El mantel blanco

En mi casa mi madre guardaba el mantel blanco, bordado primorosamente por ella, en uno de los cajones del aparador. Lo sacaba solo en las ocasiones, Nochebuena y poco más. Luego, tras varios lavados concienzudos y alguna mano de lejía y añil, volvía a dormir su sueño eterno en el cajón. En Zamora, recuerdo, que alguna vez lo llevó a solear, aprovechando alguna excursión al campo.

El resto de los días del año, salvo algún domingo, festivo o cumpleaños, en que echábamos mano de un sencillo mantel de cuadros, comíamos sobre un hule, un hule que se limpiaba con jabón y bayeta tras cada comida, y que servía de base para nuestros deberes, luego volvía a limpiarse y despejarse para la cena. El desayuno lo hacíamos directamente sobre el mármol de la cocina.

Veo en la televisión cómo en una serie que reproduce la vida de una familia trabajadora de los años sesenta siempre desayunan con mantel blanco y vajilla de porcelana inglesa, nada de loza desportillada o tazas de porcelana blanca con asa, y recuerdo aquella lectura de aquel libro para niños ambientado en el Madrid de la guerra, cuando los niños, también de clase humilde, llegaban a su casa casi en ruinas, pero la madre los recibía con la comida caliente y un inmaculado mantel blanco sobre la mesa de la cocina…

¿Qué frustraciones no arrastraremos los escritores con esas nuestras fantasías pobladas de impecables manteles blancos?

Herrenhaustag MI Juni 2009 205

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2 respuestas a El mantel blanco

  1. Me parece que te has fijado en la misma serie que yo. Desayunan en mantel blanco, con tazas impecables con florecitas. Yo desayunaba sobre el hule que se limpiaba con la bayeta húmeda y las tazas eran las de batalla, las de florecitas eran para el chocolate de los cumpleaños. El mantel de tela era para la comida y no era blanco, era más sufridito. Mi madre no tenía tiempo para manteles blancos impolutos. Esos años sesenta no deben ser los mismos que vivimos tú y yo. El guionista es demasiado joven o demasiado pijo.

    Volvamos a la serie de marras. Las hijas de las asistentas no iban a la Universidad, ni se les había pasado por la cabeza. Y no daban becas para estudiar en París. ¡Ni soñarlo! Así todo.

    Un abrazo, Coro.

  2. ¡Equilicuá!, pero más que esa serie con todos sus anacronismos, me sorprendió más lo del mantel blanco en plena guerra y penuria madrileñas.

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