Silvia y Lola

No conozco personalmente a Silvia, pero Lola me la describe como una muñequita de porcelana de largas piernas y pelo negro, liso japonés, con bastante cerebro y dotes de mando, pero terriblemente banal.

—Solo tiene un tema: ella. Ella y ella, ella y sus libros, ella y sus programas de televisión. Ella, y como mucho su marido, cuando les interesa hacer ver que son una pareja moderna que comparten todo, incluido el cuidado de los hijos. ¡Ay los hijos! Parece que ella es la única mujer trabajadora con hijos del mundo: «Perdona, pero creo que lo voy a dejar, porque tengo tres hijos y voy a dedicarles más tiempo», pero en realidad no deja nada, ni las entrevistas, ni los programas de televisión, ni las conferencias (sobre todo las bien pagadas), y por supuesto tampoco la asociación, de la que sigue siendo vicepresidenta, para desesperación de todas nosotras.

silvia

Para no dar nombres debería haber escrito la Asociación, así que lo haré, la Asociación, a la que siempre se refiere Lola como si no hubiera otra, y de la que ella es secretaria con funciones de tesorera desde que se fundó, allá en los noventa, una asociación comprometida con los feminismos y los derechos de las mujeres en distintos ámbitos profesionales.

—La igualdad de salarios es una entelequia. Las mujeres ocupamos siempre los puestos más bajos de la escala, los peor pagados, los que nadie quiere.

Lola me ha citado para tomarnos un café juntas y hablarme una vez más de la Asociación, de que debería colaborar con ella, «ahora que ya puedes pagarte la cuota».

El que no podía pagarme la cuota fue la excusa que le puse, aunque en realidad lo único que me interesaba profesionalmente hace un par de años era ver la manera de llegar felizmente a la jubilación, y que la pensión no se me viera mermada por contratiempos de última hora, pero Lola, luchadora sin posible desaliento, sigue peleando por los salarios dignos, por la igualdad de oportunidades… y la tal Silvia, a la que no conozco, debe ser la bestia negra, ahora desde dentro, que se lo impide.

—El otro día hicimos una propuesta, una propuesta de salir a la calle, de invadir todos los medios, y casi que todos nuestros ojos se dirigieron hacia Silvia por su posición, pero ella, conectada por videoconferencia se zafó, se escurrió como un pez sin comprometerse. «¿Sabes que más de una de nosotras está en paro? ¿Sabes que con cincuenta y tantos nadie confía en ti?». «Es el momento ideal para el emprendimiento, para ponerle imaginación y aprovechar la experiencia», se limitó a decir repitiendo como un lorito alguna frase de sus lecciones y libros, tan vacíos de contenido, porque con estas cosas te das cuenta de que es todo fachada, que nos dejó un poco chafadas.

—Pues ¡vaya! —me limitó a decir porque en realidad no sé qué decir. He conocido a algunas de esas mujeres, sí, pero tampoco me han preocupado en demasía, porque mi vida ha sido siempre tan al margen.

Lola sigue desahogándose, y a esas alturas del té, con apenas un sorbo en el fondo de la taza, empiezo a darme cuenta de que Lola me ha citado para que le sirva de hombro, para que le sirva de hombro y porque no conozco ni de lejos a la tal Silvia, que se me presenta como una figura desdibujada. Quizá con otras personas no pueda explayarse a modo.

—Ella se ve ahora joven, pudiendo con todo, pero ya verás como le vengan mal dadas dentro de un par de años, cuando los amigos le vuelvan la espalda, cuando ya no sea una de las mujeres más influyentes, ni la llamen para impartir conferencias, ni tenga detrás una corte de aduladores. Porque esa es otra, muy feminista, pero le encanta que los hombres, los varoncitos la adulen, que digan de ella que es una chica atractiva tanto como inteligente… Tuvimos una buena, pero optó por ignorarme… ¡Se cree superior a todos! Son nuevas muñecas de porcelana, nuevas maniquíes con un poco de cerebro que malutilizan, pero en el fondo un tremendo egoísmo. ¿Sabes que ya no contesta mis correos? ¿Sabes que me ha desamigado en Facebook? ¿Sabes que…?

Y la Lola feminista, sindicalista de décadas, luchadora por los derechos de todos, pero sobre todo de todas, apura el té y dice:

—Ahora me tomaría un chinchón, como hacía mi abuela en los momentos más comprometidos.

—Pues pídetelo, mujer. Yo me pido otro y brindamos.

—Brindar ¿por qué?, ¿por quién?

Me encojo de hombros, y al final sugiero:

—¿Por esa asociación tuya? ¿Por que algún día las mujeres ocupemos nuestro lugar en el mundo? ¿Por el movimiento feminista?

—Por Silvia Lindo, porque siga estando entre las top ten, y porque llegue pronto a los cincuenta y entonces vea que ya nada es igual, y que el tiempo también ha pasado para ella.

Nota: Silvia y Lola son personajes ficticios basados en personas reales. La foto silueteada de Silvia es real, corresponde a la de una ponente en una de tantas ponencias… La tenía en mi archivo y solo he tenido que desfigurarla. Es curioso porque al subirla a Google, la búsqueda de imágenes similares me ofrece una galería de mujeres modernas, una buena imagen de Silvia Lindo.

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2 respuestas a Silvia y Lola

  1. Creo que a veces es mejor apartarse de personas-vampiros
    que te chupan la energía hasta dejarte en los huesos. Y esto
    por una cuestión de autopreservación y salud.

    Un abrazo, Coro

  2. Yo me mí conmigo. Así son las Silvias. Me gustaría verlas creciendo en la cola del paro, con el alisado vuelto en escarola.
    Besos Coro.

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