la Falange, ¡siempre presente! Se fue deteriorando hasta que un alcalde, comunista según la Juana, mandó quitarla porque era un peligro.

Mariluz no sabía si dejar las flores allí, pero Alicia dijo que mejor buscábamos un lugar llamado el trujal porque allí era donde habían improvisado una fosa común y donde Franco había hecho poner una placa. Tuvimos que preguntar a un par personas deambulantes por las ruinas antes de dar con el lugar. Yo no cabía en mi asombro de cómo Alicia se había documentado tanto en tan pocos días.

Era un espacio redondo, al que se accedía por un arco y unas escaleras tendidas, encima del arco una leyenda: Honor a los caídos. Al parecer, según explicó Alicia, allí se almacenaba la aceituna para después prensarla, pero durante la guerra, y ante la premura, tuvieron que improvisar aquel lugar como fosa común. Mariluz depositó allí las flores, había otras, algunas ya marchitas y estando allí se nos acercó un hombre, que de primeras nos dijo ser el guarda de todo aquello.

Vivía en el pueblo nuevo y venía allí todos los días, que había perdido a familiares en la defensa de Belchite, pero que él había nacido ya terminada la guerra. Que él era el encargado de que todo estuviera en orden porque la gente arramplaba con lo que podía. Llevaba una especie de uniforme, como de guarda forestal, pero no llevaba ningún tipo de distintivo y tampoco llevaba ningún tipo de porra o carabina. Al ir abundando en la conversación nos dimos cuenta de que posiblemente sufriera algún tipo de deficiencia intelectual, pues arrastraba algunas palabras, balbuceaba en ocasiones, y no siempre hilaba las frases.

De aquí sacaron a algunos patriotas para llevarlos al Valle de los Caídos —nos dijo— para que descansaran allí, junto al Caudillo.

El hombre no dijo más, nos aceptó una pequeña propina, eso sí, y se dio la vuelta para seguir su hipotética ronda por las ruinas.

Oiga Fran y Alicia corrieron tras él ¿quién nos podría dar más información?

El hombre se encogió de hombros:

No sé, yo solo soy el guarda.

Emprendimos el camino hacia la salida, antes de pasar el arco que sirve de entrada al recinto, Paco se volvió a mirar una vez más toda aquella desolación; de pronto se sacó el pañuelo del bolso, se acercó a la orilla del camino, donde se acumulaban todavía algunos escombros y cogió un puñado de tierra que anudó en el pañuelo y llevó apretado en la mano. Le vimos hacer sin decir nada.

Nos acercamos al pueblo nuevo, un pueblo feo de esos con todas las casas iguales y preguntamos en el ayuntamiento, pero no tenían demasiada información para darnos.

Tenemos pensado hacer unos folletos nos dijo una señorita muy amable, pero de momento no hay nada, y menos información acerca de las personas enterradas en esas fosas comunes, hay varias… Las personas mayores dicen que a muchos los quemaron, así que será difícil poder dar con sus restos… Quizás en los archivos del Ejército o en Zaragoza… Sí, sí, algún profesor ha venido por aquí y se está interesando por el tema… Hay mucha historia ahí oculta que debiera conocerse, pero hay tan pocos recursos. También están viniendo los periodistas… Ahí entra todo el mundo como Pedro por su casa, como han hecho ustedes, y probablemente nos veamos obligados a cerrarlo, porque es un peligro la visita, ya se habrán dado cuenta.

Nos habíamos dado cuenta, nos habíamos dado cuenta de que con nuestra visita a ese lugar poco o nada habíamos adelantado, pero Alicia y Fran fueron los que se mostraron más optimistas:

Como ha dicho la funcionaria, algún día alguien investigará a fondo lo que de veras ocurrió aquí y probablemente tendrá mucho que salir a la luz todavía.

No te oculto que Paco volvió un poco decepcionado, pues no compartía en absoluto el entusiasmo de sus hijos, había depositado con cuidado el pañuelo con el puñado de tierra en el maletero del coche, y ya sabíamos que pensaba llevarlo junto a la Juana, mientras esa tumba esperaba eternamente los restos para el que fue realizada.

Lo que no termino de entender es por qué don Alfonso contaba la historia de forma tan diferente, algo tuvo que pasar que nunca sabremos.

Y eso lo repitió varias veces en el viaje de vuelta, y probablemente se preguntaba también internamente si la Juana no habría sospechado también algo raro en todo aquello, pero pocas vueltas cabía darle ya, muertos todos aquellos que podrían saber algo dela verdad.

Nunca lo sabremos repetía yo para mí lo mismo que nunca podré dar con mi abuela añadía a renglón seguido, y te apretaba entre mis brazos, porque sabía que tú eras mi presente y mi futuro, y el pasado iba a quedar lejos, y que lo que verdaderamente importaba de él, eran mi padre, Martín, Santiago y la Juana, aquella mujer tan cercana y a la vez tan distante, y a medida que se se sabían más cosas sobre ella resultaba más y más complicado de entender todo aquello. Todavía teníamos muy presente el texto de aquella carta que escribió para don Alfonso, pero que no llegó a mandar: los secretos de su casa, y aun de la mía.

El día que fuimos a depositar la tierra de Belchite en la tumba de la Juana, yo llevé también unas flores a los abuelos, ya ves yo que he sido tan poco de dejarme llevar por esas cosas. No rezamos, no dijimos nada, simplemente nos mantuvimos en silencio, Paco desanudó el pañuelo y corrió un poco la losa, por allí vació su contenido… Antes de irnos, Alicia, siempre curiosa dio una vuelta por el rincón detrás de la capilla, ese rincón sombrío donde se acumulan los restos de las tumbas viejas, había llevado su cámara de fotos de la que últimamente nunca se separaba y para nuestra sorpresa volvió llevando una trozo de algo en la mano. Paco lo reconoció enseguida, era un resto de la cruz de los caídos que había estado en un extremo del atrio. Se adivinaba alguna letra grabada en aquel material que no se sabía muy bien de qué era, y que aún presentaba restos de pintura blanca por algún lado.

Hay varios trozos —dijo Alicia, y nos dirigimos todos hasta aquel rincón.

Debieron echar aquí los restos de la cruz —dijo Paco y empezó a remover un poco los cascotes, pero no encontró lo que probablemente estaba buscando, el nombre de Francisco Contreras Ruiz, así que cogió el cascote que le había ofrecido Alicia y volvió a la tumba de la Juana, corrió otra vez un poco la losa y lo dejó caer dentro, la tierra debía estar mullida porque no sonó nada.

Juana, pensé una vez más para mí, quizá tú supiste toda la verdad y nunca, nunca quisiste desvelarla, ¿por qué? Más para allá las flores coloreaban la tumba de los abuelos: Santiago Ros García, Martín Ros García y Carmelo Ros García, los Ros.

***

El estruendo ha sido espantoso, todo el pueblo lo ha oído, y no sé cómo tú no te has despertado, y ha salido a la calle hasta el gato y eso que está viejo. Yo también, apenas me he puesto las zapatillas y la chaqueta del chándal por encima del pijama. Afortunadamente no ha habido que lamentar víctimas, que era lo que nos temíamos en un primer momento. La Guardia Civil ha llegado en seguida, ha acordonado la calle y un par de agentes han entrado con linternas… No se ha echado en falta a nadie, todo el mundo se ha recontado, sobre todo los jóvenes, que son los que a esas horas quedan por la calle, no parece que hubiera nadie dentro haciendo botellón, que era lo que nos temíamos. ¡Dios mío! Es que se ha caído a plomo, se veía venir, pero así de repente nadie se lo esperaba…

Dicen que han avisado a Alfonso, pero al parecer no se encuentra bien, según ha dicho la mujer, y mañana a primera hora vendrán los hijos a disponer y a encargar la retirada de los escombros. La casa de los Palacios era un peligro desde hace tiempo, pero hasta que no pasan las cosas, y ¡menos mal que todo se ha quedado en un susto!

Me he vuelto corriendo a casa, porque allí nada podía hacer, salvo chusmear y coger frío, que no veas cómo ha bajado la temperatura. Afortunadamente tú seguías dormida, sin enterarte de nada, soñando cosas bonitas probablemente, y he pensado que esta casa, la antigua fragua, es modesta pero más sólida de lo que parece, y que nunca, nunca se va a caer alarmando a los vecinos…

Al verte tan dormida, no me he podido resistir y he venido a acurrucarme contigo, a tu lado, mi niña, a tu lado.
Belchite III (8390540086)

FIN

Otoño 2018

Andrea Santovenia

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Los Ros XLIV

Con aquellos antecedentes no me extrañó lo más mínimo que a los pocos días sonara el teléfono de casa. Era Alfonso Rodríguez-Palacios en persona y me trataba por mi nombre y apellido, Gabriela Ros, y me tuteaba aunque guardaba una cierta distancia.

—Sé que no te extraña mi llamada, en realidad tendría que haberte llamado antes, te pido disculpas por ello, pero te agradecería que si no tienes inconveniente te pasaras por mi despacho, tú sola, a última hora de la tarde.

No dejaba muchas alternativas: día, lugar y hora fijados de antemano. No, no tenía inconveniente en ir, e incluso lo estaba deseando, pero el abogado Rodríguez-Palacios insistió, antes de colgar, en lo de que fuera yo sola.

Una cosa era ir sola y otra no avisarles a Paco y a Mariluz del hecho. A Paco no le gustó mucho que le excluyera, tenía pendiente la disculpa o quién sabe si un aumento de su resquemor ante aquel amigo tan especial para él que era el hijo mayor de don Alfonso, pero fui sola, insistí en ir sola y que saliera el sol por donde tuviera que salir.

La secretaria me pasó al despacho y de inmediato el abogado Rodríguez-Palacios la despidió hasta al día siguiente, con una frase que bien podía haber sacado del guión anodino de una serie:

—Puede irse. Hasta mañana, Lola. Ya cierro yo, no se preocupe.

El abogado, como con anterioridad había hecho su madrastra con Paco, fue directo al grano:

—Ya sé que no ha sido sorpresa que te llamara… De hecho me sorprende que no hayas dado tú el primer paso, teniendo en cuenta lo que crees haber descubierto —debí hacer un gesto de sorpresa, pero el abogado Rodríguez-Palacios ni se inmutó—. Sí, digamos que tengo mis fuentes…

—No sé cuáles serán esas fuentes, supongo que estamos hablando de Paco Contreras, para mí mucho más que un amigo, en realidad un familiar cercano, pero ni él ni nadie ha podido decir nada que no sea una obviedad.

—Vamos, no nos engañemos. Por experiencia sé que estarás intentando reunir pruebas y por mi parte quiero adelantarme. ¿Qué necesitas? ¿Una prueba de ADN? Yo te daré una muestra, pero tú correrás con los gastos.

Mi sorpresa fue mayúscula. ¿De qué pruebas estaba hablando?

—No necesito ninguna prueba ni tengo intención de hacer nada extraordinario en lo que respecta ni a ti ni a tu familia. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Quién te ha podido decir algo así?

—¿No? ¿Acaso no estás detrás de probar que mi padre fue también el padre del tuyo?

—No —fui tajante—. A estas alturas ya no necesito ninguna prueba, tengo la certeza de que lo fue, pero eso es todo.

—Vamos, no te hagas la digna ahora. Tú querrás, como otros lo intentan, sacar algún tipo de beneficio de ese hecho, el dinero nunca viene mal.

—Perdona, no consiento que sigas por ahí. Yo no he pedido nada a nadie ni tengo intención de hacerlo. No tengo ni idea de lo que otros hayan podido intentar, y si tan siquiera hay otros, pero no es mi caso. A mí me bastó saber quién fue el padre de mi padre, como primer paso para ir en busca de su madre, de mi abuela, que fue lo que mi padre no pudo conseguir en vida, pero eso es todo.

—¡Ah! Entonces es que has encontrado a tu abuela y ella es la que te ha dado esas pruebas que ya no necesitas, pero no creas que es todo tan fácil. Te queda aún mucho camino.

No podía pasar por alto que él era el que había puesto a Paco en la pista de Teodoro Gómez, y por tanto de su mujer, mi posible abuela. Quizá Alfonso, con aquellas dudas, quería sacar verdad de mentira, pero creo que supe reaccionar a tiempo y opté por no darle ese tipo de información.

—Perdona, Alfonso, pero ya te he dicho que no pienso reclamar nada, a pesar de la seguridad que tengo de que tu padre fue el que engendró al mío.

—¿Y cómo puedes estar tan segura de que mi padre lo fue? Mi padre pudo tener algunos defectos, no te digo que no, incluso puedo admitir que tuviera cierta fama de disipado, pero era todo un caballero y por lo tanto incapaz de dejar hijos por ahí abandonados, o a muchachas embarazadas, sin responsabilizarse de sus actos. Mi padre no era de esos, era una persona muy recta en ese sentido. Todo lo que se está corriendo sobre él y se ha corrido no es más que fruto del deseo de alguno que quiere aprovecharse del dinero que en realidad mi padre nunca tuvo, y no contentos con ello hasta intentan sacarle dinero a una anciana, a doña Delia, su segunda esposa.

—Un momento, por favor, Alfonso.  Yo no quiero aprovecharme de nada, y menos de una señora a la que no conozco. Si inicié ciertas pesquisas a raíz de la muerte de mi padre fue para saber quién había sido su madre, fue porque de alguna forma pensé que se lo debía a mi padre. Todos tenemos derecho a saber de dónde venimos, y mi padre siempre echó en falta a esa madre que lo abandonó, y no entro a juzgar por qué lo hizo, pero a mí, como mujer, y como madre que soy… —confieso que tu imagen jugando en el parque con los tíos se me vino a la mente—. Yo a mi hija nunca le negaré su origen, ni quienes fueron sus padres biológicos, ni en qué circunstancias llegó a mi vida…

—¿Y si buscabas a la madre de tu padre por qué no seguiste por ese camino? ¿No tenía tu padre un padre reconocido? ¿No era hijo de Martín Ros, como decían los papeles, y era público y notorio? ¿Cómo no iba a saber tu abuelo quién era la madre del niño del que se había hecho cargo? Si tenía un padre, ¿por qué buscar otro?

¡Qué podía saber Alfonso Rodríguez-Palacios de ciertas cosas! No, no me refiero a si sabía o sospechaba la realidad de los hermanos Ros, me refería a que ¡qué podía saber de los sentimientos que anidaban en un hombre como Martín! ¡Un hombre que no había conocido el cariño, ya no digo el amor, hasta que conoció a otro hombre! Preferí seguir siendo ambigua.

—En realidad empecé por ahí —mentí— pero todo cambió a raíz de que mi abuelo, antes de morir, me confiara que ni él, ni… —creo que titubeé un poco— ni su hermano eran los verdaderos padres de mi padre… Que durante mucho tiempo lo pensaron, el uno del otro, pero que al final descubrieron que no era así, que mi padre era hijo de un tercero. Era ya demasiado tarde, mi tío Santiago había muerto, mi padre estaba lejos cumpliendo el servicio militar y tenía la responsabilidad de que su historia no se repitiera, porque yo estaba en camino. Mi padre fue muy reservado sobre su origen, tampoco es ningún secreto que siempre se mantuvo muy distante de su padre… Martín, mi abuelo, pensaba que habría compartido en algún momento con su hija la verdad, mejor dicho la no verdad, sobre su origen, pero lo cierto es que no lo hizo… Cuando Martín me hizo esa confesión, empecé a atar cabos, lo que no sé es por qué él o mi tío Santiago no los habían atado antes, probablemente porque cuando lo descubrieron mi padre ya era su hijo, porque le habían cogido demasiado cariño y porque podrían temer por su futuro… Pero lo que no entiendo es por qué en su momento no los ató todo el mundo en Quintanavalle, por qué no investigó la Guardia Civil a fondo sobre el suceso… La gente temía a tu padre, y la Guardia Civil…, bueno, seguramente desviar las investigaciones hacia otra parte no le fue difícil, con todo lo que digas, más viviendo todavía tu madre.

El abogado Rodríguez-Palacios se balanceó lateralmente en en su sillón y me miró con ojos escrutadores:

—¿Y puede saberse qué cabos ataste?

Yo no me amilané y fui directa:

—Digamos que yo también tengo mis fuentes, pero sobre todo lo que me confirmó el parentesco fue la constatación de que mi padre y tú lamentablemente compartís la misma enfermedad. La misma, muy probablemente, que causó la muerte prematura de tu padre —Alfonso echó su cuerpo hacia mí amenazante por encima de la mesa—. No, no he vulnerado ningún código deontológico, por ahí no podrás tener nada contra mí ni contra nadie, tu historia clínica está bien custodiada, pero hay detalles que no se escapan al ojo médico, al ojo clínico que dirían algunos… Y además —ahí puse toda mi ironía— por si no te has dado cuenta compartimos una hermosa nariz aguileña, que yo he heredado de mi padre, y él heredó con toda seguridad del suyo, lo mismo que tú.

Conseguí sorprender al abogado, se echó la mano a la nariz, y eso pareció relajarle… Yo mientras tanto paseaba mi vista por el despacho a la búsqueda de un posible retrato de don Alfonso al que poder referirme. Alfonso se rió y tiró de sarcasmo:

—¡El famoso catador de vinos, la mejor nariz de Burgos, de la que me habló alguna vez Paco, era tu padre…! ¡Una nariz como prueba de paternidad! ¡Cómo no nos habíamos dado cuenta antes cuando tenemos una prueba palpable y evidente de algo que ha tardado siglos en saberse con seguridad! Ahora, cuando ni tan siquiera con esas pruebas tan sofisticadas… resulta que todo era cuestión de narices… ¡Y eso lo dice una doctora en medicina! —cambió ligeramente el tono, que adoptó un matiz de paternalismo cómplice— Te confesaré algo. No sé cómo de entendido en vinos era mi padre, si tenía mala o buena nariz, pero yo no llego a tanto. A mí simplemente los vinos me saben bien o me saben mal, pero nada más, así que no creo tener ningún gen especial al respecto.

Seguí un poco con ese tono, pero solo un poco:

—Yo de olfato ando justita también, pero déjame decirte que ni el tamaño ni la forma son determinantes para…

—Déjame decirte —Alfonso me cortó volviendo al tono grave—, que con todo y con eso, conociendo a mi padre no hubiera permitido que un hijo suyo se criara fuera de su casa. De una forma o de otra lo habría protegido, a pesar de estar casado, ya no digo reconocido, y tu padre hubiera conocido a su madre, o por lo menos hubiera sabido de ella, y tú ahora no estarías indagando. En cualquier caso, lo dicho, prefiero asegurarme, y no tengo ningún inconveniente en someterme a esa prueba, siempre que la pagues tú. A los Rodríguez-Palacios no los chantajea nadie, y menos a doña Delia Ramírez del Valle, eso ni soñarlo.

Te preguntarás por qué Alfonso insistía en aquello y en meter a su madrastra por medio, y yo también, no entendía la insistencia, aunque luego pude enterarme, porque en Burgos todo se termina sabiendo, que le habían salido un par de hijos más, un hijo y una hija, para ser exactos, al caballero rectísimo, y que la hija era la que andaba tras conseguir un reconocimiento y una parte de la legítima. Al parecer el conflicto había llegado a mayores, y la hija, bien o mal asesorada, había puesto los ojos incluso en el patrimonio de doña Delia, que a todo esto no sé si es grande o mera fachada. El caso es que Alfonso no quería soltar prenda, pero insistía.

—Sea lo que sea, nadie va a conseguir nada, porque de todos es sabido que mi padre, que hizo bien a todo el mundo y procuró por todo el mundo menos por él mismo, no tenía más que su sueldo, que mi madre era por su legítima la propietaria de las fincas, como bien sabrás, y que estas pasaron a su muerte a nosotros, es decir a sus hijos legítimos, que mi padre fue un mero administrador de esos bienes, como de alguna forma lo soy yo ahora de los que comparto con mis hermanos —la casa en ruinas del pueblo se me presentó casi como un holograma, ¿de qué bienes patrimoniales aún dispondrían los Rodríguez-Palacios, Alfonso continuaba—: ¿Qué piensan, qué pensáis conseguir?, ¿me lo puedes decir?

Ahí fue cuando me levanté y decidida me fui hasta la puerta.

—Aquí se ha acabado la visita. He venido de buena fe, de buen grado sin poner objeciones, aunque no tenía por qué acudir, pero no me esperaba esto. Los Ros hemos vivido muy bien todos estos años sin vuestra ayuda. No tendremos dinero ni posición, pero tenemos dignidad y hasta aquí hemos llegado. Quédate con tu ADN, con tu patrimonio y con tu prestigio, que a mí ni a mi hija ninguna falta nos hace nada de lo que tú tienes.

Y salí y fui a vuestro encuentro. Mariluz estuvo a punto de batir palmas:

—Muy bien, Gabriela, ¿qué se habrán creído? Y tú, Paco —fue directa con el tío— no sé qué has visto en ese amigo tuyo que ni es amigo ni es nada. Es el hijo del señorito, y lo único que pretende es humillarte. Aquí se acabó nuestra relación con ellos. Seguiremos adelante nosotros solos, si es preciso. ¡Faltaría más! Que se queden con su maldito dinero y ¡ojalá se pudran con él!

Aunque no te lo creas, Paco recibió aún una llamada de Alfonso. No, no le pedía que fuera a verle, se excusó, o no se excusó, vagamente por teléfono, repitiéndole lo disgustados que había dejado tanto a doña Delia como a él, que por su parte había obrado de buena fe al contarle lo de Belchite, que nunca pensó que fuera capaz de ponerse a investigar por ese lado, y menos al darle la última dirección conocida del que había sido el chófer, que él en todo momento había obrado de buena fe y que lamentaba muchísimo que Paco les hubiera devuelto el favor de aquella manera, insultándoles y reclamándoles algo que ni podían ni tenían por qué darle. Paco dice que se despidió con un: «Está bien, dejémoslo así y cada uno a sus asuntos. Yo también lo siento. Mis disculpas a doña Delia», y que sin más había colgado el teléfono.

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Los Ros XLIII

La abuela y Ramón se fueron a Pamplona, nosotros volvimos a Burgos, creo recordar que nadie comentó nada durante el camino. Aparte de la mojadura, de la que nos habíamos repuesto a medias, era como si aquella tormenta, aquella fría agua sobre nuestras cabezas, hubiera acabado con todas nuestras esperanzas: la de Paco de encontrar pistas fiables sobre su padre, la mía, la vaga esperanza de poder encontrar una mujer en alguna parte a la que poder llamar abuela sin ambages y de saber al final por qué a mi padre lo habían abandonado de recién nacido en un pueblo perdido.

Era consciente de que aquella fracasada visita era lo más cerca que había estado de encontrar a esa abuela, porque en el fondo algo me decía que sí, que era ella, que la había encontrado, pero con qué autoridad me iba a presentar yo otra vez allí a hurgar en su pasado, a echar sal a unas heridas aún abiertas, con el consiguiente deterioro para su salud. Había encontrado a mi abuela, pero mi deber era dejarla vivir en paz el tiempo que le quedara, a ella y a esa abnegada hija que había permanecido a su lado.

No obstante, conservé la vaga esperanza de que Mercedes me llamara en los días que siguieron para comentarme algo de su madre. Aquella herida de la mano, sin aparente importancia que no había podido examinar, era mi vaga y egoísta esperanza. Pasaban los días y la llamada no llegaba, así que fui yo la que di ese paso. Fue en vano y definitivamente cerré cualquier puerta, incluso la de otra improbable visita de cortesía con cualquier pretexto.

Creía, en mi inconsciencia, que podría sincerarme con Mercedes, contarle no sé de qué modo, cuáles eran mis sospechas respecto a su madre, decirle que probablemente estuviera hablando con una sobrina desconocida, pero esa remota posibilidad desapareció en cuanto descolgó el teléfono. Estuvo correcta, pero demasiado fría, tratándome como lo que era, como una extraña que intentaba colarse en su vida. Me informó asépticamente de que su madre estaba mejor, que había recuperado prácticamente la tranquilidad, y en cuanto a la herida de la mano ya estaba curada, que era un problema sin importancia que su médico y enfermera de cabecera conocían bien, que no había que preocuparse por ello. Fue tan explícita, que creo que ni tan siquiera le reiteré mi ofrecimiento de ayuda. Le dije que me alegraba de la mejoría de su madre y lamenté una vez más haber contribuido de alguna manera a aquel sobresalto; había ensayado una disculpa más larga, pero Mercedes me cortó enseguida. Estaba claro que no quería ningún tipo de comunicación con nosotros.

A ver a doña Delia fue Paco solo, bueno Paco y Alfonso, yo no pintaba nada en aquella entrevista, y la verdad es que lo sentí, no solo por la vaga curiosidad de conocer en distancia corta a la segunda mujer de don Alfonso, sino también por lo que luego me contó Paco de aquella entrevista.

El tío Paco a veces se explica bien y a veces se aturulla y no da pie con bola, quizá los nervios, quizá un poso de prejuicio, pero lo cierto es que ni en su visita a doña Delia ni luego a la hora de contarnos cómo le había ido estuvo en sus mejores momentos.

Yo tengo un vago recuerdo de ella, de haberla visto alguna vez en el Espolón, cuando todavía salía a la calle ayudada por una criadilla, una filipina que tuvo a su servicio mucho tiempo. Se notaba que había sido alta, huesuda, no muy fea y de lejos se le notaba el carácter decidido. Creo que ya te conté cómo había conocido a don Alfonso, que ambos eran camaradas y que enseguida se puso a gobernar la casa del marido. Según decía Paco, no había sido mala madre para sus hijastros, o al menos de puertas para afuera. Eso sí, fue llegar ella a la familia y empezaron a escasear las temporadas que los Palacios pasaban en el pueblo, preferían irse a la playa. Don Alfonso seguía viniendo a cazar, pero ella solo lo imprescindible. ¿Sabes? Mientras Paco estaba con doña Delia y nosotras en el parque esperándolo, se me pasó por la mente la loca idea de que bien pensado doña Delia también podía haber sido la madre de mi padre. Quizá sus amores habían empezado mucho antes y quién sabe… Quién sabe si la abuela de Mariluz no habría intervenido en alguno de aquellos partos secretos y el niño habría acabado con su padre de no haberse cruzado en el camino un herrero borracho, que se prendó del niño. ¡Uf! Tonterías sin pies ni cabeza, pero te aseguro que lo llegué a pensar.

Bueno, pues Paco y Alfonso entraron en el piso de doña Delia, que los recibió muy solemne en un salón en penumbra, sentada en un sillón desde el que se excusó por no poder levantarse a recibirlos. Paco y Alfonso se sentaron en el borde de dos sillas y a cierta distancia.

Doña Delia le soltó a Paco sin muchos preámbulos que su hijastro le había puesto al tanto de sus pretensiones y que lamentaba decirle que según la información que obraba en su poder y el testimonio de su marido, q. e. p. d., este no había intervenido en la batalla de Belchite, y que si habían hecho aquella extraña excursión, que Alfonso recordaba, había sido porque su marido quería rendir homenaje a sus camaradas muertos en ella. Que la fantasía de unos niños habían tergiversado las palabras de su marido allí, pero que él, el capitán, estaba en Zaragoza cumpliendo órdenes superiores mientras sus soldados se dejaban la vida en defensa de Dios y la patria. El primer deber de un soldado es obedecer a sus superiores, pero su marido siempre había lamentado no haber estado allí, luchando y muriendo junto a sus hombres. Y sí, por lo que a ella le había llegado, don Alfonso tuvo que partir a Zaragoza con urgencia, y en ese viaje el chófer que le llevó no fue otro que Teodoro Gómez, así que ninguno de los dos había estado en Belchite.

Le contó a Paco que su marido se acercó hasta un sitio donde alguno de los habitantes que todavía poblaban las ruinas de Belchite le indicó que habían enterrado a buena parte de los caídos en aquella cruenta batalla, sin distinción de colores, rojos y leales en las mismas fosas pues apretaba el calor y no había tiempo ni medios para otras distinciones ni honras fúnebres. Doña Delia dijo que al aproximarse al sitio indicado, su marido se había emocionado muchísimo y había estallado en llanto, que había que ver, con lo hombre que era él verle llorar como un niño, y viendo a su padre de aquella forma, la niña, Blanquita, también empezó a llorar desconsolada y asustada, con lo que doña Delia decidió dar por terminada la visita a tan horrendo lugar, al que nunca más volvieron.

No, a doña Delia tampoco le constaba otra versión acerca de la muerte de Francisco Contreras, el padre de Paco, que la que siempre había mantenido don Alfonso, que desapareció en una emboscada unos días antes en algún lugar indeterminado de la sierra, y que justo cuando la abandonaban fue cuando recibieron la orden de ir en defensa de Belchite, pero que él, su marido, debió marchar inmediatamente a Zaragoza. ¿Cabría la posibilidad de que Francisco Contreras, tras su supuesta desaparición, hubiera encontrado también el camino de su compañía y se hubiera reincorporado a ella tras la marcha de su capitán? Doña Delia para eso no tenía respuesta, ni la tenía nadie, salvo al parecer el papel confuso que el detective privado había encontrado en los archivos del ejército donde se aseguraba que el desaparecido Francisco Contreras había llegado a Belchite, siendo esta la última noticia que se tenía de él.

Paco no recuerda muy bien cómo, pero de pronto se vio preguntándole a doña Delia por los motivos por los que al parecer el fiel chófer a don Alfonso, Teodoro Gómez, que había estado a su servicio desde los primeros día de la guerra, desde que lo sacó de la cárcel, librándole muy probablemente de ser paseado, había decidido de buenas a primeras irse a buscar la vida como un civil más a Llodio. Paco le debió contar esa parte de nuestra entrevista con la hija, y doña Delia debió medio asentir, aunque no con disgusto, que de eso alguna vez le habló su marido, pero que a la postre Teodoro Gómez había resultado tan de la cáscara amarga como aquel hermano que tan desagradecido fue, y que se había debido largar en busca de este siguiendo una pista falsa por las cárceles de las Vascongadas, pero que era un tema del que su marido no hablaba con demasiado gusto. De por qué guardaba un sobre con las señas del traidor, palabra que debió mencionar en algún momento, no tenía la menor idea.

No sé cómo, pero quizás porque hubo una comunicación telepática entre nosotros, o quizá porque Paco no quería marcharse de allí sin nada y recordó la confesión de la Juana a tu madre, o quizá porque de pronto recordó las elucubraciones que habíamos tenido de sobremesa en aquel viaje a Llodio, lo cierto es que Paco no pudo por menos que mencionar la existencia de doña Nieves, que también había servido en la casa, y que quizás el chófer había querido poner fuera del alcance del donjuán empedernido a la que iba a ser su legítima esposa, quizás…

Ahí, al parecer, y vete a saber qué fue lo que les diría Paco a continuación cuando salí yo en la conversación. Tanto doña Delia como Alfonso se enfadaron muchísimo, pensándolo bien con razón, acerca de lo que hablaba Paco. Ambos se afirmaron, pero sobre todo doña Delia tajante, en que todo aquello no dejaban de ser habladurías de los pueblos, que doña Guillermina no lo habría consentido y desde luego ella tampoco y de ningún modo: las criadas en su lugar, y su marido, todo un caballero, en el suyo. ¡Cómo podía creerse esos disparates! Luego debió perder un poco la compostura que había mantenido hasta ese momento y dijo algo de lo aprovechadas que son algunas cuando ven que pueden sacar unos cuartos, aunque sea haciendo leña del árbol caído. Todo eso lo oyó Paco mientras Alfonso lo empujaba sin disimulos fuera del salón y lo acompañaba hasta la puerta de salida. Se despidieron en un tono frío con un Alfonso visiblemente molesto: Ya hablaremos tú y yo despacio —dice que le dijo—. Ahora voy a tranquilizarla, has tocado el honor de mi padre, y eso no podemos consentirlo, no podemos consentir que nos insultes de esa manera.

El tío Paco no sabía si excusarse o indignarse. Mariluz le reconvenía:

¡Buena la has liado! ¿No decías que era amigo tuyo? Y estamos peor que al principio, con noticias confusas y contradictorias. Ninguna seguridad hay de que tu padre esté en Belchite… ¿Y qué necesidad había de mencionar algo que tu madre no te reveló ni a ti mismo? Que tampoco tenemos la certeza de que fuera así, y ahora la pobre Gabriela…

La pobre Gabriela no sabía qué pensar, porque hasta entonces ni se le había pasado por la imaginación presentarse en el despacho de Alfonso Rodríguez-Palacios a reclamar nada. Le bastaba con saber, con tener la certeza que era medio hermano de su padre, pero…

Paco fue tajante:

Yo sé que mi padre está en Belchite. En qué circunstancias murió y por qué don Alfonso mantuvo siempre la misma historia es algo que no se me alcanzará. Mi madre pecó de prudencia, de reserva, de discreción, y se llevó a la tumba las pruebas definitivas para encontrar a mi padre, pero yo sé que alguna vez lo conseguiré.

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Los Ros XLII

Bajamos la cuesta corriendo, nos protegíamos de la lluvia poniéndonos las cazadoras por la cabeza, pero a Paco le resbalaban las gotazas por la calva. Llegamos al restaurante empapados, allí nos esperabais la abuela, Ramón, Mariluz y tú. Los mayores, ante la tormenta, habían empezado a inquietarse.

—Vais a coger una pulmonía —se lamentó Mariluz—. ¿A quién se lo ocurre venir así con la que está cayendo!

—No nos ha quedado otro remedio, ahora os contamos.

La dueña del restaurante, una mujer entrada en años, se acercó con un par de toallas:

—Es lo único que puedo ofrecerles, pero si quieren enciendo la chimenea.

A pesar de la lluvia, hacía calor y declinamos el ofrecimiento de la chimenea, porque no queríamos pensar en las protestas del resto de los clientes. Paco y yo desaparecimos hacia los lavabos dispuestos a secarnos con las toallas, las cazadoras nos habían protegido bastante, pero estaban chorreando y era difícil que pudiéramos volver a usarlas en unas horas, los bajos de los pantalones, lo mismo, y los pies… Me los sequé concienzudamente antes de volverme a calzar los zapatos, sin calcetines, que envolví en un poco de papel higiénico sin saber muy bien qué hacer con ellos, salvo juntarlos con la cazadora… Sí, por muchas razones no íbamos a olvidar aquel día, pero afortunadamente no enfermamos ninguno de los dos.

De vuelta al comedor, la dueña había hecho caso omiso y había encendido la chimenea, previendo que le pudieran llegar otros clientes en parecidas condiciones. Comer con un fuego encendido en pleno junio no era lo más habitual, pero más vale sudar que estornudar, hubiera dicho Martín, porque desde que murió no hacía más que recordar sus refranes.

Mientras llegaba la comanda, contamos nuestra frustración y sobre todo nuestras dudas.

—Me temo que nada vamos a rascar de aquí, viaje en balde —se lamentó Paco—. Esta mujer tiene la cabeza perdida, y solo un milagro hubiera hecho posible que su marido le hubiera contado algo acerca de cómo murió mi padre.

—Además, por lo que nos ha contado la hija, no tuvo una vida fácil: una hija gran dependiente, un marido maltratador…

—¡Pobre mujer! —se lamentó la abuela, pensando sin duda en su propia experiencia.

—Pudo ser la madre de mi padre, pero la verdad es que no hay ningún dato que lo sostenga, salvo esa obsesión de que unos gitanos le robaron a su niño de la cuna, algo que al parecer estuvo latente, como escondido, hasta que su hija murió, la muerte de su hija fue el desencadenante de su deterioro físico y cognitivo.

—Curiosamente, además, su boda coincidió con el nacimiento de Carmelo, día arriba, día abajo…, pero su hija nos ha dicho que ella nació un año después y que su madre nunca tuvo hijos, solo hijas —Paco se pasó la mano por la frente, donde empezaban a aparecer unas gotas de sudor dada la proximidad del fuego—. Sin embargo, yo sigo teniendo el pálpito de que esa mujer no delira y de que es la madre de tu padre, Gabriela, no me preguntes por qué.

Y entonces recuerdo que yo dije:

—Yo también tengo esa sensación. Sé que la mujer no miente, que hay algo en su pasado que ha mantenido oculto toda la vida y que solo con la muerte de la hija, hija que, no os lo perdáis, consideraba un castigo de Dios por su mala conducta, ha venido a resucitar ese episodio, que bien pudo ser el haberse desprendido de su hijo, del hijo que tuvo de don Alfonso.

Ramón, que no solía decir nada, habló en aquella ocasión:

—Y perdóname, Gabriela, pero ¿a esa conclusión has llegado nada más a través de las palabras incoherentes de una anciana demente? ¿No es mucho aventurar? ¿No dices que no coinciden las fechas? ¿Por qué iba a ser esa mujer, precisamente, la madre de tu padre?

Fue entonces Mariluz la que habló:

—¿Qué fechas no coinciden? Lo único cierto es que coincide la fecha del nacimiento de tu padre, la boda precipitada y la huida a Llodio, bajo unos pretextos no muy claros, de una pareja joven. Una pareja joven que no tiene tiempo ni de celebraciones, ni de visitar al fotógrafo, solo de coger un tren que los lleva lejos de su casa y de su familia. ¿No os suena raro?

—Bueno, Mariluz —intervino mi madre—, no sé aquí, pero en mi aldea no todo el mundo celebraba la boda en aquellos años. La mayor parte de ellos se limitaban a comer en familia ese día, sí, alguna cosiña especial, unos pollos…, solo los más pudientes mataban un cordero… Y si esto que te cuento es de los años cincuenta, pues figúrate unos años antes, recién terminada la guerra, cuando en España no se encontraba ni lo necesario… Ahora, aunque Carmelo no hablaba de ello, yo, pensando en mi propia experiencia, me imaginaba muchas veces cómo habrían sido los meses previos al alumbramiento de esa mujer desconocida. Sus miedos, sus disimulos, el tener que pasar por ello sola… ¿Tendría alguna mujer de confianza a su lado que la acompañara? ¿Por qué tomó esa decisión de abandonar a su criatura con el padre? Un padre que vivía en un pueblo perdido de la mano de Dios en compañía de un hermano. ¿Qué sabe un padre de criar hijos? ¡Cómo se tendría que ver para tomar esa decisión! Y lo bien que debía haber conocido la bondad de Martín para tener la seguridad de que no iba a abandonar al niño. ¡Qué bien tenía que conocerlo!

—Mamá —tercié yo—, pero ahora sabemos que ese niño no iba para Martín, que no era de Martín, sino de alguien del pueblo que por descarte no puede ser otro que don Alfonso. Tú hablas así porque Martín fue tu protector, actuó como padre, un padre bondadoso contigo, pero la mujer que abandonó a mi padre eso no lo sabía, no podía saber con anterioridad que unas personas buenas, como eran Martín y Santiago, se iban a hacer cargo de la criatura abandonada. Ese niño se lo dejaron a don Alfonso porque sabía que tenía posibles y porque su mujer, doña Guillermina, no iba a permitir que lo llevaran al hospicio, por muy hijo natural que fuera de su marido.

—Creo que sobrestimas a doña Guillermina —gruñó Paco—. Yo siempre le oí a mi madre que era muy mirada y muy celosa de las cosas de sus hijos. A buena hora iba a permitir un extraño en casa para quitarles a sus hijos lo que legítimamente les pertenecía. Ahí falló la madre de tu padre, porque doña Guillermina hubiera llevado al niño al hospicio sin pensárselo dos veces, y no creo que don Alfonso se hubiera opuesto a ello, salvo que…

—¿Salvo qué? —terció Mariluz.

—Pues salvo que el niño hubiera sido abandonado en la puerta del padre de mutuo acuerdo —concluyó Paco—, pero entonces don Alfonso no hubiera permitido que unos hombres, extraños, venidos de lejos, y con raras costumbres, se hubieran encargado de su hijo. A don Alfonso, la generosidad de Santiago y Martín le llovió del cielo, vamos, que le vino Dios a ver y se ahorró dar explicaciones engorrosas a su mujer, que entonces ya estaba harta de sus infidelidades.

—¿Y quién pudo tener capacidad para convencer a unos gitanos para que se hicieran cargo del encargo? —dijo Ramón escéptico—. Debió pagarles muy bien para que lo hicieran, así que la madre no pudo ser cualquiera.

—Es que lo de los gitanos es cosa de Paco —atajé yo, aunque vi que a Paco no le gustaba que le contradijera—, pero Martín sostenía que, según Santiago, mi padre llegó al pueblo en coche… ¿y quién tenía coche?

—Don Alfonso —dijo Ramón.

—No —dije yo clarividente— el chófer de don Alfonso.

Se hizo un silencio. Todos se quedaron mudos. La verdad es que la idea se me acababa de pasar por la cabeza y no pude menos que soltarla. Ahora la peliculera era yo, no Paco, y fue Paco el que protestó:

—Pero doña Nieves habla de que su supuesto hijo se lo llevaron los gitanos, no su marido en un arranque.

—A lo mejor esa es la versión que le contó el marido a su mujer para justificar la desaparición del niño, niño que no era del marido, y este había descubierto el engaño… —dijo mi madre.

A partir de ese momento, toda la conversación fue para Mariluz y la abuela, se cedían el turno de palabra, iban atando cabos a su manera, ni yo ni los demás dábamos crédito a lo que oíamos. A ti te acababan de traer un gran plato con patatas fritas y una hamburguesa y tratabas con el tenedor de llevarte las patatas a la boca… Yo te atendía procurando no perder detalle de lo que Mariluz y la abuela decían.

—Imaginaos —dijo la abuela, como si fuera ella misma quien lo estuviera viviendo— que el señorito fuerza a la criada, ella temerosa no dice nada, pero la señora se da cuenta de que su marido tiene puestos los ojos en ella y la echa sin contemplaciones. Era lo que hacía a menudo ¿no? La chica abandona la casa, no tarda en encontrar otra, pero pronto se da cuenta de que se ha quedado en estado y ahí empiezan sus angustias. Porque la chica tiene novio, novio desde hace años, pero primero la guerra y luego las circunstancias la han impedido casarse, quizá ahora sea el momento…, pero el novio se resiste, el novio trabaja para el señorito, un buen puesto, y quizá están ahorrando para la boda y ella ha empezado a bordarse el ajuar, como las señoritas, unas sábanas, alguna toalla, ese camisón… Mantiene el embarazo en secreto, es delgada y puede disimularlo con vestidos anchos, pero, justo cuando ya está todo preparado para casarse el novio descubre que lo que viene no es suyo, que es del jefe, del que por otra parte está harto y…

—Sí, entre los dos traman el plan —tomó su turno Mariluz— mantendrán el embarazo en secreto y dará a luz en secreto también, y luego enviarán el niño al padre, que a fin de cuentas ella no quería y todo fue culpa de él, que cargue con ella… Y ellos emprenderán una nueva vida, sin ataduras, lejos… Nadie se enterará de nada, ni tan siquiera la familia de la chica, un padre y un hermano que siguen ignorantes en el pueblo y que van a seguir estándolo.

—A mí lo de mantener el embarazo en secreto hasta el final e incluso ocultar el nacimiento del hijo… Alguien la tuvo que ayudar —dijo mi madre, quizá recordando otra vez su embarazo nada fácil.

Mariluz se reafirmó:

—¡Claro! Pero no es tan difícil. Os olvidáis de que mi abuela fue la partera de Gamonal y que ejerció su profesión toda la vida. La abuela vivía con nosotros después de la guerra, y recuerdo cuando la llamaban y salía con su mantón y su maletita… Mi abuela tenía fama de ser buena, y por eso la llamaban mucho de Burgos, ¡la de partos que atendió! Yo supe desde bien pequeña que los niños no los traía la cigüeña sino mi abuela, sobre todo porque había veces cuando tardaba más de la cuenta en volver que al domingo siguiente había fiesta en la familia, compraba un pollo o un capón y venían los tíos y los primos a comer con todos, había dulces y hasta una copilla a los postres. Mi abuela no solo era muy buena comadrona sino además una mujer enormemente discreta y por eso la llamaban a ella para atender los partos comprometidos, porque ella, incluso se encargaba de llevar al recién nacido al hospicio, allí la conocían bien y admitían el bulto sin demasiadas preguntas. Alguna vez, incluso, ya habían buscado padres para el niño, mi abuela sabía de ello y los secretos quedaban guardados y bien guardados.

Como la Juana, pensé yo, que se nos fue llevándose unos cuántos, pero Mariluz prosiguió:

—Algunos domingos sorprendía a la abuela hablando con sus hijas, es decir mi madre y mi tía, del último caso, pero al verme se callaban y mi madre me advertía: tú de lo que oigas en casa, chitón, y yo me lo aprendí al pie de la letra porque comprendí enseguida que si comíamos pollo cuando no era Navidad era porque mi abuela sabía bien su trabajo. En aquel Burgos de la posguerra, donde todavía las mujeres parían en casa confiadas a matronas como mi abuela, ocultar los embarazos y los partos era más fácil de lo que os pensáis… Y desprenderse de los hijos… ¡Con tanta boca que alimentar a quién le extrañaba!

—Por otro lado —afirmó mi madre— siempre me he imaginado a esa pobre mujer aceptando cualquier condición para salir del embrollo: pobre, sin ayuda, ¿qué iba a hacer con el niño? ¿Qué otra cosa podría hacer…?

—Quizás emplearse como ama —aventuré yo.

—No creas que era tan fácil —era Mariluz la que hablaba—. A las amas, aparte de buenas condiciones físicas, que no todas las madres recientes tenían, se les exigía una cierta conducta. Se buscaban mujeres necesitadas pero honestas, casadas o viudas recientes, que hubieran criado más hijos, y una madre soltera… Además no se les permitía tener al hijo propio con ellas, por lo que en cualquier caso…

—Estáis yendo demasiado lejos —fue Ramón el que protestó esta vez—. Estáis haciendo mangas y capirotes de una pobre mujer que vive sus últimos días con tristeza tras una vida dura, y solo basándoos en unas débiles coincidencias. Vamos, ¡por Dios!, terminemos de comer y dejemos a esa mujer tranquila.

—No seré yo quien vaya a exigirle nada —dijo resuelta la abuela, y luego dirigiéndose a mí—: No sé, Gabriela, yo dejaría en paz a esa pobre mujer, que con seguridad harto ha tenido. Con tu padre ya muerto ¿qué ganamos nosotros ahora?

—No pienso importunarla —dije escuetamente.

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Los Ros XLI

Antes de ver a doña Delia nos fuimos un día todos a Llodio. La abuela y Ramón volvían a Pamplona, pero nos acompañaron. Mariluz y tú os quedasteis con ellos, mientras Paco y yo hacíamos la anhelada visita a doña Nieves.

Nos recibió Mercedes, la hija mayor, con la que Paco había hablado con anterioridad, pero desde el principio la notamos en guardia. Sin lugar a dudas no le gustaba ni nuestra visita ni que Paco hubiera vuelto a insistir, aún así… Mi presencia la justificamos como pudimos, pero lo debimos hacer bastante mal, porque aquellas explicaciones que dimos sin venir a cuento vinieron a aumentar su recelo, pero…

Doña Nieves, mi motivo, el verdadero motivo de la visita, no estaba.

¡Cómo me hubiera gustado saludarla! —dije intentando ocultar mi chasco.

Mercedes no se anduvo con rodeos y nos dijo que, intencionadamente, aprovechando el buen tiempo, la había mandado a pasear con una vecina, pero sobre todo porque a raíz de la visita de Paco, doña Nieves había caído en una crisis, nervios y alucinaciones, más aguda que los días previos a la visita, que había empeorado, vaya, y que en lo posible quería evitarle otro sofocón.

No sé qué recuerdos le despertaste a mi madre en la otra visita —dijo dirigiéndose directamente a Paco—, quizás saber que eras de cerca de su pueblo, pero cuando volví de mis vacaciones la encontré muy excitada, mi hermana había tenido que llamar al médico de urgencias la misma noche en que estuviste aquí. Mi hermana, la pobre, se asustó. Claro, como ella no está habitualmente en casa… Ahora, que conste que yo también me asusté porque la encontré más alterada de la habitual. Comprenderéis que no quiero que se repita el episodio, así que en lo que yo pueda ayudaros, de buena gana lo haré, pero en cuanto a mi madre, prefiero dejarla tranquila.

Y sin decir más nos plantó delante un álbum de fotos que tenía ya preparado encima de la mesa del comedor.

Estas son las dos únicas fotos que tenemos de mi padre cuando era joven. No sé si os podrán ayudar —dijo abriendo el álbum por la primera hoja.

Paco y yo acercamos nuestras caras al álbum. Eran dos fotos pequeñas colocadas la una al lado de la otra, muy viejas y bastante ajadas, pero algo se veía en ellas.

En la primera había dos hombres, de uniforme, unidos por los hombros y sonriendo para la foto. En la segunda, probablemente tomada años más tarde, Teodoro Gómez lucía la camisa y las flechas de Falange, correaje, cartucheras, las manos sobre ellas y el pie puesto en el estribo de un coche, una especie de jeep.

Esta sí está tomada durante la guerra, pero es lo único que puedo deciros. Mi madre cuando la miraba, pocas veces miraba las fotos todo hay que decirlo, suspiraba y decía: ¡aquellos tiempos…!

Paco preguntó:

¿Y tu madre, doña Nieves, no sabrá dónde la hicieron?

No lo sé. Decía, dice, que se la mandó siendo novios… por detrás debe tener escrito algo… —Mercedes la levantó con delicadeza del álbum y le dio la vuelta—. Bueno, no dice mucho: A mi querida Nieves no la olvida su Doro, Zaragoza, octubre de 1937.

Paco y yo nos miramos, y él expresó en alto sus pensamientos:

Para entonces mi padre debía llevar por lo menos un mes muerto.

Lo siento mucho —dijo Mercedes, y parecía sincera— pero aun teniendo en cuenta que hubieran sido compañeros y hubiera asistido mi padre a la muerte del tuyo, ¿cómo saberlo? Mi madre estaba en el pueblo y no son cosas que se cuenten a una novia por carta.

¿Guarda tu madre por casualidad esas cartas? —pregunté yo—. ¿Mencionó alguna vez Belchite?

No, no me suena, y ni tan siquiera sé si se escribieron mucho de novios. Mi madre pasó la guerra en el pueblo, ocupándose junto a su padre de la hacienda, pues su hermano también se había marchado al frente. Luego, al acabar la guerra, y como seguían siendo novios y estaba él en Burgos, pues buscó dónde entrar a servir allí. A mi madre no le gustaba el pueblo, salió muy joven, y si volvió fue porque no le quedó más remedio, para ayudar a su padre.

¿De dónde es tu madre? —preguntó Paco —Has dicho que de cerca del nuestro, pero no nos has dicho de cuál.

Se llama Carazo, es un pueblecito cerca de Salas, mi padre sí era de Salas. Recuerdo haber estado solo una vez allí, después de la muerte de mi abuelo, yo era muy pequeña. Ya digo, a mi madre no le gustaba nada el pueblo, pero tu presencia le trajo recuerdos.

Mercedes devolvió la foto a su sitio, dio la vuelta a la hoja y dijo:

Mirad, esta es la foto de novios, la foto de la boda, pero en realidad se tomó algunos meses después.

Quizás en ese momento, en ese momento en el que por primera vez iba a ver el rostro de mi abuela, algo dentro de mí me tenía que haber avisado… Entiéndeme, no es que crea en ese tipo de cosas, pero no sé, algo; pero lo cierto es que me acerqué a aquella foto como a otra cualquiera, con curiosidad, con espíritu observador, como el entomólogo que observa un insecto por primera vez, pero ni tan siquiera sentí que se me acelerara el pulso… Sencillamente era una foto. No era muy grande, pero ocupaba toda la página. Ella era alta y guapa, rubia, quizá ya más en sus treinta que en sus veinte, vestida de negro, como era costumbre en las novias entonces; sostenía un ramo y lucía un velito, un tocado que le caía sobre la frente. Me fijé en que no llevaba ramo de azahares, algo que era habitual en todas las fotos de aquella época, significaba que la novia era virgen, ¿sabes?, y creo que lo cumplían bastante a rajatabla, aunque muchas hacían trampa y se lo ponían igualmente, no iban a dar tres cuartos al pregonero sin más; pero aquella mujer de la fotografía, vestida con un sencillo traje, aunque no falto de elegancia, no llevaba ramito a la altura del hombro. Él estaba serio, también con traje negro, camisa blanca y corbata, tenía un cierto porte militar, pese a ir vestido de paisano, era guapo, aunque tenía un gesto duro que producía un cierto rechazo.

Mercedes explicó:

Digo que la foto se la hicieron meses después, se casaron con una cierta prisa porque a mi padre le habían confirmado el puesto aquí, en la acería, pero tenía que incorporarse de inmediato, así que no había tiempo para preparativos, ni para convites, tampoco tenían muchas ganas ni estaban los tiempos para muchos dispendios, arreglaron deprisa las amonestaciones en la parroquia del barrio, se casaron de mañana y tomaron el tren para acá, a empezar una nueva vida. Ese fue su viaje de novios, venirse a Llodio. Mirad —y Mercedes volvió a despegar la foto del álbum— ¿veis?, está hecha aquí, en Llodio.

¿Y eso en qué año fue? —pregunté yo, sin ser del todo consciente del alcance que podía tener la pregunta.

En julio del 42 —contestó Mercedes con naturalidad y yo pegué un respingo que no pasó desapercibido a Paco, pero Mercedes había cogido carrerilla:

Al año siguiente nací yo, aquí estoy yo —dijo pasando otra hoja más del álbum— y esta es mi hermana —dijo pasando aún otra hoja.

Eran fotos sin mayor información, bebés envueltos en mantillas, bebés que ya gateaban, aunque en el caso de la hermana…

Mis padres fueron felices apenas un par de años… —siguió Mercedes—. Mi madre debió coger algo durante el segundo embarazo y mi hermana nació con hidrocefalia. Su retraso y el progreso de su deterioro fue patente a lo largo del tiempo, no obstante, llegó a rebasar los cincuenta años, nadie le dio nunca tanta esperanza de vida, y sin embargo… los cuidados de mi madre fueron decisivos, de eso nadie tiene duda, y su muerte fue la causa de la degeneración que desde entonces y cuesta abajo ha venido sufriendo mi madre. La muerte de mi hermana fue lo que la trastornó, ¡nunca lo hubiera pensado! Ella tan fuerte, que había sabido hacer frente a tantas y tantas cosas…

Comprendo que la enfermedad de tu hermana fue determinante, pero ¿por qué has dicho que tus padres apenas fueron felices un par de años? He conocido casos… —iba a darle toda una explicación de casos reales de familias felices en las que había habido hijos con extrañas patologías, pero Mercedes me cortó en seco.

No es ningún secreto. En este pueblo era más bien un secreto a voces… Vosotros habéis venido preguntando por un hombre, vamos a decir normal, pero el hombre que yo conocí, mi padre, era bien distinto, por hacerlo corto, era una mala bestia que nos maltrató a todas, empezando por su mujer, por mi madre, sobre todo maltrató a mi madre.

Paco no sabía qué decir… y yo tampoco ante aquella revelación, pero Mercedes parecía lanzada a contarnos todo aquello, como si la quemara, o como si eso fuera a justificar la ausencia de la información que habíamos ido a buscar y que no nos iba a proporcionar, y sobre todo de su madre, que en definitiva era a quien habíamos ido a ver.

Mi madre siempre lo defendió, dice que fue la guerra la que lo cambió, que antes no era así, pero yo lo que sé es que mi padre, alcoholizado, le pegaba unas palizas brutales, yo me escondía y me llevaba a Petrilla, a mi hermana siempre la llamamos así, Petrilla, y me abrazaba a ella. Luego, cuando él se iba dando un portazo otra vez a la taberna, o a tomar el aire, yo salía de mi escondite llevando en brazos a mi hermana y nos abrazábamos a mi madre llorando.

¿Fue el nacimiento de tu hermana, con esa patología, lo que le cambió? —aventuré yo.

Mi madre decía que fue la guerra, yo era muy pequeña, pero es que siempre, desde mis primeros recuerdos lo tengo por un hombre brusco y violento —creo que Paco estuvo a punto de dar fe de que el Doro era un hombre brusco, recordando su viaje recién operado de amígdalas, pero se contuvo, aunque estoy segura de que Mercedes no le hubiera dejado decir ni pío cortándole el relato—. Mi sensación es que mi padre no supo asimilar la deformidad de mi hermana, echó directamente la culpa a mi madre, ¡pobre mujer, qué culpa tendría!, y se dio a la bebida, ahí empezó su alcoholización. Algunos conocidos me comentaron años después, que cuando llegaron a Llodio mi padre no bebía, que eran una pareja joven, que se los veía felices, con la vida por delante, pero que a raíz de nacer mi hermana…

¿Y tu madre? —pregunté yo, animándola a seguir. Si doña Nieves era mi abuela, y entonces, en se instante, no veía cómo iba a poder serlo dada la coincidencia de fechas, quería saber todo sobre ella. Y si no lo era, probablemente era lo más cerca que iba a estar de conocer a la verdadera, así que…

Lo de mi madre es también para contarlo. Ella siempre fue muy religiosa, de pisarles las faldas a los curas —¡Vaya por Dios, otra Juana!, pensé yo— y de alguna forma pensó que era su culpa, que algo no había hecho bien, que no había tenido el suficiente cuidado, y que por eso Dios la castigaba con aquella hija, para purgar sus pecados. ¡Menudo disparate! ¿Habéis visto? No sé quién le metería esas ideas en la cabeza. Recuerdo que alguna vez, tras alguna paliza de mi padre, se lamentaba de haber sido una descuidada y una confiada, y luego se abrazaba a Petrilla y a mí y decía: pero a vosotras no os va a pasar, porque yo os voy a proteger siempre, siempre, no me volverá a pasar.

Eso es muy ambiguo, Mercedes —dije yo—. Eso no quiere decir nada. ¿En qué pensaba realmente tu madre para echarse esas culpas encima? Como tú bien dices, es absurdo.

Mercedes no me hizo demasiado caso y prosiguió:

Así fue, mi madre se volcó sobre todo en Petrilla, mientras mi padre se iba dejando más y más y embruteciéndose. Como si no estuvieran mal las cosas, mi madre sufrió dos abortos seguidos, no me extraña llevando la vida que llevaba, y eso enfurecía aún más a mi padre, que siempre quiso tener un hijo y la acusaba de darle solo hembras. —Mercedes suspiró—: Habéis venido aquí para preguntar por algo que pasó durante la guerra, pero mi guerra, nuestra guerra, la teníamos en casa, y solo con su muerte, aunque me esté mal en decirlo, nos libramos de esa plaga, de su violencia que sufríamos a diario.

Paco tragó saliva, tragó saliva, antes de preguntar:

Perdóname, yo también lamento todo ese sufrimiento, pero como nada podemos hacer ya para evitarlo, me gustaría volver sobre los recuerdos de tu madre anteriores a todo aquello, de lo que te pudo contar sobre esa época en la que eran novios y ella estaba en el pueblo y tu padre no se había convertido en ese desalmado…, que por cierto, yo también conocí y sufrí en sus peores momentos, cuando… —Paco por fin había encontrado un hueco en el colar su experiencia de los cinco años, Mercedes sonrió.

Con esos antecedentes no sé cómo esperas que mi padre te hubiera podido ayudar a encontrar al tuyo… —recuerdo que en ese momento cerró el álbum de golpe—. No creas, comprendo esa inquietud, en todas las casas hay algo, porque una de las razones por las que mi padre vino aquí fue en busca de un hermano suyo desaparecido durante la guerra… Confiaba en encontrarlo en algún campo de prisioneros, en alguna prisión clandestina, o bajo tierra… —Paco y yo nos pusimos alertas—. Eso sí lo contaba mi madre, lo contaba hablando de don Alfonso, con el que al parecer también sirvió tu madre ¿no?, porque la familia de mi padre antes de la guerra era de izquierdas, ugetistas. Mi abuelo tenía una carpintería en Salas, bueno, una especie de serrería en la que hacían algunos trabajos a lo bruto, para la construcción mayormente; pero mi padre en el servicio militar había aprendido algo de mecánica, se le daba bien y aspiraba a montar un taller, él con su hermano, pero estalló la guerra y… Bueno, mejor dicho, algunos días antes mi abuelo, mi padre y su hermano se vieron envueltos en una pelea en la que hubo muertos, uno de ellos fue mi abuelo, a mi padre, a mi tío y a otros cuantos más los llevaron presos a Burgos… Y estalla la guerra y el tal don Alfonso, que no me preguntéis de qué se conocían, libró a mi padre y a su hermano. Mi padre pasó a su servicio, pero mi tío huyó y logró llegar a Vizcaya, a la zona minera, o al menos eso fue lo último que supo mi padre de su hermano. Cada uno en un bando no volvieron a tener noticias el uno del otro. Lo que había aprendido mi padre de mecánica y su amistad con don Alfonso le sirvió no solo para salvar la vida, sino para obtener buenos, cómodos, puestos en la Falange, pero…

¿Por qué, si le iba tan bien, dejó esos puestos para venirse aquí? —aventuré yo, que trataba de atar cabos y mentalmente trazaba mapas cronológicos.

A eso iba, porque en el fondo, al menos eso decía mi madre, la Falange no le gustaba y porque tenía la vaga esperanza de encontrar a su hermano…, pero esta es la fecha —Mercedes miró de frente a Paco— en la que de mi tío nadie ha vuelto a saber nada, y créeme que a mí me da igual, porque el saber de él no nos va a quitar el sufrimiento pasado, tú lo has dicho. Seguramente murió en algún frente, un cadáver más sin identificar, un rojo de mierda… ¿y qué? Saber cómo murió, o si murió entonces o después, y su cuerpo quedó sin identificar, no nos hubiera ayudado nada ni a mi madre, ni a mis hermanas, ni a mí…

¿Quién sabe? Quizás si en su momento tu padre hubiera sabido de su hermano… —aventuró Paco.

No, en cualquier caso la historia no tiene vuelta atrás. Por otro lado por mucho que dijera mi madre, a mí nadie me quita de la cabeza que mi padre llevaba la violencia con él allá donde iba. A saber qué hizo en la guerra, por mucho que lo suyo fuera un puesto auxiliar, un puesto de conductor para transportar a los jefes de un lado a otro… Se le ve tan ufano en esta foto —Mercedes había vuelto a pasar las hojas del álbum hacia atrás hasta situarse frente a las primeras.

En cualquier caso —dijo Paco recordando sin duda el sobre que nos había llevado hasta allí— se siguió relacionando con don Alfonso, escribiéndole al menos.

Mercedes pareció sorprenderse.

No sé, yo creo que no, pero tampoco podría asegurarlo. Mi madre siempre dijo que era un sinvergüenza, eso sí, pero no recuerdo que mi padre dijera nada en especial, ni tan siquiera le defendía, a pesar de que según mi madre le había salvado de una muerte segura, pero…

Curiosas esas contradicciones de tu madre —dije yo— le odia, pero reconoce que salvó la vida de tu padre, y echa en cara a tu padre que no le tenga en más consideración.

Mercedes se encogió de hombros. Paco prosiguió con su historia:

Algo parecido sospecho yo —dijo todo convencido— que debió ocurrir con el mío. En mi caso no tengo la seguridad de que mi padre militara en la UGT, pero sí que sé que estuvo muy cerca… En la última carta que dirigió a mi madre, y que como te dije por teléfono debió llevar tu padre, mi padre decía que estando con don Alfonso estaban seguros…

Entonces fue cuando empezamos a oír jaleo fuera y Mercedes corrió hacia la puerta. Doña Nieves llegó en silla de ruedas, muy alterada, la silla la empujaba una mujer de mediana edad que más nerviosa aún pedía insistentemente disculpas:

Cuando ha oído el primer trueno —sí, con la conversación no nos habíamos dado cuenta ni de que una nube negra estaba ya sobre nosotros, ni que a lo lejos relampagueaba— se ha asustado, y se ha puesto a arrascarse la mano, mira qué carnicería se ha hecho, no he podido impedírselo.

Mercedes y yo nos lanzamos sobre ella.

No, no, no grité ¡abuela!, fue mi yo médico el que actuó entonces tomando la mano de la anciana y examinando la herida.

Trae algo con lo que lavar la herida —me volví hacia Mercedes, pero Mercedes ya se había adelantado y como si fuera capaz de estar en dos sitios a la vez, aunque probablemente era algo habitual, la vi viniendo hacia su madre con algodón, gasas y una botella de suero fisiológico.

Mercedes me empujó sin miramientos a un lado.

Déjame —le dije— soy médico.

No lo dudo, pero yo conozco mejor que tú lo que le pasa a mi madre.

Aún así insistí en ayudar y me situé en cuclillas a su lado sosteniéndole los algodones, intentando un diagnóstico rápido.

Es una herida antigua —me dijo Mercedes— pero tiene la manía de arrascarse y se vuelve a levantar la postilla y es el cuento de nunca acabar…, peor que los chicos.

Efectivamente parecía una herida común en el dorso de la mano, una antigua rozadura, aunque tenía un aspecto como de quemadura y ocupaba bastante superficie, de ahí que al levantarse la protección natural sangrara bastante.

Dices que es antigua —insistí ante Mercedes— ¿desde cuándo la tiene?

Yo se la he conocido toda la vida, debió salirle cuando cuidaba las vacas, porque hemos tenido vacas, no sé si os lo he dicho, pero la cicatriza y luego, con el tiempo, vuelve a reproducírsele. Hay que tener cuidado porque mi madre toma Sintrom, eso sí. Los médicos dicen que es que se las hace ella sola por la noche, cuando está dormida. Tengo que ponerle guantes, como a los niños.

Y efectivamente, sacó del bolsillo un par de guantes de algodón finos y se los puso a su madre. Yo seguía allí, de pie, observándola, sin sentir nada tampoco, ¡qué habría esperado experimentar!, contemplando a aquella mujer que sin duda fue guapa, tan guapa o más que en la foto de bodas, y sin duda una buena moza, aunque ahora la viera allí, encorvada en una silla de ruedas. Seguía allí de pie, sosteniendo los algodones manchados que su hija había empleado en curarla, hubiera sido un buen momento para guardarme una de aquellos algodones para llevarlo después a un laboratorio para un análisis de ADN, que entonces ya empezaban a ser utilizados en multitud de casos, pero ni se me pasó por la mente. No sé, estaba allí delante de aquella señora que podría ser o no mi abuela, y lo que menos me importaba era si lo era en realidad. Me importaba una mierda la biología, la herencia genética, no me importaba nada todo eso.

En aquel momento lo que más me hubiera importado era saber por qué aquella mujer, muchos años después de que supuestamente hubiera ocurrido, se lamentara de que unos gitanos le hubieran robado un hijo por exceso de confianza, por descuido… No habíamos hablado de ello, y eso que Paco y yo habíamos estado ensayando varias veces cómo abordar el problema, le decimos y le preguntamos, le recordamos que… La verdad es que no se nos había ocurrido ninguna manera ni eficaz ni indolora de resolver el tema, pero la ausencia de doña Nieves de la casa nos había chafado cualquier plan. Ahora la señora había vuelto en no las mejores condiciones para que dos extraños se pusieran a hurgar en su vida.

Yo seguía allí, quieta, como un pasmarote, y a una distancia prudencial, apoyado en la mesa del comedor, Paco asistía mudo a toda la escena. Mercedes reaccionó y me cogió los algodones manchados de las manos:

Disculpa, pasa por aquí, podrás lavarte —y me indicó el camino hacia el fondo de la casa.

Me lavé las manos a conciencia, más por hábito que por querer quitar de ellas todo rastro de la sangre de mi posible abuela, y aproveché para hacer un pis. Tenía ganas y pensé que era buena oportunidad para aliviarme, así que ni se me pasó tampoco por la mente guardarme un pelo de ningún peine. Salí limpia, impoluta y descansada, pero lo que me encontré en el comedor fue a una doña Nieves más agitada aún y a un Paco confuso, sin saber qué hacer. Al parecer se acordaba de la otra visita, se acordaba de que era el hijo de la Juana y empezó a lanzar frases incoherentes en las que se mezclaban sinvergüenzas, señoras déspotas y sin entrañas, gitanos y niños arrebatados de sus cunas.

Por favor, iros —me rogó Mercedes dirigiéndose hacia mí—. Ya veis cómo se pone, ya veis que no exagero.

Paco se encogió de hombros impotente, yo asentí, aunque al coger el bolso lo abrí, saqué una tarjeta y se la di a Mercedes.

Soy dermatóloga en el hospital de Burgos… Sobre esa herida de tu madre, no dudes en llamarme si quieres que veamos algo más, seguramente podremos ponerle remedio.

Mercedes hizo un gesto de agradecimiento y nos acompañó a la puerta. La vecina, totalmente anonadada trataba de calmar a doña Nieves, que se volvió a la puerta para despedirnos con la mano. Fuera llovía ya con fuerza.

 

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Los Ros XL

Te decía que la enfermedad y la muerte de un familiar no se vive de la misma manera que la de un paciente, ¡ni muchísimo menos! Por muy familiarizado que estés con la muerte, cuando llega, te impacta.

Algunos amigos y conocidos no terminaban de ver la preocupación que tanto Paco como Mariluz y yo sentíamos por la muerte de tu madre. No, para ellos Dina no dejaba de ser una extraña, una criada que había estado demasiado poco tiempo en casa, aunque hubiera asistido a los seres que más queríamos, Juana y Martín, pero ¡qué sabían ellos! No siempre el amor y la familiaridad es cuestión de genes y menos de tiempo. Lo de los lazos de sangre no deja de ser una metáfora cultural, en esta familia tenemos amplia experiencia de ello… y en cuanto al tiempo… Tampoco hace falta mucho. Mientras estuvo con nosotros tu madre nos lo dio todo, y nosotros no podíamos hacer otra cosa que devolvérselo… Y además estabas tú. ¿Cómo no iba yo a sentir afecto por la persona que te había dado el ser y que a su vez me había dado a mí una hija? Tu madre, por ser tu madre, había pasado a ser automáticamente una de nosotros, un miembro más de los Ros, y de los Contreras, aunque no vayas a llevar este apellido, pero los tíos te quieren también mucho, mucho. Si Paquito se resiste además a hacerlos abuelos… Un apellido tampoco es nada… Santiago y Martín renunciaron a lo suyos, eligieron ser ellos mismos, eligieron voluntariamente fundar una familia, tener un hijo que no era suyo, y tú ahora formas parte de ella, y tu madre también pasó a ser nuestra familia, aunque por desgracia nos durara poco tiempo.

Cuando tu madre murió, la abuela y Ramón, que ya estaban avisados, vinieron. Sí, a tu madre la incineramos y le dijimos una misa en la parroquia, luego la llevamos al pueblo, para que estuviera al lado de Martín, nos pareció a todos el lugar más adecuado para su reposo, al menos su reposo temporal. Porque algún día, cuando seas mayor, podremos, si quieres, llevar sus cenizas a vuestro pueblo,  allí las depositaremos en un sitio agradable, puede que desde el que se vea el mar…, eso siempre que tú quieras, claro.

Pero antes de eso tenemos que ir, no esperaremos tanto, puede que este mismo verano, o como mucho el que viene, si es que hemos ahorrado… Tú me enseñarás tu país, sí, ya sé que eras muy pequeña cuando tu madre te trajo para acá, pero sé lo que me digo, yo te cogeré de la mano y tú me guiarás, juntas descubriremos los lugares que les gustaban a tus padres y que tuvieron que abandonar porque rara vez elegimos a dónde nos va a llevar el destino.

África es hermosa. ¿Sabes? Allí empecé yo realmente mi carrera, sí, me fui de apoyo con una ONG y luego en cada viaje, en cada vuelta y en cada estancia, me fui empapando de todo lo que era la medicina, allí, viendo las patologías tan peculiares que presentaban esas pieles que no eran como las nuestras, fue cuando decidí volcarme en la dermatología y sus enfermedades menos comunes, menos conocidas… Al final voy a tener suerte, porque en el hospital estoy en un buen equipo que me va a permitir seguir avanzando.

África es hermosa, pero la vida da muchas vueltas y no siempre se puede elegir, así que ahora estamos aquí, tranquilas, sin sobresaltos… No siempre se puede andar a la aventura, y yo ya tengo cuarenta años, dentro de poco me empezarán los achaques, la menopausia… No, no te asustes, que es algo natural, algo que hay que pasar, como el vivir, como el respirar…

El que la abuela y Ramón vinieran a estar con nosotras a raíz de la muerte de tu madre nos vino muy bien a todos. Nos vino muy bien, porque Paco y yo nos volcamos en nuestra labor, llamémosla detectivesca, en busca de los restos del padre de Paco y a la búsqueda de mi abuela.

Tras el informe del detective, una vez que dejamos a tu madre reposar junto a Martín en el pueblo… Sí, sí, me río y me sonrío porque con aquel acto dimos pábulo a que más de una lengua afilada viniera a certificar lo que en su tiempo te conté, que entre el viejo Martín y tu madre había habido lío… ¡Pobre Martín! ¡Qué fama arrastra hasta después de muerto!… Bueno, pero lo que te iba contando…

Paco visitó una vez más a Alfonso. Lo hizo en su despacho de la calle Vitoria, Alfonso se había recuperado bastante, tuvo suerte, y había vuelto al trabajo, a dirigir el despacho: Despacho del abogado Rodríguez-Palacios, así con guión, que viste más. ¿Sabes? Don Alfonso siempre fue el padre, pero para Paco y en general para los del pueblo los hijos de don Alfonso y doña Guillemina nunca tuvieron el don, incluso a la hija, a la pequeña se la sigue llamando por el diminutivo cariñoso, Blanquita. Alfonso y Fernando, así sin don, aunque luego cada uno en su área haya descollado lo suficiente, pero allí en el pueblo, siempre fueron los Palacios. Sí, sí, doña Guillermina era la Palacios, además de ser la dueña de la casa, de las tierras y del dinero, y la que daba nombre a la familia. Don Alfonso era un don nadie antes de casarse con ella, y su apellido de lo más vulgar, Rodríguez, así que Alfonso no tardó, sobre todo cuando puso el despacho, en unir sus apellidos con un guión para que su nombre sonara… Para él tenía gran importancia esto de los nombres… Me lo contó Paco en una de aquellas conversaciones que tanto nos unieron…

El que Alfonso recibiera a Paco en su despacho y no en su casa, como otras veces, no era dato que había que pasar por alto. Alfonso basculaba entre ayudar a Paco, al que consideraba un amigo, y su modo de pensar acerca de andar revolviendo en le pasado de la Guerra Civil y sobre todo en el pasado de su padre… Quizá él también sospechaba, o sabía, que su padre no había sido del todo trigo limpio, y eso que a raíz de su segundo matrimonio la cosa debió cambiar bastante… Doña Delia, una mujer interesante, a la que Paco no había podido acercarse todavía, porque llevaba una vida muy retirada, o al menos eso pretextaba.

Doña Delia era el polo opuesto a doña Guillermina. Quizá algo mayor que don Alfonso había descollado también en la Falange local, eran camaradas, como se decía entonces. Doña Delia era una mujer fuerte, alta y rubia, dirigía antes de casarse la sección local de la Sección Femenina, y se decía que era muy amiga de Pilar Primo de Rivera… Todo esto me lo contó Paco. Doña Delia puso orden en la casa de don Alfonso, y con los asuntos domésticos y sin preocuparse por los altibajos de una mujer enfermiza, con crisis histéricas además, ¡como para no tenerlas con semejante marido!, don Alfonso pudo dedicarse plenamente a los negocios, aunque con no demasiada suerte, al parecer. Había tenido más suerte en la política, si aquello se puede llamar política, que con las empresas en las que se metió. El ojo del amo engorda al caballo, decía Martín, y don Alfonso se debía preocupara más en ir de caza que en atender su empresa, pero a pesar de que tuvo que cerrar enseguida, seguía siendo un hombre influyente, tanto que no había como pedirle una recomendación, tal como ocurrió con Paco, para que si quería no tardara en conseguirlo: un empleo, una portería, un piso de protección oficial, un buen destino para el hijo en la mili… En aquella época —me decía Paco un día— don Alfonso vivía casi de los regalos que le hacían sus favorecidos y que doña Delia administraba con sabia mano. Para dar carrera a los hijos fueron vendiendo poco a poco la hacienda de doña Guillermina hasta que solo les quedó la casa del pueblo, la casa que tuvieron que abandonaron, y mira ahora… ¡Una pura ruina!

Alfonso no estaba muy receptivo, pero Paco fue por derecho y le puso el informe del detective encima de la mesa:

Como puedes ver mi padre no murió en una emboscada en el monte, sino en Belchite, así que es de vital importancia que tanto tú como doña Delia hagáis memoria sobre lo que tu padre pudo contaros, lo que pudo decir en voz alta, en vuestra visita a aquel desgraciado lugar, o cualquier otra cosa que recordéis, aunque no parezca importante.

Dice Paco que Alfonso se detuvo bastante en el informe, lo leyó atentamente sin decir palabra, y luego mirando a Paco a los ojos le dijo:

Paco, te digo la verdad. Yo no recuerdo nada que te pueda ayudar en esto. En realidad lo que recuerdo de cuando mi padre pasó por la calle principal de aquel pueblo entre las ruinas, a las que todavía se asomaban algunas personas, pues el pueblo nuevo no estaba terminado, eran cosas como «aquí cayeron algunos de los mejores compañeros…», «allí teníamos montada una ametralladora…», «en estas casa luchamos cuerpo a cuerpo y de ella salimos por el tejado…», sí, eso creo recordar que fue lo más concreto, porque aunque Fernando y yo oscilábamos entre el entusiasmo de la lucha y la expectación, en realidad estábamos cagados de miedo… Y Delia lo notó y por eso nos sacó fuera… En realidad no sé si mi padre dijo aquello, o son cosas que he reconstruido yo… Creo recordar que ni tan siquiera nos contó cómo escapó de aquella ratonera, o quizás nos fuimos antes de que lo hiciera porque mi hermana, que era muy pequeña, se asustó y se echó a llorar. ¿Sabes? Cuando te conté aquello, créeme, no pensaba que estuviera tocando carne sensible, no pensaba que de verdad en el fondo del asunto estuviera también tu padre… Aquella conversación fue fruto de la casualidad… No, tampoco sé si su chófer estuvo con él, sé que estuvieron juntos durante buena parte de la guerra, y luego también, eso lo sabes tú de sobra, pero ni idea de si estuvo en Belchite… Si su viuda, a la que me dices que has visitado, o sus hijas no te han podido decir nada… De su relación con él cuando estuvo a su servicio solo pude encontrar un par de documentos sin importancia que me pasó un amigo archivero… y ese sobre que te enseñé con el domicilio al que se trasladó a Llodio. Ni idea de por qué lo haría, sé tanto como tú, éramos muy críos y por casa solo venía lo imprescindible, a recoger a mi padre, a llevarnos al pueblo de viaje, a llevarnos cosas allí a la casa de Quintanavalle… Lo mismo que tú, Paco. Luego vinieron otros chóferes… y luego desaparecieron… luego ya no tuvimos coche oficial y mi padre se compró un automóvil, que conducía él mismo, el viejo Ford que vendimos hace poco, y con el que hicimos el viaje aquel cuando ya se había casado con Delia. Entonces ya no teníamos chófer, éramos una familia normal…

¿Y doña Delia, Alfonso? —Paco insistió—. ¿No crees que ella quizá sí pueda recordar algo más? Cualquier detalle podría ayudarme en un futuro. En Belchite hay varias fosas, en todas hay caídos de ambos bandos, pero fueron enterrados según iban cayendo, por proximidad…

Alfonso despidió a Paco con palmaditas en la espalda y la promesa de que harían todo lo posible por ir a ver a doña Delia, que por él no iba a quedar…

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