Damas que solo dejan ver…

El casamiento engañoso

De forma calculada nos presenta Cervantes a la dama que va a conquistar, en apenas un par de lances, al soldado Campuzano, para que ponga a su disposición todo lo que le presume de valor.

Entraron dos mujeres de gentil parecer con dos criadas: la una se puso a hablar con el capitán en pie, arrimados a una ventana; y la otra se sentó en una silla junto a mí, derribado el manto hasta la barba, sin dejar ver el rostro más de aquello que concedía la raridad del manto.

Dos mujeres respetables —se hacen acompañar de criadas— se presentan ante dos veteranos soldados. La primera se pone a hablar con el de más grado, parecen conocerse, la segunda se acerca con cautela al segundo y no deja ver su cara, la intención y el efecto están calculados:

Y, aunque le supliqué que por cortesía me hiciese merced de descubrirse, no fue posible acabarlo con ella, cosa que me encendió más el deseo de verla.

Ganado el primer envite, el segundo deja pocas oportunidades al indefenso caballero:

Y, para acrecentarle más, o ya fuese de industria acaso, sacó la señora una muy blanca mano con muy buenas sortijas.

¡Claro que fue industria, señor Campuzano! Tan corrido usted por esos mundos ¿y no conoce estos trucos de las damas?

La mano es blanca, efectivamente, y puede inducir a la lujuria, pero no va desnuda, valiosas sortijas brillan en ella, seguro que la dama es principal.

bandejita de plata incompleta

Se mira el alférez a ver si puede competir y se encuentra «bizarrísimo», adornado «con gran cadena», probablemente de oro, «sombrero de plumas y cintillo». ¿Qué tendrían aquellos cintillos que hacían tan galanes a los hombres, según decía la copla de Villamediana?

¡Qué galán que entró Vergel
con cintillo de diamantes,
diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer!

Los posibles amantes se han dado el primer visto bueno, todo parece encajar. Esa mano blanca que enseña pero no enseña, ese cintillo que anuncia, sin duda, otras joyas.

Yo quedé abrasado con las manos de nieve que había visto, y muerto por el rostro que deseaba ver.

La casa resulta «bien aderezada» y la dama más que aceptable:

Hallé una casa muy bien aderezada y una mujer de hasta treinta años, a quien conocí por as manos. No era hermosa en extremo, pero éralo de suerte que podía enamorar comunicada, porque tenía un tono de habla tan suave que se entraba por los oídos en el alma.

A esa voz suave el galán debe responder con sus donaires:

Pasé con ella luengos y amorosos coloquios, blasoné, hendí, rajé, ofrecí, prometí y hice todas las demostraciones que me pareció ser necesarias para hacerme bienquisto con ella.

Demasiado tarde se da cuenta Campuzano de la habilidad de la dama para poner oídos a las lisonjas:

Pero, como ella estaba hecha a oír semejantes o mayores ofrecimientos y razones, parecía que les daba atento oído antes que crédito alguno.

Lamentablemente pasan los días y no parece que el enamoramiento avance, la dama se hace valer:

Finalmente, nuestra plática se pasó en flores cuatro días que continué en visitalla, sin que llegase a coger el fruto que deseaba.

Apurado el soldado por la pronta partida debe poner sus cartas sobre la mesa y declarar sus intenciones.

¡La dama ha ganado!

Moraleja: Más que enseñar de primeras, conviene sugerir, como en la inolvidable escena de Gilda.

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3 respuestas a Damas que solo dejan ver…

  1. Siempre se ha dicho que es mejor no enseñar todo desde el principio… Una delicia tu comentario.

  2. Todo un estriptís el de la mentirosa Estefanía ante el Campuzano engañador. Cuando la sorprenden,la mentirosa dice que, a su vez, está mintiendo a la señora de la casa que no es tal señora sino que…Entre pillos anda el juego.
    Mejor ir enseñando poco a poco. Mejor que mejor como Gilda, enseñar sin enseñar nada,se quitaba un guante y como si se hubiera desnudado. Y las beatas en su reclinatorio, ante los cines de la Gran Vía.
    Muy bien traído lo de Gilda y un placer leeros, señora doña Coro.
    Un abrazo

  3. Pingback: El coloquio de los perros | Del diario de Andrea

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