Contando cuentos

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Abrir Rosa-Fría, patinadora de la Luna… y pasar todas las hojas de un tirón.

Volver a aquellos años en los terminabas tu jornada laboral, si es que entonces cabía hablar de eso, leyendo un cuento, un cuento para que una niña se durmiera y su mente se poblara de sueños imposibles, como son todos los sueños.

La niña era rubia, como era Aitana, aunque entonces tú no sabías de la existencia de Aitana, a la que descubriste años después; y a través de la hija descubriste a la madre, pero esa es otra historia.

Entonces, cuando le contabas los cuentos a la otra niña, que no era rubia sino castaña, tú ni sabías de la existencia de María Teresa, ni habían caído en tus manos esos cuentos distintos en los que todo va un poco al contrario de como uno espera que sucedan las cosas, ni tan siquiera de como esperas que sucedan las cosas en los cuentos. Los cuentos que tú leías entonces a aquella niña castaña, que necesitaba una atención especial, y que se empeñaba en llamarte Andra, eran los clásicos: El gato con botas, El gallo Quirico, Blancanieves…

Los lobos en los cuentos siempre son más tontos que las ovejas, aunque se las coman, pero al final siempre terminan burlados, y aquella niña castaña te miraba con ojos atónitos cuando el lobo se ahogaba con el estómago lleno de piedras y casi lloraba, así que al final, como ya lo sabías, el lobo terminaba convertido casi en un perrillo faldero, o simplemente, una vez liberadas Caperucita y su abuela, el lobo se disolvía en la nada que va detrás del punto final o del colorín colorado… Nunca, nunca, te preguntó la niña de pelo castaño acerca del lobo…

Estaba Cabrín Cabrate,
en una peña peñascate,
y vino el Lobo Lobate

La Cabrita no se deja engañar por el Lobo espantaniños, y como todos esos otros animales listos de los cuentos consigue que se ahogue en el río, que ya hay que ser bobo para dejarse engañar por una cabra tonta…

La niña del pelito castaño y ralo tampoco entiende por qué Blancanieves tiene que tener ese final tan triste, por qué las madrastras son malas, si la suya es buena, y tú te ves obligada a cambiar el cuento, a improvisar una nueva identidad para esa señora mala, mala, porque a la niña castaña, de pelito corto y ralo, que necesita un cuidado especial, es difícil que alguien le pueda tener envidia: «¿Quién es más guapa, Blancanieves o yo».

La niña del pelo castaño y corto se asombra mucho de que alguien se llame Cal-y-Nieve, que ese no es nombre cristiano, y quiera casarse con un pescador tontorrón que compra ríos, aunque para que se compren los ríos alguien los tiene que haber comprado antes ¿no?

La niña que requiere una atención especial se asombra de casi todo, se hace algunas preguntas que tú respondes con casi tanto miedo como ella, pero la niña se duerme tranquilamente en la compañía de esas otras niñas que suben a la Luna a encontrarse con el Otoño, el Viento y la Nieve.

Luna, lunera, cascabelera…

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Una respuesta a Contando cuentos

  1. En efecto, esa es la sensación, como bien la explicas: volver a tener el placer de leer y descubrir la imaginación que está detrás de cada palabra de estos cuentos. Gracias.

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