De la mano de Ada

I feel no doubt if I continue my studies I shall in due time be a Poet.
Ada Lovelace as a child

Era mi primera experiencia en un museo virtual. Miento, antes había estado en el Louvre, pero ese no cuenta, porque ese existe de verdad y mis ojos habían paseado por sus telas, ¿los mismos ojos que cruzaban ahora el umbral del Museo Virtual de la Computación? Un pasillo con varias puertas a los lados se abría ante ellos. Sobre sus dinteles, los de las puertas, unos escuetos rótulos invitaban a enlazar con los secretos que guardaban celosamente. Y nada más abrir una de ellas, casi al azar, pude oír el frufrú de la seda de su vestido, un retrato de Ada Byron presidía la sala. Al igual que en algunos cuadros clásicos seguía con sus ojos al paseante y con un guiño de complicidad le invitaba a proseguir la aventura traspasando el retrato…El siglo XVIII acababa de dejar paso al XIX, pero las épocas no entienden de calendarios exactos y en los salones londinenses se seguía profesando culto a la razón. La astronomía se mezclaba con las matemáticas y con algunos avances científicos. Algunas señoras y señoritas, educadas cuidadosamente en materias tales como rezos, algo de música y algo de idiomas, traducían para los sesudos varones las obras escritas en las universidades europeas, alguna incluso, como Mary Sommerville, se había atrevido a realizar sus propios tratados, otras, como la propia Lady Byron, aprovechaban su posición social para contratar para sí o para sus hijas los mejores maestros de matemáticas. Este culto, ya un poco trasnochado, hacia las ciencias, no dejaba de producir una cierta ironía en la corriente romántica y transgresora que se abría paso. Y Annabella Milbanke, Lady Byron, soportaba con resignación el apelativo de “Princesa de los Paralelogramos” impuesto por su marido, el poeta de la nueva época.

El joven Byron, que gustaba retratarse en actitud desafiante y deliberadamente desprovista de toda etiqueta, en uno de sus muchos vaivenes, pensó que casándose con una de aquellas señoritas tan equilibradas, podría poner algo de orden en su ya angustiada vida. No lo consiguió, su pasado pesaba demasiado en aquella sociedad que se impuso al desafío romántico o a la fría razón, y pronto se vio obligado a abandonar los círculos londinenses dejando tras de sí una semilla, su hija Ada, de la que solo conservó el recuerdo borroso de algo que pudo haber sido: “¿Es tu rostro el par del de tu madre?, ¡Ada!, mi dulce niña, único vástago de mi linaje y corazón. Tus azules ojos me sonreían cuando antes de partir los vi por última vez…”.

Y los azules ojos de Ada Byron comenzaron años después a estudiar matemáticas de la mano del profesor De Morgan. Tras su fracaso matrimonial, Annabella Milbanke pensaba así separar a su hija de todo poso poético que su padre pudiera haber dejado en ella. Pero las matemáticas, la música y la poesía mantienen un ritmo interno que la niña supo captar y servirse de él, años más tarde, para explicarle al mundo de qué era capaz la extraña máquina que un científico de excéntricas ideas había inventado. Aquella máquina no solo calculaba sino que hasta de una cierta forma “pensaba”.

La máquina analítica de Charles Babagge ocupa toda una sala del Museo Virtual. Está allí, enorme, destartalada, impensablemente romántica, apoyada apenas por los bocetos que la precedieron aunque para entenderla, deberemos atravesar otra puerta más e irnos a los comentarios de Ada.

Ada y Charles Babagge se conocían de antiguo, ambos frecuentaban los mismos círculos palaciegos y el inventor no había podido sustraerse a la tentación de presentar sus “diseños” en sociedad. Años más tarde, al igual que le había ocurrido a su también maestra Mary Sommerville, a Ada le encargaron la traducción al inglés de los papeles de una conferencia científica que el matemático italiano Menabrea había redactado sobre uno de los diseños de Babagge, la máquina analítica.

Ada comenzó silenciosa y modestamente su tarea, pero aprovechando su conocimiento personal del autor del ingenio no pudo resistir la tentación de hacerle algunas preguntas.

Charles Babagge, un científico un tanto extravagante y bastante incomprendido en los salones, y un poco fuera del mundo, un poco transgresor a su manera, porque ¡cómo si no de otra forma se le hubiera podido ocurrir la idea!, propuso a Ada que añadiera sus propias notas a la traducción que estaba realizando…

[Supongo que el programa con el que escribo esto estará ejecutando muchos bucles para cumplir su propósito, que un sistema de entradas, salidas y alimentación sucesiva ordenará todo el proceso, que sucesivas tarjetas, aunque sean virtuales, se perforarán de forma parecida a como lo habría hecho la tejedora Jacquard…]

………………………………….

No sé si sigo en el Museo o lo he abandonado, no sé dónde estoy, pero ahí veo una frase en algo que parece ser una sala recapitulatoria: “Antes de que existiera la Red, existieron las computadoras personales y antes de estas los grandes e impersonales computadores. Y antes de que estos existieran o pudieran siquiera pensarse existió la Máquina Analítica y Ada Byron”.

Vuelvo a ver los brillantes ojos azules de Ada siguiendo atenta las explicaciones de Babbage y oigo el roce de la pluma sobre el papel, tratando de resolver los números de Bernouille con la máquina de su amigo…

Y la veo firmando sus trabajos con las modestas iniciales A.A.L. Y más tarde, allá a lo lejos, se vislumbra cómo la máquina análitica iba a ser capaz también de ponerle algo de música a las cosas… Y como queriendo obtener fondos para sus sueños trata de inventar un programa que la ayude a ganar en las carreras, sin conseguirlo.

El tiempo apremia y debo abandonar el Museo, me quedan aún muchas salas que visitar porque en realidad el Museo Virtual de la Computación es un museo sin fin, uno sabe por dónde entra, nunca en qué punto interrumpirá su recorrido o a dónde le llevarán sus pasos.

¿Volveré otro día para saber más sobre sus sueños? “Mi reino no es temporal”, le decía en bromas a Babagge. ¿Me leeré la historia completa de por qué hay un lenguaje de programación llamado ADA? ¿Sabré de su tragedia personal víctima de un cáncer? ¿Llegaré a saber todos los porqués que se escondía tras las modestas tres iniciales, A.A.L, con las que Ada firmó sus trabajos? ¿Sabré por qué quiso ser enterrada al lado de su esotérico y lejano padre? ¿Y qué hubiera pensado el padre de semejante hija, él, que defendía la más tradicional de las enseñanzas para las mujeres? ¿Dejó el poeta alguna pista en sus escritos aparte de esos escuetos primeros versos del Canto Tercero del Peregrinaje de Childe Harold?

Demasiados interrogantes, pero sí, tendré que volver uno y otro día. De la mano de Ada, por las sendas que ella marcó, recorreré otra vez las salas del Museo Virtual a la búsqueda de nuevas puertas.

 

 Is thy face like thy mother's, my fair child!
   Ada! sole daughter of my house and heart?
   When last I saw thy young blue eyes, they smiled,
   And then we parted,—not as now we part,
   But with a hope.—

 (Coro Entreaguas, 1997)

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Una respuesta a De la mano de Ada

  1. Maravillosas princesas de los números. Ada Byron y su madre. Gracias por abrir tu Museo.
    Un abrazo, Coro.

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