Elle

Tocaba en un bar de copas, en los sótanos de un edificio viejo, en una calle estrecha que de madrugada olía orines.

Cuando terminaba su jornada, a lo mejor una copa, pero las más de las veces, tras poner la funda a su teclado, y arrinconarlo aún más, salía silenciosa a la calle, sin esperar a los otros compañeros, que sí que solían prolongar la jornada. Se ponía el abrigo encima del traje de actuar, y despacio se acercaba hasta el hostal en el que vivía un par de manzanas más allá.

elle

 

Se levantaba tarde, bajaba a desayunar al bar de abajo, hojeaba los periódicos y salía a la calle con el último sorbo del café a fumar un cigarrillo. Volvía al hostal o se metía  en al biblioteca. De una bolsa sacaba un pequeño portátil y tomaba notas y consultaba libros hasta casi la hora de ir a la escuela. Hacía entonces un alto para tomar un café y un pequeño bocadillo. Antes de que los alumnos llegaran, aprovechaba uno de los cuartos de trabajo para ensayar sus propias piezas, para avanzar en sus estudios. Luego venían las tres horas de clase seguidas.

Mientras cenaba en el comedor del hostal veía el telediario, luego subía a su habitación, se enfundaba el traje rojo de lentejuelas, los zapatos de tacón, se echaba el abrigo o la gabardina por encima y vuelta a empezar.

Así un día y otro, otro y uno.

Las amigas tiraron de mí, me arrastraron hacia aquel sitio con música en directo:  No se ha acabado el mundo. ¡Disfruta! No pienses en el mañana. ¡Vive el hoy!

—Tiene algo —oí a mi espalda—, y me volví a contemplar cómo sus dedos nerviosos se posaban sobre las teclas, mientras que el pie derecho pisaba el pedal. Me fije en sus rizos, en sus hombros desnudos, en la curva de su antebrazo y saqué el móvil.

Volví sola un par de días después. Busqué una mesita cerca del diminuto escenario, al pie de la tarima me buscó el camarero, amablemente, y tras una propina anticipada, una butaquita. Aquella tarde, el espejo me había devuelto una figura llena de sombras, me había maquillado a conciencia, pero aun así…

Aguanté el reflejo de los focos, entre dos piezas levanté mi copa y le sonreí; me contestó con apenas una señal.

No me atreví a pedirle a la salida si la podía acompañar, pese a que sabía que las dos íbamos en la misma dirección.

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Una respuesta a Elle

  1. Cuántas veces engaňan las
    lentejuelas. La acompañamos.
    Feliz verano Coro

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