El coloquio de los perros

—Pues de poco se maravilla vuesa merced, señor Peralta —dijo el alférez—; que otros sucesos me quedan por decir que exceden a toda imaginación, pues van fuera de todos los términos de naturaleza: no quiera vuesa merced saber más, sino que son de suerte que doy por bien empleadas todas mis desgracias, por haber sido parte de haberme puesto en el hospital, donde vi lo que ahora diré, que es lo que ahora ni nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá persona en el mundo que lo crea.

Si la intrigante dama que llevó a Campuzano al hospital consiguió enamorarle enseñando solo lo que había que enseñar en un primer encuentro, podríamos decir que nuestro alférez ha aprendido la lección y sabe que para que Peralta, el licenciado que pacientemente ha oído su historia, quiera seguir escuchándolo ha de ir con cautela. Y la dosificación surte el efecto deseado.

Todos estos preámbulos y encarecimientos que el alférez hacía, antes de contar lo que había visto, encendían el deseo de Peralta de manera que, con no menores encarecimientos, le pidió que luego luego le dijese las maravillas que le quedaban por decir.

¿Cómo podría Cervantes, maestro de trucos, introducir mejor una historia que de entrada iba a sorprender?

¡Cuerpo de mí! —replicó el licenciado—. ¡Si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, o el de Isopo, cuando departía el gallo con la zorra y unos animales con otros!

No estamos ante una fábula en la que los animales han tomado momentáneamente algunas de las características humanas para darnos una lección. En El coloquio de los perros no hay lecciones, ni tan siquiera enseñanzas, solo la vida misma que discurre y se nos muestra con toda rudeza: bajos fondos, funcionarios corruptos, mujerzuelas, pastores que roban, titiriteros, brujas, pobres mujeres que han perdido la razón…

Alano espanol

Berganza es un perro alano, un buen perro que, tras haber sido traqueteado por la vida, parece haber encontrado acomodo a su inteligencia y nobleza.

—Ya vuesa merced habrá visto —dijo el alférez— dos perros que con dos lanternas andan de noche con los hermanos de la Capacha, alumbrándoles cuando piden limosna.

—También habrá visto o oído vuesa merced —dijo el alférez— lo que dellos se cuenta: que si acaso echan limosna de las ventanas y se cae en el suelo, ellos acuden luego a alumbrar y a buscar lo que se cae, y se paran delante de las ventanas donde saben que tienen costumbre de darles limosna; y, con ir allí con tanta mansedumbre que más parecen corderos que perros, en el hospital son unos leones, guardando la casa con grande cuidado y vigilancia.

A tan inteligentes animales solo les falta hablar ¡y hablan!

… y viene a ser mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional.

Dotados del habla, previsiblemente tan solo por una o por dos noches, Cipión anima a Berganza a contar sus vidas, «porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias que en procurar saber las ajenas vidas».

¿Qué movió a Cervantes a servirse del truco de dos perros que hablan para escribir una historia que tira más a la picaresca que a la fantasía? ¿No había tenido bastante con su Rinconete y Cortadillo. Todo parece indicar que más de un detalle se le quedó en ese patio de Monipodio para que vuelva a él.

Monumento a Cervantes (Madrid) 07

Finalmente, vine a entender con toda certeza que el dueño de la casa, a quien llamaban Monipodio, era encubridor de ladrones y pala de rufianes.

Ni tan siquiera cuando sirve a un titiritero le va bien a Berganza. Si un amo es malo, el siguiente es peor, si uno le mata de hambre, otro le da de palos. El uno le obliga a robar, el otro a mentir, y hasta como si de la noche de Halloween se tratara se ve envuelto en historias de brujas, ungüentos y malignos.

Muchas veces he querido preguntar a mi cabrón qué fin tendrá vuestro suceso, pero no me he atrevido, porque nunca a lo que le preguntamos responde a derechas, sino con razones torcidas y de muchos sentidos. Así que, a este nuestro amo y señor no hay que preguntarle nada, porque con una verdad mezcla mil mentiras; y, a lo que yo he colegido de sus respuestas, él no sabe nada de lo por venir ciertamente, sino por conjeturas. Con todo esto, nos trae tan engañadas a las que somos brujas, que, con hacernos mil burlas, no le podemos dejar. Vamos a verle muy lejos de aquí, a un gran campo, donde nos juntamos infinidad de gente, brujos y brujas, y allí nos da de comer desabridamente, y pasan otras cosas que en verdad y en Dios y en mi ánima que no me atrevo a contarlas, según son sucias y asquerosas, y no quiero ofender tus castas orejas.

Se entretiene Berganza en contar con todo detalle aquella noche que pasó en el cuarto de la vieja. Cervantes es fino observador, la vieja no llega a salir del cuarto, las brujas no existen, es todo producto de la fantasía y de los ungüentos… ¿Trataba de echarle un capote a alguien cercano?

Hay opinión que no vamos a estos convites sino con la fantasía, en la cual nos representa el demonio las imágenes de todas aquellas cosas que después contamos que nos han sucedido. Otros dicen que no, sino que verdaderamente vamos en cuerpo y en ánima; y entrambas opiniones tengo para mí que son verdaderas, puesto que nosotras no sabemos cuándo vamos de una o de otra manera, porque todo lo que nos pasa en la fantasía es tan intensamente que no hay diferenciarlo de cuando vamos real y verdaderamente. Algunas experiencias desto han hecho los señores inquisidores con algunas de nosotras que han tenido presas, y pienso que han hallado ser verdad lo que digo.

Berganza pasa una noche terrorífica, pero no se mueve de allí, pero no llega a realizar ningún viaje, ni él ni la vieja, pese a las unturas.

Una verdad te quiero confesar, Cipión amigo: que me dio gran temor verme encerrado en aquel estrecho aposento con aquella figura delante.

Por fin llega el tan esperado día. Se disuelven las tinieblas. El juicio de Cipión no deja lugar a dudas: todo son embelecos.

Las muchas vicisitudes por las que ha pasado Berganza darían para muchas noches, pero llega la luz del día, y al igual que Sherezada en  Las mil y una noches,  Berganza deb´´ia guardar silencio. En su ir y venir vital no se encontró el buen perro ni magos, ni duendes, ni príncipes, ni genios, ni salió de los límites del reino para realizar fantásticos viajes,  todo estaba ahí, al alcance de la mano, con tan solo abrir la ventana. Lo maravilloso fue que pudo contarlo, un supuesto alférez oírlo y recordar lo suficiente para ponerlo por escrito. Aceptado el artificio, los lectores, como Peralta, se sumergen de buen grado en la lectura.

Y, con esto, pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.

¿Otro truco el que no contemos con la historia de Cipión contada en otra noche?

Jakob Jordaens 003

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2 respuestas a El coloquio de los perros

  1. Esta novelita dentro de otro relato es una de las mejores lecciones de literatura de Cervantes, una joya que, además, es entretenida, crítica y contiene una ironía vital. No se puede pedir más, desde luego.

  2. Unos perros más humanos que los hombres. Unos hombres más perros que los perros. Como dijo el profe.
    Cómo me gusta Berganza cuando ironiza sobre los pastores finolis de la novela pastoril. Cervantes, autor de la Galatea, se ríe de si mismo.

    La fantasía es la fantasía, señores inquisidores. Sí, buena apreciación la tuya, tal vez esté echando un capote a alguien.

    Un placer leerte.

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