La revolución no llegará por Twitter

Luis está a la puerta de su tienda fumándose uno de tantos cigarrillos. Como siempre el lado izquierdo apoyado en la jamba, la pierna cruzada, sosteniendo el pitillo con la izquierda, pero solo el pitillo…

Como siempre te saluda y le saludas, te ofrece un cigarrillo que no aceptas, pero aceptas quedarte un rato allí, hasta que termine de fumar, hasta que vuelva a sumergirse en la tienda-taller, a su ordenador, a sus tests. Luis tendrá treintaitantos, no demasiados, y nada en común contigo, salvo que compartís el mismo trozo de acera: tú porque vives allí, él porque trabaja allí.

Lo conociste en la asamblea del barrio, tomaba notas, fotos, tuiteaba constantemente. Te enteraste enseguida de que era el encargado de prensa, que tenía una mujer bonita y pizpireta, que también repartía pasquines, y un hijo, Ulises, de corta edad, que se entretenía con cualquiera y con cualquier cosa.

Te lo volviste a encontrar allí, en el mismo sitio, cuando ibas a entrar al portal y le saludaste y te saludó:

—¿Qué tal terminó la asamblea? No me pude quedar hasta el final…

—Bien, bien. ¿Estabas cuando hablaron los compas de vivienda?

—Sí, peliagudo lo de Charo. ¡Tan deteriorada la pobre!

—¡Hijos de puta!… Los de organización siguieron desarrollando el modelo, un poco pesaditos se ponen.

—Y tú tomando nota para el acta, y tuiteando lo que pasa.

—Es lo que sé hacer.

Y desde entonces siempre que coincidíais hablabais y comentabais esto o lo otro… Aparte del cigarrillo, Luis sostenía en la mano izquierda un smartphone, era su adminículo inseparable, siempre ahí, siempre informando y comentando…

Le seguiste una temporada en Twitter, pero tú no eres muy amante del Twitter y además no tienes smartphone y rezas y cruzas los dedos para que tu viejo móvil aguante, pues ahora mismo no podrías permitirte comprar uno nuevo… Preferías mil veces las conversaciones, y la puesta al día algunas horas o incluso algunos días después.

Luis era un convencido de la causa y además lo daba todo. Se pasaba todo el día en su tienda-taller, allí reparaba ordenadores, hacía pruebas, programaba a medida, y vendía algún suministro que otro. Su mujer y el niño se pasaban todas las tarde por allí, a la salida de la guardería, y luego se iban a la placita y mientras el niño jugaba en el pirata, la madre repasaba unos apuntes: preparaba oposiciones, unas oposiciones una vez más pospuestas por razón de los recortes.

Luis era optimista, y mientras fumaba el enésimo cigarrillo del día, miraba ávido el móvil y leía convulsamente los mensajes: «La PAH de Alicante ha conseguido parar otro desahucio, sí se puede, sí se puede.» «Han okupado un nuevo centro en Valladolid, van a dedicar dos plantas a viviendas.» «Dos compas detenidos en Bilbao…», y entonces torcía el gesto.

Algunos días Luis se iba tarde a casa, veías la luz encendida dentro cuando bajabas la basura, pero nunca lo interrumpiste, nunca llamaste a la puerta; eran los días de un encargo importante, unos de esos días que compensaban los muchos trabajos hechos casi por favor, trabajos exhaustivos pero que le permitían pagar el alquiler y la guardería de Ulises. «Tenía un buen trabajo —decía la gente—. Para los informáticos no existe la crisis…» Pero sí había crisis y había un montón de gente pasándolo mal y él solo podía ayudar con unos pocos retuits y algún arreglillo gratis hecho a algún colega.

Aquel día Luis no tenía el smartphone en la mano izquierda, solo el cigarrillo, y no se mostraba optimista ni entusiasmado por los 140 caracteres.

—¿Vienes de la mani? Yo tenía un encargo urgente…

—Sol estaba petado, ya habrás visto las fotos, no cabía un alfiler.

—No lo he visto, esta mañana me he suicidado.

—¡Qué! ¡Que te has qué…!

—Me he dado de baja de Twitter. Me quitaba demasiado tiempo y me producía una cierta ansiedad que estaba empezando a contagiar a Bea… Hoy plego pronto y me voy  a casa. Tengo que darle más tiempo a Bea, han vuelto a convocar las oposiciones y tengo que ocuparme de Ulises.

El Congreso protegido por vallas

¿Sabes? La revolución no llegará a través de Twitter.

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2 respuestas a La revolución no llegará por Twitter

  1. No, llegará en las calles.

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