La casa de las dos fachadas

Las casas principales en los pueblos abren sus balcones a la plaza, pero sus persianas suelen estar normalmente echadas. En las plazas de los pueblos, auténticos salones, bulle la vida, ocurren cosas, pasa la gente, se ama y se sufre, se goza, se trabaja y se padece.

balcón de casa principal con las persianas echadas

En los salones de las casas principales hay una penumbra casi permanente, más que salones parecen alcobas donde se haya eliminado todo resquicio de luz para propiciar el descanso, pero el sol es implacable y se cuela por las rendijas para iluminar ese polvillo atrasado pegado a la sopera que decora la encimera del aparador.

En el clímax de la novela, los gancheros llegan a Sotondo. Allí la tradición de la maderada manda que haya festejos, que gancheros y lugareños se mezclen, disfruten y hagan algo de pantomima enmascarados en la figura de un cachidiablo. Pero algo se siente diferente aquel año en el que los gancheros se hacen acompañar de una mujer —«no va a ser un ganchero con faldas»— además de un extranjero. Sin embargo, no será ninguno de estos los que pongan al grupo al borde de la tragedia.

Tras unas cuantas pinceladas en las que el autor nos presenta el ambiente del pueblo y al que manda en él, de nombre Benigno en clara antífrasis con los hechos, la casa se nos presenta como el lugar al que hemos de dirigir nuestras miradas:

La Casa de los Ruices, ostentosamente blanqueada y con su largo balcón en un pueblo de ventanitas y raquíticas fachadas de adobe, tenía espesos y recios muros. Convenía que estuviera bien aislada; que no le llegaran a sus cámaras los ecos de lo que en cada casucha rumiaba el deudor o escupía el oprimido, sin atreverse ninguno a declararlo en alto. Tenía además disimulados recovecos en su prolongación hacia el monte […]

En la casa de los Ruices —hermoso plural, por cierto— que rima con ruines, vamos a conocer mejor a alguno de sus protagonistas, misteriosos ellos que apenas han dejado entrever algo de lo que los va royendo.

Mientras, en la plaza, el pueblo vive su personal tragedia y catarsis. Un monstruo ha surgido de pronto, como de debajo de las piedras, armado con dos enormes navajas en el lugar que en la bestia cuasimitológica deberían ocupar los pitones. Va a por todas, y el perro del cacique, mano armada de su amo, es el primero en morir abierto en canal por aquellas tremendas defensas; pero la segunda de las poderosas armas, aún más temida que el acero, llegará enseguida:

¿Vais a ir a presidio por el perro del que os explota, os presta robando y se queda con las tierras cuando no podéis pagar? ¿Vais a matar a un hombre por el perro de un rico? ¡Que pague el rico! ¡Que pague, y no por un perro! ¡Que pague por vuestro sudor, por vuestras tierras, por vuestras hijas! 

De puertas adentro, tras los balcones, otras vidas sufren su tragedia personal ocultas por pesados cortinones que cierran alcobas donde nunca entra la luz. Paula también vivirá su momento de pánico, atrapada por una atmósfera envolvente, dulzona de perfume barato, en las redes del cacique:

Y pasaron luego a un patinillo cuya tapia terminaba ya en el monte y que por la ausencia de leña, animales o pilas de lavar; por su aseo excesivo para un patio trasero; por refugiarse inmediatamente contra la ladera y adentrarse en ella, resultaba inquietante y misterioso. Lo cruzaron y llegaron a la pared opuesta, encalada de azul y blanco casi llamativamente. Llegaron a un puerta nueva y bien labrada en aquella pared ,donde además se abría una ventana con visillos de lazo, tras una reja florida. […] ¿Ves, muchacha? Aquí estarías como una reina si te colocaras en la casa.

Paula, la reina, lo ve todo claro, tan claro que la novela, como siguiendo el curso del río ya más calmado, emprende lentamente el camino hacia el final.

Algo se desvela, aunque a la vez se crea un nuevo misterio en el momento en que Paula se levanta las negras sayas, y por encima de las enaguas —«¿Quién fuera lagartija?» han suspirado los hombres algunas escenas atrás ante la vista de la ropa interior, hecha un revoltijo,  de la muchacha— aparece una faltriquera con papeles, que Paula no duda en entregar a Antonio, aquel hombre que no parecía ganchero y que la había visto por primera vez,  sin pañuelo —«te miraba el pelo»—, cogiendo agua de una fuentecilla a la caída de la tarde.

fachada de casa en decadencia

¿Por qué lleva Paula papeles? ¿Por qué viste de luto? ¿Qué hace con los gancheros? Mientras tanto, Dámaso, el Negro, se repone del puñetazo certero que le ha propinado el Americano para librarlo de una muerte segura a manos del cacique, que furioso sigue llorando de rabia, más por su orgullo que por su perro.

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Una respuesta a La casa de las dos fachadas

  1. Hay unos cuantos momentos así en la novela, llenos de misterios que se enredan con situaciones personales y sociales. Bien visto todo a través de las persianas de esa casa…

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