Nancy

Nancy te recibe en su casa. Como te espera, te hace pasar inmediatamente al cuartito que tiene habilitado como gabinete, la primera puerta en el pasillo a mano derecha. Es una habitación ni grande ni pequeña, con mucha luz, pues ha aprovechado una de las dos piezas que dan a la calle. Las cortinillas son leves, y el papel de la pared, de esos que tenían dibujos japoneses, queda más que lucido.

Casi todo el cuarto lo ocupa la camilla, si no fuera por la luz parecería casi un cámara de tortura, pero además suena una música suave que te relaja, y la voz de Nancy también es cálida, sureña, y te invita a quitarte el jersey para que ella pueda actuar mejor sobre la cara y sobre todo en el cuello.

Si andas buscando trabajo la presencia es un factor importante: “A los 20 para agradar, y a los 70 para no desagradar”, decía tu tía Mercedes, una hermana de tu abuela, que siempre fue muy coqueta y de peluquerías. Tú no tienes 70 años, tienes solo 50, pero te hace de vez en cuando un repasillo, un paso por Lourdes, que dice tu amiga Pili.

A Nancy te la ha recomendado una amiga común: “como trabaja en casa, te lo hace a muy buen precio”, y bueno unos 40 euros todo completo por pasar por Lurdes es algo que te puedes permitir, o por lo menos debes permitirte, por aquello de que el lunes tienes una entrevista, que pinta bien, y el miércoles otra.

Nancy es otro producto de la crisis: casi veinte años trabajando para una firma de primera línea, y de pronto, ¡plas!, la empresa empieza a cerrar centros y a la calle. Como es buena y tiene inmejorables referencias, otra cadena la contrata casi inmediatamente para otro de sus establecimientos de atención al público, pero las condiciones son totalmente distintas. Son menos horas, que en el otro sitio hacía muchas extras, pero aquí solo son seis horas  y el sueldo es casi la mitad que en el otro lado, pero no queda otro remedio que apechugar: hay que seguir pagando el alquiler, y aunque los chicos son mayores, el marido anda también en precario. No queda otra que completar el sueldo con los trabajos en casa, pero en negro, porque es impensable poderse sacar algo como autónomo, así que todo casi en secreto, pero es lo que hay y a lo que te obligan.

Nancy te cuenta sin tapujos, por las claras, sus números para llegar a fin de mes.

Ahora además acoge los fines de semana a una amiga, a la que por un módico precio da cama y comida, más barato que en una pensión y bueno para las dos. La amiga de Nancy vendía seguros en Almería, y por ahí ha salido la conversación, pero de pronto se vio también sin trabajo, tiene sus años y una larga experiencia de vida a sus espaldas y no se lo pensó dos veces, se vino a Madrid a cuidar de una anciana: de lunes a viernes se cuida de ella y tiene casa y comida, además del sueldo: los viernes por la tarde la relevan los hijos y entonces se va a casa de Nancy, hasta el domingo. Su amiga ahorra casi todo el sueldo, la mitad lo guarda para sí y la otra mitad se lo manda a su hijo que está sin trabajo, tiene dos hijos pequeños y una hipoteca, como todo el mundo, y con lo que gana la nuera de teleoperadora poco pueden hacer. Hay que seguir viviendo. Un fin de semana al mes la amiga de Nancy no libra, se queda cuidando de la señora, pero ese finde no se lo pagan como extra, entraba en el arreglo, pero aún con todo está contenta. La señora es buena persona, y salvo los momentos de genio o los caprichos tontos que todos tenemos, aguantable. Es la forma de seguir adelante.

De pronto te ves tú como la amiga de Nancy, cuidando ancianos, pero no para ayudar a tu hijo sino meramente para sobrevivir tú, y te asustas no sabes muy bien por qué, y te aferras al borde de la camilla con un gesto crispado: tú lo que quieres es escribir, escribir, escribir…

Nancy te pregunta que te pasa, le contestas que nada, que ha sido un mero gesto automático y ella sigue trabajando sobre tu cara con precisión y suavidad, limpiándote los poros, dándote un masaje en el cuello, y te pone una mascarilla y te dice que te quedes ahí quieta y tumbada un rato, sin mover un músculo, sin hablar, casi sin respirar, y sale y te deja allí, tapada con la sabanilla, como en un hospital, con la música de Amaral apenas perceptible…

… Sin ti no soy nada, una gota de agua mojando mi cara…

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