Esperanza reciclada

«Esperanza, ¡qué bien puesto tienes el nombre!», le decía a menudo en aquella época en la que compartíamos mesa y trabajo, porque si había una joven positiva, con la mirada siempre al frente, era ella.

Fue en cierto modo mi discípula, o por lo menos yo traté de enseñarle todo lo que había aprendido en aquellos años sobre la edición de manuales de software, y ella aportaba su toque innovador, el aire fresco de los que buscan avanzar siempre hacia adelante, y piensan que un paso atrás es solo para coger impulso.

Luego, un día, vendieron la compañía, así, entera, como quien vende un saco de patatas con todos sus trabajadores dentro —artículo 44 del Estatuto de los Trabajadores— y los nuevos dueños hicieron borrón y cuenta nueva. Yo salí al año siguiente para proseguir un itinerario laboral serpenteante e incierto, y Esperanza se quedó en la nueva compañía con la esperanza de una prometedora carrera. Allí nos separamos.

Supe algún tiempo después que su salud se había truncado. Un buen día se sintió mal y tras una baja prolongada y un peregrinaje de médico en médico, de prueba en prueba, le diagnosticaron una enfermedad progresiva y altamente incapacitante, pero no lo suficiente para una incapacidad laboral permanente, además ¡era tan joven! Supe también, que una vez reincorporada al trabajo, acudía penosamente todos los días al trabajo ayudada de un par de muletas, luego se hizo con un coche adaptado, pero aún así le costaba mucho el desplazarse. «Menos mal —dicen los que me lo contaron, que decía— que me quedan los brazos, los oídos, la lengua y la cabeza» y que se reía e intentaba estar a la altura, sin desfallecer un ápice en sus expectativas laborales.

El grado de discapacidad reconocido le vino bien a su empresa, que pudo aplicarse los beneficios, y le vino bien a ella, pues obtuvo una cierta seguridad laboral; sin embargo, la enfermedad progresaba lentamente y un buen día se encontró que le dolían enormemente los brazos cuando trataba de caminar los escasos metros del coche al ascensor, apoyada en las muletas.

máquina de escribir entre la maleza al lado del río

Las redes han trazado de nuevo un camino entre nuestros nodos. Chateamos un rato y luego me pidió que la llamara por teléfono, o que me llamaba ella, porque cada vez más le costaba manejar las manos. «Estoy para la basura —decía insertando emoticonos jocosos en su texto—, pero todavía hay quien consigue reciclarme y sacar algo de mí»; sin embargo, negros nubarrones se asomaban en el horizonte. 

Volvían a vender la empresa, una vez más, y esta vez sin la «seguridad relativa» del artículo 44, sino en unas extrañas bases voluntarias cuyas nuevas condiciones de trabajo eran seguras e inquietantes.

Voy a hacer 48 años, pero nadie me asegura un puesto de trabajo a un año vista —fue lo primero que me dijo ya al teléfono. Además no sé si podré teletrabajar,  y para mí los desplazamientos son cada vez más un suplicio. En casa me mantengo porque hago descansos de 15 minutos cada dos horas, me tiendo en la cama, hago ejercicios de relajación y musculares y vuelvo a la silla. Me va muy bien con este tratamiento que me puso la fisio, pero si tengo que desplazarme a  la oficina, imposible llevar ese ritmo… Estoy bastante cansada, algunos de mis compañeros, los más jóvenes, han empezado a moverse y buscan acomodos entres sus amistades, pero yo ¿dónde voy? Con la minusvalía que tengo y casi cincuenta años, probablemente no les interese en ningún sitio, y sin embargo, yo me siento todavía con fuerzas para trabajar, para sacar adelante mi trabajo, siempre que no tenga un estrés excesivo, claro. ¿Solicitar la incapacidad permanente?, dices. No me quedará otro remedio, pero ya sabes lo malo que es estar cerca de las rayas, que puedes caer del otro lado por un puntito de nada… Y por otro lado ¿qué voy a hacer sin trabajar?… ¿Tú dices que vas capeando el temporal y que esperas jubilarte al año que viene? Pues a ver si tienes suerte, que a ti no te van a faltar tareas en las que entretenerte.

A ti tampoco, mujer, que siempre consigues el reciclaje, en lo laboral también, ya verás.

No creas, esta vez creo que no me reciclan, y además, ¿sabes?, si lo pienso, toda mi vida he trabajado en lo mismo y no sé hacer muchas cosas más, ni tan siquiera, por mi enfermedad, he podido practicar esos hobbies que le ponen chispa a la vida…

Esperanza, no tires la toalla ahora, que tú puedes con todo.

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