Siempre te imaginé alto

Cuando para mí solo eras un nombre, te imaginaba alto. Nunca se me hubiera podido ocurrir que detrás de aquel nombre tan eufónico, Jean-Paul, casi de artista de cine, se ocultara un físico corriente, discreto, que por la calle no llamó jamás la atención y tras la mesa de la oficina resaltaba sobre todo por su exquisita amabilidad y sus inconfundibles modales.

torre borrosa de la biblioteca Miterrand

Mantuvimos aquella relación profesional en un tiempo sin imágenes, solo con palabras, escritas o transmitidas por ese invento antiguo llamado teléfono y que todavía debía funcionar por hilos.

A pesar de ello, tu mano, tu pluma y tu consejo siempre estuvieron al quite, como decimos por aquí. ¡Eras tan galantemente buen compañero!

Entre medias supimos que, aunque de forma marginal, coincidíamos en algunas aficiones: los libros, el cine, las estrellas. Sí, eras devoto fan de la Deneuve y de los eclipses.

Me enteré de que te habías jubilado cuando me incorporé tras aquella baja tontorrona que me tuvo dos meses alejada de la oficina. Vi tu carta de despedida, discreta, como tú, escondida entre un montón de correo olvidado. Era un hasta luego, un teléfono y una dirección. Hice algunos cálculos apresurados, eras mayor de lo que yo había pensado.

Un buen día, hojeando una vieja agenda tratando de recuperar datos imprescindibles, di con tu cumpleaños, faltaban apenas diez días y no dudé en bajar al estanco, comprar una postal y un sello, fue el comienzo de una amistad real.

Un día me presenté en tu casa, sí, allí en aquel retiro verde donde tu mujer, muy señora de, pero terriblemente encantadora, ejercía de emperatriz de su casa, de sus hijos, de sus nietos, de las mil tareas de aquel pequeño reino en que los amigos, incluso los amigos de los amigos, eran siempre bien recibidos. Ella me atosigaba con preguntas de jefes y me hablaba de las mujeres de los otros jefazos, a los que yo no conocía ni de nombre, pues siempre estuvieron allí y nosotros aquí. Allí, una tranquila noche de julio, me subiste a tu altillo y me fuiste señalando una a una las estrellas, al volver a la veranda Hélène nos había preparado unos cócteles exquisitos.

Yo te miraba, porque no eras ni  alto, ni guapo, tu pelo era cano y tenías grandes entradas, pero te hubiera podido reconocer entre un millón, porque eras tú.

El correo de Hélène es emotivo, lleno de exclamaciones, de recuerdos, de saltos. Como secretaria eficiente que fue en su juventud y organizadora de su reino en la madurez, nos va dando cuenta de los detalles. Me reconforta saber que te has ido sin sentir, todo un caballero, arropado por el verde y las estrellas de tu casa, lejos de aquel París de tus éxitos profesionales.

Ha pasado ya un tiempo desde que os visité, tu cara se me ha vuelto a borrar, cierro los ojos y la imagen que viene a mí es esbelta, irresistiblemente elegante, con canas pero con todo tu pelo y aquella franca sonrisa.

Siempre te imaginé alto.

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