El príncipe de Viana

Durante muchos años, aquella lejana referencia a un cuadro colgado en la oscuridad de una catedral fue para mí el ideal de belleza. Aquellas palabras me calaron tan hondo, que alguno de mis personajes, al igual que Jaime, llegó a parecerse al príncipe de Viana. Estas fueron las palabras que se me quedaron grabadas:

Yo sabía que Jaime se parecía al san Jorge pintado en la tabla central del retablo de Jaime Huguet. El san Jorge que se cree que es un retrato del príncipe de Viana. Me lo había dicho Ena muchas veces, y juntas estuvimos viendo una fotografía de la pintura que ella había puesto en su mesilla de noche. Cuando vi a Jaime noté efectivamente el parecido y me impresionó la misma fina melancolía de la cara. Cuando se reía, la semejanza se esfumaba de un modo desconcertante, quedando él mucho más guapo y vigoroso que el cuadro.

Tardé mucho en ver aquel cuadro, así que mi protagonista llegó a lucir un cuidado pelo largo en una época en la que los pantalones campana revolucionaban la moda masculina. César, mi príncipe de Viana particular, «aquel del que decían que tenía un cierto parecido con el san Jorge de Huguet», era moderno y elegante, y en su armario alternaban los pantalones campana con unas camisas de fiesta escaroladas, que su hermana Rocío no dudaba en tomar prestadas.

San Jorge- Huguet

Cuando la realidad se impuso, años después, el san Jorge me pareció, con melena o sin ella, feo y totalmente ajeno a los cánones de belleza que mis dieciocho años imponían a los personajes masculinos; pero para entonces, el manuscrito de mi novela, esa que tanto había gustado a las amigas, dormía ya en un rincón y no era cuestión de cambiarle a César, el atractivo joven de las camisas almidonadas, la cara.

Hoy hasta podrían decir algunos críticos que aquel calco no dejaba de ser un homenaje a Laforet, y seguramente lo era.

Ena y sus amistades masculinas, Ena manejando a los hombres a golpe de sonrisa y mínimos gestos, Ena haciéndose la interesante, la intelectual delante del inquietante personaje de Román, Ena la desinhibida besando a Jaime en la playa delante de su amiga… ¡Qué escándalo! ¡Qué indecencia! Aquellos gestos, que Andrea nos cuenta en detalle, serían capaces por sí solos para relegar Nada al índice de los libros prohibidos.

Nada, revolucionaria novela, escrita por una joven escritora que inauguraría una serie de prestigiosos premios. Un cóctel demasiado atrevido para la época, difícil de superar, y que leemos hoy una y otra vez sin cansarnos, descubriendo cada vez nuevos detalles.

Las salidas de Ena, Andrea y Jaime, a la playa en los primeros días de primavera, nos devuelven también a sus seguidores algo de respiración, también se ensanchan nuestros pulmones, también se nos pone la carne de gallina al bañarnos en el mar y salir del agua temblando, aunque solo sea Ena la que se atreva a meterse en el agua y bailar danzas iniciáticas, mientras sus amigos la contemplan, tumbados en la arena muy cerca el uno del otro. También a nosotros nos moja la lluvia y se nos pega la sal a las piernas desnudas.

Playa pedregosa

 (Club de lectura La Acequia)

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4 respuestas a El príncipe de Viana

  1. Pingback: Pons | Del diario de Andrea

  2. A veces sucede que la perspectiva nos confunde, ¿verdad? Hay un momento en el que Andrea y el lector necesitan que entre aire limpio en los pulmones.

  3. María Ángeles Merino Moya dijo:

    Los buenos libros establecen buenas y duraderas conexiones. No olvidaste al príncipe de Viana.
    Besos, Coro.

  4. Pingback: Rosas para Andrea | Del diario de Andrea

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