Entre visillos: Pablo Klein

Al entrar en el capítulo segundo no abandonamos la primera persona, pero enseguida nos damos cuenta de que hemos cambiado de protagonista:

Llegué hacia la mitad de septiembre después de un viaje interminable;

sin embargo, aunque haya cambiado el actor, nada nos hace pensar que ha cambiado también la voz, el punto de vista, hasta bien entrado el capítulo:

—¿Quiere coche, señor? A domicilio.

La atención que Pablo Klein presta a la conversación en su vagón en el que dos hombres hablan de los posibles novios de sus hijas o de los detalles del veraneo, se nos presenta más tras los oídos de una jovencita que oye hablar de sus amigas, que de la perspectiva de un hombre —¿joven?, ¿maduro?, ¿de mediana edad?—, que vuelve hacia el pasado buscando el futuro, y se ve parado en medio de la nada de un lago amarillo, refrescado tan solo por la agüilla rosácea de una sandía que le gotea por la barbilla, detalle pegajoso de la fruta que parece enojar la coquetería de una joven con pocos medios a su alcance para asearse convenientemente. Pablo Klein en ese tren, y más tarde en su llegada a la estación, donde nadie le espera, nos recuerda demasiado a esa Andrea que llegó una vez a Barcelona arrastrando una pesada maleta.

Pueblo de bodegas en tierras de Carrión

Rastrojo y pueblo al fondo

—¿Quiere coche, señor?

Se impone la relectura a la luz de este nuevo dato: es un hombre, seguimos sin saber más, el que se ha fijado en esos brazos desnudos, en esos vestidos veraniegos, de tradicional color rosa, o con generosos escotes de trajes de rayas, que combinan con sandalias, pies desnudos y uñas descaradamente pintadas de color escarlata.

Pablo Klein, desde ese coche destartalado que se ofrece a llevarlo a su destino, va tomándole el pulso a una ciudad variopinta, en la que los institutos y las cárceles quedan ya fuera de los caminos asfaltados.

—He dicho al Instituto. Instituto de Enseñanza Media —pronuncié con toda claridad.

—Y eso, ¿por dónde cae?

—Sí, hombre, cerca del Rollo —intervino alguien— cerca de la cuesta de la cárcel.

Y en medio, entre el núcleo antiguo, y esas instalaciones tan necesarias como alejadas, la gran fractura de la vía del tren, ese tren que te trae lo nuevo y se lleva lo viejo, ese camino por el que llegan los forasteros y por el que caminan los que buscan un aire menos axfisiante, y al que Pablo Klein se asoma una vez más.

Pablo Klein, con su halo de misterio, ligado a ese instituto donde las chicas formales se quedan embarazadas y deben abandonar sus estudios; ese instituto, donde se impartirá una exclusiva clase de alemán, detalle curioso para una España en la que el francés parecía ser la única lengua extranjera posible.

(Lectura de Entre visillos en  La Acequia.)

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4 respuestas a Entre visillos: Pablo Klein

  1. En efecto, la llegada de este hombre permite a la autora enfrentarse con otra perspectiva a la rutinaria vida de provincias -rutinaria incluso en la fiesta-. Y esa llegada, tienes razón, presenta algunas similitudes con la de Andrea en Nada. Comenzamos otra aventura lectora.

  2. Pablo Klein es una mosca en leche en el ambiente provinciano. Nos recuerda a esa Andrea, tienes razón. No sabemos de dónde viene y se va como ha venido. Un punto ciego cieguísimo. Sólo sabemos de su amistad con el director del Instituto que, vaya por Dios, se ha muerto. Y de que pasó parte de su infancia en la ciudad, algunos lo recuerdan muy vagamante. No le importa el trabajo de profesor, la vocalista se hace cruces cuando le dice que no sabe lo que le van a pagar, de oposiciones ni hablar…y va y pregunta dónde está la residencia para los profesores, como si estuviera en otro país, que en España los profesores viven en sus casas, como le dice la señora de la limpieza. Más perdido que un pulpo en un garaje, llega, observa, se enamora y ¿huye?
    Un halo de misterio, sí. ¡Ay, esa agüilla rosada de la sandía! Un placer leer tu visión de Pablo Klein.
    Un abrazo

  3. Luz del Olmo dijo:

    Te confieso que no estoy leyendo Entre visillos. Creo recordar que lo leí cuando era joven y no me atrajo demasiado, quizá yo estaba en otros quehaceres y entretenimientos. Lo he dejado para otra otra ocasión. En esta ronda, lo dejo.

    Me parece muy interesante ese apunte que dejas sobre el que te recuerda demasiado a el personaje de Pablo Kein a Andrea de Carmen Laforet, seguro que Carmen Martín Gaite lo había leído y es sabido cómo la lectura influye y, no poco, en nuestros escritos.

    Gracias por pasarte por mi blog. Me gusta el leer el tuyo en un formato tan limpio, algo que tengo que aprender yo.

    Un abrazo

    Luz

  4. Luz del Olmo dijo:

    Al ver escrito el anterior comentario noto que está lleno de errores. Corrijo:

    Te confieso que no estoy leyendo Entre visillos. Creo recordar que lo leí cuando era joven y no me atrajo demasiado, quizá yo estaba en otros quehaceres y entretenimientos. Lo he dejado para otra ocasión. En esta ronda, lo dejo.

    Me parece muy interesante ese apunte que dejas sobre cómo te recuerda demasiado el personaje de Pablo Klein al de Andrea, seguro que Carmen Martín Gaite habría leído Nada. Bien se sabe cómo la lectura influye y, no poco, en nuestros escritos.

    Gracias por pasarte por mi blog. Me gusta el leer el tuyo en un formato tan limpio, algo que debería aprender yo.

    Un abrazo

    Luz

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