Las mujeres leen en el metro

Sí, mucho más que los hombres, lo dicen las estadísticas y lo dice el ojo del artista, el ojo avizor que capta lo que la gente normal no capta. Es la mirada del artista, esa que luego reflejará la realidad sobre un lienzo, un lienzo que emborronará con sus dibujos, con sus pinturas al agua…

Hay jóvenes y menos jóvenes, hay mujeres de mediana edad, con prietas faldas que se empeñan en enrollarse un palmo por encima de las rodillas…

Y tú sonríes porque te acuerdas de aquellos años en los que las mujeres, algunas mujeres, sacaban por debajo de la falda tubo media cuarta de combinación de naylon, a veces con alguna sombra, y sus rodillas se cubrían púdicamente de rosetones de blonda barata.

La mujer de enfrente tiene los labios pintados de un rosa fuerte; a pesar de que todo se lleva, el color resulta sorprenderte para unos labios finos y una mujer de su edad… ¿Su edad? ¿Setenta?, ¿quizás ochenta? Nunca tuviste buen ojo para calcularle la edad a nadie, y va leyendo un librote grande de letras grandes, quizá un best seller, pero lo lleva pulcramente forrado con un papel blanco, ¿reminiscencias de los tiempos escolares? Entonces, recuerdas, había que forrar escrupulosamente los libros para que no se estropearan; al año siguiente lo más probable es que lo tuviera que utilizar algún hermano o en los apuros algún primo. Pero ¿por qué forrar un libro de los que se leen en el metro?

A lo mejor es algo pornográfico —piensas— y no quiere que le saquen los colores en público. Las sombras de Grey, ese libro que nadie confiesa haber leído pero que vende y vende. No, tú tampoco lo has leído, así que no podrás dar ni medio detalle de cómo se lo montan en el siglo XXI, pero el rubor se te sube a las mejillas cuando te recuerdas a ti misma hace tantísimos años leyendo a hurtadillas una novela erótica —bueno, ahora que lo piensas no tanto— en las estanterías de El Corte Inglés porque no te atrevías a comprar aquel libro, pero querías saber… Ahora que lo recuerdas y no puedes acordarte del título la recuerdas como una novela mala, pero contaba con cierto detalle la primera experiencia sexual completa de una chica, cómo el sangrado —que a ti literalmente te aterró— confundía a su amante, que lo tomo por el menstruo hasta el punto de recomendarle que buscara támpax en el armarito del cuarto de baño. ¡Qué hombre tan bobo para ser un hombre de mundo! Al  autor, o a la autora, de aquel engendro tampoco le debía caer muy bien el tipo, pero no dudaba en describir su pene en erección, ante la asustada mirada de la chica que había decidido perder su virginidad aquella tarde. Y tú, posiblemente con los ojos tan abiertos como los de la protagonista, seguías allí tarde tras tarde devorando por capítulos interruptus la novela de moda.

¡Uf! Con tanto recuerdo y tanta observación se te ha ido el santo al cielo y sin querer te has pasado de estación. Y mira que te da rabia perderte en el metro, además en una de esas líneas por las que nunca vas y cuyas estaciones te son totalmente desconocidas.

A veces no hace falta ir totalmente concentrada en la lectura para que una pierda la noción del tiempo.

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