Leer, leer, leer…

Cuando eras estudiante, envidiabas a Susana, tu amiga del alma, porque había conseguido que una editorial emergente —luego llegaría a la primera línea de los escaparates— le hiciera encargos esporádicos de reseñas de algunas de las novelas que iba sacando el mercado. La envidiabas porque no solo conseguía unas pesetillas para comprarse la cajetilla diaria que entonces se fumaba —luego se hizo talibana y ya no soporta el humo del tabaco— sino sobre todo porque le permitía estar a la última gratis. Bien es verdad que algún domingo —entonces se salía los domingos— se tenía que quedar en casa, apurando la lectura, porque la semana se le había hecho increíblemente corta y la novela pesadamente larga. Había una semana justa para leerla antes de que saliera al mercado e intentara captar toda la atención. Las reseñas que hacía Susana se enviaban a todos los medios, convenientemente disfrazadas bajo un seudónimo atractivo.

Años después Susana te pide que le eches una mano porque ahora es ella la que dirige toda una red de reseñas y reseñantes, blogs y blogueros, críticos y críticas, ciudadanos y ciudadanas de a pie que van a ir formando opinión. No te va a pagar ni para pagarte la cajetilla, suponiendo que fumaras, pero algo es algo y vas a poder leer, leer y leer.

El primer libro en suerte es infantil o juvenil, que la raya no se sabe muy bien dónde está, o a lo mejor un cuento que van a leer sobre todo adultos porque obviamente lo ha escrito un adulto. Es una fábula que habla de la guerra civil y se lee de un tirón —pocas páginas, cuento para niños—  y lo primero que escribes te sale demoledor, no se salva ni el lenguaje, ni lo narrado, ni los personajes, ni la edición, que te parece deplorable… Te vas a la cama y mañana será otro día.

Aunque tienes tiempo, decides no posponer mucho la tarea, por aquello de la pereza, y siguiendo las consignas de un viejo manual inexistente ordenas los puntos positivos y los negativos. Escribes sobre todo de los primeros y luego eliges uno de los malos, y te cebas, sí te cebas, en la gazmoñería de ciertos pasajes, y hablas, por supuesto, de la edición, porque te parece imperdonable y porque quieres defender tu oficio.

Se lo envías a Susana sin pensarlo mucho y te lo devuelve casi a vuelta de correo, con una escueta nota:

¿Quién te ha dicho que tienes que ser sincera? Estamos en el siglo XXI, guapa, no en la guerra civil.

figura de un pato de perfil

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