Sin título

Un vídeo corre por las redes sociales. Es tan real que lo sientes como tuyo…

Soy ordinaria from Chloé Fontaine on Vimeo.

… y recuerdas un lamento perdido en la soledad del cuarto de baño.

Me has follado haciéndome daño,

me has humillado,

«no hay otro modo»,

te has disculpado…

… mañana tendré regalo de cumpleaños.

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¡Benditas hemerotecas!

 

escudo heráldico en piedra rajado

Hola, Alonso:

Aunque nunca vayas a leer esto, pero nunca se sabe, te escribo como en aquellos meses del 2006. Han pasado once años y todavía me parece que fue ayer cuando te fuiste.

No sé si como entonces estarás al tanto de lo que ocurre en España, sobre todo de lo que pasa en el mundo de la cultura, y es que hay una novela que está haciendo furor y removiendo conciencias y recuerdos como ninguna otra, y sí, a mí también me ha traído los míos, y ya conté alguno, como no podía ser menos. Confieso que mi memoria me juega malas pasadas, confundo los años, y por eso me tengo que ayudar de los periódicos, que afortunadamente hoy está casi todo on line.

Me ha ayudado a ello una amiga virtual, María Ángeles, que estuvo de maestra doce años en el País Vasco en los «años de plomo» y ahora recuerda sus vivencias. Muy aconsejables, de verdad, y muy sinceras. Seguro que a ti también te remueve algo, y aunque te decepcione en algunos aspectos, si puedes, lee también la novela, si es que no la has leído ya. Ya, ya sé que tú eres de otro tipo de lecturas, yo también, pero hay que leer también de vez en cuando lo que escriben y sobre todo lo que leen los otros.

Recuerdo bien aquel día frío de la Navidad del 2005 en que pasaste a despedirte del abuelo. Estaba ya muy enfermo y lo sabíamos. Yo creo que apenas se dio cuenta de que te ibas, de que te marchabas a Inglaterra, que te habían dado la beca, y de que ya no te volvería a ver, a ti, que siempre fuiste su nieto preferido. Entre unas cosas y otras, tu madre, la abuela y yo misma, sentíamos que te fueras, pero sobre todo tu madre se alegraba de que pusieras tierra por medio, que cambiaras de aires, que la tenías en un sinvivir desde aquella vez que te detuvieron en aquella manifestación…

Y te prometí que te iría dando noticias de cómo andaba el abuelo y de los demás asuntos familiares, y también de lo que pasaba por aquí, aunque tú te enterabas antes que yo, los colegas te mantenían bien informado.

Aquel día —22 o 23 de marzo me dicen las hemerotecas— recuerdo que te escribí con una especial excitación, el abuelo empeoraba a ojos vistas, pero no era esa la noticia, la noticia era que ETA había anunciado un alto al fuego, había esperanza, había una esperanza de paz, de que cesaran las muertes, y sabía que ello a ti también te iba a dar una esperanza.

Recuerdo la muerte de Juan Carlos, no hace mucho que encontré el papel que entonces garrapateé, y recuerdo a tu madre en mitad de la cocina, viendo en la televisión a Karlos Arguiñano decir: «Por la paz en Euskadi yo haría cualquier cosa, me pondría hacer carreteras yo solo». A mí me hizo sonreír aquella frase, tu madre andaba como embobada. No fue el mismo día, no, es que se me mezclan los recuerdos, y en eso no me ayudan las hemerotecas.

Tampoco me ayudan mucho cuando trató de recordar quién fue aquel etarra que se suicidó en extrañas circunstancias… Aquel día había bajado al colmado de Jose, la tiendecita esa de toda la vida, al lado de la casa de la abuela, y allí estaban las vecinas comentando, se alegraban, se alegraban porque por lo menos aquel no mataría a nadie más… Jose, sin embargo, estaba seria, más seria que ningún día: «Es triste que tenga que terminar todo así, siempre muriendo alguien, ya sean unos o sean otros». Aquellas palabras no se me olvidarán jamás, y vuelven a mí cuando algo ocurre.

Dos parroquianas se miraron y salieron cuchicheando de la tienda. Yo no comenté nada, era una mujer tan adusta y además no había confianza, pero me hubiera gustado abrazarla por aquella lección de sensatez. Jose tenía tres hijos, uno como tú, no sé si te acordarás de él. Eran unos chicos tranquilos, que nunca se metieron en nada, pero yo creo que estaba pensando en ellos mientras daba golpes secos a la bacaladera.

La vuelta por las hemerotecas me ha recordado muchas cosas, y por supuesto me he acordado de ti, de aquellos meses en que te mandaba puntualmente las noticias del abuelo. ETA volvió a atentar en Barajas al final de aquel mismo año, y nuestras esperanzas se derrumbaron. Tú seguías en Inglaterra, y ahora, después de tantos años estás pensando en que quizá sea tiempo de volver. Al final siempre volvemos.

Los comentarios de mi amiga virtual me han hecho recordar cuando yo también salí un poco huyendo, y las hemerotecas me ayudan a poner orden en la confusión de fechas.

Mi salud bien, no te preocupes. Ya hablaremos cuando vuelvas.

A María Ángeles Merino, por su conmovedora lectura de Patria, que ha mejorado en mucho el original.

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El día que conocí a Miren

Fue en el autobús que iba de camino al sur. Iba en línea regular, porque aquel fin de semana no había podido coger el que desde Donosti salía ex profeso hacia la cárcel del Puerto, complicaciones familiares surgidas durante los últimos días la habían tenido en vilo. Y allí estaba ella, a la aventura, sin la seguridad de poder enlazar un autobús con otro, de saber coger la línea adecuada para ir de una terminal a otra, sin tener la seguridad de llegar a tiempo, pero decidida.

La una al lado de la otra, ella en la ventanilla, yo en el pasillo, el autobús llevaba prácticamente todas sus plazas ocupadas de gente variopinta, muchos jóvenes de camino hacia sus casas en fin de semana, algún hombre edad, curtido por el sol, de camino a la capital a ver a los hijos…, algunas mujeres más, ella y yo.

Miren se quitó el abrigo y lo puso encima de un bolso grande.

—¿Quiere que se lo ponga aquí arriba? —me ofrecí.

—Gracias, está bien así… en todo caso después —y se volvió a mirar por la ventanilla el autobús parado en la dársena de al lado.

Al principio hicimos el viaje en silencio, Miren miraba y miraba por la ventanilla, con la vista perdida, yo me sumergía en la lectura del libro de rigor. Ninguna de las dos mirábamos la televisión, creo que hubo un momento en que Miren cerró los ojos y no sé si no llegó a quedarse dormida unos momentos.

Cuando despertó, o pareció despertar, Miren se dirigió a mí tendiéndome el abrigo:

—Si haces el favor, es que voy a comer un poco…

Ella fue la que me tuteó, quizá porque me vio más igual que yo la había visto a ella: una mujer casi de mi edad, pero que por alguna razón me imponía un respeto, una distancia.

Y me levanté y le colgué el abrigo en el portaequipajes, y volví a sentarme, y Miren abrió el bolso y sacó de él un bocadillo envuelto en papel de plata, y una servilleta de papel. Lo abrió por arriba y me ofreció:

—Si gustas, es de pescado.

—Muchas gracias. Cuando paremos tomaré algo, ya falta poco —rechacé cortésmente, y Miren empezó a comerse lentamente el bocadillo y a acompañarse con unos sorbos de agua que bebía de una botellita que también llevaba en el bolso.

balcón con cartela presoak etxeraFue tras la parada preceptiva, cuando Miren se arrancó a hablar un poco más.

—Yo prefiero traerme algo de comer de casa, es más sano y además en estos sitios te clavan, se aprovechan de que son paradas fijas.

—¿Viajas mucho? —me atreví a preguntar, más por cortesía que por interés.

—Una vez al mes, voy a ver a un familiar, pero normalmente voy por otros medios.

—Yo voy a Almería, vivo allí, pero eso será mañana, cuando haya hecho algunas gestiones que tengo que hacer en Sevilla —completé siguiendo con la cortesía, y Miren volvió a ensimismarse en el paisaje, y yo en mi lectura.

Al cabo de un rato, Miren, como si se despertara de otro sueñecillo, me preguntó:

—¿Eres andaluza? No lo parece.

—No, soy de Madrid, pero ahora vivo en Almería. ¿Y tú?

—De Irún. He vivido toda mi vida allí, pero estoy muy al tanto de lo que pasa en el mundo. Soy modista ¿sabes?, y me llegan revistas de todas partes. Tengo unas clientas muy exigentes. También hago trabajos de sastrería, tengo un pequeño taller, una oficiala y un par de chavalitas, esas duran poco, enseguida se van. Para los encargos importantes doy trabajo fuera, ¿sabes?, porque a veces me encargan ropa de trabajo…

Sí, me iba dando cuenta de su fuerte acento vasco, de sus giros idiomáticos, que me veo incapaz de reproducir, de su timbre altisonante, aunque hablara en voz baja, de su complexión media, pero capaz de elevar su pecho lo suficiente como si fuera a cantar un aria, de su pelo corto y teñido de rojo rabioso. No estaba ante la típica matriarca vasca, no respondía al tipo, pero tenía muchos de sus rasgos. Intuyendo que no debía ahondar en el motivo de su viaje, me decidí por seguir hablando de costura, aunque lo mío no son, precisamente, los ojales.

—¿Y tienes mucho trabajo? Porque hoy en día que nos compramos todo hecho.

—Hay que irse adaptando a los tiempos. Hago muchos encargos para bodas, siempre el traje a medida sienta mejor, porque en la tienda, ya sabes, lo que te entra de cintura te sobra de sisa, y para las bodas, sobre todo si son de los hijos, hay que ir bien vestidas. Además, luego, con un poco de tela más siempre puedes forrarte el bolso o los zapatos y completar… Una lástima, porque son modelos caros que no te pones más que un día, pero al menos ese día vas guapa, es un dinero bien gastado.

—Sí, para un día. La verdad es que yo, si alguna vez me he comprado algún modelito para alguna boda, luego rara vez me lo he puesto.

—Tú tienes buen tipo. ¿Talla 46? Yo tampoco tengo problemas con la ropa…

—La 48 ya, que la edad no perdona. Tú, claro, te la haces y pasas de tiendas.

—¡Qué va! Es todo más complicado de lo que parece.

Se hizo el silencio, ella dio un suspiro, luego otra vez el silencio, y de pronto:

—¿Tú tienes hijos?

—No, no, soy soltera. Algunos sobrinos, pero hijos no. ¿Por qué?

—Cuando salgo de casa pienso siempre en ellos. ¿Qué harán? Si habrán sabido atender al aita, si María estará bien… A María la he dejado en la cama con gripe… María, ¿sabes?, no es normal, tuvo meningitis de pequeña y se quedó así, un poco retrasadilla… y sus hermanos, ya sabes, buenos chicos, pero para las cosas de casa…, en cuanto faltamos nosotras… —otro suspiro profundo, y luego… — ¿Para qué voy a  ocultar la realidad si no se gana nada con ello? Voy a ver a mi hijo mayor que está en la cárcel, una vez al mes…, voy una vez al mes… Cosas de la juventud que terminamos pagando los demás. ¡Cuándo terminará esta pesadilla!

Hoy, algún tiempo y algunos viajes después, Miren sigue yendo «allá abajo», como ella dice, una vez al mes. A la ida, sigue llevándose la comida de casa, porque en los restaurantes de carretera dan mal de comer y además se aprovechan. Deja a su hija María al cuidado de su nuera, Jon se casó el año pasado, ella a pesar del luto —el marido murió de cáncer poco después de nuestra primera conversación— se hizo un buen traje para la ocasión, sigue con el taller abierto. La nuera, Bego, es maja y cuando ella se va, se queda al cargo de María y de la casa, porque los hombres ya se sabe. Aingeru también anda con una chavala, pero le pega que es diferente, que con esa nuera no va a tener tanta suerte como con Bego. Mikel continúa en la cárcel.

Las calles de Bilbao se llenaron ayer otra vez de gente pidiendo la aproximación de los presos, que no sea también un castigo para sus familias. Y yo, claro, no puedo por menos que ver a Miren allí, entre la gente, sosteniendo discretamente una pancarta: Presoak etxera.

Patria, el renombrado libro de Aramburu sigue en la mesa del salón.

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Mi primera lectura del 2017

Abro al azar el poemario El agua siempre encuentra su camino de Alejandro González Terriza.

Portada románica bañada parcialmente por el sol

 

Mi corazón no es oro, sino carne
salada que atesora lo que es bueno
y envía su resumen por doquier.
No he muerto y sin embargo para algunos,
guardando en mi regazo multitudes,
apenas soy quien soy.

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De la mano de Ada

I feel no doubt if I continue my studies I shall in due time be a Poet.
Ada Lovelace as a child

Era mi primera experiencia en un museo virtual. Miento, antes había estado en el Louvre, pero ese no cuenta, porque ese existe de verdad y mis ojos habían paseado por sus telas, ¿los mismos ojos que cruzaban ahora el umbral del Museo Virtual de la Computación? Un pasillo con varias puertas a los lados se abría ante ellos. Sobre sus dinteles, los de las puertas, unos escuetos rótulos invitaban a enlazar con los secretos que guardaban celosamente. Y nada más abrir una de ellas, casi al azar, pude oír el frufrú de la seda de su vestido, un retrato de Ada Byron presidía la sala. Al igual que en algunos cuadros clásicos seguía con sus ojos al paseante y con un guiño de complicidad le invitaba a proseguir la aventura traspasando el retrato…El siglo XVIII acababa de dejar paso al XIX, pero las épocas no entienden de calendarios exactos y en los salones londinenses se seguía profesando culto a la razón. La astronomía se mezclaba con las matemáticas y con algunos avances científicos. Algunas señoras y señoritas, educadas cuidadosamente en materias tales como rezos, algo de música y algo de idiomas, traducían para los sesudos varones las obras escritas en las universidades europeas, alguna incluso, como Mary Sommerville, se había atrevido a realizar sus propios tratados, otras, como la propia Lady Byron, aprovechaban su posición social para contratar para sí o para sus hijas los mejores maestros de matemáticas. Este culto, ya un poco trasnochado, hacia las ciencias, no dejaba de producir una cierta ironía en la corriente romántica y transgresora que se abría paso. Y Annabella Milbanke, Lady Byron, soportaba con resignación el apelativo de “Princesa de los Paralelogramos” impuesto por su marido, el poeta de la nueva época.

El joven Byron, que gustaba retratarse en actitud desafiante y deliberadamente desprovista de toda etiqueta, en uno de sus muchos vaivenes, pensó que casándose con una de aquellas señoritas tan equilibradas, podría poner algo de orden en su ya angustiada vida. No lo consiguió, su pasado pesaba demasiado en aquella sociedad que se impuso al desafío romántico o a la fría razón, y pronto se vio obligado a abandonar los círculos londinenses dejando tras de sí una semilla, su hija Ada, de la que solo conservó el recuerdo borroso de algo que pudo haber sido: “¿Es tu rostro el par del de tu madre?, ¡Ada!, mi dulce niña, único vástago de mi linaje y corazón. Tus azules ojos me sonreían cuando antes de partir los vi por última vez…”.

Y los azules ojos de Ada Byron comenzaron años después a estudiar matemáticas de la mano del profesor De Morgan. Tras su fracaso matrimonial, Annabella Milbanke pensaba así separar a su hija de todo poso poético que su padre pudiera haber dejado en ella. Pero las matemáticas, la música y la poesía mantienen un ritmo interno que la niña supo captar y servirse de él, años más tarde, para explicarle al mundo de qué era capaz la extraña máquina que un científico de excéntricas ideas había inventado. Aquella máquina no solo calculaba sino que hasta de una cierta forma “pensaba”.

La máquina analítica de Charles Babagge ocupa toda una sala del Museo Virtual. Está allí, enorme, destartalada, impensablemente romántica, apoyada apenas por los bocetos que la precedieron aunque para entenderla, deberemos atravesar otra puerta más e irnos a los comentarios de Ada.

Ada y Charles Babagge se conocían de antiguo, ambos frecuentaban los mismos círculos palaciegos y el inventor no había podido sustraerse a la tentación de presentar sus “diseños” en sociedad. Años más tarde, al igual que le había ocurrido a su también maestra Mary Sommerville, a Ada le encargaron la traducción al inglés de los papeles de una conferencia científica que el matemático italiano Menabrea había redactado sobre uno de los diseños de Babagge, la máquina analítica.

Ada comenzó silenciosa y modestamente su tarea, pero aprovechando su conocimiento personal del autor del ingenio no pudo resistir la tentación de hacerle algunas preguntas.

Charles Babagge, un científico un tanto extravagante y bastante incomprendido en los salones, y un poco fuera del mundo, un poco transgresor a su manera, porque ¡cómo si no de otra forma se le hubiera podido ocurrir la idea!, propuso a Ada que añadiera sus propias notas a la traducción que estaba realizando…

[Supongo que el programa con el que escribo esto estará ejecutando muchos bucles para cumplir su propósito, que un sistema de entradas, salidas y alimentación sucesiva ordenará todo el proceso, que sucesivas tarjetas, aunque sean virtuales, se perforarán de forma parecida a como lo habría hecho la tejedora Jacquard…]

………………………………….

No sé si sigo en el Museo o lo he abandonado, no sé dónde estoy, pero ahí veo una frase en algo que parece ser una sala recapitulatoria: “Antes de que existiera la Red, existieron las computadoras personales y antes de estas los grandes e impersonales computadores. Y antes de que estos existieran o pudieran siquiera pensarse existió la Máquina Analítica y Ada Byron”.

Vuelvo a ver los brillantes ojos azules de Ada siguiendo atenta las explicaciones de Babbage y oigo el roce de la pluma sobre el papel, tratando de resolver los números de Bernouille con la máquina de su amigo…

Y la veo firmando sus trabajos con las modestas iniciales A.A.L. Y más tarde, allá a lo lejos, se vislumbra cómo la máquina análitica iba a ser capaz también de ponerle algo de música a las cosas… Y como queriendo obtener fondos para sus sueños trata de inventar un programa que la ayude a ganar en las carreras, sin conseguirlo.

El tiempo apremia y debo abandonar el Museo, me quedan aún muchas salas que visitar porque en realidad el Museo Virtual de la Computación es un museo sin fin, uno sabe por dónde entra, nunca en qué punto interrumpirá su recorrido o a dónde le llevarán sus pasos.

¿Volveré otro día para saber más sobre sus sueños? “Mi reino no es temporal”, le decía en bromas a Babagge. ¿Me leeré la historia completa de por qué hay un lenguaje de programación llamado ADA? ¿Sabré de su tragedia personal víctima de un cáncer? ¿Llegaré a saber todos los porqués que se escondía tras las modestas tres iniciales, A.A.L, con las que Ada firmó sus trabajos? ¿Sabré por qué quiso ser enterrada al lado de su esotérico y lejano padre? ¿Y qué hubiera pensado el padre de semejante hija, él, que defendía la más tradicional de las enseñanzas para las mujeres? ¿Dejó el poeta alguna pista en sus escritos aparte de esos escuetos primeros versos del Canto Tercero del Peregrinaje de Childe Harold?

Demasiados interrogantes, pero sí, tendré que volver uno y otro día. De la mano de Ada, por las sendas que ella marcó, recorreré otra vez las salas del Museo Virtual a la búsqueda de nuevas puertas.

 

 Is thy face like thy mother's, my fair child!
   Ada! sole daughter of my house and heart?
   When last I saw thy young blue eyes, they smiled,
   And then we parted,—not as now we part,
   But with a hope.—

 (Coro Entreaguas, 1997)

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La foto

Yo no estaba en la foto, así que para ilustrar esta entrada he tenido que echar mano de una cualquiera, de una de lo más convencional, aunque no creo que de haber conservado aquella foto,  a mis compañeros les hubiera gustado verse en ella —¡o sí!— tantos años después.

Málaga_la_nuit

Marbella, hotel Don Pepe, final de la década de los ochenta. Convención de ventas, trajes de fiesta, algún atuendo serio pero no demasiado formal para las charlas de mañana, ropa deportiva para los momentos de esparcimiento, y ¡sí!, ¡no os olvidéis del traje de baño!

Tarde relajada en la playa después de una mañana intensa, los bikinis y las toallas playeras salen de las maletas, los que no han sido precavidos improvisan o se compran un short para salir del paso en una tienda próxima. La mitad se baña en el mar, la otra mitad simplemente se relaja tumbada en la orilla.

Y a alguien se le ocurre la idea: «Venga, foto de familia, no seáis vergonzosos, venga, todos aquí». Los jefes, siempre tan dinámicos, son los que más animan, alguno se hace el sueco, pero de la foto no se escapa nadie.

Y de vuelta a la oficina, acabada la convención, pasa la foto de mano en mano en los corrillos de la máquina del café, hay risitas, disimulos, codazos, y sin que nadie lo remedie en pocos días, cuando el episodio está empezando a olvidarse, aparece el boletín mensual y la famosa foto en portada.

Cuca, la administrativa de Nóminas que siempre parece estar enfadada, ruge: «¡Indecente! ¡Esta foto es una auténtica indecencia! ¡Vergüenza les debía dar!».

Y muy digna agarra la revista y taconea por el pasillo hasta el despacho del director de personal.

Los cuchicheos se multiplican: «Es una exagerada y una beata. ¡Qué le importará a ella si ella no estaba! Si a los que salen no les importa…».

Berta, que tampoco está en la foto, vuelve a mirarla una vez más, ahora de frente. Los michilenes, lorzas, pellejos, barrigas cerveceras vuelven a asaltarla desde la primera fila, donde un grupo de varones luce palmito en traje de baño, dejando ver más de lo que la estética aconseja, sí, incluso, aquel guaperas de la esquina marca paquete con aquel bañador que no vestiría un saltador olímpico. Pechos y barrigas al aire, pelos en los sobacos que contrarrestan las calvas mal disimuladas…

Y en segunda fila, o en primera, pero tampándose discretamente con la toalla o un pareo, aparecen las chicas: una se agacha, otra se esconde, otra asoma disimuladamente solo la cabeza…, más de una no parece estar a gusto en la foto, pero sin duda la vergüenza de oponerse al resto ha sido mayor que la de exhibir un traje de baño que tapa demasiado…

Por muy normal que sea el bañador en la playa, y aunque —¡fuera complejos!— cada uno pueda lucir los michelines que tenga, hay fotos que nunca deberían tomarse y menos exhibirse. Sí, al guaperas del paquete tampoco le hizo ninguna gracia verse en la foto, pero disimuló y sonrió e incluso bromeó ante las compañeras:

—¿A que hemos salidos irresistibles, chicas?

Y ahora, leyendo polémicas veraniegas sobre el burkini, y aunque nada tenga que ver, me he acordado de pronto de aquella foto que no debió tomarse, y menos distribuirse, y es que no puede haber ética sin estética, y el decoro no se mide por los centímetros de piel femenina, sobre todo femenina, que puedan quedar a la vista.

 

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Pelos

 

hierbadelmuro

—¡Hija, te vas a ahogar! ¿Por qué no te quitas la rebeca? Esa camiseta es preciosa y no te luce.

Almería, una noche de noviembre más bien calurosa. A la fiesta se preveía que iría la crème de la crème local, y alguna figura llegada de Sevilla, de Madrid o incluso de alguna capital europea de esas que pintan en el panorama cultural. Los premios eran modestos pero atractivos, y por una de esas suertes nos habían invitado y no podíamos decir que no. Además nos apetecía, ¡qué caramba!, nos apetecía ser testigos presenciales de lo que al día siguiente la prensa local exageraría hasta límites prohibidos por la lógica.

No voy a decir que la invitación me había pillado en bragas, pero casi. Mi vestuario nunca fue ni amplio ni surtido, un par de pantalones, un par de camisetas, algún suéter… Mi presencia en las bodas de la familia quedaba ya lejana y mi cartera, para variar, no andaba tan repleta como para poder gastarme un dineral para una noche.

Afortunadamente el clima de Almería es benévolo, aunque esté avanzado el otoño, y podría salir del paso, e incluso estar razonablemente elegante, con esa falda étnica, esa camiseta escotada negra y esa chaquetita calada que lo mismo servía para un barrido que para un fregado. Además contaba con un pañuelo de seda auténtica y colores vivos que combinaban perfectamente con la falda. ¡Estaba salvada!

Sí, pero ¡me había olvidado completamente de los pelos!

Y Maria, mi gran amiga Maria insistía una y otra vez, en aquel salón con climatización regular, lleno de gente, en que me quitara la chaqueta.

Al final, en un aparte bajé la voz y le susurré:

—Voy sin depilar.

Maria soltó una carcajada que hizo volver algunas cabezas:

—¿Y tú no sabes que eso excita a muchos hombres?

Enrojecí hasta en la foto del carné de identidad y recé todo lo que sabía para que aquella frase suya hubiera quedado entre ella y yo. Creo que solo la gran amistad que nos unía superó aquella anécdota.

Hoy, ante la polémica veraniega #pelossí #pelosno, que seguro que ha lanzado alguno de esos mirones que se excitan con lo más insospechado, recuerdo aquella noche y recuerdo a Maria, tan fresca, tan joven, tan vital, tan poco convencional…

 

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La profesora de griego

Mujer con vestido estampado en azul oscuro y blanco tomándose una copa sentada en una silla alta en el exterior de un café

Cada vez pienso más en ella, cada vez la veo más lejos.

Serena en su madurez, dejando atrás un divorcio que se va desdibujando con el tiempo, ese tiempo que todo lo cura o por lo menos adormece.

La veo de nuevo llegando a mi vida, ¡tantas cosas en común!, y a la vez: ¡tanta distancia vital entre nosotras!

Esperaremos la llegada de otro verano y otro congreso, o la llegada del invierno y un chocolate con porras en algún café con nombre de recuerdo.

Al final todo será el vago reflejo de unos días compartidos, una ciudad, las camas juntas, mi pudor, su pudor, sin atrevernos a mirar las cicatrices de nuestros pechos.

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Bakea orain

La prensa y la televisión apenas cumplieron con sus deberes informativos cuando dieron la noticia de su muerte. Su muerte solo había sido un efecto colateral, la noticia importante era otra.

Kantauri_itxasoa

Kantauri itxasoa

Pero aquella tarde, aquella noche, al día siguiente y al otro, en el Instituto Anatómico Forense, para la familia y amigos de Juan Carlos, el resto del mundo no existía. Existían ellos y existía su dolor comparable al mayor de todos los dolores contabilizados aquel día.

Se llamaba Juan Carlos, tenía veinticinco años y se puso nervioso cuando un policía se fíjó en su aspecto desaliñado entre la multitud de curiosos. Lo que pasó después no lo vayan a buscar en los periódicos, porque nunca vio la luz.

(Viejo texto encontrado al azar entre viejos papeles.)

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Silvia y Lola

No conozco personalmente a Silvia, pero Lola me la describe como una muñequita de porcelana de largas piernas y pelo negro, liso japonés, con bastante cerebro y dotes de mando, pero terriblemente banal.

—Solo tiene un tema: ella. Ella y ella, ella y sus libros, ella y sus programas de televisión. Ella, y como mucho su marido, cuando les interesa hacer ver que son una pareja moderna que comparten todo, incluido el cuidado de los hijos. ¡Ay los hijos! Parece que ella es la única mujer trabajadora con hijos del mundo: «Perdona, pero creo que lo voy a dejar, porque tengo tres hijos y voy a dedicarles más tiempo», pero en realidad no deja nada, ni las entrevistas, ni los programas de televisión, ni las conferencias (sobre todo las bien pagadas), y por supuesto tampoco la asociación, de la que sigue siendo vicepresidenta, para desesperación de todas nosotras.

silvia

Para no dar nombres debería haber escrito la Asociación, así que lo haré, la Asociación, a la que siempre se refiere Lola como si no hubiera otra, y de la que ella es secretaria con funciones de tesorera desde que se fundó, allá en los noventa, una asociación comprometida con los feminismos y los derechos de las mujeres en distintos ámbitos profesionales.

—La igualdad de salarios es una entelequia. Las mujeres ocupamos siempre los puestos más bajos de la escala, los peor pagados, los que nadie quiere.

Lola me ha citado para tomarnos un café juntas y hablarme una vez más de la Asociación, de que debería colaborar con ella, «ahora que ya puedes pagarte la cuota».

El que no podía pagarme la cuota fue la excusa que le puse, aunque en realidad lo único que me interesaba profesionalmente hace un par de años era ver la manera de llegar felizmente a la jubilación, y que la pensión no se me viera mermada por contratiempos de última hora, pero Lola, luchadora sin posible desaliento, sigue peleando por los salarios dignos, por la igualdad de oportunidades… y la tal Silvia, a la que no conozco, debe ser la bestia negra, ahora desde dentro, que se lo impide.

—El otro día hicimos una propuesta, una propuesta de salir a la calle, de invadir todos los medios, y casi que todos nuestros ojos se dirigieron hacia Silvia por su posición, pero ella, conectada por videoconferencia se zafó, se escurrió como un pez sin comprometerse. «¿Sabes que más de una de nosotras está en paro? ¿Sabes que con cincuenta y tantos nadie confía en ti?». «Es el momento ideal para el emprendimiento, para ponerle imaginación y aprovechar la experiencia», se limitó a decir repitiendo como un lorito alguna frase de sus lecciones y libros, tan vacíos de contenido, porque con estas cosas te das cuenta de que es todo fachada, que nos dejó un poco chafadas.

—Pues ¡vaya! —me limitó a decir porque en realidad no sé qué decir. He conocido a algunas de esas mujeres, sí, pero tampoco me han preocupado en demasía, porque mi vida ha sido siempre tan al margen.

Lola sigue desahogándose, y a esas alturas del té, con apenas un sorbo en el fondo de la taza, empiezo a darme cuenta de que Lola me ha citado para que le sirva de hombro, para que le sirva de hombro y porque no conozco ni de lejos a la tal Silvia, que se me presenta como una figura desdibujada. Quizá con otras personas no pueda explayarse a modo.

—Ella se ve ahora joven, pudiendo con todo, pero ya verás como le vengan mal dadas dentro de un par de años, cuando los amigos le vuelvan la espalda, cuando ya no sea una de las mujeres más influyentes, ni la llamen para impartir conferencias, ni tenga detrás una corte de aduladores. Porque esa es otra, muy feminista, pero le encanta que los hombres, los varoncitos la adulen, que digan de ella que es una chica atractiva tanto como inteligente… Tuvimos una buena, pero optó por ignorarme… ¡Se cree superior a todos! Son nuevas muñecas de porcelana, nuevas maniquíes con un poco de cerebro que malutilizan, pero en el fondo un tremendo egoísmo. ¿Sabes que ya no contesta mis correos? ¿Sabes que me ha desamigado en Facebook? ¿Sabes que…?

Y la Lola feminista, sindicalista de décadas, luchadora por los derechos de todos, pero sobre todo de todas, apura el té y dice:

—Ahora me tomaría un chinchón, como hacía mi abuela en los momentos más comprometidos.

—Pues pídetelo, mujer. Yo me pido otro y brindamos.

—Brindar ¿por qué?, ¿por quién?

Me encojo de hombros, y al final sugiero:

—¿Por esa asociación tuya? ¿Por que algún día las mujeres ocupemos nuestro lugar en el mundo? ¿Por el movimiento feminista?

—Por Silvia Lindo, porque siga estando entre las top ten, y porque llegue pronto a los cincuenta y entonces vea que ya nada es igual, y que el tiempo también ha pasado para ella.

Nota: Silvia y Lola son personajes ficticios basados en personas reales. La foto silueteada de Silvia es real, corresponde a la de una ponente en una de tantas ponencias… La tenía en mi archivo y solo he tenido que desfigurarla. Es curioso porque al subirla a Google, la búsqueda de imágenes similares me ofrece una galería de mujeres modernas, una buena imagen de Silvia Lindo.

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