Sabel

Lectura de Los Pazos de Ulloa en el club de lectura La Acequia dirigido por el profesor Pedro Ojeda.

grupo folklórico, mujeres de espalda

Más allá del potente personaje creado por Charo López en aquella versión para televisión de nuestros años 80, vuelvo al personaje de Sabel una y otra vez.

La primera imagen que se nos da de ella es la de «una mujer corpulenta» que alumbra con un candil. Apenas un instante después es «una moza» con la que se enfrenta el marqués, y cuando Primitivo tercia en la cuestión pasa a ser  «la muchacha» una y otra vez que debe poner la mesa, para pasar otra vez a ser «la moza» cuando ha de atender a los animales y cuando el rapazuelo acude a refugiarse en sus sayas.

¿Mujer?, ¿moza?, ¿muchacha? Poco avispados hemos de ser como lectores si no comprendiéramos que este personaje va a tener su importancia, y que su relación con el chiquillo, con Primitivo y con el marqués, va a dar su juego.

La escena sigue en un tono claramente masculino, Julián, el curita, se compadece de la criatura, pero los habituales de la casa le tratan como a uno más: el marqués le recuerda que debe ser valiente y le ofrece vino como consuelo, que a pesar de su corta edad el chiquillo se bebe de un trago. Hay en toda la escena un tono de cotidianeidad, de algo que pasa a menudo, ¿y nuestra mujer-moza-muchacha, qué hace mientras tanto? No tarda en sernos revelado junto a su nombre y su condición, aunque esta ya la sabemos de sobra:

—Sabel, que coma el chiquillo —ordenó imperiosamente el marqués, dirigiéndose a la criada.

Sabel, ¡qué nombre más bonito! Un nombre que sin duda hermosea a la criada ante nuestros ojos y le da un aspecto mucho más humano, sacándola de la cosificación con la que nos la han presentado.

Esta, silenciosa e inmóvil durante la anterior escena, sacó un repleto cuenco de caldo, y el niño fue a sentarse en el borde del lar, para engullirlo sosegadamente.

El niño desaparece en la penumbra de la escena y vuelven los hombres, los cazadores, a tomar todo el protagonismo que habían dejado por un instante fugaz. A medida que la sobremesa avanza el protagonismo de Sabel aumenta hasta llegar a perturbar al modoso cura. Sabel se nos muestra ya en su totalidad, en su hermosura con una detallada descripción física, apreciada por los ojos del cura que la esquiva. Paradojas de la vida, el que la rehuye es precisamente el que más sabe apreciar los detalles de su personalidad, carácter que aparece a través de esa visión naturalista, física, de la persona:

Sabel, por su parte, a medida que el banquete se prolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con familiaridad mayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que hacían bajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores. Lo cierto es que Julián bajaba la vista, no tanto por lo que oía, como por no ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le había desagradado de extraño modo, a pesar o quizás a causa de que Sabel era un buen pedazo de lozanísima carne. Sus ojos azules, húmedos y sumisos, su color animado, su pelo castaño que se rizaba en conchas paralelas y caía en dos trenzas hasta más abajo del talle, embellecían mucho a la muchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de su cara, lo tozudo y bajo de su frente, lo sensual de su respingada y abierta nariz. Por no mirar a Sabel, Julián se fijaba en el chiquillo.

Por si nos quedara alguna duda, no se tardará en aclararnos que el chiquillo es hijo de Sabel:

Parecíase a Sabel, y aún se le aventajaba en la claridad y alegría de sus ojos celestes, en lo abundante del pelo ensortijado, y especialmente en el correcto diseño de las facciones. Sus manitas, morenas y hoyosas, se tendían hacia el vino color de topacio.

Por el hijo a la madre, no hay duda, una madre a la que no parece importarle ni el abandono del hijo ni las perrerías que puedan hacer con él los amos de la casa. Sabel se ha retirado a la penumbra durante toda la escena de la borrachera, ha dejado hacer, sin atisbo de oposición, a los hombres y solo cuando el marqués empieza a oponerse a aquella aberración, ella, sumisa, vuelve al primer plano fugazmente:

Sabel se acercó, y ayudó también a la aspersión.

Al llevarlo a la cama, siempre siguiendo las órdenes del marqués, la maternidad de la mujer se nos confirma:

Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas se balanceaban inertes, a cada movimiento de su madre.

Su función no ha terminado, y enseguida reaparece en su condición de criada. La escena de Sabel llevando un velón y ascendiendo por las escaleras se nos antoja intencionadamente gótica, pero sin duda simbólica en ese alumbrar por segunda vez los pasos de los habitantes de los pazos.

reapareció Sabel armada de un velón de aceite, de tres mecheros, con el cual fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía al piso alto, y ascendía a la torre en rápido caracol.

Sabel sigue presente en la habitación de Julián, a pesar de haber abandonado esta y encontrarse el capellán solo. Escena de detalles, sin duda, la que se nos presenta para cerrar el segundo capítulo. La Virgen en estampa, a la que el sacerdote se acoge, y la ausente presencia de Sabel en toda la escena hasta que  vuelve a materializarse en el lugar de donde va a ser difícil sacarla.

Solo ya […] una estampa grabada […] que representaba a la Virgen del Carmen, y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel acababa de depositar el velón. […] Desnudóse honestamente, colocando la ropa en una silla a medida que se la quitaba, y apagó el velón antes de echarse. Entonces empezaron a danzar en su fantasía los sucesos todos de la jornada: […] se le figuraba Sabel provocativa.

grupo folklórico: mujeres de frente

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7 respuestas a Sabel

  1. Qué buena forma de enfocar la entrada del lector en la obra. En efecto, este personaje está muy cuidado y expresa bien lo que pretende la autora. Excelente. Disculpa que no pudiera incluir esta entrada ayer, pero estuve de viaje y la dejé programada. La incluyo en la próxima.

  2. Un aquelarre aldeano en la cocina de Sabel. Una pesadilla para el cura Julián. Nos la presentas con acierto. Un abrazo, Coro.

  3. Luz del Olmo dijo:

    Sabel, me ha parecido uno de los personajes más importantes de la historia que voy leyendo y en especial la relación que tiene con todos y cada uno de los personajes, con su hijo Perucho, su padre, el indeseable Primitivo, con el marqués don Pedro, que es de lo más interesante en cuanto a las relaciones hombre- mujer y también con Julián, el cura, con Nucha… y en la serie de TV1, es verdad que está interpretada muy bien por Charo López .

    Un abrazo

    Luz

  4. ¡Qué de detalles en la relectura! Están casi todas las claves de la novela ahí.

  5. Pingback: El punto de vista | Del diario de Andrea

  6. Muy Interesante tu análisis de Sabel, Coro entre aguas.
    Estoy tratando desde hace un rato de ponerte
    un comentario, pero parece que no lo logro.
    Besos y felices fiestas

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