El deber de vivir la vida

En Madrid15M encuentro un sencillo homenaje a Sampedro. En su barrio, que es el mío, en su asamblea popular, que fue la suya y no sé si será la mía, pero por la que algún día me tendré que pasar.

Reproducen la carta que les envió con motivo de la concesión del Premio Nacional de las Letras… y un poema, un credo alternativo, reproducido en distintos medios, pero no por eso menos impactante, y que aunque solo sea por el tema recuerda el Credo de la misa campesina nicaragüense, aquel que difundiera Rafael Mejía Godoy y que cantó hasta la saciedad Elsa Baeza. El credo de Sampedro es más amargo pero esperanzador:

Credo personal

Creo en la Vida madre Todopoderosa,
creadora de los cielos y de la tierra.
Creo en el Hombre, su avanzado hijo,
concebido en ardiente evolución, 
progresando a pesar de los Pilatos
e inventores de dogmas represores
para oprimir la Vida y sepultarla.
Pero la Vida siempre resucita
y el Hombre sigue en marcha hacia el mañana.
Creo en los horizontes del espíritu,
que es la energía cósmica del mundo.
Creo en la Humanidad siempre ascendente,
Creo en la vida perdurable.
Amén.   

No podría tener mejor preludio para encontrarme con mi vecino del quinto, con don Juan Sevilla, con el que por fin he coincidido. Ha sido en el portal, donde lo he alcanzado después de bajar trotando las escalera, pero he sentido que bajaba en el ascensor y he querido alcanzarlo.

Me ha reconocido enseguida: «Andreíta, hija, ¡cuánto tiempo!» y me ha ofrecido sus mejillas, frías y arrugadas, para que se las besara. Hemos ido juntos hasta el supermercado.

Mis sospechas se han confirmado, doña Dora tiene alzhéimer y él la atiende con ayuda de una asistenta que le mandan los servicios sociales del Ayuntamiento. Ahora está en casa y él aprovecha para darse un paseíto, hacer algunas compras y tomar el sol: «Ya sabes, hija, hay que cuidarse, que si no se cuida uno…».

—Pero usted está bien ¿no? Lo veo muy bien.

—No me puedo quejar, lo normal, la tensión, hay que cuidar el azúcar… por eso voy a andar un poco, pero por lo demás estoy bien, y tengo que estar bien, no me puedo poner malo, tengo que cuidar a Dora.

Un poco más metidos en confianza me cuenta que se va a venir a vivir con ellos un nieto: «el segundo de mi hija la mayor, la que vive en Barcelona. Vino a Madrid porque le salió un trabajo estupendo, hace tebeos y cómics, es ilustrador, y vivía en su piso, pero de pronto se acabó y… ¿Qué voy a hacer, Andreíta, sino hacerle un hueco por unos meses, hasta que vuelva a encontrar trabajo?». Yo por mí encantado, ¿entiendes?, no es que lo eche o me moleste que venga a casa, al contrario, pero no es plan para un chico joven venirse a vivir con un plan de viejos. Los chicos jóvenes necesitan su espacio.

—Pero, ¡qué dice!, eso es estupendo, don Juan. Contar con la ayuda y la compañía del nieto le vendrá fenomenal, sobre todo si como dice doña Dora ya no está para atenderse ella, por lo menos la compañía…

—Sí, sí, si yo encantado…

En el súper tanto don Juan como tú llenáis el cesto con marcas blancas y miráis las ofertas, la forma de ahorrar algunos céntimos que permitan algún capricho o…

Don Juan no se parece en nada a José Luis Sampedro, don Juan es bajo, regordete, aunque ya se le nota la pérdida de carnes, las mejillas coloradas y no muy bien afeitadas…, pero lleva el mismo mensaje que el viejo profesor: se habla del derecho a la vida, pero poco del deber de vivirla.

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