Requena

Intento quedar con Requena varias veces, pero se me escurre, me pone una excusa tras otra, al final es otra vez Rocío la que acude a la cita, pero hoy hablaremos de Requena, hablaremos de él tal como lo ve Rocío, porque a fin de cuentas Requena sin Rocío hubiera sido algo bien distinto.

—Como te dije. para Requena el que papá hubiera liquidado un trabajo y hubiera tenido que buscarse un trabajo fuera fue incluso peor que para los demás. Requena siempre siempre dijo que El Jaral era su casa. ¡No era para menos! ¡Aquella infancia de penurias! Y luego cuando el Pintado, que era primo de su madre, lo rescató de aquella miseria y se lo trajo a la finca, siendo aún un chiquillo, para irle enseñando el oficio. ¡Y vaya si lo aprendió! En pocos años se convirtió en la mano derecha del Pintado. Por lo demás ya sabes que en aquel tiempo, cuando nos conociste, éramos todos como una gran familia y en mi padre veía Requena no solo al amo, al señor, sino también en cierta forma a ese padre que apenas conoció. Se consideraba afortunado al poder contar con los consejos de dos hombres cabales: su tío, el Pintado, y mi padre.

—¿Cuándo surgió el amor?

—Él dice que muy pronto, que se enamoró de mí apenas empecé a despuntar, cuando empecé a lucir palmito por el cortijo, cuando me bañaba en el río con aquel bikini rojo, cuando le gastaba bromas en las fiestas…, pero era la hija del amo, la señorita y por lo tanto inalcanzable. Los años que pasé en Madrid estudiando sirvieron para enfriarlo todo y si no hubiera sido por la enfermedad de papá… Bueno, que no puede decirse pero seguramente yo hubiese seguido mi camino y Requena el suyo.

Rocío sigue hablando, pero yo cierro los ojos y vuelvo no a los setenta, sino a hace apenas unos pocos años, cuando aparecen unos amigos que te invitan a ir con ellos a comprar un jamón y de pronto me doy cuenta de que estoy cerca, que no puedo dejar la ocasión de volver, volver a aquellos pueblos, y les indico a mis amigos que hace muchos años yo anduve por allí y que hay unas dehesas preciosas, y…

… y al volver la curva allí estaba el cortijo, su cortijo, blanco y tal como lo recordaba o mejor tal como lo imaginé, pero no me acordaba de algo tan significativo como el castillo ni de que el pantano realmente quedaba muy muy lejos de la finca, pero creí reconocer cada árbol y cada encina y la plaza del pueblo y el casino…

castillo

—A Requena siempre le fascinó el castillo, dice que la primera vez que lo vio, que le atrajo como si una fuerza tirara de él, y el Pintado le contó la historia de una mora a la que su padre encerró en una de las torres, y como sobrevivió comiendo bichos y bebiendo el agua que chorreaba por la pared. ¡Tonterías! —protestó—¡Nadie puede vivir así! —y el Pintado soltó una carcajada. Sí, de pequeños más de una vez subimos al castillo y jugábamos por la ladera con los chicos del pueblo, pero luego se nos fue pasando. Requena no, Requena tenía que trabajar, y la verdad era que cuando no estaba con el ganado o en el campo aprovechaba el tiempo para estudiar. No quería ser un ignorante, y ¿para qué engañarnos?, cuando llegó a ser alcalde le sirvieron de mucho todos aquellos estudios. No, nunca hizo el bachiller, pero se sacó el graduado escolar, y una vez le pillé con unos folletos para el ingreso en la universidad de los mayores de 25 años, pero Sevilla queda tan lejos que se le pasó. A mí Requena me gusta como hombre, la verdad es que siempre me atrajo su tez morena, su cuerpo bien formado, su pelo negro —estamos hablando de cuando éramos jóvenes, claro— ese flequillo que cuando se ponía rebelde le tapaba casi el ojo… Y bueno, sí, solos en el cortijo la tentación de llevármelo a la cama, de disfrutarlo fue enorme… ¡y no me resistí!

—¿No se opuso tu familia? ¿No dijeron nada de que vivieras sola con un hombre por muy de confianza que fuese!

—Fue todo tan rápido que yo creo que cuando se quisieron dar cuenta no les quedó otra que aceptar la situación, además, ¡qué!, en el fondo me agradecían, nos agradecían que hubiéramos vuelto al cortijo y de que aquel año hubiera cosecha y de que la casa hubiera recuperado algo, aunque fuera una miajita, de la vitalidad de otros tiempos. Mis padres lo sufrían en silencio, pero estaban lejos de las habladurías, y a mis hermanos… ¡bastante les importaba mientras no salpicara sus vidas! Además que también le tenían tanta o más ley que yo, que eso también hay que tenerlo en cuenta, que Requena se había criado con nosotros.

—Y cuando decidisteis casaros…

—Requena me confesó que pensó en boda desde el primer momento, pero no sabía ni como planteármelo ni como pedírmelo, que yo me veía tan sexualmente libre, tan independiente, tan disfrutando de nuestra relación y de estar allí que casi parecía un sacrilegio hablar de curas o de papeles, pero él, que es mucho más conservador que yo, no estaba a gusto, y no porque aspirase a ser señor, que no, que nuestra relación laboral y profesional estuvo muy clara desde el primer momento, sino porque me quería, me quería de verdad y desde hacía muchos años y quería compartir conmigo lo bueno y lo malo… Y ya sabes que nos casamos en una ceremonia íntima y yo lucí un traje de chaqueta rojo pasión y me puse la mantilla que con tanta ilusión me había regalado, y ahí está, envuelta, cuidadosamente envuelta, como te dije,  en el cajón alto de la cómoda, no he vuelto a ponérmela porque no ha habido ocasión.

Rocío se para, toma un traguito de Campari, se lo piensa, yo no me atrevo a tirar de los recuerdos, luego, tras otro buchito, sigue:

—Nos convertimos en una pareja normal, en un matrimonio normal con su negocio y sus rutinas, sus viajes ocasionales, alguna visita a Sevilla para comprar algo, algún viaje a alguna feria para ver maquinaria… No nos iba mal, ya te digo que no nos hemos hecho ricos pero no nos ha faltado ni de comer ni de vestir ni un duro para una copa.

—¿Y la política?

—¡Ay la política! A Requena parece que le estaban esperando la democracia y el PSOE  y las preocupaciones sociales. Fue como si de pronto se le pusieran delante de los ojos las injusticias vividas en la infancia, la miseria que recordaba, la pobreza que veía, un salario justo, el tener para comer… y así llegó a alcalde. La verdad es que en los ocho años que estuvo hizo muchísimas cosas, el tema de las peonadas siempre es espinoso, pero reformó las escuelas, hizo viviendas, un centro de acogida para los temporeros que llegaban por aquí, renovó el saneamiento, impulsó varias asociaciones y hasta creó una cooperativa para dar trabajo a mujeres, pero pidió demasiados créditos para hacer todo eso  y llegó un momento en que sus enemigos aprovecharon la coyuntura. No quiso presentarse otra vez y dejó paso a otros más jóvenes. Ha seguido en el partido, pero como socio de a pie, apoyando en campañas y tal…

—Hasta que le dio el ictus.

—Sí, hasta hace dos años. Ha envejecido mucho en este tiempo, yo lo veo viejo, ya no es aquel hombre jovial, impetuoso, atractivo, siempre con ganas de aprender… Ahora hasta lee menos… Se pasea, ve la tele, se queda mirando a la nada, me coge una mano, y ya.

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