He vuelto a Madrid…

… al piso pequeño, interior pero luminoso, en el que pasé mi infancia.

Siempre me gustó asomarme a la ventana, pero desde la ventana de  mi habitación solo divisaba un patio estrecho, atravesado por mil cuerdas con ropa tendida, y una gama de olores que iban desde los picantes de la vecina del segundo, a los pegajosos de los fritos de mi vecina de enfrente.

Nuestro piso es el último, no nos falta la luz ni entonces nos faltaban olores, y en el verano echábamos las persianas enrollables hasta abajo, tratando de conservar un fresco que nunca llegaba en aquellas amanecidas sudorosas.

He vuelto a Madrid.  Aquí hay más oportunidades —dicen— para una chica como yo, nada joven, y con una historia de transeúnte siempre de acá para allá.

«Culillo de mal asiento», me llamaba mi abuela cuando me veía otra vez preparando el petate, y ahora me parece verla ahí, otra vez, viéndome deshacer la maleta, dese el rincón del pequeño salón junto a la ventana. Se sentaba allí porque desde las dos de la tarde daba el sol, y ella quería absorber todo el calor y toda la luz natural a su alcance. Pasaba las horas entretenida, haciendo ganchillo, leyendo una y otra vez los mismos libros, apuntando frases en un cuaderno del que no se separaba.  También leía el periódico, primero el Madrid y luego el Ya, desde la primera página a la última.

He vuelto a Madrid y el piso vacío, con apenas los muebles imprescindibles me ha parecido aún más pequeño. Echo en falta a la abuela, allí en su rincón, más que a nadie, y creo que lo primero que voy a hacer es buscar un silloncito para ponerlo en ese lugar,   junto a la ventana estrecha que también da al patio de la ropa, donde la abuela pasaba casi todo su tiempo, y donde pueda yo también leer a gusto o estudiar o… ¿Estudiar a mis años? Sí, ¿por qué no? Me servirá para introducir una rutina, que no todo va a ser improvisar y salir a la aventura.

En la habitación más grande, la que siempre ocuparon mis padres, quedan todavía algunos muebles, la cama, y el armario: las mesillas y el comodín desaparecieron, seguramente se las llevaría mi hermana para su casa de la Sierra, y lo que me parece extraño es que, tan apañada ella, no arramplara también con la cama y ese armario que me va a servir a mí de guardarropa y de mesilla.

Afortunadamente quedan algunas sábanas y alguna toalla en uno de los cajones de ese armario enorme, de tres cuerpos que ocupaba media habitación; el resto de los muebles, las mesillas, el comodín y hasta la cama los recuerdo encajonados, casi a presión, y a mi madre haciendo equilibrios para colocar la cuna de mi hermanito y poder sacar la ropa del armario.  Aquel armario, y su contenido, era la mitad de nuestra fortuna.

Allí seguía, guardando alguno de los tesoros, como esas sábanas de algodón, blanquísimas en otro tiempo y ahora amarillentas, que extendía sobre la cama, y las mantas, que olían a naftalina añeja, pero que por fortuna no se habían apolillado.  Echo en falta una colcha,  y encuentro también en el fondo del armario una adamascada, desvaída, a juego con el resto de la casa.

Se ha hecho de noche sobre el patio de manzana y los tejados de los almacenes de chapa y tejas grises, que constituyen el fondo del patio de manzana. Nada voy a ver ya, por mucho que me asome, solo las luces aquí y allá de los vecinos, que se van encendiendo casi en cadencia, como accionados por un programa o la mano de un autómata.

Salgo a la calle a comprar algo de cena, porque no puedo permitirme empezar mi estancia cenando fuera, el bolsillo se resentiría y porque en el fondo lo que me apetece es cenar un plato de patatas fritas y un par de huevos fritos.  Tengo un supermercado casi al lado, desde fuera parece pequeño, pero avanzando hacia el fondo se ensancha en mil recovecos, aprovechados increíblemente  para acoger en sus estanterías prácticamente todo lo que se necesita para vivir.

Los productos de limpieza, sí, necesitas detergente, un estropajo, una bayeta…  Has visto una fregona en el rincón de la cocina,  la lejía y el jabón de la lavadora tendrás que dejarlo para otro día, y has traído contigo los productos de higiene personal. El papel higiénico, que no se te olvide algo tan imprescindible y pon también en la cesta un par de rollos de esos de cocina que sirven para todo.  ¿Funcionará la lavadora? ¿Te podrás apañar con ella o necesitarás una nueva? Por si acaso tendrás que comprar algo de detergente para lavar a mano, pero eso otro día, que todavía te falta el aceite, la sal, las patatas, los kiwis, ya sabes que para ti tomarte un kiwi todas las mañanas es imprescindible, y los huevos y pan… Seguro que se te olvida algo, seguro que cuando subas a casa te acordarás de que tienes que comprar café y leche y magdalenas para el desayuno. Has visto una panadería molona algo más para allá, tendrás que explorarla y ver los dulces que tienen, esos dulces que son tu perdición, pero sin los que no te puedes pasar, pero ahora, confórmate con unas magdalenas industriales.

El ascensor está renovado pero sigue siendo esa jaula abierta en el medio del tiro de la escalera, desde la que veías, según subías, bajar a los vecinos, porque el ascensor entonces era solo de subida, las puertas abiertas de las casas, y a los niños del quinto jugando en el descansillo sentaditos en la madera porque en su casa no cabían, y allí encontraban ellos y su madre un desahogo.

Ya no bajaban los vecinos, porque ahora todos, incluso los de los pisos bajos, preferían bajar en ascensor.  Además la totalidad de los cinco pisos del primero, más buena parte de los del segundo habían sido ocupados por negocios u oficinas… Había un dentista, una asociación de un gremio que no conocías, un gabinete psicológico, un abogado… Los niños del quinto hace mucho tiempo que crecieron y abandonaron el hogar, formaron sus propias familias y se buscaron un piso en una urbanización lejos, pero con jardín, donde sus hijos pudieran disfrutar de amplios espacios. Bueno, esto no lo sabías con exactitud, pero te lo imaginabas.

Sí, tengo curiosidad por saber si los del quinto siguen ahí, así que apenas colocadas las escasas compras en los armarios de la cocina me voy hacia la ventana del salón y miro hacia el piso de los Sevilla, que así se llamaban, y los veo allí, sentados en el sofá, con una manta sobre las piernas viendo la televisión. No los hubiera reconocido en la calle, pero son ellos, mis vecinos de toda la vida.  A lo mejor paso a saludarlos mañana o pasado, a decirles que he vuelto a quedarme.

Tengo ya toda la ropa en el armario, he cenado y me han sabido buenísimos los huevos y las patatas… No tengo nada que hacer…

… y cosa rara, empiezo a echar de menos la televisión.

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