Bakea orain

La prensa y la televisión apenas cumplieron con sus deberes informativos cuando dieron la noticia de su muerte. Su muerte solo había sido un efecto colateral, la noticia importante era otra.

Kantauri_itxasoa

Kantauri itxasoa

Pero aquella tarde, aquella noche, al día siguiente y al otro, en el Instituto Anatómico Forense, para la familia y amigos de Juan Carlos, el resto del mundo no existía. Existían ellos y existía su dolor comparable al mayor de todos los dolores contabilizados aquel día.

Se llamaba Juan Carlos, tenía veinticinco años y se puso nervioso cuando un policía se fíjó en su aspecto desaliñado entre la multitud de curiosos. Lo que pasó después no lo vayan a buscar en los periódicos, porque nunca vio la luz.

(Viejo texto encontrado al azar entre viejos papeles.)

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Silvia y Lola

No conozco personalmente a Silvia, pero Lola me la describe como una muñequita de porcelana de largas piernas y pelo negro, liso japonés, con bastante cerebro y dotes de mando, pero terriblemente banal.

—Solo tiene un tema: ella. Ella y ella, ella y sus libros, ella y sus programas de televisión. Ella, y como mucho su marido, cuando les interesa hacer ver que son una pareja moderna que comparten todo, incluido el cuidado de los hijos. ¡Ay los hijos! Parece que ella es la única mujer trabajadora con hijos del mundo: «Perdona, pero creo que lo voy a dejar, porque tengo tres hijos y voy a dedicarles más tiempo», pero en realidad no deja nada, ni las entrevistas, ni los programas de televisión, ni las conferencias (sobre todo las bien pagadas), y por supuesto tampoco la asociación, de la que sigue siendo vicepresidenta, para desesperación de todas nosotras.

silvia

Para no dar nombres debería haber escrito la Asociación, así que lo haré, la Asociación, a la que siempre se refiere Lola como si no hubiera otra, y de la que ella es secretaria con funciones de tesorera desde que se fundó, allá en los noventa, una asociación comprometida con los feminismos y los derechos de las mujeres en distintos ámbitos profesionales.

—La igualdad de salarios es una entelequia. Las mujeres ocupamos siempre los puestos más bajos de la escala, los peor pagados, los que nadie quiere.

Lola me ha citado para tomarnos un café juntas y hablarme una vez más de la Asociación, de que debería colaborar con ella, «ahora que ya puedes pagarte la cuota».

El que no podía pagarme la cuota fue la excusa que le puse, aunque en realidad lo único que me interesaba profesionalmente hace un par de años era ver la manera de llegar felizmente a la jubilación, y que la pensión no se me viera mermada por contratiempos de última hora, pero Lola, luchadora sin posible desaliento, sigue peleando por los salarios dignos, por la igualdad de oportunidades… y la tal Silvia, a la que no conozco, debe ser la bestia negra, ahora desde dentro, que se lo impide.

—El otro día hicimos una propuesta, una propuesta de salir a la calle, de invadir todos los medios, y casi que todos nuestros ojos se dirigieron hacia Silvia por su posición, pero ella, conectada por videoconferencia se zafó, se escurrió como un pez sin comprometerse. «¿Sabes que más de una de nosotras está en paro? ¿Sabes que con cincuenta y tantos nadie confía en ti?». «Es el momento ideal para el emprendimiento, para ponerle imaginación y aprovechar la experiencia», se limitó a decir repitiendo como un lorito alguna frase de sus lecciones y libros, tan vacíos de contenido, porque con estas cosas te das cuenta de que es todo fachada, que nos dejó un poco chafadas.

—Pues ¡vaya! —me limitó a decir porque en realidad no sé qué decir. He conocido a algunas de esas mujeres, sí, pero tampoco me han preocupado en demasía, porque mi vida ha sido siempre tan al margen.

Lola sigue desahogándose, y a esas alturas del té, con apenas un sorbo en el fondo de la taza, empiezo a darme cuenta de que Lola me ha citado para que le sirva de hombro, para que le sirva de hombro y porque no conozco ni de lejos a la tal Silvia, que se me presenta como una figura desdibujada. Quizá con otras personas no pueda explayarse a modo.

—Ella se ve ahora joven, pudiendo con todo, pero ya verás como le vengan mal dadas dentro de un par de años, cuando los amigos le vuelvan la espalda, cuando ya no sea una de las mujeres más influyentes, ni la llamen para impartir conferencias, ni tenga detrás una corte de aduladores. Porque esa es otra, muy feminista, pero le encanta que los hombres, los varoncitos la adulen, que digan de ella que es una chica atractiva tanto como inteligente… Tuvimos una buena, pero optó por ignorarme… ¡Se cree superior a todos! Son nuevas muñecas de porcelana, nuevas maniquíes con un poco de cerebro que malutilizan, pero en el fondo un tremendo egoísmo. ¿Sabes que ya no contesta mis correos? ¿Sabes que me ha desamigado en Facebook? ¿Sabes que…?

Y la Lola feminista, sindicalista de décadas, luchadora por los derechos de todos, pero sobre todo de todas, apura el té y dice:

—Ahora me tomaría un chinchón, como hacía mi abuela en los momentos más comprometidos.

—Pues pídetelo, mujer. Yo me pido otro y brindamos.

—Brindar ¿por qué?, ¿por quién?

Me encojo de hombros, y al final sugiero:

—¿Por esa asociación tuya? ¿Por que algún día las mujeres ocupemos nuestro lugar en el mundo? ¿Por el movimiento feminista?

—Por Silvia Lindo, porque siga estando entre las top ten, y porque llegue pronto a los cincuenta y entonces vea que ya nada es igual, y que el tiempo también ha pasado para ella.

Nota: Silvia y Lola son personajes ficticios basados en personas reales. La foto silueteada de Silvia es real, corresponde a la de una ponente en una de tantas ponencias… La tenía en mi archivo y solo he tenido que desfigurarla. Es curioso porque al subirla a Google, la búsqueda de imágenes similares me ofrece una galería de mujeres modernas, una buena imagen de Silvia Lindo.

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piel

Hace poco más de un mes que me hice con un ejemplar de piel, ese nuevo libro de poemas del profesor Ojeda Escudero.

portada: silueta de busto femenino de espaladas en azul sobre fondo blanco
Ya desde su título, con esa minúscula intencionada, y su portada, casi inexistente, nos hablan de un libro minimalista. Un libro de detalles, un libro hecho desde dentro hacia afuera, día a día, verso a verso, poema a poema, y es un libro hecho en clara compañía:

Para Mayca,
porque este libro es tan suyo como mío.

En esta dedicatoria está la esencia del libro, lo demás, lo que sigue es pura glosa de los momentos vividos, pero un glosa que merece la pena seguir, paso a paso, recordando los adelantos que el autor había proporcionado ya en su alabada bitácora.

Son momentos del verano y del otoño en los que los dos protagonistas se van acercando:

Si te comiera a besos / esta noche se haría corta / no tendrían sentido los relojes / y tus ojos serían mi alimento.

Labios que van descubriendo poco a poco la piel, el cuerpo del otro, y que recuerdan los versos del poeta latino:

da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut nequis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.

Erotismo contenido en todo el libro, un querer y no querer avanzar más en la búsqueda, en el descubrimiento, no atreverse a dar el paso…

Al final el poeta y su amada se recompensan frente al mar con un fondo de pinos:



HOY HE GANADO EL MAR. Como si fuera

un premio a la constancia entregado

por tus manos.

Pareja en la playa de Sanlúcar de Barrameda. Atardecer. Al fondo Doñana.

 

 

 

 

 

 

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Ramón Buenaventura

Desde su cuenta de Facebook, Ramón Buenaventura, nos invita a visitar su librillo y a descargarnos gratuitamente algunas de sus obras, incluso alguna inédita. Ante tal tentación, no puedo por menos que descargarme una de ellas, El último negro, y dar las gracias educadamente.

El título no puede ser más atractivo. Sí, yo también fui negra.

Conocí a Ramón Buenaventura a raíz de la publicación de El año que viene en Tánger, novela que no sé por qué me llamó la atención enseguida,  aunque si no lo hubiera hecho, el círculo selecto de amigos de por entonces ya se había encargado de ello y de ponerme en aviso sobre aquel raro ejemplar en el panorama literario.

—¿Habéis leído la novela del hermano de Íñigo?

No tenía ni idea de que aquel autor, cuya lectura me estaba resultando tan interesante y atractiva, era hermano de un tipo estirado al que me habían presentado poco antes y que firmaba casi todo como ÍSP.

Ramón, ÍSP y Alberto eran amigos de la infancia tangerina, hijos de funcionarios de aquellos años cuarenta y cincuenta, en los que África significaba doble sueldo y doble puntuación. Algo de eso también sabíamos en casa, aunque nosotros nunca llegamos a hacer las maletas rumbo al sur.

murallacongaviotas

Por aquel entonces, aparte de traducir y escribir, publicaba en una revista de kiosko, una serie de artículos sobre Internet dedicados al gran público. Él no es que controlara en exceso los secretos técnicos de la Red de Redes, pero sabía experimentar, es decir meterse sin miedo en todos los charcos, y luego contarlo.

Yo hacía algo parecido con mis ensayos de la literatura hipertextual, y por alguna razón me empeñé en ver en la novela de Ramón Buenaventura una novela hipertextual impresa. Muchos eran los detalles que me llevaban a esa percepción: la distinta tipografía, los textos paralelos, los anclajes textuales que te devolvían algunas páginas hacia atrás o te hacían saltar algunos capítulos hacia adelante. Nada nuevo, pensarán algunos, porque ¿quién en llegando a un punto determinado en la lectura no ha pasado hojas rápidamene hasta llegar al desenlace? ¿Quién no ha vuelto para atrás varias páginas en busca de la descripción de aquel personaje que de pronto toma vigor? No, no se trataba de eso. La novela de Ramón era otra cosa, se notaba una novela hecha con ordenador y tratando de agotar las posibilidades que brindaban las nuevas herramientas de software, principalmente en la edición de textos.

Durante un tiempo El año que viene en Tánger fue uno de mis libros de cabecera; luego cambiaron los tiempos y varias mudanzas se sucedieron y aquel libro se quedó atrás.

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Amarillo sobre negro

Crudelis ubique

Luctus, ubique pavor, et plurima noctis imago

rosaamarillaenfondonegro

Una leyenda recorre Madrid.

Duerme durante el día en los salones de la fonda de San Sebastián, pero en llegando la noche, se escapa por los postiguillos de los balcones, y ya en la plaza, se emboza en las vueltas aterciopeladas de una discreta capa —no va tanto que mandaron recortar las capas y sombreros—. Baja por la calle del Prado y se pierde en esas calles donde todavía al atardecer puede reconocerse la sombra de Cervantes, volviendo a casa desde la vecina imprenta, tras una última revisión a las galeradas de la segunda parte del manchego don Quijote, ya universal, antes de que las calles se llenen de maleantes y atenten contra su baqueteado cuerpo. Ya en casa, al amor de la lumbre de un brasero dispondrá la criada una mesilla donde servirle la cena —sopas canas y algún huevecillo de añadidura, que el salpicón tuvo que abandonarlo por ya carecer de dientes—. Su amada Catalina dejará el estrado y se llegará cabe su marido, y arropados por el calorcillo del brasero comentarán las noticias que él le lleva de la imprenta.

Sigue su camino la leyenda, dejando tras sí un halo apenas perceptible, como de neblina invernal. Los pocos viandantes la esquivan, algún otro se lleva algo del rastro acuanoso a casa o a la taberna. Risas juveniles atraviesan los muros y postigos de la casa del Fénix de los Ingenios. Ha estrenado comedia con éxito, y de la casa del insigne se escapa el regocijo del festejo propiciado por los jóvenes comediantes que la han representado en el corral del Príncipe. Una muchacha de ojos claros y pelo negro, se arrebuja en un chal de lana, adornado de grandes flores amarillas. La leyenda la observa, Filis la llaman sus compañeros, y ella ríe y ríe, hasta que de pronto se disuelve en súbito llanto y algunas lágrimas se subliman en el halo de la leyenda que sigue su camino.

El taller está solitario y oscuro, hace tiempo que oficiales y aprendices lo abandonaron, las gran prensa duerme en medio de la gran sala, al fondo un farolillo amarillento ilumina la mesa del maestro. La leyenda se acerca, el halo se ha vuelto amarillo:

¿Me darías una mano de pliegos negros donde poder materializar mis versos?

Las flores amarillas del halo de la leyenda se agitan, titilan en la oscuridad de la imprenta.

El maestro levanta la cabeza de su labor, tiene un gesto grave, mira fijamente a la leyenda, el negro bulto en el que quiere reconocer a ese escritor elegante y de fama, militar condecorado, del que dicen que ha enloquecido por la muerte repentina y temprana de su amada. Su figura resulta más cómica que siniestra y el impresor suelta una sonora carcajada.

Muerta Filis, el orbe nada espera,

sino niebla espantosa, noche helada,

sombras y susto como el pecho mío.

Lectura de Noches lúgubres en La Acequia dirigida por Pedro Ojeda.

 

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Gorriones

Hace mucho tiempo, cuando aspiraba a ser alguien en el mundo de las letras y escribía cuentos que leían las amigas, dediqué un relato a los gorriones. En el título, que no consigo recordar, los denominé los pájaros ciudadanos y esto producía risa y desconcierto en las lectoreas que esperaban encontrar una historia de ciudadanos poco recomendables y se encontraban una historia de pajaritos que buscaban miguitas en las calles de una ciudad gris, llena de coches y ruidos.

Aquella ciudad, que yo me imagina casi como Nueva York tenía un parque grande y allí, al lado de un estanque los niños compartían sus bollos suizos con los pájaros. Era una historia de busca, una metáfora de lo difícil que era sobrevivir en la ciudad a base de miguitas  de las meriendas de los niños.

Hoy leo que los gorriones están desapareciendo, nunca quise ser tan premonitoria, y me lanzo a la calle, al parque cercano, a la búsqueda de algún pájaro ciudadano. Me cuesta encontrarlos y ni siquiera sé si es un gorrión. No tiene corbata, así que de serlo, que no creo, será una hembra, pero consigo congelarlo con la cámara en esta mañana gris, encima de un árbol tardío, al que apenas apuntan algunas yemas.

pájaro ciudadano en una rama con farola

 

¡Cuánto me gustaría abrir la ventana del patio y ver pasar los gorriones por él!

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Mónica

Mónica tiene  cuenta en Facebook. Mónica tiene muchos amigos, gente dispersa y variopinta que no saben muy bien cómo llegaron a su muro, pero están ahí. La mayoría conoce a Mónica en persona. Unos más, son amigos en la vida real, compañeros de estudios, familiares, vecinos. Otros menos, coincidieron con ella una vez en el pueblo o son amigos de amigos o incluso amigos de amigos de amigos. Algunos, simplemente, pasaban por allí y Mónica los amigó por aquello de ampliar la red o porque simplemente le dieron un Me gusta al comentario en el muro de un amigo. Yo debo de ser uno de estos últimos.

Mónica

En las fotos de perfil es una chica resultona, así que le llueven los piropos:

—¡Ánimo, Moni! Wapa!!!!!!!!!!!!!!!

Y yo no puedo por menos que imaginarme a Mónica al leer estas cosas, levantándose del ordenador e ir al espejo a ahuecarse la melena de perfil, del perfil bueno, naturalmente.

Mónica, Moni para los amigos, es de las que comenta en su muro los detalles personales, sí, también los grandes acontecimientos del país, no os vayáis a pensar que Moni es de esas chicas frívolas que solo piensan en dar imagen física, no, no, ella es una persona comprometida, ¡faltaría más!, y la imagen tiene que llevar mucho de alma.

Seguimos sin gobierno, y ahora a tomar el cafelito y a seguir trabajando.

Hoy Moni saluda a sus seguidores con un:

¡Buenos días, Mundo!

Y luego, en otro comentario, porque no hay que mezclar temas, se pone trascendental:

Estoy pasando por momentos cruciales en mi vida, así que ahorraros los comentarios negativos, por favor. No los necesito. Gracias.

Y aquí el que esto escribe pega un respingo en la silla: ¿Le habrán dado malas noticias otra vez a su madre? ¿La habrán tumbado en las oposiciones y tendrá que buscarse ese trabajo para el que no está preparada en esta selva que nos rodea? ¿Le tendrá que dar el sí definitivo al novio?

Si las salidas de Mónica en Facebook me alarman, las respuestas de sus amigos feisbuqueros sacan lo peor de mí mismo.

¡Ánimo, Moni! ¿Quién quiere hacerte daño? ¡Todo mi apoyo! ¡Aquí estoy! ¡Qué te pasa, reina? ¡Fuerza, Moni! ¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Ánimo!

Los ánimos se repiten una y otra vez, y Mónica contesta a cada «ánimo» con un «muchas gracias, Pedro», «muchas gracias, Juan»,«muchas gracias, Sonia».

De pronto un original pega un muñequito, no una sino dos veces y Mónica  escribe un

¡Ja, ja, ja! Gracias por los ánimos, Jorge.

Me levanto y voy a la ventana y la veo allí abajo, sentada en su escritorio, el ordenador contra el cristal, la taza de café a un lado, los dedos en la melena y la mirada perdida en la pared blanco sucio del patio de vecinos.

Me vuelvo a mi sitio y en un pronto la desamigo.

¡Adiós, querida, adiós!

 

 

 

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¿Matar al personaje?

elpersonajeenotrotiempo

—¡Qué dices, loco! Andreíta es demasiado corpórea como para cargársela así, sin más.

—Lo que has oído. Tenemos que matarla.

—Pero ¿por qué? ¡No entiendo una mierda! ¿Acaso se va la señora?

—Es un personaje quemado. Su jubilación es inminente.

—¡Jubilación!, ¡jubilación! ¡Los autónomos nunca nos jubilamos!

—Es igual. Ya ha dado todo lo que tenía que dar. Como personaje ya está muerto.

—¿Y si la mandamos una temporada larga al extranjero?

—¡Otra vez! ¿Con qué pretexto ahora?

—Bueno, lo pensamos ¿eh?

 

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Don Roca

Pues sí, hoy estoy de buen humor, de excelente buen humor y forma, así que cumple darle las gracias a don Roca.

Soy de natural estreñido, así que hay días malos y días horribles, y hoy ha sido un buen día.

Notariskantoor Valkenswaard 10

Me toco el vientre y lo tengo blandito, sin gases, me siento ligera, casi con ganas de volar y me lanzo a la calle sin prejuicios, dispuesta a comerme el mundo.

Mis hermanos se ríen, pero yo heredé de papá algún centímetro de más en el intestino grueso, lo que me dificulta la evacuación normal de lo que sobra. Algún médico, más preocupado que gracioso, me dijo en cierta ocasión que lo mío era un almacén, o sea nada bueno.

Luego vino el probar con sucesivos laxantes, el agua templada en ayunas, otras perrerías sin que dieran mayor resultado: El estreñimiento no es una enfermedad, corra, haga ejercicio, coma fibra, verduras…

Me río de los anuncios de yogures de la tele, mi cuerpo tenía que ser un reloj, pero no lo es, todo lo contrario, ni yogures, ni judías verdes, ni manzanas con piel… ¡El chocolate! ¡Ni probarlo!

Solo me salvan, y no siempre, esas frutas peludas con nombre exótico, los kiwis. Hay mañanas que no me apetecen nada, me saben casi a medicina, y ese día, algún día de forma excepcional, recurro a doble ración de mermelada y me ahorro el kiwi.

tapa de inodoro en madera con la leyenda Que la fuerza te acompañe

Hoy es un gran día, el sol sale y brilla, ¡hoy he visitado a don Roca puntualmente!

 

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Pablo

ensuenosEn sueños Pablo viene a mi casa, pero no es mi casa. Le abro la puerta y me excuso, por su visita, ante ese marido que no tengo: «Ayer estuvimos cenando, se me olvidó decírtelo». Ayer cené sola, como siempre, una sopa y un trozo de queso fresco, luego estuve un rato leyendo.

Pablo recorre la casa hablando sin palabras, se fija en las librerías llenas de los libros que no tengo; por la ventana del comedor entra la luz del oeste, pero es un sol de mañana, como si de pronto todos hubiéramos atravesado el espejo.

Pablo termina el recorrido, saluda y se va. Me vuelvo hacia mi inexistente marido…. y ha desaparecido, estoy sola otra vez, la luz del sol vuelve a entrar por el este e ilumina los pocos libros que conservo en la estantería sobre el radiador. La abuela está sentada en su silloncito, junto a la ventana, ha estado allí durante toda la visita. Deja el libro que está leyendo sobre el halda y sonríe:

—Ese chico llegará lejos.

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