La maleta

Me fijo en ella según subimos las escalera mecánicas. Me fijo porque me queda casi a la altura de los ojos. Es grande, envejecida, y lleva unas ruedecillas también pintadas de purpurina.

Entonces la reconozco porque es como mi maleta: esa maleta que apenas uso porque llena no hay quien la mueva. Esta maleta, decorada aquí y allá con trazos de purpurina oscura, cuelga del brazo de un hombre normal; un hombre que no llamaría la atención, de hecho no lo hace, si su voluminosa maleta no quedara a la altura de los ojos de los viajeros. Por delante asoma un cilindro estrecho, también pintado de purpurina, quizás esconda esa barra sólida que, convenientemente disimulada, parecerá minutos después suspender a su dueño en el aire.

El hombre de la maleta sigue su camino hacia la salida en Sol, su maleta encerrará trajes, accesorios, modos de ganarse la vida como estatua viviente mientras los turistas y los paseantes se hacen foto y más de uno se pregunta incrédulo: «¿Cómo lo hacen?».

Yo tampoco sé cómo lo hacen, cómo consiguen sobrevivir día a día, con unas pocas monedas y mucha, muchísima imaginación e ingenio.

Estatua  humana

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Una respuesta a La maleta

  1. Yo también me lo pregunto.
    Un hombre de purpurina pasó también por mi ciudad, con su maleta y su ingenio.
    Un abrazo, Coro, feliz año.

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