La Nochevieja de los 65

La disyuntiva entre pasar la noche sola u organizar una fiestecita para celebrar mis 65 con los más íntimos me la resolvió Nunci de un telefonazo.

—Vente, que tengo ganas de verte. Eduardo estará de guardia y Edu y Valen vendrán a cenar con la niña. Vente, lo pasaremos bien y nos pondremos al día.

Y si una hermana te dice ven, tú vas sin más preguntas. Así que me saqué un billete en autobús para Zamora —sí, hay AVE, pero yo sigo mirando la pela—  dispuesta a pasar la Nochevieja con mi hermana, los sobrinos y la pequeña Lucía, una muñeca de poco más de un año.

Zamora, la vieja Zamora a la que nos trasladamos toda la familia a principios de los sesenta y donde pasé mi adolescencia me recibía de nuevo.

1-zamoraendiciembre

Nunci vive en la parte nueva, en un amplio piso con una terraza que en primavera se llena de macetas, pero que en invierno aparece toda cubierta con unos plásticos, por lo de las heladas, aunque este año…

—No he podido poner este año el nacimiento, porque es que la niña me lo mueve todo. ¡No veas cómo está!

Le pido a Nunci que me acompañe a buscar una tarta y algo de champán —la palabra cava no termina de entrar en mi vocabulario por más años que pasen—. Pagaré yo el postre, y si mi hermana se deja también la cena porque para algo es mi cumpleaños y ¡un día es un día!

Antes de echarnos a la calle, Eduardo se despide porque cuando volvamos él ya no estará, le espera una larga guardia que probablemente no será tranquila. He encontrado a mi cuñado bastante más viejo, aunque no menos interesante. No le comento nada  a Nunci sobre el particular, tengo la extraña sensación de que la llamada de Nunci no ha sido casual, aunque a lo mejor son figuraciones mías.

Eduardo nos besa a las dos y se marcha deseándonos una buena noche, y nosotras a él poco trabajo y una guardia tranquila.

Edu, Valen y Lucía llegan pasadas las seis. Apenas hemos tenido tiempo Nunci y yo de cruzar algunas palabras, de preguntarnos por la salud, cómo nos va, ya sabes, todo bien, a ver si me jubilo de una vez… La llegada de la pequeña lo revoluciona todo. La mesa del centro está en un rincón y la niña extiende sus juguetes en la alfombra del salón de la abuela, se levanta, culea, vuelve a sentarse de golpe entre risas… Edu ha ido a la cocina a ayudar a su madre, Valen se queda conmigo en el salón vigilando a la niña. Nos miramos, pero no decimos mucho porque entre nosotras hay poca confianza. ¿Cuántas veces nos hemos visto? Serán contadas, el día de su boda y poco más.

Edu empieza a extender el mantel esquivando a su pequeña. Yo intento relevarlo en la tarea:

—Ya lo hago yo.

—Deja, deja, eres la invitada. ¡Sesenta y cinco años ya! ¿Qué se siente al ser la hermana mayor y estar pronta a jubilarte!

—Siempre he sido la hermana mayor —bromeo— y todavía tengo que cotizar algunas semanas más para poder jubilarme con el cien por cien.

Edu es joven, tiene su propio negocio con otros socios, una asesoría fiscal, laboral, legal… Un poco de todo. No les va mal a pesar de la crisis. Eso sí, trabajan mucho. Valen dejó de trabajar cuando nació la niña, daba clases de inglés en una academia, ahora prepara unas oposiciones. Son un matrimonio moderno y suelen compartir tareas y responsabilidades. Viven en un pisito alquilado no lejos de Nunci, en Zamora todo está cerca.

Nunci ha preparado una cena sencilla, lo suyo nunca fue la cocina y lo mío tampoco. Nos comemos la tarta, soplo las velas y brindamos por mi pronta jubilación. Les doy a todos un beso y un abrazo. Lucía, que está despierta en brazos de su padre palmotea.

Se acercan las uvas, Edu se empeña en ver cómo va este año vestida la Pedroche y Valen le recrimina su «machismo».  Edu se defiende, Nunci la mira como si fuera su hija: «Está helada, se va a coger una pulmonía». Yo me atrevo a decir que me gusta el vestido, pero que sí, que da frío solo verla.

Baja la bola y suenan los cuartos, nos atragantamos con las uvas, levantamos las copas y

¡2016!

Suena el teléfono. Es Eduardo desde el hospital para felicitarnos el año. La guardia está yendo sin excesivos sobresaltos. Le deseamos que siga así y Lucía palmotea y le lanza besitos al abuelo, es decir al teléfono. Valen cambia de canal en la televisión y pone #Cachitos. Edu tira de mí:

—A bailar, tía, que esto es de tus tiempos.

Lucía palmotea y empieza a bostezar casi a un tiempo. Se inclina en el hombro de la madre.

Suena el sonido del Whatsapp en el móvil de Nunci.

—Es Miguel, que nos desea feliz año a todos.

Y sin pensárselo mucho se lanza Nunci a mandar mensajes a todo el mundo: a los hermanos que están lejos, a los amigos…

Edu, Valen y la niña, se van enseguida. Tienen el coche en el garaje y los acompañamos, Nunci y yo subimos de nuevo al piso y seguimos viendo Cachitos. ¿Te acuerdas de…?

En realidad yo me acuerdo de poco porque Cachitos me queda un poco a trasmano, un poco mayor… Curioso programa que entusiasma a los jóvenes como Edu y Valen. Se oyen fuegos artificiales a lo lejos y llegan resplandores apagados hasta la terraza. Nos asomamos, pero hace frío…

Nos vamos a la cama pronto también, pero nos prometemos empezar el año dando un paseo por el Duero. Cogeremos el coche, iremos al otro lado y veremos la ciudad desde allí, desde aquel merendero a donde solía llevarnos papá las tardes de los domingos en primavera…

Cuando volvemos Eduardo ya está en casa. Se ha acostado pero hay una nota en la nevera: «Llamadme para comer. La tarta está muy buena».

Comemos los tres casi en silencio, con el ruido de la tele de fondo. Eduardo se echa en el sofá. Nunci y yo nos vamos a la cocina, y luego nos encerramos en la salita a jugar una brisca. Salimos a dar una vuelta ya de noche, hace frío, pero nos arrebujamos y nos cogemos del brazo.

—¿Te va bien, Nunci? —pregunto con miedo.

—¡Muy bien! ¿Has visto lo preciosa que está la niña? Estamos chochitos con ella.

—¿Y a Eduardo?

—Eduardo cuenta los días para la jubilación, pero todavía le queda, todavía le queda.

—¿Seguirá con la consulta particular?

—Supongo que sí. Ese es otro rollo.

Hablo con mi cuñado el sábado por la mañana mientras desayunamos en al cocina. Nunci ha ido a hacer unas compras.

—¿Está bien Nunci? —le pregunto con miedo—. No sé por qué me da la impresión de que esta invitación no ha sido casual, que quería contarme algo, pero nada me ha contado. Todo ha sido tan trivial, y eso que ayer por la mañana fuimos hasta el merendero.

Eduardo no da importancia a la pregunta.

—Sí, está bien, muy bien. Encantada con la nieta. ¿Por qué iba a estar mal, mujer? —Hace una pausa y entonces se fija en mí—. ¿Y tú? Oí que no te iban bien las cosas… Si necesitas algo…

—Bien, bien, me las apaño bien. Las mujeres solas necesitamos muy poco. ¿Seguro que a Nunci no le pasa nada?

Eduardo hace un gesto de no saber y retira la taza del desayuno a la fregadera, la enjuaga y la pone en el lavaplatos. Luego vuelve a sentarse enfrente de mí.

—Entonces ¿cuándo te jubilas?

He vuelto a Madrid, ha sido una visita extraña, una visita en la que realmente no ha pasado nada, salvo que vuelvo con un año más y el recuerdo agradable de un baile de Nochevieja con mi sobrino. Estoy segura de que la sonrisa de Lucía me acompañará durante largo tiempo.

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Una respuesta a La Nochevieja de los 65

  1. ¡Feliz Año Nuevo y feliz jubilación cuando completes la semanas de cotización!
    Yo tampoco proceso la palabra cava, el cava es algo de gente vestida de largo. Y, en mi casa, no nos ponemos de tiros largos, somos cuatro gatos y todos de casa casa.
    Veo que ahora es posible ganar Zamora en una hora, el AVE a Zamora, cielos.
    Un abrazo, Coro, una buena crónica.

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