West room

Del Sena subía un fresco airecillo, me puse el poncho que había llevado todo el día en la mano… Nos habíamos conocido por la mañana, en la reunión de la empresa a la que estábamos ambos convocados. Había llegado el momento de conocernos en persona y ambos teníamos miedo, demasiado miedo, pero todo transcurrió como si nos conociéramos de siempre. Algunos compañeros se sorprendieron de nuestra familiaridad.

La reunión terminó puntual, lo bueno que tienen los europeos es que para ellos las tardes son sagradas y la puntualidad germánica se hizo una vez más presente. Eran las cinco de la tarde y estábamos ya fuera, con toda la tarde para nosotros.

Tomamos el metro y nos bajamos en Trocadero, atravesamos el jardín y seguimos caminando, hablando y hablando de nuestras cosas… De pronto pasaste el brazo por mi hombro, y me atrajiste hacia ti levemente, yo te dejé hacer, como si fuera el gesto más natural del mundo. Nos detuvimos en los puestecillos de libros al lado del Sena, hojeamos, husmeamos y uno y otro resistimos la tentación de comprar algunos.

—No me queda sitio en la west room —dijiste—, mi mamá se enfada cuando me ve cargando algún nuevo ejemplar, y la tata la apoya y me terminan castigando sin natillas.

—¡Qué guasón! ¡Cómo van a hacer eso a tus años! —me reí dándole un pequeño empujón en el brazo.

—Tú no sabes cómo son. Mira, te regalo este, comprémoslo.

—No, no, que a mí me pasa lo mismo. Yo ni tan siquiera tengo west room, mi piso no llega a 50 metros.

Te había conocido en esa cálida west room donde hacías la vida cuando estabas en casa. Me contaste que había sido la habitación de tu abuela, y que luego tú heredarías llena de libros, con un escritorio en un rincón en el que descansaba la computadora cuando volvías al hogar y donde te pasabas las horas muertas, leyendo, trabajando, no importándote que el sol se hubiera ocultado hace algunas horas y que el frío comenzara a entumecerte los dedos.

El sol empezaba a ponerse detrás de Notre Dame y sus últimos rayos nos daban de frente, hiriéndonos los ojos y obligándonos a semicerrarlos. Los candados del amor parecían ir a hundir el puente, como de hecho ocurrió años más tarde, los pintores recogían sus bártulos, los libreros echaban las tapas de sus kiosquitos…

Nos sentamos en un velador a tomar una cerveza hasta que el sol fue solo una leve claridad en el horizonte cada vez más y más débil. Cenamos en un bistró canard,  y lo acompañamos por un vino excelente. No dejaste que pagar mi parte, a pesar de que pagaba la empresa… y seguimos caminando más y más. Yo me arrebujaba en el poncho, tú no parecía que sintieras frío a pesar de la chaqueta de verano.

Llegamos al hotel y ya no recuerdo si fue en tu habitación o en la mía, sé que seguimos charlando casi toda la noche, yo con las piernas encogidas en el sillón y los pies desnudos abrigados por el poncho, en una postura incluso incómoda. Y luego nos quedamos dormidos, sin desvestirnos el uno al lado del otro.

Hace meses que me llegó tu recado, escrito por la mano de la enfermera. No sé nada de ti, pero quiero imaginarte en la west room, frente al ventanal, con una estufa encendida para librarte de los fríos australes, mirando hacia el otro lado del mundo.

¡Me acuerdo tanto de ese París por el que pasamos tan de puntillas!

El Sena

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