Hace más de un mes…

Image… que no escribes, y es que hace más de un mes que te ausentaste de repente, sin previo aviso, como suelen suceder algunas cosas.

Todo empezó con una llamada al móvil a una hora que por muy verano que fuese, cerca de la medianoche, era para alarmar. La voz de un conocido, un primo segundo, sonaba casi festiva así que pensaste que a lo mejor hasta era una buena noticia. En realidad te estaba ofreciendo un cuasitrabajo o unas cuasivacaciones en la playa, y todo lo que tenías que hacer era ponerte a disposición de unos parientes lejanos, un matrimonio, primos de tu abuela, que estaban buscando quien los acompañara a la casita de la playa, para proporcionarles unos mínimos cuidados personales, para hacerles la compra, para conducir el viejo y cuidado coche familiar, para hacerles la comida y estar atenta de que se tomaran las pastillas a sus horas.

El año pasado los acompañó Irene, la hija, pero este año tal como están los trabajos imposible cogerse el mes de agosto e imposible también dejarlos solos en la playa, que ya sabes que la casita está algo alejada del pueblo, pero ya sabes también que está a pie de playa, una playa de las que solo quedan en Almería… ¡y toda para ti! Tendrás el coche a tu disposición, por si una noche, una vez que los hayas dejado en la cama, te apetece ir al pueblo, y aunque como todos los viejos no sean demasiado generosos tampoco son tacaños y te estarán agradecidos.

Venga, no te lo pienses, haz la maleta y mira a ver si  todavía tienes billetes para mañana o pasado. 

Y no te lo pensaste mucho porque a esas horas, con las ventanas abiertas de par en par, el calor te podía… y te pusiste a buscar billete por Internet, en autobús, que siempre es más barato, y le dijiste a tu pariente que vale, que esa misma noche le darías la contestación… y es que a fin de cuentas era muy poco probable que en el agosto madrileño te saliera un curro de nada, ni tan siquiera uno medio decente de esos que pagan a cinco euros la hora por folio traducido, que ya les vale. 

Y los encontraste allí, en la casita de la playa, con porche abierto al mar y el batir constante de las olas, que por la noche entre mecían y te asustaban… Te acompañó la propia Irene, que te enseñó dónde estaba todo y puso en tus manos, cuidadosamente, las llaves del R12, que casi parecía una pieza de museo, y que dormía tapado con una lona, para preservarlo del salitre, a un lado de la casita. Se despidió y salió corriendo pues esa misma noche entraba de nuevo a trabajar. 

Aunque no se te habían borrado de la memoria los encontraste algo cambiados, Él, alto y enjuto, revelaba en sus facciones las secuelas del ictus que hacía tres años le había sacado del dinamismo de anciano activo para aparcarlo en el “un día más, que no es poco”. No obstante, y aunque nunca sería lo que fue, se iba recuperando pasito a pasito y era bastante independiente y hasta podía atender a su mujer.

Ella sí que requería cuidados casi continuos; la diabetes le exigía un régimen severo de comidas y medicación…, pero los cuidados hacían milagros y por las tardes jugabais una partida de tute o te contaba historias, incluso alguna vez te había recitado poesías.

Y allí, haciendo las labores de casa, atendiendo a Manolita, yendo a buscar el periódico para José y el pan a un súper cercano, dejándote caer por el mercadillo –a ver, que no a comprar– una vez por semana, y haciendo la compra en el pueblo los martes y los viernes, habían pasado tus días de cuasivacaciones…

Sí, también te diste algún baño esporádico en el mar, pero fuiste incapaz de terminar la novela que por quince días te prestaron en la biblioteca del pueblo, y solo una noche bajaste al pueblo porque el resto terminabas demasiado cansada como para vagar sin rumbo y sin conocer a nadie por el puerto.

Cuando Manolita y José estaban ya acostados, tú te sentabas en el porche, frente a la mar oscura y batiente, oías pasar a algún paseante nocturno, algún grupo de jóvenes que hacían tertulia alrededor de unas cervezas… tú también te abrías una algunas noches y ponías la radio, pero sobre todo te quedabas con los ojos abiertos mirando la oscuridad, oyendo el ruido del agua…

A las doce en punto llevabas la leche y las galletas a Manolita, y con las mismas tú también te ibas a la cama. Así un día y otro todos los días de agosto.

Estás de nuevo en Madrid, en tu cuenta corriente hay 700 euros extras, has estado en la playa… ahora toca volver otra vez a ver los anuncios en busca de un trabajo.

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