El día que fui Melchor

Acababa de llegar a Madrid tras mi aventura europea que había durado casi diez años. Mi cuenta corriente no estaba muy abultada y realmente no tenía mucha idea de a qué iba a dedicarme, si me quedaría en Madrid, porque había decidido seguir estudiando, o si me decidiría finalmente por las oposiciones y dejarme llevar a donde el Ministerio quisiera. La idea de buscar en Madrid un trabajo distinto a todo lo hecho hasta entonces me atraía.

Raquel me había ofrecido alojamiento en su casa, un piso algo desvencijado en una casa sin ascensor del centro, pero yo entonces enía buenas piernas y no me importaba subir las escaleras una y otra vez andando, además me encantaba la compañía de Raquel siempre tan bohemia.

Aproveché los días de otoño para tomar el sol, visitar alguna exposición y hojear y hojear los periódicos viendo ofertas de trabajo. Los idiomas parecían estar solicitados y eché varios currículos, pero la Navidad se acercaba y yo seguía sin trabajo. Fue la propia Raquel la que me habló de la campaña de Navidad en Galerías Preciados. Entonces, como ahora, los grandes almacenes te contrataban hasta por horas para reforzar la plantilla. A los dos días estaba con una carpeta en la mano controlando la entrada y salida de mercancías en el almacén de la última sucursal abierta en la capital en un barrio periférico pero muy de moda gracias a un original centro comercial: la Vaguada la llamaban y todo aquel complejo había sido diseñado nada menos que por César Manrique, el lanzaroteño que esculpía la naturaleza.
Centro comercial La Vaguada, Madrid

Como le oí una vez a Gloria Fuertes «no era un trabajo difícil, solo monótono». Éramos varios para la misma o parecida tarea —hombrs y mujeres de distintas edades—, el ambiente no era malo. A los dos días de estar allí y cuando ya me iba haciendo con la rutina don Julián, el jefe, empezó a desaparecer de su pecera desde la que controlaba todo, sustituyéndolo en las faltas, Roberto, el administrativo más veterano.

—No desaparece ni está enfermo —me explicó una compañera— es que ya desde que estaba en el otro almacén le gusta hacer de Melchor y como ya son muchos años, a los jefes no les importa, alguien tiene que hacerlo y no creas, que luego se deja a terminar el trabajo hasta bien tarde.

Don Julián tendría unos sesenta años y era más bien regordete, el amplio traje de rey mago, las barbas y la peluca inmaculadamente blancas le daban un aspecto bonachón. y allí, en aquel templete preparado al efecto se pasaba las tardes sentando a los ilusionados niños en sus rodillas y  dejándose fotografiar.

Yo no guardo ninguna fotografía, pero seguramente apareceré en las de aquellos niños que pasaron aquella tarde por el dosel de los Magos. Era la víspera de Nochevieja, don Julián no había ido a trabajar, estaba enfermo. Llegó la hora de ocupar su puesto y empezar a recoger cartas y sonrisas y nadie había avisado a la jefa de Mercería que era la encargada de los Magos. La vi entrar nerviosa en nuestro almacén y dirigirse a la pecera, Roberto fue tras ella, los veía gesticular… y de pronto veo que se vuelve como buscando algo y yo debí aparecer en su campo visual porque Roberto me hizo una seña para que me acercara. No había discusión posible, las órdenes eran órdenes, yo debía ocupar el puesto de don Julián en el dosel de los Magos.

¿Por qué yo? Fue casual, Roberto protestó, pero las órdenes de arriba eran tajantes, no había tiempo de buscar un sustituto profesional, de llamar a un actor, de… Melchor debía salir del propio departamento del enfermo, como si aquel trabajo fuera uno más del trabajo de almacén. La jefa de Mercería parecía satisfecha.

Tampoco sirvieron mis protestas.

Ahora reconozco que fue divertido, verme transformada en un abrir y cerrar de ojos en un venerable anciano, algunas bandas de guata me engordaban y me proporcionaban un calor  exagerado, pero pronto me acostumbré, como me acostumbré a la barba, al terciopelo y al armiño de pacotilla.

—Imposta la voz, imposta la voz, cuando te dirijas a los niños —me ordenaba la mercera como si aquella puesta en escena fuera el trabajo más importante de su vida.

Alguna vez había hecho pequeñas representaciones con mis niños improvisando espadas, caballeros, dragones y princesas, ¡pero de rey Mago!
Reyes Magos en centro comercial

Ocupamos nuestro puesto, a nuestro lado unas buenas mozas, azafatas profesionales,  con leotardos de colores a juego con nuestras túnicas y chaquetillas bordadas en oro nos servían de ayudantes. Antes de que el cordón se abriera y el primer niño asustado y con una carta en la mano se acercara Gaspar me guiñó un ojo, más allá Baltasar se metía el dedo enguantado por entre el cuello para aflojárselo, el maquillaje le llegaba justo hasta el borde, la cara le brillaba. No conocía ni a pajes ni a Reyes, solo a la jefa de mercería que se movía en la trasera del dosel atenta a los últimos detalles.

El fotógrafo ocupó su puesto y el primer niño, de unos cuatro años con un abriguito azul, entró en el espacio reservado a SS. MM. Una azafata le condujo de la mano hasta mí. Lo subí a mis rodillas, según me había explicado la mercera, y le pregunté ahuecando la voz:

—¿Cómo te llamas?

—Nacho —me contestó una vocecita, y el flash del fotógrafo se disparó. Otros niños ocupaban ya las rodillas de mis compañeros.

Todos habían sido buenos y se comían la sopa, ayudaban a mamá en casa y cuidaban de los hermanitos, alguno me pidió un juguete para el más pequeños, todos dejaron su carta al paje, todos se llevaron los caramelos y la foto sonriente.

¡Qué no daría hoy yo por una de esas fotos!, pero no se me ocurrió pedirla.

Al día siguiente, Nochevieja, fue día de mucho trabajo en el almacén. Por la noche Raquel había organizado una fiesta en su casa y amanecía cuando salimos a la calle en busca de un chocolate con churros.

 

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4 respuestas a El día que fui Melchor

  1. Gelu dijo:

    Buenas noches,

    Como sabes, en internet a veces suceden cosas que hace unos años parecerían mágicas.
    Se me ocurre que digas exactamente el año, aunque podría deducirse de tu relato. ¿Quién sabe? Entonces, las fotos se pasaban a papel y mucha gente tendrá guardado en su álbum el recuerdo de ese día.

    Saludos

  2. Gloria Fuertes escribió un cuento de las tres reinas magas. ¿Por qué no va a haber una reina maga?

    Gracias por compartir tu historia, Coro.

    Un abrazo

    • Preciosa historia la de las tres magas que se vieron obligadas a sustituir a sus maridos que se habían ido a la guerra. Ellas tenían ilusión y sabían cómo fabricar un camello con sillas:

      Cómo se hace un camello
      Con 2 sillas de 4 patas
      y 6 cojines de 4 colores
      puedes hacer el camello de tus amores.
      Se atan las patas de una silla,
      con las patas de la otra,
      encima de todo ello
      se pone una manta rota.
      Y ya está hecho el camello
      que se llama Rostrobello.
      ¡Ah! y ponedlo en condiciones
      para evitar los chichones.

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