… de la consulta del médico a Cibeles…

Llegó la primavera y fue ponerte a morir con la alergia. Ahora ir al médico casi es más fácil, te metes en Internet, rellenas tus datos y buscas la hora que te viene bien, y ¡ya!

La hora que queda libre es demasiado pronto, te obliga a salir casi con el postre en la mano, pero en realidad a ti te da lo mismo comer a las dos que a las tres, salvo por el hecho de que te gusta tomarte el café reposadamente, viendo un poco del telediario… No, todavía no te has comprado una tele, has mirado al bolso y has visto que no podías permitírtelo, pero para eso tienes tu línea de ADSL con fibra óptica que te cuesta una pasta, así que tienes que sacarle partido de una o de otra forma… Bueno, pues hoy ni café ni telediario…

Han renovado completamente el centro de salud, aunque debió ser hace tiempo pues empiezas a ver ya el paso del tiempo en alguna esquina… Las sillas siguen siendo igual de incómodas que siempre, pero por lo menos no son de eskai, que no sé por qué te acuerdas tú de cuando las sillas eran de un plástico que te hacía sudar por todos los poros…

Con la cita previa ya no se acumula la gente en la sala de espera, así que ya no van allí a pasar parte de la tarde esos viejos que siempre estaban los primeros e iban contando sus experiencias a todo el que iba llegando y la gente se acumulaba y protestaba por la tardanza… Ahora todo va más fluido, nadie se cuela, no hay discusiones, no hay protestas, todo más práctico pero menos humano y casi echas de menos, allí durante la corta espera con la mirada puesta en la pared desnuda, las charlas de antes. ¡Quién te lo iba a decir!

El médico es joven y te atiende correctamente, te hace algunas preguntas para completar tu ficha de salud almacenada en Dios sabe qué servidores. El ordenador tiene más memoria que tú y agradeces que sea así, que eso sí es un adelanto, y no como antes que cuando el médico era nuevo, y eso si era diligente, te volvía a preguntar cansinamente todo tu historial.

Cansinamente, sí, como en el toque a Bankia, en el que te hubiera gustado participar, pero que te ha pilló con el pie cambiado. Quizás haya que ir guardando los céntimos en una hucha para cuando toque pagar recibos y toque otro toque a Bankia o a otra entidad.

Sales con tu receta y te metes en la primera farmacia que encuentras abierta, porque ahora es fácil encontrar, y más en el centro, una farmacia abierta casi las veinticuatro horas… y con tus pastillas contra la alergia ya en el bolso te metes en el primer bar y pides un café y un vaso de agua y te sientas tranquila en una mesa al lado de la ventana a ver la gente pasar, y te estás allí un buen rato, haciendo tiempo, viendo cómo la gente se dirige a sus obligaciones.

Empiezan a picarte menos los ojos, el pastillazo empieza a hacer efecto, a pesar de ello te pones las gafas de sol antes de salir a la calle y tomar por los bulevares  el camino hacia la Castellana… Siempre que pasas por Sagasta te acuerdas de aquella compañera del colegio, María Antonia, que terminó casándose con un ingeniero y emigrando a Brasil, cuando nadie iba a Brasil, a construir carreteras allí…. pero antes de todo eso su abuela, que era muy parecida a la tuya, os obsequiaba con magdalenas caseras y un buen vaso de leche, y cuando echaba la leche de la botella en los vasos se quejaba de que hubieran quitado las vaquerías del centro, porque ahora la leche ni tenía vitaminas ni tenía nada… Y te da la risa pensando ahora mismo en una vaquería, con sus vacas, su forraje y su estiércol ahí mismito, en el centro de Madrid, al lado de una tienda fashion o un restaurante de cocina fusión y decoración minimalista.

No has vuelto a saber de María Antonia y por un momento te gustaría saber de ella, qué fue, si sigue por Brasil, si tuvo hijos, si acaso están a punto de llegarle los nietos… si seguirá militando de señora de, tan empingorotada, casi tanto como su madre el día de la boda, que parecía un auténtico pavo real. Si a María Antonia le hubiera gustado escribir hubiera sido la persona ideal para ser la autora de un libro que se habría titulado La secretaria que se casó con el ingeniero jefe, y con lo bien relacionada que estaba incluso habría conseguido pronto un editor que la hubiera catapultado a la fama, pero ni a María Antonia le gustaba escribir, ni tan siquiera sus habilidades con la máquina de escribir eran excepcionales, así que ni María Antonia consiguió la fama como escritora, ni tan siquiera como señora de, aunque a decir verdad nunca aspiró a ello.

A lo bobo, ensimismada en tus pensamientos, has llegado a Recoletos y allí, todavía con una solarina a tener en cuenta empiezas a curiosear en los libros de la primera caseta de la feria.  Seguro que no comprarás ninguno porque tu economía no te lo va a permitir, pero te interesará ponerte al día en los conocimientos, aunque resulte una paradoja eso de querer actualizarse gracias a los libros viejos y descatalogados.

Te encantan las estampas de figurines de principios del siglo XX, te comprarías más de uno de esos grabados y los enmarcarías y los pondrías en el pasillo, para dar a tu piso un poco del aire que tuvo el taller de tu abuela en tiempos, pero los figurines son caros, y te tienes que conformar con hojearlos, y tomar mentalmente nota de los tocados y casquetes profusamente adornados de plumas y tules.

También te gusta hojear los libros antiguos de viajes, con fotos en blanco y negro donde apenas se puede adivinar la arena de la playa, las rocas del fondo, o esas esculturas que adornan la portada de tal catedral y que incomprensiblemente mediotapa el carro de un trapero al que se le ocurre pasar por allí en el momento en el que el fotógrafo aprieta el disparador. ¿Por qué ha insistido el autor del libro, o el editor, en incluir precisamente esa foto? Son misterios que seguirán siéndolo y sobre los que la mayoría de los mortales no se harán nunca la mínima pregunta.

Los paseantes de la feria tienen todos todos pinta de intelectuales, incluso conoces a algún provecto profesor entre los curiosos… ¡Y un grupo de jóvenes, casi de instituto, revuelve en un montoncillo!

Vuelves a las fotos porque has llegado a Cibeles, la feria se ha acabado, pero los turistas disparan y vuelven a disparar sus cámaras  sobre la diosa, que sigue posando impertérrita, señorona ella, en su carro de leones. ¿Y esa pareja?

No solo son turistas los que fotografían la Cibeles o posan ante ellas en posturas algunas imposibles, increíblemente una pareja de novios, impoluto él en su esmoquin, y blanca y radiante ella en su vestido blanco con escote palabra de honor, se besan apoyados en la valla que separa la acera de la calzada, mientras un par de fotógrafos, con pinta de profesionales, toman fotos y los hacen posar una y otra vez.

La luz de la tarde comienza a atenuarse y no paran de desfilar turistas y turistas, asiáticos, mayormente…

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