Teresa y Pilar

Quedo con Pilar para ver la exposición sobre Teresa de Ávila en la Biblioteca Nacional. Hace tiempo, meses, que no la veo, sale poco y rara vez se aleja del barrio. Ha cambiado mucho en el último año, más apagada, con menos ganas de comerse el mundo y de correr sus cuatro esquinas en alguno de esos viajes totalmente inasequibles para el resto de sus amigos. Ni tan siquiera le entusiasman ya los coches, ella que se moría por un buen coche, que se gastaba en ellos lo que no se gastaba en viajes, que no dejaba que envejecieran…

Me cuenta que está leyendo un libro, cuyo título y autor he olvidado por completo, que no le gusta, que le cuesta, que es el que toca ahora en el club de lectura de la biblioteca de su barrio.

—¿Por qué sigues? Yo ya he tomado la determinación de no leer ni una línea más en cuanto el libro no me gusta, por lo que sea, sobre todo cuando leo para mí.

Pilar sabe de sobra que más de un libro me he tragado a disgusto, porque al final me esperaban unas líneas de reseña y unos pocos euros por la molestia, y sabe también que me he tenido que tragar páginas y páginas, sapos y culebras para no ser demasiado ácida en la valoración, porque las malas críticas, si es que yo llego a esa categoría, no te las pagan y la próxima vez no te llaman. A ciertos niveles las lecturas han de ser siempre positivas y decir que el autor nos descubre nuevos caminos, que ha sabido conectar con sabe Dios qué, un poco como con la cata de vinos: «carnoso en boca, evoca confituras de frutas y regaliz», pues con algunas novelas, y sobre todo con algunos escritores algo parecido: «poliédrico, comprometido, gran humanista, de vasta cultura…» ¡Cuánta vana palabra junta!

La exposición sigue El libro de la vida, de derecha a izquierda, en sentido contrario a las agujas del reloj, cuadros de los mejores autores, tallas sacadas de los primeros museos del país. A los mejores artistas inspiró la santa, sin duda bien patrocinados por la propia Iglesia, que, sin embargo, tardó siglos en nombrarla doctora. Joyas bibliográficas salen de los fondos de la biblioteca para recrear lo que era la literatura a principios del siglo XVI, y entre medias una confesión sorprendente: la santa tuvo la oportunidad de leer el Lazarillo antes de entrar en el índice de los libros prohibidos, y en ese estilo romance encontró la guía para escribir su autobiografía.

Santa Teresa. Convento de San José.

Santa Teresa. Convento de San José.

—Puedes leer El libro de la vida —le digo a Pilar— tiene un estilo ameno y es muy buen castellano.

—Creo que lo tiene mi hermana —contesta ella, sin darle demasiada importancia.

La letra de ella imposible de leer, la de san Juan de la Cruz, el medio fraile, clarísima, una caligrafía envidiable.

Reproducción esquemática de la celda, y maniquí en parda estameña que imita a la santa

—Era tan bajita como yo —comenta irónica y divertida Pilar—. De no haber sido por ti nunca se me hubiera ocurrido venir a una exposición así.

Se exponen originales de cartas, casi se puede sentir el roce de la pluma con el papel en la soledad de la celda, y yo recuerdo la anécdota de los palominos, que encontré en una edición espuria, o quizá no, descargada de Internet de la correspondencia de la santa andariega, emprendedora y escritora.

Cuando salimos de la Biblioteca ya es de noche, acompaño a Pilar Recoletos abajo.

—Ya hemos aprendido algo más —digo en voz alta— así, sin quererlo.

—¿Aprender? Creo que se me olvida más de lo que aprendo.

Nos tomamos una caña y un pincho en un bar que se llama Cervantes, enfrente de Medinaceli, Pilar vive un poco más allá, en una casa antigua, de escaleras de madera agrietadas, ascensor metálico embutido en un hueco imposible, y balcones a la calle con geranios. Es el Barrio de las Letras, y todavía anda por allí algún reportero tardío dispuesto a exhibir en televisión unos huesos hipotéticos de Cervantes.

El año pasado la familia de Pilar tuvo suerte, fueron identificados los huesos de su abuelo, que yacían envueltos con otros en medio de un monte, un primo con posibles pagó las pruebas de ADN, y su abuelo fue llevado junto a su abuela, al cementerio del pueblo.

—¿Dónde está enterrada santa Teresa? —digo en voz alta, como si realmente me importara.

Pilar se ríe:

—Ya sabes, el brazo incorrupto se lo llevó Franco al Pardo.

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2 respuestas a Teresa y Pilar

  1. Leer un libro sin ganas es duro pero escribir alabanzas sobre él…Potaje de sapos y culebras. Lo que hay que hacer por unos euros. ¿Crítica literaria?
    Santa Teresa era muy sabia y se metió en el convento para poder ser ella misma. Si se hubiera casado, no sabríamos de ella. En sus escritos, tachaba mucho, lo recuerdo de una exposición de ·”Las edades del hombre”, una de las primeras que tuvo lugar en el Claustro Bajo de la Catedral de Burgos. Siempre se aprende algo de las exposiciones.
    De Santa Teresa a Cervantes y a los huesos del abuelo de tu amiga. Y vuelta a Santa Teresa, Buen giro en el Barrio de las Letras. Don Miguel en las trinitarias pidiendo que le dejen en paz.
    Besos, pasa buen fin de semana.

    • Coro dijo:

      Esas cosas nos reservan las tardes madrileñas, la vida misma.

      Gracias por estos comentarios. No sabes lo bien que me vienen. Buen domingo.

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