Rosas para Andrea

Hoy, treinta de noviembre del 2014, festividad de San Andrés, Andrea quiere enviarle rosas a Andrea, Andrea la de Nada, Andrea, la que toma el té con La Arañita Campeña, Andrea, la nonagenaria que vuelve a recorrer las calles de Barcelona para encontrar un Pons bisabuelo, la Andrea a la que volveré a encontrar en Madrid, ese Madrid tan distinto de Barcelona, por el que paseará con Jaime y Ena, y las más que probables salidas a la Sierra, cuando llegue la primavera.

Rosas

Antes de volver a tu casa, a vivir, gota a gota, grito a grito y en primera persona, la tragedia final, quiero regalarte las rosas que con tanto sacrificio le fuiste regalando a la madre de tu amiga.

Hoy es tu santo, quizá también tu cumpleaños, porque me acabo de dar cuenta de que en el año que viviste en la calle Aribau no llegaste a cumplir años, no tuviste una mala fiesta, ni tan siquiera un detalle por parte de la abuela. Quizá coincidió con uno de los peores momentos de la familia, con una de las regañinas de Angustias, o quizá con algún día en los que ardías de fiebre o desfallecimiento. Puede que cumplieras años en aquel verano axfisiante de luto riguroso y balcones cerrados a cal y canto, o puede, sencillamente, que los pobres solo cumplan años en el DNI.

Hoy, día de tu cumpleaños, daré por terminada esta segunda relectura, añadiré una nueva fecha a aquella de hace cuatro años, cuando estando en el hospital, la acompañante de mi compañera de habitación se dejó olvidado sobre la silla un ejemplar de tu aventura, y yo no me pude resistir. Volví a sumergirme en tu vida y en la calle Aribau con verdadera ansia, creo que me leí más de cien páginas de un tirón a la hora de la siesta, luego llegó la merienda, la enfermera con los termómetros y la propietaria del libro. Lo mío fue poca cosa, al día siguiente me dieron el alta, aunque me recomendaron reposo, y allí confinada en la habitación con sol, desde la que casi podía olerse el mar, busqué tu devenir en mi estantería, y allí lo completé, dejándome cuidar por una mano amiga.

¿Sabes? Con esta nueva relectura yo también me propuse ir anotando citas, palabras, frases, momentos, y llegué a emborronar la cara sin utilizar de un folio viejo convenientemente doblado en cuatro, para enseguida olvidarme de las anotaciones y pasar y pasar páginas como las otras veces, sin detenerme.

Hoy creo que si tuviera que quedarme con una frase, con un momento, con una imagen, sería la de la criada histérica pataleando en el suelo del pasillo y mostrando sus negruras, esas negruras obsesivas de toda la novela y ese perro de nombre siniestro, Trueno, ¡qué bien elegidos algunos nombres!

Ramón, ¡qué sonoridades inquietantes despierta! ¿Sabes? Una vez escribí una novela donde todos los nombres propios empezaban por A de Andrea, pero a continuación me dije que todos mis chicos iban a llevar nombre con erre. ¡Por Dios!, ¡en qué divagaciones me haces sumergirme!

Frente a las negruras de Antonia me quedaría también con la imagen mojada de la melena pelirroja de Gloria sobre mi almohada, bueno sobre la tuya, aquella noche en que Juan desató toda la furia sobre ella debajo del grifo del agua fría.

El agua fría cayendo sobre una bañera que no se limpiaba nunca, tirito solo con pensarlo, y en mis oídos rebotan las palabrotas mitad en castellano y mitad en catalán, que suelta Juan.

La lengua como válvula de escape en un tiempo en que el catalán, la lengua materna, ya había sido proscrita al ámbito familiar.

El ámbito familiar que a veces es complicado, como la trayectoria de la madre de Ena confesándose ante ti y un helado, como no lo había hecho nunca con su confesor. Quizá porque flota demasiado en el aire, que Ena es en cierto modo hija de Román, aunque nunca llegaran a mayores. ¿Teme que su hija, más libre, sí llegue a una relación casi incestuosa, sin que ella lo pueda evitar?

Divago, Andrea, ¡qué cosas me pregunto y te pregunto! Yo tan solo quería recordarte una vez más después de ese 4 de septiembre de 1967, que figura en la edición que manejo, escrito con estilográfica debajo de mi nombre.

Tengo que ponerle un celo a la cubierta, o la próxima vez que te relea, espero que como esta fuera de un hospital, pueda quedarme mirando por unos instantes esa melena negra del primer plano.

Hoy, muchos años después te digo:

nada

¡Feliz cumpleaños, Andrea!

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2 respuestas a Rosas para Andrea

  1. Qué ingeniosa y certera forma de entrelazarnos a todos y de comentar, a la vez, la novela y las emociones que provocan su (re)lectura. Gracias.

  2. María Ángeles Merino Moya dijo:

    Nos has unido en una armoniosa sinfonía de Andreas, la provocadora de sentimientos.
    Yo también tuve libros de esos de Destino que eran azules y entelados por dentro, más tarde los convirtieron en negros, un poco fúnebres. De Delibes tengo unos cuantos, con la cubierta pidiendo la cinta adhesiva que no acaba de llegar.
    No recordaba que noviembre es el bendito mes que comienza con los Santos y termina con San Andrés. La felicitamos, cómo no. Y que se abrigue, que llegando a San Andrés, invierno es. Poca ropa, en la maleta casi todo libros.
    Le deben gustar las rosas y piensa que a la madre de Ena le agradarán también.
    La relación Román Andrea es muy oscura, tanto como el triángulo Román, Juan, Gloria.

    Un placer pasar por aquí, Coro.
    Un abrazo

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