Mi calle Aribau

Mi paso por la calle Aribau, hace ya tiempo, fue fugaz. En realidad no pasé del comienzo de la calle, allí donde se abre un nuevo pabellón de la vieja Universidad a la que Andrea encaminaba sus pasos cada mañana, y solo allí, cuando el taxi me dejó en la puerta, me di cuenta de que pisaba la misma calle que años atrás había pisado una chica de provincias con las ilusiones pujando por salirse de la maleta. Solo tuve tiempo de  tirar un par de fotos antes de volver a la literatura y a los recuerdos.

Torre y pináculo de la Universidad de Barcelona

¿Cómo puedes acordarte de esa forma la calle Aribau si nunca estuviste en ella?

La primera vez que tomé aquel coche de caballos que me llevaría a la casa de mis parientes, estaba en la escuela normal. No recuerdo si era lectura obligada o casi obligada, pero recuerdo a todas las chicas, a todas mis compañeras, con ese libro en la cartera. La historia de Andrea nos envolvía, porque Andrea era una de las nuestras.

Es verdad, nunca estuve en ningún piso oscuro y obsesivo de la calle Aribau, ni tan siquiera en ningún piso de Barcelona, pero aquel piso lleno de trastos, descrito con tanta precisión en la novela, se parecía demasiado al piso de mi infancia en Madrid, en pleno barrio de Argüelles. Ese piso donde transcurrieron mis primeros años, ese piso de tan buenos recuerdos, que abandonamos un día de julio para trasladarnos a Zamora, ciudad en la que mi padre había conseguido un jugoso ascenso.

Así que sumergirme en aquella casa de la calle Aribau fue como volver a Rodríguez Sampedro, con sus balcones a mediodía que iluminaban el salón, a la cocina interior con alacena al patio y hornilla de leña y carbón donde mi madre ponía el puchero, y al olor del cocido que se escapaba por el patio, patio cruzado por numerosas cuerdas donde se secaba la ropa. Recuerdo también el cuarto de baño alargado, con bañera de patas de cabra, en la que mi madre nos metía de dos en dos los domingos por la mañana antes de vestirnos para ir a misa.

Entre aquellas páginas volví al cuarto de mis padres, donde ahora habitaba una severa tía Angustias, cuarto que más tarde sería el mío, con balcón también a la calle, y por qué no al cuarto interior, que en la novela era el dormitorio de Juan y Gloria, y que en mi infancia había compartido con mi hermana pequeña: dos camitas niqueladas iguales, un armario con una luna, y un comodín donde guardábamos la ropa interior, en cuya encimera había una bola de cristal con nieve dentro, y a su lado una imagen en escayola de san Antonio de Padua.

Decía que Andrea era una de nosotras, y lo era, a pesar de que nos llevaba 20 años, a pesar de que había pasado mucha hambre y a pesar de haber sentido demasiado frío por culpa de los zapatos gastados. Pronto llegarían los chicos.

Sobrecubierta y portada de Nada

 (Comentarios para la lectura de Nada en La Acequia.)

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5 respuestas a Mi calle Aribau

  1. La calle Aribau puede estar en Zamora, en Burgos o en cualquier parte. Andrea era una compañera…Buen trabajo, Coro.

  2. Seguiremos con nuestros “tes” literarios e intemporales. Andrea acudirá encantada. Un abrazo.

  3. Qué cierto es que algunos libros resumen experiencias de varias generaciones. Gracias.

  4. Pingback: Rosas para Andrea | Del diario de Andrea

  5. Pingback: Entre visillos: Pablo Klein | Del diario de Andrea

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