Vacaciones solidarias

Llamo a Carmen, porque hoy es su Virgen, y la encuentro fastidialilla —ella que siempre está tan animosa— porque le ha dado un ictus y le ha dejado el lado izquierdo paralizado, que todavía tiene mareos, que se tendrá que acostumbrar… Prometo ir a verla, aunque no sé cuándo podré cumplir mi promesa. ¡Está tan lejos la mar!

Atardece en la mar

Atardece en la mar

Parece que los destinos se cruzan y que las casualidades no son tal. Anteayer encontré en esa librería de mi barrio que tanto me gusta un libro poesía y relatos. Se trata de un pequeños volumen en el que se publican los poemas y relatos premiados en uno de tantos premios… Lo cojo, y nada más abrirlo en el primer viaje en metro, me doy cuenta de que no me he equivocado, que el libro y los premios merecieron la pena.

Acabo de cerrarlo, acabo de le leer las últimas líneas de un relato de jóvenes pijos y solidarios que hablan de vacaciones de sensibilización en la India, con ropa de Coronel Tapioca y conexión 4G para radiarle al mundo cómo de pobre es aquello. Crítica ácida sobre esa sociedad de colorín y papel cuché, que no duda en mostrar impúdicamente su bienestar ante el mundo, retratándose en un fondo de miseria. Excelente y oportuno relato.

¡Tan distintas de aquellas lejanas vacaciones con Carmen!

Ni tan siquiera sabes cómo te convenció, pero la verdad es que Carmen tenía marketing; bueno, sí, ¡claro que lo tenía!, era la mejor vendedora de soluciones en su área, y erais amigas. El primer año se fue de voluntaria ella sola, amigos de amigos…, y volvió prendada, prendada de África y con ganas de hacer apostolado para salvar ella solita a toda África del sida.

Había elegido, o eligieron por ella, uno de los países más pobres, uno de esos países, que pese al nombre sonoro apenas suenan, todo lo más cuando en las Olimpiadas alguno de sus hijos gana una medalla, generalmente corriendo. El país era Burkina Faso, un país sin mar.

Y allí, perdida en un pueblo del que no recuerda el nombre, Carmen se pasó sus vacaciones, el mes de agosto enterito, ayudando a las monjas de un orfanato e intentando que su francés, conservado hasta entonces en ambientes academicistas, no se deteriorara al mezclarse con aquella lengua de supervivencia trufada de numerosos y básicos dialectismos para hacerse entender.

Al año siguiente te convenció, y en vez de en agosto fuisteis en septiembre, porque es cuando más falta se hace, porque hay que organizar el curso y las casas, y las comidas y las actividades… Lo pasaste fatal, la diarrea del viajero te pilló nada más poner los pies en tierra extraña, el médico no le dio importancia —se terminará pasando— y tú te sentiste como la blanca payasa en uniforme de Coronel Tapioca, que se espanta de las moscas. Carmen no se reía, porque Carmen también había sufrido lo suyo el año anterior… y este, pero parecía haberse acostumbrado y lo llevaba con relativa naturalidad.

Veterana como era, las monjas que llevaban la casa delegaron en ella la total organización de varias unidades, cada una con varios chiquillos ya mayorcitos, y la habitación de las «chicas».

Carmen te puso en antecedentes. Las «chicas» eran en su mayoría víctimas de violaciones. Niñas convertidas en mujeres antes de tiempo por la brutalidad de soldados, mercenarios, o de los hombres de sus propias aldeas. Expulsadas de sus casas, de sus tribus, de lo que había sido su vida, condenadas a convertirse en carne de prostíbulo en las afueras de la capital, eran recogidas por las monjas. Su destino, convertirse en monjas ellas mismas para tratar de ayudar, años después, a otras chicas en sus mismas circunstancias.

Vivían ellas solas en una casita blanca, dormitorio corrido con una pequeña sala de estudio aneja. Había libros en aquel cuartito y ningún juguete. Las chicas «se organizaban» y hacían una vida relativamente independiente, bajo la supervisión directa de la directora. Llevaban una vida de sacrificio, se levantaban pronto, se hacían cargo de las tareas de limpieza en la casa grande, acudían a clase, estudiaban… apenas les quedaba tiempo para el regocijo. Un regocijo que, como las mujeres medievales, consistía en hacer labores de aguja para ayudar en las necesidades de la casa. Todos los años el grupo de mayores abandonaba la casa e ingresaba en el noviciado, había fiesta el día de la despedida… Alguna volvería, otras serían destinadas a otras casas en otras partes del país, la pena era que no había para todas, que solo unas pocas chicas con suerte tendrían el privilegio de vivir en la casita algunos años y luego partir para la ciudad.

No volviste a Burkina Faso, la diarrea y otras dolencias te asustaron —siempre fuiste algo cagueta, nunca mejor dicho—, pero Carmen sí volvió algún año más y en los inviernos mostraba películas, hacía reuniones, y los asistentes terminaban echándose la mano al bolso o rellenando una ficha de voluntarios.

No sabes cuándo porque el mar está lejos, pero te has prometido que el teléfono no es suficiente. Irás a ver a Carmen.

A la memoria de mi amiga Carmen, que sin irse a ningún país extraño tanto hizo por otros.

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2 respuestas a Vacaciones solidarias

  1. Debería haber más Cármenes.

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