Pons

Vuelvo a entrar en el lujoso portal de la casa de Pons en la calle Muntaner en Barcelona y casi inmediatamente me vuelvo a mi casa de Rodríguez Sampedro en Madrid, y veo allí a mi madre, en el descansillo, hablando con la vecina, acerca de los estudios de las hijas.

Andrea quiere ir a la Universidad, pero ¿tú sabes lo que eso significa? Solo en ropa te tienes que gastar un dineral, porque no la puedes mandar con cualquier cosa, que allí va la gente bien vestida, y yo no puedo afrontar comprarle todos los años un par de vestidos, más zapatos, más bolso…  Nada, nada, a ver si puede entrar de azafata en Iberia, y si no, que trate su padre de meterla en el banco.

Mi vecina no se llamaba Andrea, pero ¿para qué le voy a cambiar el nombre?, y desde mis diez años mal desarrollados, yo la veía como una chica alta y guapa, que sin duda sería una elegante azafata, esa profesión tan moderna que atraía a tantas chicas y a tantas madres, pero los planes de mi vecina, que estaba ya en sexto de bachillerato, eran otros bien distintos: quería ser matemática.

Andrea consiguió convencer a sus padres, y un año más tarde, tras pasar por el instituto y aprobar el preu —nada que ver con aquella película de Karina— llegar a la Universidad, pero para entonces nosotros ya habíamos tomado el camino de Zamora, donde por esas vueltas de la vida, a pesar del ascenso de mi padre, se nos iban a cerrar también las puertas de los estudios universitarios.

No sé si la idea de mi vecina de que a la Universidad había que ir bien vestida salía de ver circular a las universitarias por nuestra vecina calle de la Princesa o de haber leído Nada, pero me sorprende que en ella todos los estudiantes, salvo Andrea, sean niños de familias bien, con alto poder adquisitivo y que solo la pobre Andrea no tenga para pagarse los libros. Una Universidad clasista para los hijos de los vencedores de la guerra, que muy probablemente, como los padres de Ena, habían mantenido bienes y cuerpos fuera del alcance de balas, bombardeos, miseria, frío y hambre, y habían vuelto a la Barcelona burguesa a disfrutar de sus haciendas y una paz con jirones.

A aquella Universidad, los perdedores de la guerra —y está claro que Andrea lo es no solo por su orfandad— solo podían acceder de forma excepcional y con ayuda de la caridad de los compañeros ricos, que accedían a prestarles los libros. Difícil tarea la de estudiar sin libros y sin Internet.

Casi veinte años después, otra Andrea, mi vecina, una chica de dieciséis años, tenía que convencer a su madre de que su aspiración en la vida no era convertirse en camarera de lujo colgada de una nube, mientras esperaba la llegada de un príncipe azul, sino que era avanzar en el campo de algo tan raro y tan masculino como la ciencia de los números. Al contrario de otras mujeres que sí tuvieron esa oportunidad, mi admirada Ada Byron por ejemplo, mi vecina ni era aristócrata ni tenía posibles, era la hija de un modesto empleado de banca, a la que su madre arreglaba los propios abrigos para poder llegar a fin de mes en invierno sin demasiados sobresaltos.

Andrea y Andrea, a pesar de su ropa gastada, llegaron pronto a la Universidad, a mí la vida me deparó un camino algo más largo, gracias al ascenso de mi padre con destino en una capital de provincias, pero esa es otra historia, que a fin de cuentas estuvo bien.

Vuelvo al presente, y no puedo por menos de recordar mi último té con María José, tomado en el bar de profesores de la facultad. Siempre consuela que alguien te escuche, o finja hacerlo, y María José es colega, después de todo.

Paga ella los tés y los bollitos industriales, es su facultad, es la anfitriona a fin de cuentas, y luego amablemente se ofrece a llevarme a casa, porque le pilla de camino, y ya instaladas en el BMW, María José recuerda cuando su padre les compró el ocho y medio para que su hermana y ella se desplazaran a la facultad, nada de coger el tranvía.

¡Qué vidas tan distintas!

María José, excelente amiga por otra parte, hija de catedrático, esposa de catedrático y catedrática ella misma, en un ocho y medio camino de Paraninfo y posiblemente estrenando cartera a comienzo de curso en otro tiempo, ve con pesimismo, como no puede ser de otra manera, el futuro de sus alumnos y de su propia cátedra, con los recursos para investigación suprimidos casi en su totalidad, por no hablar de esa alumna, esa otra Andrea, que tampoco ha podido matricularse este curso…

Juventud sin Futuro

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3 respuestas a Pons

  1. Qué largo camino el de tantas mujeres por hacerse camino en la Universidad o en la vida de esta historia…

  2. María Ángeles Merino Moya dijo:

    El camino a la Universidad estaba cerrado para las mujeres pobres, por pobres y también por ser mujeres. ¿Dónde se había visto que una chica estudiara una carrera universitaria? Azafata si era guapa y vistosa y sabía algún idioma y nadar, secretaria sin estudios y un poco de taquimeca, enfermera o…maestra. Eso con suerte. Si no: peluquera, dependienta, modista…
    En mi ciudad no había universidad en 1974, hice Magisterio. Me hubiera gustado estudiar Letras como Andrea…
    Andreas y Andreas, las mariajosés lo tenían más fácil.
    Besos

  3. Pingback: Rosas para Andrea | Del diario de Andrea

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