El día que conocí a Miren

Fue en el autobús que iba de camino al sur. Iba en línea regular, porque aquel fin de semana no había podido coger el que desde Donosti salía ex profeso hacia la cárcel del Puerto, complicaciones familiares surgidas durante los últimos días la habían tenido en vilo. Y allí estaba ella, a la aventura, sin la seguridad de poder enlazar un autobús con otro, de saber coger la línea adecuada para ir de una terminal a otra, sin tener la seguridad de llegar a tiempo, pero decidida.

La una al lado de la otra, ella en la ventanilla, yo en el pasillo, el autobús llevaba prácticamente todas sus plazas ocupadas de gente variopinta, muchos jóvenes de camino hacia sus casas en fin de semana, algún hombre edad, curtido por el sol, de camino a la capital a ver a los hijos…, algunas mujeres más, ella y yo.

Miren se quitó el abrigo y lo puso encima de un bolso grande.

—¿Quiere que se lo ponga aquí arriba? —me ofrecí.

—Gracias, está bien así… en todo caso después —y se volvió a mirar por la ventanilla el autobús parado en la dársena de al lado.

Al principio hicimos el viaje en silencio, Miren miraba y miraba por la ventanilla, con la vista perdida, yo me sumergía en la lectura del libro de rigor. Ninguna de las dos mirábamos la televisión, creo que hubo un momento en que Miren cerró los ojos y no sé si no llegó a quedarse dormida unos momentos.

Cuando despertó, o pareció despertar, Miren se dirigió a mí tendiéndome el abrigo:

—Si haces el favor, es que voy a comer un poco…

Ella fue la que me tuteó, quizá porque me vio más igual que yo la había visto a ella: una mujer casi de mi edad, pero que por alguna razón me imponía un respeto, una distancia.

Y me levanté y le colgué el abrigo en el portaequipajes, y volví a sentarme, y Miren abrió el bolso y sacó de él un bocadillo envuelto en papel de plata, y una servilleta de papel. Lo abrió por arriba y me ofreció:

—Si gustas, es de pescado.

—Muchas gracias. Cuando paremos tomaré algo, ya falta poco —rechacé cortésmente, y Miren empezó a comerse lentamente el bocadillo y a acompañarse con unos sorbos de agua que bebía de una botellita que también llevaba en el bolso.

balcón con cartela presoak etxeraFue tras la parada preceptiva, cuando Miren se arrancó a hablar un poco más.

—Yo prefiero traerme algo de comer de casa, es más sano y además en estos sitios te clavan, se aprovechan de que son paradas fijas.

—¿Viajas mucho? —me atreví a preguntar, más por cortesía que por interés.

—Una vez al mes, voy a ver a un familiar, pero normalmente voy por otros medios.

—Yo voy a Almería, vivo allí, pero eso será mañana, cuando haya hecho algunas gestiones que tengo que hacer en Sevilla —completé siguiendo con la cortesía, y Miren volvió a ensimismarse en el paisaje, y yo en mi lectura.

Al cabo de un rato, Miren, como si se despertara de otro sueñecillo, me preguntó:

—¿Eres andaluza? No lo parece.

—No, soy de Madrid, pero ahora vivo en Almería. ¿Y tú?

—De Irún. He vivido toda mi vida allí, pero estoy muy al tanto de lo que pasa en el mundo. Soy modista ¿sabes?, y me llegan revistas de todas partes. Tengo unas clientas muy exigentes. También hago trabajos de sastrería, tengo un pequeño taller, una oficiala y un par de chavalitas, esas duran poco, enseguida se van. Para los encargos importantes doy trabajo fuera, ¿sabes?, porque a veces me encargan ropa de trabajo…

Sí, me iba dando cuenta de su fuerte acento vasco, de sus giros idiomáticos, que me veo incapaz de reproducir, de su timbre altisonante, aunque hablara en voz baja, de su complexión media, pero capaz de elevar su pecho lo suficiente como si fuera a cantar un aria, de su pelo corto y teñido de rojo rabioso. No estaba ante la típica matriarca vasca, no respondía al tipo, pero tenía muchos de sus rasgos. Intuyendo que no debía ahondar en el motivo de su viaje, me decidí por seguir hablando de costura, aunque lo mío no son, precisamente, los ojales.

—¿Y tienes mucho trabajo? Porque hoy en día que nos compramos todo hecho.

—Hay que irse adaptando a los tiempos. Hago muchos encargos para bodas, siempre el traje a medida sienta mejor, porque en la tienda, ya sabes, lo que te entra de cintura te sobra de sisa, y para las bodas, sobre todo si son de los hijos, hay que ir bien vestidas. Además, luego, con un poco de tela más siempre puedes forrarte el bolso o los zapatos y completar… Una lástima, porque son modelos caros que no te pones más que un día, pero al menos ese día vas guapa, es un dinero bien gastado.

—Sí, para un día. La verdad es que yo, si alguna vez me he comprado algún modelito para alguna boda, luego rara vez me lo he puesto.

—Tú tienes buen tipo. ¿Talla 46? Yo tampoco tengo problemas con la ropa…

—La 48 ya, que la edad no perdona. Tú, claro, te la haces y pasas de tiendas.

—¡Qué va! Es todo más complicado de lo que parece.

Se hizo el silencio, ella dio un suspiro, luego otra vez el silencio, y de pronto:

—¿Tú tienes hijos?

—No, no, soy soltera. Algunos sobrinos, pero hijos no. ¿Por qué?

—Cuando salgo de casa pienso siempre en ellos. ¿Qué harán? Si habrán sabido atender al aita, si María estará bien… A María la he dejado en la cama con gripe… María, ¿sabes?, no es normal, tuvo meningitis de pequeña y se quedó así, un poco retrasadilla… y sus hermanos, ya sabes, buenos chicos, pero para las cosas de casa…, en cuanto faltamos nosotras… —otro suspiro profundo, y luego… — ¿Para qué voy a  ocultar la realidad si no se gana nada con ello? Voy a ver a mi hijo mayor que está en la cárcel, una vez al mes…, voy una vez al mes… Cosas de la juventud que terminamos pagando los demás. ¡Cuándo terminará esta pesadilla!

Hoy, algún tiempo y algunos viajes después, Miren sigue yendo «allá abajo», como ella dice, una vez al mes. A la ida, sigue llevándose la comida de casa, porque en los restaurantes de carretera dan mal de comer y además se aprovechan. Deja a su hija María al cuidado de su nuera, Jon se casó el año pasado, ella a pesar del luto —el marido murió de cáncer poco después de nuestra primera conversación— se hizo un buen traje para la ocasión, sigue con el taller abierto. La nuera, Bego, es maja y cuando ella se va, se queda al cargo de María y de la casa, porque los hombres ya se sabe. Aingeru también anda con una chavala, pero le pega que es diferente, que con esa nuera no va a tener tanta suerte como con Bego. Mikel continúa en la cárcel.

Las calles de Bilbao se llenaron ayer otra vez de gente pidiendo la aproximación de los presos, que no sea también un castigo para sus familias. Y yo, claro, no puedo por menos que ver a Miren allí, entre la gente, sosteniendo discretamente una pancarta: Presoak etxera.

Patria, el renombrado libro de Aramburu sigue en la mesa del salón.

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3 respuestas a El día que conocí a Miren

  1. Hablaremos de Miren en marzo.
    Besos, Coro.

  2. Tu Miren es tan miren como la de Aramburu.
    Un buen relato, Coro.

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