Compañeros del alma, compañeros

Nos convoca Carmencita mediante un chorro de correos tan encadenados y enmarañados que nos han despistado varias veces acerca del día, hora y lugar.

Trampantojo de motivos vegetales

Quedamos en el centro, que nos viene bien a todos.

¡Por fin hemos sido capaces de cuadrar nuestras agendas de jubilatas o casi!

Concha y yo llegamos a la vez con puntualidad británica, nuestras trayectorias se juntan pocos metros antes de llegar al restaurante. La encuentro bien, pero ¡tan arrugada!, a pesar de su buen aspecto, con la ropa veraniega que la favorece, y las ondas del pelo cayéndole sobre la cara.

Carmencita, atuendo  conjuntado desde la cabeza hasta el bolso,  está ya en el restaurante, acaba de llegar, y consulta el Whatsup circunspecta a ver si le ha llegado algún mensaje importante en el trayecto.

Ramón tarda en llegar y Concha se impacienta:

—Llamádlo, que este se ha perdido, que desde que murió su madre, pobrecito mío, lo encuentro muy pallá.

—¿Cuál es su móvil?

—¡Ah, no sé! Llamad a casa que lo cogerá la mujer.

Carmencita termina de poner al día su agenda y marca el número que le decimos, luego nos suelta el aparato, como si mordiera.

—Hablad vosotras, que yo no sé qué decir.

Concha y yo nos miramos mientras el aparato, en medio de las dos, cumple con sus deberes programados repitiendo sonido tras sonido, nota tras nota. Nadie al otro lado descuelga

—¡Ahí está! —grita Carmencita, y se avalanza sobre el móvil para apagarlo, y que la llamada no progrese.

Se nos presenta Ramón hecho un dandi, como siempre, traje de verano de raya fina, corbata, sombrero flexible, bastón y una apariencia de hombre mayor de veraneo en San Sebastián casi, casi envidiable.

—¿Tú no te asas con ese traje? —le espeta Concha, que acaba de sacar el abanico del bolso.

—Pues no, desde pequeñito me enseñaron a no tener calor, y es que tengo una cita después con un anticuario y hay que dar buena impresión.

¿Qué joya de familia irá a vender ahora Ramón?

Sin darnos tiempo a las cábalas, nuestro amigo nos da las oportunas explicaciones:

Es mi hermana —¡no, por Dios, no va a vender a su hermana!— que está muy malita y necesitamos ingresarla en una residencia, pero ¿sabéis qué precios tienen las residencias?

Carmencita dice a la vez resuelta y resignada:

—¡Dímelo a mí, la pensión de mamá y el alquiler de su casa no nos llegaba!

—¡Cómo pasa el tiempo! —suspira Concha —si parece que fue ayer cuando nos reencontramos en el funeral de tu madre. ¿Cuántos años han pasado ya?

Muchos, han pasado muchos años desde que durante una temporada larga compartimos despacho los cuatro en aquella empresa tan moderna con los habitáculos separados por armarios a media altura. Muchos años de compartir software, manuales, vino y rosas en una empresa puntera.

Vino, rosas y cotidianeidades mañaneras según íbamos llegando y nos concentrábamos alrededor de la máquina del café.

—¿Sigues dando esas clases de informática para adultos, Carmencita? —pregunta Concha, que siempre, siempre fue la más habladora.

Carmencita era el cerebrito del grupo, la experta en sistemas y aplicaciones a la que no se le resistía ni un bit ni una nueva virguería de los sistemas de edición que iban saliendo.

Un día después de comer sonó el teléfono, no era una llamada de trabajo, Carmencita soltó el aparato y se puso a gritar convulsamente. Mientras yo me volcaba sobre ella, Ramón, sin perder la calma, se dirigía al interlocutor con aire serio y circunspecto.

—Sí, dígame, ¿qué pasa?… —y tras una pausa en la que veíamos su cara cambiar a peor progresivamente— Sí, sí, inmediatamente salimos para allá.

El marido de Carmencita se había desplomado en plena calle y le habían llevado al Gregorio Marañón, y los cuatro, sin pensárnoslo mucho, nos metimos en un taxi, Carmencita hipando entre Concha y yo, que le dábamos ánimos como podíamos.

Llegamos al hospital, pero enseguida un médico ne urgencias nos informó de que no había que hacer, los cuatro nos abrazamos en medio del pasillo.

Todo cambió bastante en aquel despachito alegre donde Concha renovaba y regaba las plantas cada dos por tres, y desde cuyo ventanal Ramón perdía su vista en el horizonte de tejados en los descansos que metódicamente hacía cada dos horas justas. Aprovechaba para repasar en voz alta alguno de los múltiples asuntos personales y familiares que le ocupaban cuando salíamos de trabajar. Ramón era noble o casi, y siempre andaba con líos de tierras, casas que se venían abajo en pueblos perdidos, hipotecas, la vieja fábrica de quesos en algún lugar de la Mancha…

Concha, mientras tanto, organizaba a golpe de teléfono su vida doméstica, la compra, los encargos a la asistenta, las visitas al colegio de sus hijos…

Y yo los veía, escuchaba y estaba a gusto compartiendo sus historias, a falta de las mías propias.

El tiempo todo lo cura, o por lo menos lo intenta.

Cambiaron la organización, cambiaron el trabajo, a Carmencita la enviaron a otro departamento y por un tiempo poco supimos de ella, luego fue Concha la que nos dejó para irse al otro lado del edificio, y a Ramón y a mí nos integraron en un departamento mayor donde las cosas llevaban otro ritmo y donde era difícil asomarse a la ventana o buscar un rincón donde poner una planta.

Nos veíamos alguna vez en la cafetería y allí nos enteramos de que Carmencita se había echado un noviete… Ahora, cuando se refiere a él, habla de «mi Antonio» para evitar confusiones con otros homónimos cercanos. «Va estando mayor», nos dice, y ella tiene que estar pendiente de sus visitas médicas y sus análisis, y aun de controlarle a distancia las pastillas. Nunca se llegaron a casar, nunca llegaron a vivir juntos, ni tan siquiera sabemos si llegaron a compartir algo más que alguna excursión veraniega y algún paseo o algún teatro los domingos. Primero su madre, la madre de él nunca la quiso, luego su hijas, porque Neli al separarse se llevó a los niños y se fue a vivir con su padre, y Carmencita siguió siendo siempre la otra, la que rara vez participaba en acontecimientos familiares que atañían a «su Antonio», pero mantenía la esperanza de algún día poder disfrutar por fin juntos.

—Mejor así, cada uno en su casa —se afirma Concha con un golpe de abanico.

Y ahora toca preguntarle a ella cómo le va, cómo lleva su tratamiento, si los controles, bien… Porque todo pasó también por email, una serie de correos en los que Concha nos anunció que le habían descubierto un tumor en el pecho y que la operaban de urgencia, todo muy rápido, todo salió fenomenal, pero el tratamiento la mata y la pone gorda, dice, y ahora, sin decir nada, comprendo yo por qué la he encontrado bastante más vieja desde la última vez que nos vimos.

Ramón tiene que llevarse de vez en cuando la mano a la oreja para hacer pabellón, y come con deleite la pescadilla enroscada, porque su mujer no se la pone nunca, y cuenta historias de sus nietos, y de su hija, que ¡vaya por Dios! también se ha separado. Y llega la hora de las fotos y Carmencita echa mano a su móvil y nos enseña la foto de su niña, la hija de su hijo, a la que ve regularmente, porque como buena abuela le toca echar una mano y hacerse cargo de la niña e ir a buscarla al colegio, y darle la merienda, y llevarla al parque o a patines, mientras sus padres están trabajando.

—Mi Jose va a saltos, ¿sabéis?, ahora está en una inmobiliaria y de cara al verano crecen las ventas, así que llega a casa muy tarde, pero la niña es muy rica, una monada, y me quiere mucho. La otra abuela es vasca, así que ella es la abuela y la otra es amona, no hay confusión.

—¡Pero tu nuera habla vasco! —aprovecha Concha para poner su asombro nacional-lingüístico encima la mesa.

—Sí, con su madre siempre, y con la niña también. Su abuela siempre le habla en vasco a la niña.

—¡Pobrecita!

—¿Pobrecita por qué? —intervengo yo más por decir algo, ya que en aquel turno sin hijos y sin nietos que enseñar, debería permanecer callada.

Vuelven a guardarse las fotos, pasamos de puntillas sobre las enfermedades y hablamos de las vacaciones y de los planes de Ramón para cambiarse a un piso más pequeño.

—¿Estás seguro de lo que haces? —le advierte Concha— Mira que cualquier día se te vuelven otra vez todos a casa.

Ramón se disculpa, tiene una cita con un anticuario, asuntos de familia.

—¿Qué, chicas? ¿Tenéis prisa? ¿Otro cafelito en una terracita a la sombra?

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