La vida en Santiago

Comentario a Los Pazos de Ulloa para La Acequia.

Reconozco que me despista una y otra vez que doña Emilia llame a Santiago de Compostela el pueblo. ¿Un pueblo Santiago? ¿Una ciudad que según sus sucesivos alcaldes es la ciudad más internacional y cosmopolita del mundo?

fachada de la Catedral

Comparándola con la de Los  Pazos la vida en Santiago puede parecernos algo más civilizada, sin tanta caza y sin tanta comilona codo a codo con los perros en la mesa de la cocina, pero ¿es que no trabajan los campesinos siervos del marqués? ¿Es que no cuidan vacas, cerdos, gallinas…? Sí, sabemos que Perucho hurta los huevos del nidal para venderlos en la vecindad, pero ¿nadie hace ninguna labor productiva? ¿De qué viven? ¿Solo de los cerdos y animales domésticos que con toda probabilidad cría también Sabel? Bien, centrémonos en la vida en ese otro pueblo, antagónico de la vida rural en Los Pazos.

Cuando Pedro Moscoso llega a casa de sus primas —no sabemos si ha madrugado, pero intuimos que no mucho a pesar de «la hora temprana»—, las señoritas no han tenido tiempo aún de arreglarse :

las señoritas de la Lage, suponiendo que a horas tan tempranas no vendría nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo a abrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.

Al padre de las señoritas, aunque doña Emilia no nos da detalles, nos lo imaginamos ya vestido, o al menos en batín, hojeando en su gabinete alguno de los periódicos, o quizás no, quizá ni tan siquiera eso, porque el señor de la Lage

se consumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que nada produce, nada enseña, ni nada aprende, de nada sirve y nada hace.

¡Más claro agua! Por no hacer, ¡los de la Lage ni tan siquiera cazaban!

Los hombres se sientan a platicar, el padre para su chaleco empieza a cavilar cómo casar a las niñas y

cada niña se escurrió bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamiento al forastero y platos selectos para la mesa.

Y así, sin hacer gran cosa, se pasa la mañana.

La hora de la comida, con sus juegos que la prolongan en una continua fiesta es la hora de conocerse mejor, el galán cazador y las damas convertidas en perdices blancas, se  contemplan y hacen cábalas: el ojeo ha comenzado.

Tras la comida llega la hora de profundizar más en la familia, en las propias hembras a través de un objeto por entonces tan extraordinario como la fotografía, que doña Emilia describe con trazo maestro:

Pasaron al salón después de la comida, para la cual las muchachas se habían emperejilado. Enseñaron a don Pedro infinidad de quisicosas: estereóscopos, álbumes de fotografías, que eran entonces objetos muy elegantes y nada comunes. Rita y Manolita obligaban al primo a fijarse en los retratos que las representaban apoyadas en una silla o en una columna, actitud clásica que por aquel tiempo imponían los fotógrafos.

galería de cristale

Y tras el saloncito y los objetos pequeños pasan al continente, a enseñarle la casa al primo, y un pequeño detalle se nos desliza:

Cuando Carmen, la tristona, vio a sus hermanas entretenidas, se escabulló del salón, donde ya no apareció más. Agotado todo lo que en el salón había que enseñar al primo, le mostraron la casa desde el desván hasta la leñera: un caserón antiguo, espacioso y destartalado, como aún quedan muchos en la monumental Compostela, digno hermano urbano de los rurales Pazos de Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galería de nuevo cuño, ideada por don Manuel Pardo de la Lage, que tenía el costoso vicio de hacer obras. Semejante solecismo arquitectónico era el quitapesares de las señoritas de Pardo; allí se las encontraba siempre, posadas como pájaros en rama favorita, allí hacían labor, allí tenían un breve jardín, contenido en macetas y cajones, allí colgaban jaulas de canarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los buenos oficios de la galería dichosa. Lo cierto es que en ella encontraron a Carmen, asomada y mirando a la calle, tan absorta que no sintió llegar a sus hermanas.

A pesar de los modernos objetos que pudieron encontrar en el salón, la casa en la ciudad se antoja también destartalada, pero los gustos del padre han dado un respiro a las hijas, porque sabemos que en la galería pasan las horas entretenidas en mil labores, y mirando la calle, la calle que probablemente solo podrán pisar si van convenientemente acompañadas de algún varón u hombre de respeto de la familia:

Desde aquí se ven las mejores calles… Ése es el Preguntoiro; por ahí pasa mucha gente… Aquella torre es la de la Catedral… ¿Y tú no has ido a la Catedral todavía? ¿Pero de veras no le has rezado un Credo al Santo Apóstol, judío? -exclamaba la chica vertiendo provocativa luz de sus pupilas radiantes-. Vaya, vaya… Tengo yo que llevarte allí, para que conozcas al Santo y lo abraces muy apretadito… ¿Tampoco has visto aún el Casino?, ¿la Alameda?, ¿la Universidad? ¡Señor! ¡Si no has visto nada!

Todo eso y el paseo donde «hay chicas muy guapas» constituye la vida acomodada de las gentes de Santiago. Me resulta curiosa la visión que de la ciudad nos da doña Emilia a través de la impresión que produce en Pedro Moscoso, los calificativos que desliza en su soliloquio:
paseo cubierto con moderna estructura metálica

Pareciéronle, y con razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso, húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño el circuito de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempre sus sitios públicos; y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puede enamorar a un espíritu culto, los grandes recuerdos, la eterna vida del arte conservada en monumentos y ruinas, de eso entendía don Pedro lo mismo que de griego o latín. ¡Piedras mohosas! Ya le bastaban las de los Pazos. Nótese cómo un hidalgo campesino de muy rancio criterio se hallaba al nivel de los demócratas más vandálicos y demoledores.

¿A qué demócratas vandálicos y demoledores se refería doña Emilia? ¿Acaso una corriente de apertura urbanística amenazaba entonces hasta las mismísimas piedras de la catedral y pugnaba por abrir grandes avenidas en medio de toda aquella anticualla?

discurría y fantaseaba a su modo lo que debe ser una ciudad moderna: calles anchas, mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y flamante, gran policía, ¿qué menos puede ofrecer la civilización a sus esclavos?

Volvamos al paseo, a la Alameda, donde las compostelanas, como ya hemos dicho, convenientemente escoltadas por los varones de la familia se exhiben y hacen guiños al amor:

tunos

La tuna de Derecho

Cuando la tuna te dé serenata, no te enamores, compostelana…

Los amores de Manolita, la segunda, con un estudiante de derecho «planchado y tieso» son aceptados por la familia, porque procede de recio solar montañés y es pretendiente de posibles.

Sin embargo, no parece agradar a la familia otro moscón que ronda el paseo y ante cuya presencia observa el fino olfato del primo cazador que se le alegran los ojillos a Carmen. Tendremos que recurrir a las confidencias secretas de Julián para enterarnos del porqué del desagrado familiar:

¿Cómo revelar la manía de la señorita Carmen, empeñada en casarse contra viento y marea de su padre, con un estudiantillo de medicina, un nadie, hijo de un herrador de pueblo (¡oh baldón para la preclara estirpe de los Pardos!), un loco de atar que la comprometía siguiéndola por todas partes a modo de perrito faldero, y de quien además se aseguraba que era un materialista, metido en sociedades secretas?

Estos amores de las hermanas me traen el recuerdo de La Casa de la Troya. ¡Cuán diferente se ve Santiago de una a otra novela!

Santiago Galiza nov 2008 08

Por su parte, además de los paseos, la vida de Pedro Moscoso en Santiago no se distinguía de la de cualquier otro santiagués ocioso, mañana y tarde acudía al Casino donde le ponían al día de los dimes y diretes de la comunidad:

Lucía el Casino entre su maltratado mueblaje un caduco sofá de gutapercha, gala del gabinete de lectura: sofá que pudiera llamarse tribuna de los maldicientes, pues allí se reunían tres de las más afiladas tijeras que han cortado sayos en el mundo, triunvirato digno de más detenido bosquejo y en el cual descollaba un personaje eminentísimo, maestro en la ciencia del mal saber. Así como los eruditos se precian de no ignorar la más mínima particularidad concerniente a remotas épocas históricas, este sujeto se jactaba de poder decir, sin errar punto ni coma, lo que disfrutaban de renta, lo que comían, lo que hablaban y hasta lo que pensaban las veinte o treinta familias de viso que encerraba el recinto de Santiago. Hombre era para pronunciar con suma formalidad y gran reposo:

—Ayer, en casa de la Lage, se han puesto en la mesa dos principios: croquetas y carne estofada. La ensalada fue de coliflor, y a los postres se sirvió carne de membrillo de las monjas.

La cocina, una vez más, presente en la novela. La condesa no quiso sustraerse, al igual que otros conocidos escritores de su épcoa, a la creatividad de los fogones. No será la única vez que se hable de lo que comen señores, sirvientes y campesinos en fiestas, recordemos los muchos platos que hartaron a Julián en la romería.

¿Quién dispone lo que hay que comer en casa de los Lage? ¿Rita, la mayor? ¿Nucha, la que parece más dada a las labores de casa? ¿Misia Rosario, la impagable y leal ama de llaves?

No será los buenos platos, excelentemente servidos, los que hagan decidirse a Pedro Moscoso por una de las hermanas. Será un juego aparentemente inocente, un juego de disfraces llevado a cabo en los oscuros vericuetos del desván el que decida a Pedro Moscoso por la más inocente.

Descabezaba una tarde la siesta el marqués, cuando llamaron a la puerta con grandes palmadas. Abrió: era Rita, en chambra, con un pañuelo de seda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta. Blandía en la diestra un plumero enorme, y parecía una guapísima criada de servir, semejanza que lejos de repeler al marqués, le hizo hervir la sangre con mayor ímpetu. Sofocada y risueña la muchacha echaba lumbres por ojos, boca y mejillas.

[…]

—Dicen las chicas que vengas…

La suerte está echada. No tardarán en hacerse las bodas, y el tiempo que tardaron en comerse las migajas del pan de la boda pasó deprisa, y don Pedro celebró con Julián una conferencia para ir preparando la vuelta a Los Pazos. Una vida completamente diferente y llena de sobresaltos esperaría allí a Nucha.

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5 respuestas a La vida en Santiago

  1. Luz del Olmo dijo:

    Esto de llamar “pueblo” a Santiago de Compostela, también me llamó la atención y qué manera tan distinta de describirnos los lugares y personas que lo habitan. Supongo que en aquella época, también existirían personajes buenos y sencillos en los pazos y malvados en “los pueblos” o ciudades.

    Un abrazo y Feliz año
    Luz

  2. Sí, es extraño llamar pueblo a Santiago, tal vez frente a la aldea. En el pueblo, el pseudonarqués no es nadie, es un pez fuera del agua, aunque guarda las formas y bromea con sus primitas. La pobre Nucha será la elegida, maldito parné…buena la hizo la madrina.

    Foro de casa, foro de casa, será el grito entusiasta del marqués cuando vuelve al pazo. Liebre que vea, es mía. Montaraz señorito. Educado por un tío montaraz. Podría haber ido a la Universidad, pero se quedó de señor feudal inculto y cazador. Lo que les espera a Nucha y a Julián.

    Un abrazo, Coro. Feliz Año Nuevo.

  3. Gelu dijo:

    Buenas noches, coroentreaguas:

    La afición del padre de Nucha por la construcción, y su miradero, al modo de las galerías de la capital, La Coruña.
    Los Pazos eran el pequeño mundo de Pedro Moscoso. Santiago sería el pueblo, al que llevaba años sin ir.
    Se me ocurren unas preguntas, que tal vez “se plantearía” la autora: ¿Y si hubiera escogido a Rita, entonces Sabel…? ¿Y si Nucha hubiera tenido un niño?
    ¡Feliz Año 2016!

    Un abrazo.

    • Hay un interrogante en la novela sobre Rita que no termina de desvelarse, pero que flota. ¿Cuál es esa tacha que al parecer hace de Rita no totalmente recomendable para mujer casada? ¿Algún novio anterior? ¿Que es demasiado directa? Yo creo que doña Emilia no se planteó a quién elegiría, sino que una vez presentados los perfiles de Pedro Moscoso y de Julián, está claro desde un principio quién iba a ser la elegida, porque Julián ya la había elegido.

      El tirarse del moño entre Sabel y Rita lo dejamos para los sainetes.

      Para mí también está claro que Nucha iba a tener una niña, y si me apuras hasta la segunda parte, la atracción entre los dos Moscosos se ve venir y está implicíto en el título de la novela: La madre Naturaleza. Todo muy del siglo XIX.

      Es verdad que a veces los personajes toman vida, nos pueden y hasta se nos rebelan, pero por lo general somos los escritores los que movemos los hilos y desde el principio.

  4. Emilia Pardo Bazán no deja de zaherir la concepción de vida provinciana: parada y sin el impulso necesario para reformar España. Cuando ella escribe ya está claro que la burguesía -o las clases medias, en las que debería incluirse también a la aristocracia empobrecida o a la rentista- ha fracasado en su tarea de regenerar España. De ahí esta sensación de pueblo que pone encima de la mesa desde la primera alusión.
    En cuanto a los demócratas, hace referencia al Partido Demócrata, es decir, el ala extrema del progresismo, con definición republicana.
    Buen análisis de esta parte central que hace girar toda la novela.

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