Llueve

Lleva todo el día lloviendo, pero hoy, precisamente hoy, no has hecho pereza y te has recorrido debajo de un paraguas y evitando los charcos calles por las que hacía años que no pasabas. Te han parecido más cortas, más animadas, llenas de bares, de tiendas de mil cosas y de fruterías, fruterías por doquier y curiosos rótulos con faltas de concordancia: Don Fruta. Y no hay ni uno ni dos ni tres, todo el barrio está lleno de establecimientos que venden fruta, como si de pronto todos nos hubiéramos vueltos vegetarianos.

Ni tan siquiera paras a tomarte un té, a dar el merecido descanso a tus pies o hacer un pipí, a pesar de la lluvia no tienes ganas, y sigues andando calles de forma compulsiva, casi con temor a perderte, con temor a no saber encontrar la vuelta a tu casa.

El abrigo te protege, lo compraste en un resto de serie, ya fuera de temporada el año pasado, pero es una buena prenda que te ha servido todo el año, tanto para la lluvia como para el frío. Le acaricias una manga, te sujetas un codo porque eso te hace sentir bien y no sentir menos frío.

Los cierres de las tiendas se van echando, las luces de los escaparates atenuando y el frutero de la esquina recoge las últimas cajas.  Al borde de la acera ha dejado una caja con restos, es fruta picada que no ha podido vender, pero sabe que no tardarán en llegar los otros clientes, los que de noche hacen el recorrido para aprovecharse de esos restos que nadie quiere, pero que a ellos les proporcionan unas escuetas vitaminas.  No tarda de aparecer una pareja, son dos mujeres, la una bastante joven arrebujada en una especie de impermeable, llevan los pies casi desnudos y tú sientes frío y te agarras a tu propio codo. 

Estás cerca del portal, te queda poco, tienes ganas de llegar a tu casa y prepararte algo caliente. Ves en la acera una sombra sacando la basura, es tu vecino de abajo, don Juan Sevilla, que está terminando su jornada, su jornada que va inequívocamente unida a la de su mujer.

—La he acostado ya. Cenamos pronto, los dos juntos, una cucharadita para ella y otra para mí  —dice con una sonrisa cómplice.

Por el hueco de la escalera, que ocupa el ascensor, baja un olor dulzón. Un olor a cebolla caramelizada con alguna grasa ¿pollo?, ¿ternera? En el segundo se han instalado unos paquistaníes, son buena gente, dueños también de varias fruterías —le explica don Juan—, me guardan unas frutas exquisitas y dulces para Dorita, bueno, yo también las como, pero guisan raro. Le ponen muchas especias.

El olor dulzón la acompaña incluso cuando don Juan se ha bajado y ha entrado en su casa y ella ha seguido hasta su piso y ha cerrado la puerta. El patio, a donde dan las ventanas de la mitad del piso tiene un aspecto negro, y sigue lloviendo, el agua hace irisaciones sobre el alféizar de la ventana de la cocina.

En el piso de abajo don Juan se ha sentado un ratito en el sofá a ver la televisión.

 

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