Hoy es fiesta

Mirarte al espejo y encontrar una melena descuidada, las puntas abiertas, las canas afeando el color…  Acordarte de lo que con frecuencia habías oído a la abuela «De jóvenes para agradar, de viejas para no desagradar», y no es que seas vieja, ni tan siquiera te sientas vieja, pero aun recogiéndote el pelo vas a parecer como una bruja sin escoba en la importante cita de mañana, ¡y eso no puede ser!

«¡Nancy, te necesito!»

Y tu amiga Nancy, que está ahorrando euro a euro para pagarse el pasaje a la Argentina, está encantada de recibirte en día de fiesta. No importa que vayan a proclamar nuevo rey en breve, no importa que este jueves en el que brilla el sol haya vuelto a ser fiesta en Madrid, por aquello de cuadrar el número.

La iglesia del barrio está cerrada, y no es que sea demasiado pronto, es que para la Iglesia hoy no es fiesta, sino diario, y por eso ni los pobres hacen cola en la puerta, ni los fieles madrugadores se acercan por la acera. «Fiestas sin misa», que decía la abuela meneando la cabeza cuando empezaron a imponerse las fiestas civiles o a mover las religiosas de toda la vida.

Te metes en el metro y, pese a lo previsto, hay más gente de la esperada, gente variada. El convoy no tarda en aparecer y según pasa lentamente por tu lado puedes apreciar la gran pegatina con la bandera de España, que han colocado justo al lado y por debajo de la cabina del conductor: «Para esto sí hay dinero», piensas para tus adentros, pero has decidido no hacerte mala sangre. Aprietas el bolso casi instintivamente, y no por miedo a los carteristas, sino porque allí, en la cartera, has guardado un poco del poco dinero que te queda para terminar el mes. Nancy te hará precio de amiga, pero le tendrás que pagar el tinte, algo para gastos, y la parte correspondiente del pasaje a la Argentina.

Cuando el metro se para justo frente a ti, se te alegra la cara. Allí, en los asientos de enfrente ves la cara risueña de Nacho, un buen chico, antiguo conocido, al que hace siglos que no ves. Él también se alegra y te hace un gesto con la mano, antes de abrirse la puerta. Le besas y te sientas a tu lado.

—¡Cómo me alegro de verte! ¿Cómo te va?

Definitivamente le va bien. Nacho pide poco a la vida, quizá un poco de amor tras aquel fracaso del que tú te enteraste de rebote un poco después de perder el contacto, pero por lo demás se conforma con poco. Sigue —te cuenta— con las clases de arte en los centros culturales. No le va mal, tiene las suficientes y le gusta el trabajo. Ha vuelto a vivir con su madre y ha alquilado el piso, con ese dinero paga la hipoteca.

Nacho es un niño grande, cuarentón pero muy niñón, un tipo estupendo y muy amable. Sí, habláis de su madre y de que pronto, cuando se termine el curso, se irán a ese pueblo de Burgos donde tienen la casa, y allí se pasará el verano, escribiendo y cuidando las rosas del jardín y el huertecillo. Luego, en septiembre, volverán a Madrid de nuevo a seguir la rueda. Se baja enseguida, no te dice dónde va, quizá a descubrir un nuevo rincón de ese Madrid que adora. Tú sigues tu camino.

Boca del metro en Prosperidad

El centro comercial al lado de la casa de Nancy está abierto, no hay mucha gente, pero se ve movimiento de algunos carros que se dirigen al aparcamiento con algunos enseres, más enseres —sillas, mesas plegables, cajas de tablas— que comestibles. Es fiesta, y los madrugadores aprovecharán para hacer algunos arreglillos en casa de cara al verano inminente.

Un grupito de empleados uniformados fuma el cigarrillo de primera hora de la mañana a la puerta del establecimiento, se apartan un poco para dejarte paso. Un poco más allá una mujer te aborda, va vestida correctamente: «¿Me puedes ayudar con un euro para un litro de leche y una barra de pan?».

No lo piensas mucho, abres el monedero y buscas en él, sacas dos monedas de 50 céntimos y se las das. Ni tan siquiera te planteas si los necesitas tú más que ella, ni tan siquiera te planteas si mañana tendrás ese euro del que te acabas de desprender.

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