Rocío

Una noticia perdida en el periódico me la devuelve.

Cierro los ojos, y al abrirlos me la encuentro sentada en la terraza de un bar de una ciudad del sur. ¡Cómo han pasado los años por ella!, pero la reconocería con los ojos cerrados aun en el polo Norte.

Lleva media melena, mechas, como siempre muy morena y muy moderna en el vestir, aunque muy de campo, lleva botos, camisa ligera y un chaleco beige. Toma Campari —no recordaba que le gustaba— y durante nuestro encuentro se bebe por lo menos tres con bastante hielo.

—¡Cuántos años!

—Diría que treinta… No sé por qué de pronto te fuiste y me dejaste, y nos dejaste compuestos y sin boda al pie del altar…

—Perdona, sí, cambié de planes, otras tareas más urgentes, o algo que no me terminaba de encajar, ya no me acuerdo muy bien… Pero te casaste ¿verdad?

—¡Claro! El que tú no quisiera asistir a la boda y contarla no cambió nada.

—Ya supongo… ¿Y qué has hecho en todos estos años?

—Pues yo diría que trabajar y trabajar y trabajar… y alguna juerguecilla de las que te pide el cuerpo de vez en cuando.

—¿Siempre en la finca?

—Sí, la decisión estaba tomada desde el momento en que Requena me dijo que sí, que se venía conmigo… Y allí seguimos…

—Normal ¿no? A fin de cuentas te dejé recién licenciada en Agrónomos. Aunque con dificultades, pues nunca fuiste muy estudiosa, conseguí que terminaras la carrera.

No se ríe ante mi miajita de ironía y la veo a punto de revolverse contra mí, como ese personaje de Unamuno que… y decirme algo así como «pero ¿tú qué te has creído, tía, la única lista del mundo o qué?», pero si lo piensa se aguanta y me recuerda lo que yo debería saber sin tanto preguntar.

—Pues verás, yo creo que el infarto que sufrió mi padre fue determinante, el que lo vendiera todo, el que vendiera la ganadería, que despidiera a los obreros, que…  Y yo allí, con la carrera recién terminada, y mis hermanos mayores que no quieren saber nada, que lo que haga papá bien hecho está, y los pequeños aún menos… y me vengo un día a la finca, como atraída por algo, y se me cae el alma a los pies, y corro a buscar a Requena, y por el camino voy cavilando, y ya en Cazalla, donde Requena llevaba casi un año trabajando estaba decidido:  «Si te vienes a la finca, trabajaremos los dos allí», y la respuesta de Requena fue cogerme en volandas. Bueno, pero eso tú ya lo sabías, lo que pasa es que no te decidiste a contarlo. Lo que no sabes es que en estos años hemos intentado muchas cosas, pero no te voy a dar muchos detalles. Estuvimos a punto de criar cerdos, que es lo que abunda en la zona, pero cerdos si no te vas a dedicar tú también a cuidar los jamones, así que al final nos especializamos en forraje de invierno para el ganado. Es algo que se puede llevar casi sin personal, y Requena fue siempre un buen trabajador. No nos ha ido mal, hemos tenido para comer y para tomarnos una copa de vez en cuando.

—¿Tuvisteis hijos?

—No. Se fueron pasando los años y a mí no me dio por mirarme, así que cuando quise recordar tenía ya más de cuarenta y pocas ganas de meterme en operaciones. Requena nunca me presionó… Le pasó como a mí, que se acostumbró y le pareció normal que solo estuviéramos los dos, el uno para el otro.

—¿Y tus padres?

—Ya sabes, se instalaron cerca del mar, pero lo disfrutaron poco. Un año después de casarme mi padre recayó y ya no se recuperó.  Trajimos las cenizas a la finca, eso sí, y vinieron claro está todos mis hermanos y mis sobrinos y mi madre, y por unos días El Jaral estuvo lleno de gente… Luego mamá volvió al mar, mis hermanos a Madrid y Requena y yo seguimos aquí. Mi madre también murió enseguida, yo creo que no se acostumbró a la falta de mi padre. Ya ves ¡lo que te puede cambiar la vida! ¡Tan distinta de aquella vida en la que me conociste! Con la finca en ebullición,  los toros, la placita para las tientas, las fiestas… ¡Lo que pudo cambiar mi madre en poco más de cinco años!

—En aquellos años todo cambió, Rocío, incluso cambió España.

—Sí, pero a mí la política nunca me interesó.

—Pero a Requena…

—Sí, él lo tuvo muy claro desde el principio, yo le seguí de lejos, pero solo por apoyarlo.

—Hablame de tu vida con él, ¿cómo fue?

—Al principio muy loca. La tensión sexual, que dirían ahora los cursis, subió entre nosotros muy rápidamente. Solos en el cortijo… ya sabes, al mes dormíamos en la misma cama… pero eso forma parte de lo que pensaste contar y no contaste… Hacíamos el amor de la forma más apasionada sin importarnos hora ni lugar… Luego se fue todo calmando, normal…

—Supongo que conservas la mantilla, me costó encontrarla tanto como a Requena.

—¡Claro! Bien guardadita en papel de seda en el cajón alto de la cómoda. A veces la saco y la acaricio. Tú sabes mejor que nadie que aquella mantilla fue la que me convenció. Sí, sí, sin lugar a dudas, aquel gesto de Requena… «No te voy a decir que es la mantilla de mi madre, porque sabes de sobra que sería una trola. Se la he comprado a una señora de confianza, pero quiero que la aceptes como si de verdad fuera la de mi madre…» Y la acepté, claro, aquel día que habíamos ido a ver a mis padres, allí frente al mar, y eso que a mí nunca me atrajo el mar, que yo soy de tierra adentro… Y les dimos una alegría porque no eran bobos y sabían de sobra lo que había entre Requena y yo, y no es que les gustara que yo me hubiera liado con un gañán, por mucho que Requena fuera como de la familia, pero el que yo viviera sola con él allí en la finca y fuera pasto de las habladurías de todos los conocidos mucho menos. ¡Nos casamos allí en Málaga! Fue todo muy sencillo, pero muy hermoso, y tú sin contarlo.

—¿Y luego? ¿Y lo que no sé?

—Pues nos convertimos en gente bien, en gente de orden, en los propietarios trabajadores de una finca que en los momentos de asueto bajaban al pueblo y se tomaban una copa en el casino con los otros vecinos. Lo normal, gente respetable. Luego vino la política. Requena se había afiliado al PSOE y algunos años después fue alcalde durante dos mandatos, y yo fui la mujer del alcalde, aunque a mí la política… Y lo que tampoco sabes es que hará dos años que le dio un ictus y se está todavía recuperando. Fue duro tener que aprender de nuevo a hablar… Dejamos la finca y nos alquilamos un apartamentito en Sevilla porque fue mucho tiempo de rehabilitación, pero ahí está, hemos vuelto a casa, aunque los cultivos son casi testimoniales, hemos tenido que coger un obrero, porque yo sola… Yo ya voy siendo mayor también y siempre fui muy señorita, ya sabes que el lobo no cambia de mañas fácilmente —se ríe claramente de mí— y por mucho que el autor se empeñe, siempre seré la señorita del bikini rojo acostumbrada a lo bueno, aunque entre lo bueno también entrara Requena, al que he querido y quiero con toda mi alma, porque me ha hecho la mujer más feliz del mundo…

Algo pasa, un ruido seco nos interrumpe. Cierro los ojos instintivamente y cuando los abro veo la silueta de Rocío de espaldas ya calle abajo. No la llamo, ella volverá, quizá para que conozca mejor a ese Requena que tanto me atrajo en su momento hasta el punto de enamorarme tanto como a ella.

de este sueño nunka vamos a despertar. Te amo. Eya. 21-12-07

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Una respuesta a Rocío

  1. Lo que ha sido nuestra vida y lo que pudo ser. Encuentros que nos hacen pensar. Real como la vida misma que es un río que nos lleva.

    Un abrazo, Coro, un placer visitarte, como siempre.

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