El mendigo

Te hubiera gustado tener a mano la máquina de fotos, y poder sacar con disimulo o sin él, una foto de aquel hombre que había entrado despacio, ya empezada la conferencia, y que se había sentado discretamente en el fondo de la sala.

¡Era el vivo retrato de Karl Marx!

El pelo hirsuto, gris casi blanco, disperso en amplia melena que le daba un aspecto leonino, la barba a juego, fuera de aquel espacio habría sido un mendigo más. Una chaqueta de chandal verde y negra sobre una camiseta negra descolorida,  mallas negras de corredor de invierno sobre las que lucía un increible maillot verde completamente rasgado, los zapatos deportivos más que gastados, viejos, deformados…

No tenía el aspecto de haber venido corriendo, ni tan siquiera pedaleando por el medio del tráfico, esquivando coches y autobuses, pese a su aspecto parecía recién salido de la ducha y del secador del pelo.

Se sentó en la última fila y aguanto impertérrito y atento la primera charla, aquella en la que el conferenciante había abandonado el estrado y apoyado en la mesa, donde el ordenador proyectaba en la pantalla la inamovible y conocida imagen del escritorio de Windows, se dirigía directamente al público mirándole a los ojos, mirando, precisamente, a ese hombre grande, enorme, que sentado en la última fila parecía el vivo retrato de Karl Marx.

Llegó el turno de preguntas, y como si un poderoso imán atrajera las miradas hacia él, algunos de los asistentes se volvieron con disimulo hacia la última fila, también lo hizo el ponente, pero el hombre aguantó el tirón, sus labios, por debajo del espeso bigote aparecían relajados, y ponente y asistentes dirigieron la mirada hacia otra parte. Desde la primera fila, uno de los organizadores hizo una pregunta casi institucional. El ponente se aplicó en la respuesta, y detrás surgieron una y otra.

Se dio por terminado el acto, los asistentes aplaudieron una vez más y se levantaron de sus sillas agrupándose en pequeños corrillos comentando las cotidianeidades de sus vidas. Algunos se dirigieron al ponente para hacerle las preguntas o comentarios que la vergüenza les había impedido formular en voz alta.

El mendigo se levantó, salió al pasillo y se dirigió con paso tranquilo hacia la puerta. Ya era de noche.

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