Las grullas en mi desayuno

El día se ha despertado gris, charquitos de agua espejean sobre el tejado de chapa de los garajes… Miras al cielo y ves pasar formaciones de grullas, que ponen en el grisaceo de las nubes puntitos negros, simétricos, en forma de uve, aquí y allá… Un bando y otro bando, y luego otro… y de pronto una se despista y parece cambiar el rumbo, pero enseguida vuelve la formación impertérrita a buscar el rumbo sur, o mejor suroeste, camino de Extremadura… Un bando, y otro, y otro, una uve, y otra y otra…

Se han ido las grullas y tu desayuno, kiwi, café con leche y galletas está ya terminado. Te espera el ordenador y terminar, repasar, la última reseña, el último encargo que te reportará unos pocos euros, pero que sobre todo te mantendrá unida al mundo editorial.

Esta vez te ha tocado en suerte un libro de relatos, a un escritor que se estrena en el mundo de la ficción, aunque lleve algunos años ganándose el pan en el mundo de las letras, haciendo crítica, enseñando a otros a escribir.

Hablas en tu reseña de calidad formal, de formas narrativas cuidadas, y de propuestas novedosas, pero en realidad su prosa te parece más producto de academia, de manual que de verdadera inspiración. Una prosa impoluta y fría, pese a que lo que narre sea asqueroso y los personajes suden tinta en terrenos empantanados. No te gustan los temas que trata, ni lo que cuenta, lo ves demasiado sucio, violento, a ratos mezquino, sin que te logre mover ni media fibra dentro, ni tan siquiera la del asco, a pesar de las escenas repulsivas, descritas con minuciosos detalles con palabras sacadas de un diccionario de ciencias de la vida. Sin embargo, hablas de atrevimiento en sentido positivo, de una crudeza sin concesiones al lector —¡como si ello fuera mérito!—, de una metáfora del mundo cambiante y convulso, casi sin esperanza ya bien entrado el milenio.

Te acuerdas de las grullas mañaneras, y echas de menos no tener algo de vena poética en tu cuerpo para improvisar un poema de lucha y esperanza, siguiendo la estela de esos pájaros en su camino hacia el sur. ¡El sur! Ganas te dan de coger el próximo tren hacia Almería, pero sigues atada a Madrid, donde siempre hay más oportunidades, y al viejo piso de tu familia con vistas a un patio interior y a otro de manzana, por todo horizonte. Horizonte por el que, sin embargo, pasan las grullas escribiendo en el cielo sus enigmáticas uves.

Así que vuelves al folio y haces un esfuerzo y hablas de metáforas, de capas, de distintos niveles de lectura, de mensajes subliminales que sin duda los lectores inteligentes sabrán descubrir porque no es un libro fácil. ¿Fácil? ¿Por qué decir que algo no es fácil es un elogio? Los buenos escritores solo deberían escribir textos fáciles para lectores simples, como tú misma, que sigues sin ver la belleza en el caos, pero te sobrepones y terminas la reseña con elogios y ánimos para que el lector de metro, de sillón, de playa, o ahora de ebook, se adentre en aquellas líneas.

Las grullas seguirán su camino, y tú el tuyo, y de momento tu camino es seguir la estela de las editoriales y los escritores ya instalados: hay que comer.

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