homenajes dominicanos

Estás contenta con la entrevista…, aunque hasta el final todo está por ver, pero como estás contenta decides darte un homenaje, y sin pensarlo mucho, antes de entrar en casa te metes en la pastelería, esa tan buena que presume horno propio y que tiene un escaparate que dice cómeme.

Hay una pareja madura comprando una tarta, y rosquillas tontas y listas y de Santa Clara… y la única dependienta trata las piezas con mimo, colocándolas una a una en la bandejita de cartón, y pondera las unas y las otras, y os ofrece una a cada uno, con delicadeza, alargándolas con la pinza por encima del cristal.

En la esquina del mostrador, justo en el rincón que da a la cocina, una mujer madura, vestida de blanco y con gorrito de cocina, habla por teléfono casi en un susurro. Es mulata, o negra clara, no sabes bien, dominicana seguramente, y habla y habla en susurros y a sobresaltos.

Sale la pareja madura con sus compras cuidadosamente colocadas en una bolsa de asas, y casi a la vez la cocinera cuelga el teléfono, pero vuelve a sonar:

—Quieren hacer un encargo para ahora mismo —dice a su compañera, la dependienta, que te pide disculpas y acude al teléfono.

Y estás un rato allí y dudas entre las tontas, las listas o las pastas de té, y al final te decides por el té, porque son increíblemente ligeras y llevan un toque exótico al lado del chocolate, la fresa, la nuez o los piñones.

Vuelve la dependienta y te muestra la cajita que va llenando parsimoniosamente cogiendo una pieza cada vez del expositor. A la vez se interesa por la llamada de su compañera:

—¿Y hacía mucho tiempo que no te llamaban?

—Sí, ¡y para lo que me han llamado —suspira y añade—: Han ingresado a mamá.

—Bueno, pero de todas formas te tenían que llamar ante algo así ¿no?

—Llaman para lo que llaman —dice metiéndose en el obrador.

Y tú, que eres discreta, no has puesto atención a esa conversación privada, por mucho que haya sido dicha para que todo el mundo —en realidad todo el mundo en ese momento eres tú— se enterase, pero no te queda más remedio que enterarte ahora porque la dependienta, mientras sigue seleccionando pastas, se dirige directamente a ti:

—Llaman para lo que llaman, para pedir, porque se creen que porque están fuera ya les sobra, y no saben que aquí lo estamos pasando mal y que a esta gente no les sobra nada.

“Esta gente” son los inmigrantes, los latinoamericanos que a duras penas vivían antes en el sector de la hostelería y que ahora han sido expulsados en muchos casos al inframundo de los trabajos ocasionales, que han visto reducidos sus salarios, que han tenido que realquilar parte de sus habitaciones para seguir viviendo…

Llegas a casa y pones el agua a hervir, y echas la cucharadita de té en la tetera, y te abres las pastas y te relames, y das gracias a la negrita por tener tan buena mano y deseas con todas tus fuerzas que lo de su madre se solucione de la mejor forma posible.

Estiras los pies en el sofá y apuras el último sorbo de la taza…

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