Miguel Ángel

He soñado que Miguel Ángel vivía en una de las primeras plantas de mi antigua casa, en el principal o así, como corresponde a su personalidad exquisita. Por arte de birlibirloque, las plantas superiores del bloque se habían agrandado, ensanchado, para albergar un patio central alrededor del cual habían crecido multitud de apartamentos de escasos metros que acogían a familias de obreros. Aquello se había convertido, sin duda, en una multivivienda de los sóviets. Increíblemente Miguel Ángel seguía viviendo allí, en el principal, y ni tan siquiera había hecho intento de mudarse.

Cuando entré en el Círculo, Miguel Ángel acababa también de llegar, aunque en realidad no puedo decir quién de los dos llegó antes. Me gustó su estilo, escribía bien el cabrón, y la lectura de sus cuentos enganchaba, tenía un humor fino. Ingenua de mí pensé que era uno más y cuando Pebble y yo arrancamos el proyecto hipertextual lo invité a que me cediera uno de sus cuentos, la respuesta fue rotunda: «No. Lo tengo comprometido con un editor». No sé si llegó a publicarlo, en realidad no sé si Miguel Ángel ha llegado a publicar algo en algún sitio alguna vez, pero ahora, después de años de conocernos y de tratarnos, comprendo que fue una ingenuidad por mi parte pedirle aquello, yo una perfecta desconocida pedirle a él la colaboración para un proyecto novedoso —en aquel entonces lo era— pero sin ningún futuro.

Siempre me quedará la duda de si meses después cuando nos conocimos y terminamos en el mismo círculo de amigos, Miguel Ángel se acordaba de mí. Fue en una cena en el centro de Madrid, y según íbamos llegando al restaurante nos íbamos presentando:

—Soy Andrea.

—Encantado, soy Miguel Ángel.

«Así que tú eres el cabrón que me negó el cuento», decía para mis adentros mientras aquel tipo alto y simpático me plantaba dos besos.

Con el paso del tiempo no terminé de entender cómo era posible que encandilara a algunos miembros del grupo, podía entenderlo con Carlos o con Marina, porque eran muy de su estilo, e incluso con la Fuentes, siempre dispuesta a engancharse a todo lo europeo y financiero, pero nunca entendí cómo le encantaba a Laura, tan espiritual y exquisita ella, con ese toque oriental. La Japo —sí, Laura era japonesa por parte de padre judoka— se tronchaba de risa ante las gracias de Miguel Ángel y hasta le reía las gracias cuando se burlaba de quererse iniciar en el reiki, y amagaba con hacerle una kata, sí todo muy loco y sin ningún sentido, pero la verdad con su mucho de chispa.

Por la Fuentes me enteré de que Miguel Ángel era economista, experto en finanzas internacionales, que trabajaba en un banco extranjero y que se pasaba la vida viajando… Además escribía, escribía cuentos y ensayos sobre historia del XIX y los movimientos sociales industriales, afición que le venía desde los tiempos de la Universidad. Pertenecía, además de a nuestro Círculo (literario y lingüístico), a una asociación de historiadores que se reunían de vez en cuando para tirarse versallescamente los trastos a la cabeza.

En la segunda cena me enteré de que Miguel Ángel, formalmente ateo, había ido a los Jesuitas y había sido compañero de Antonio, de Germán y de un hermano de Marina, o sea, que la mitad de los íntimos se conocían de antaño, tan antaño que Miguel Ángel y Antonio mantenían desde los tiempos del colegio una rivalidad formal, también muy de salón, que sacaban a relucir cada vez que podían en retos vistosos para regocijo de los asistentes. Antonio era más vivo y normalmente salía airoso, pero a la vuelta de la esquina, es decir a la siguiente ocasión, Miguel Ángel ya le había preparado la revancha.

Vista de Londres desde la Torre con el distrito financiero al fondo.Personalmente, la siguiente faena que me preparó Miguel Ángel, y de lo del cuento no me había olvidado, fue cuando Pedro nos invitó a su boda en un pueblecito cerca de Calatayud.

La gente empezó a distribuirse en los coches, pero Miguel Ángel fue tajante: A su mujer, Marta, y a él les gustaba viajar solos porque iban parándose, no solo en los pueblos, sino también ante las rocas y los árboles que encontraban interesantes, porque Marta era muy aficionada a la fotografía.

Bueno, todo bien, Calatayud está bien comunicado y menos mal, porque al final la Japo y yo nos quedamos a pie, todos los coches ya iban llenos, y desde luego Miguel Ángel no cambió de idea para hacernos un hueco en sus planes.

Un tren nos dejó temprano en la estación de Calatayud y un taxi nos llevó al pueblo. Compartiendo gastos con el resto nos habría salido más barato, pero era lo que había. A la puerta del hostal nos esperaba Ramón, que había llegado andando en una de sus múltiples caminatas por España y a la vuelta compartiría el taxi y el tren con nosotras.

Sin embargo, esa no fue la faena. La faena fue que yo había sido la encargada del regalo, conocía a un pintor exclusivo que nos había hecho un buen precio en un cuadro de los suyos, pero eso sí, exigió pagarle al contado, y yo me vi obligada a poner mi mejor sonrisa y echar mano al bolsillo mientras recogía como podía el dinero del grupo. La verdad es que casi todo el mundo me pagó por adelantado e incluso la Fuentes me mandó el dinero por transferencia, con lo que mi economía no había sufrido mucho quebranto, pero faltaban por pagarme Miguel Ángel y su mujer. Bueno, 10 000 pesetas no eran un dineral, pero yo esperaba cobrarlas en la boda, porque estábamos a finales de mes y el dinero en mi bolsillo no sobraba.

Ni al saludarnos, ni después, Miguel Ángel hizo el menor gesto por pagarme, y yo empezaba a estar nerviosa y a mirar mi cartera. Por fin, un poquito antes de entrar en la iglesia Miguel Ángel se disculpó.

—¡Ah!, perdona, pero no te puedo pagar porque en este pueblo no hay cajero, pero el lunes a primera hora te hago una transferencia, dame tu cuenta.

En el bolsito de la boda cabía lo imprescindible, y desde luego entre lo imprescindible no estaba la agenda donde llevaba apuntados esos datos que siempre hacen falta, entre ellos el número de cuenta, y por supuesto no me sabía de memoria aquella retahíla de números.

—Luego te lo doy, que tengo la agenda en el hostal —dije, mientras para mis adentros mascullaba mil maldiciones contra los que todo pagaban con tarjeta y en los viajes se paraban en cada curva a fotografiar arbolitos pero no se habían acordado de parar en Calatayud a buscar un cajero y pagarme las diez mil que les había adelantado.

Pasé el fin de semana como pude, restringiendo gastos, y como no quería llegar a Madrid sin dinero para un café, le pedí a Ramón que me adelantara el dinero del taxi, que se lo reembolsaría el propio lunes. Sabía que Ramón no andaba muy brillante, pero la Japo estaba tan a dos velas como yo.

La transferencia de Miguel Ángel tardó en llegar tres días. Para entonces ya tenía en cuenta la nómina.

Como ni Miguel Ángel ni Marta tienen hijos, tampoco perro ni gato, lo que ganan se lo gastan en viajes y antigüedades. No hay comida ni cena ni reunión con ellos en que no nos hablen de la temporada de ópera en Nueva York o del último bargueño que han conseguido a muy buen precio en la tienda de un gitano en el Rastro, por no hablar del auténtico juego de Bohemia que consiguieron en algún lugar de Transilvania a precio tirado y los desvelos para transportarlo hasta Madrid. Miguel Ángel y Marta tienen un piso de museo, según cuentan los amigos comunes, y una casona en Galicia donde Miguel Ángel acumula libros y curiosidades datadas en el siglo XIX. Es su pasión, el siglo XIX.

Puede que sea envidia, puede, pero sin duda le tengo manía. Me carga su forma de ser, el que sea tan insolidario, tan prepotente, el que presuma de hablar mejor inglés que nadie y de saber e interpretar la historia como nadie, de tener la mejor pluma del Círculo y de regalarnos sus escritos de vez en cuando. No me consta que haya leído alguna vez un relato de nadie. Y sí, no me puedo olvidar ni de que me negó un cuento ni de que tardó en pagarme 10 000 pesetas más de lo que la amistad aconseja.

No ha mucho, la Japo, que lo amiga en Facebook, me dijo que estaba malito.

—¿Algo grave? ¿Qué le ha pasado?

—Le han detectado una insuficiencia cardíaca. Ha estado una semana en el hospital. Ahora, sigue con su humor y su retranca de siempre.

—No me había enterado, no sabía nada.

No me puedo quitar de la cabeza a Miguel Ángel en una cama de hospital, y ahora en su convalecencia, rodeado de sus antigüedades y sus libros de historia del XIX. No tengo su teléfono, pero le mando un correo animándolo porque deseo, de verdad que deseo que se reponga del todo y lo haga además pronto.

(No busquéis a Miguel Ángel entre mis amigos, ni tan siquiera entre mis conocidos.)

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Una respuesta a Miguel Ángel

  1. Mejor no tener amigos así, tan delicados para si mismos, tan desconsiderados con los demás.
    Un abrazo, Coro.

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