Los Ros XII

A las doce en punto, Santiago tenía su «hora del ángelus», tal como él la llamaba.

A esa hora, dejaba lo que tuviera entre manos en la fragua, se limpiaba un poco las manos en el agua de un caldero y con las mismas subía calle Real arriba hasta la plaza a tomarse un vaso o dos, según la sed que tuviera, como él mismo también decía.

A mediodía la taberna solía estar vacía, porque los hombres andaban en el campo o en sus quehaceres, así que lo normal es que solo se encontrara con Elías, el tabernero, para un rato de conversación. Sin embargo, yo siempre tuve claro que no fue Elías, una tumba como todos los del oficio, el que divulgó aquello de que yo era un calavera y que hizo que todas las mujeres me miraran mal. Fue el propio Santiago el que se encargó de decirlo lo suficientemente alto un día en que por allí andaba, almorzando unas tajadillas, un pellejero… Así, como quien no quiere la cosa, lo soltó de refilón en confidencia al Elías pero para que el otro lo oyera… A aquellas alturas, aunque ya se había pasado un poco, yo era la comidilla de los pueblos de alrededor, y más de uno, pero sobre todo más de una, se ponía flamenca para decir que me lo tenía merecido, que no siempre iban a ser las mujeres las que ibáis a cargar con el paquete… Yo callaba. A ver qué iba a hacer…

No tengo ni idea de cómo se le ocurrió a Santiago aquello como salida a la proposición de matrimonio que nos había hecho don Germán, pero Santiago conocía bien a la Juana, que se tomaban mutuamente buenas confianzas, hasta que pasó lo que pasó.

De todas formas yo recuerdo aquella Navidad de las más felices de mi vida.

Ni tan siquiera la Navidad anterior, cuando Santiago y yo pudimos disfrutar de nuestra intimidad, y yo además de lo más parecido a una familia, se podría comparar con la primera Navidad en la que Carmelo, tu padre, estuvo con nosotros, porque ese año sí que fuimos una familia completa.

La pasamos los tres solos y ya procuramos que nadie nos estorbara. Santiago, Carmelo y yo, juntos, riendo, cantando, y hasta nos permitimos ir a misa del gallo con la criatura bien arrebujada en una mantilla. A la salida, la Antonia le dio el pecho en su casa, que ya lo habíamos hablado, y luego nos volvimos a la nuestra los tres, tan felices, a disfrutar de la Nochebuena para nosotros solos.

¡Ay, hija, no sabes lo que significaba para mí aquello!

Porque las Navidades en el hospicio tenían poco de alegres, aunque algún dulce o alguna castaña con anís caía en el postre. También nos hacían ir a misa y luego a la cama, para volvernos al levantar al día siguiente y otro día más… Y cuando salí del hospicio, pues peor, porque ya me dirás yo solo y la guerra que se cruzó, ¡qué Navidades había pasado yo!

Había subido de Salas algunos dulces y unas botellas de vino y sidra, que tiramos la casa por la ventana. Le dimos a la Antonia y a la Juana, y hasta don Germán se llevó sus mantecados y su botella de vino bueno, pero más que de la comida queríamos disfrutar de nuestra familia los tres. ¡Y lo conseguimos!

Martín cerró los ojos y por un momento pensé que se iba a quedar dormido, que una vez más iba a interrumpir la narración y que yo me tendría que conformar con ir juntando aquellos retales como si estuviera elaborando una colcha de retacería. El gato ronroneaba en mis tobillos, estaba mimosón y lo acaricié, se conformó con poco y se quedó tranquilo atento a algo a mis pies.

El abuelo abrió los ojos y siguió:

La ocurrencia de Santiago me costó la fama. Las mozas siguieron mirándome mal mucho tiempo, pero lo cierto es que don Germán no volvió a insistir sobre el tema de la boda, aunque aprovechaba cualquier ocasión para preguntarnos por la madre de Carmelo, que si teníamos noticias.

¿Y nunca pensaste que quizá la Juana supo lo vuestro y por eso no quiso casarse contigo y don Germán no insistió?

Don Germán…, don Germán sí llegó a saber lo nuestro, pero entonces no, seguro. Don Germán se tragó el bulo, como todos, porque quizá era lo más lógico. Además, entonces no era como ahora, que nadie sospechaba de dos hombres viviendo juntos, que los hermanos, si no se casaban seguían viviendo en la misma casa, y no éramos los únicos que tras la ausencia de los padres… Aunque sí que es verdad que el que más y el que menos, antes o después, buscaba una mujer, que se habían quedado muchas viudas. Carmelo era hijo mío, nadie deja un niño abandonado en la primera puerta que encuentra, y además estaba el papel que me señalaba, que nos señalaba a alguno de los dos como su padre.

¿Y la Juana? —insistí—. Siempre estuvo cerca de vosotros y…

No, la Juana tampoco, porque aunque no era tonta, nadie sospechaba, y aunque alguna vez lo pensamos con las mismas lo despensamos. No, porque la creyéramos capaz de denunciarnos, eso no, pero era demasiado puritana y de haber sabido lo nuestro le hubiera entrado tal vergüenza que no habría vuelto a pisar esta casa, ni menos se habría declarado a Santiago. No, la Juana ni nadie sabe al día de hoy lo que fue Santiago para mí, solo don Germán lo supo, pero a raíz de la muerte de Santiago y tu llegada a este mundo fueron otros los problemas y preocupaciones de esta familia, problemas que ya sin Santiago tuve que encarar yo solo. Algún día tendremos que hablar también de eso, pero déjame que te siga contando cosas de aquella Navidad, porque me hace mucha ilusión recordarla y ha sido para mí ese clavo al que me he agarrado tantos y tantos años, sobre todo en esos en los que tu padre llegó a renegar de mí y yo me vi muy solo.

Puse mi mano sobre las del abuelo. No dije nada, porque no sabía qué decir, la razón por la que mi padre y el abuelo se separaron y no se volvieron a reconocer como padre e hijo, justo hasta la víspera de morir mi padre, me seguía dando vueltas en la cabeza. Martín se recuperó pronto, se le alegraron los ojillos y siguió contándome cómo había sido aquella Navidad.

No solo traje de Salas comida y bebida para las fiestas, es que también vinieron los Reyes. ¡Vaya sorpresa! Carmelín tuvo su sonajero, y a Paquito le traje un camión y a su madre un pañuelo para la cabeza, barato, pero bonito, igual que otro muy parecido para la Antonia, y a Santiago le compré una camisa nueva que estrenó el propio día de Reyes para ir a misa, y luego se quitó con mucho cuidado para no mancharla y que le sirviera para más domingos. ¡Y yo también tuve mi regalo! Era una cartera de piel que Santiago sacó de no sé dónde… Estaba usada, pero casi nueva, y el cuero con el que estaba hecha era bueno: Un hombre como tú, que va despilfarrando el dinero, un manirroto no puede llegar los billetes atados con una liga en el bolso, se reía. ¡Como si tuviéramos tanto! Realmente habia hecho un dispendio, pero era una Navidad para mí inigualable…

¡Qué años aquellos viendo crecer a Carmelín y siendo una familia, la única que he tenido, a pesar de las dificultades!

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Los Ros XI

La culpa la tuvo el anís que bebimos aquella tarde de Santa Águeda.

Hacía ya varios años que no celebrábamos a la santa, que no echábamos una cana al aire, porque nos habían ocurrido tantas cosas y ya no éramos las alegras mozuelas que rompían pucheros delante de las casas de las casadas para que nos dieran algo para la merienda. Ahora las casadas éramos nosotras, casadas con hijos y alguna, como yo, incluso viuda, que la guerra nos deja esos desastres, pero no era mi caso el peor, no, claro que no. Porque yo mal que bien tenía el subsidio ese que me consiguió don Alfonso y no me faltaba el trabajo entre atender a don Germán y lo que iba surgiendo, no, yo no era la que lo tenía peor… Fue la Lorenza la muñidora de aquella merienda cuando ya en el pueblo ninguna mujer se acordaba de festejar a la santa, ni de pucheros, ni de mantear hombres, si se dejaban, aunque no por falta de ganas… Pero quisimos ser discretas, que no estaba el pueblo para escándalos, ni nosotras para darlos, así que ideamos algo discreto… No hizo falta echar a la hueva, porque mi casa estaba dispuesta y tenía una cocina amplia donde podíamos incluso sacar un braserillo, y jugar a la brisca hasta cansarnos y sobre todo contarnos las penas, desahogarnos, hablar de nosotras en un sitio que no fuera la fuente o el lavadero, donde siempre hay oídos que oyen más de la cuenta.

Había ido a ver a la Juana antes de volver a Burgos, accediendo a la petición de Paco para que diera un empujoncito más a su madre, a pesar de que la tenía ya casi convencida. La Juana estaba casi convencida, pero no así Martín, que seguía en sus trece… Por otro lado, la última conversación mantenida con mi abuelo me había llevado a pensar que no siempre se habían llevado tan bien como habíamos conocido los más pequeños de ambas familias. ¡Qué poco sabíamos de nuestras familias!

La encontré bastante mejorada físicamente, pero su voz tenía un timbre extraño y su mirada se perdía en un punto fijo de la pared. Sin yo mencionarle el asunto, parece que intuía que quería saber yo más de aquellos años y sin que llegara a preguntarle por qué no volvió a casarse, se lanzó a contarme una anécdota de su vida, que a la postre resultó también de la mía:

La Lorenza mató una gallina que ya no ponía y nos pasamos la mañana guisándola la Emilia y yo, en mi casa. A la Emilia no la iba mal, eso sí, todos los años traía un chiquillo a este mundo y ya se había preñado otra vez, que en mayo nacería otra criatura. Y las tierrecillas daban para poco y ella era menudita, pero sacaba energía para todo. Tenía a tres criaturas agarradas a sus faldas y mi Paquito, a la salida de la escuela, ejerció aquel día de hermano mayor, otro mamoncillo lo había llevado en un canastillo. A mediodía se los llevaría a su madre, porque un día es un día, y así podríamos por lo menos comer tranquilas, mi Paquito se quedaría en casa, pero mi Paquito no daba guerra, que estaba acostumbrado a entretenerse con cualquier cosa.

La Emilia era alegre y se conformaba con poco y además quería mucho a su marido, con el que se había ennoviado un poco antes de la guerra. Antonio era un buen chico y guapo, pero cojo desde niño, en el pueblo le llamaban el Patachula, pero a la Emilia no le importó y se casaron en el verano del 36, a pesar de que ya había empezado la guerra, pero la cojera de Antonio le iba a librar de ir al frente y además su padre se adelantó a enviar la yunta con otro hijo para así poder librar por lo menos al mayor, al Antonio, aunque ya digo que con su cojera… Se casaron en agosto y la gente dijo aquello de boda en verano, niño temprano, y acertaron, porque a ver, antes de Navidad ya estaba berreando el primero, y como te digo uno detrás de otro, que bien preparada iba cuando aquella merienda.

Hija, la cama es lo que nos queda a los pobres —solía contestar poniéndose en jarras, cuando las vecinas veían cómo le abultaba de nuevo el delantal: ¿Pero otra vez, Emilia?

Bueno, pero la Emilia era un mujer feliz con sus criaturas y su marido cojo, al que precisamente ese defecto se lo había conservado para los restos, y no como a mí, que el mío se lo llevó la guerra bien pronto con toda su apostura.

La Lorenza era un caso bien distinto, porque todo el pueblo sabía que se llevaba buenas zurras, y que ella cuando no podía más se escapaba donde su madre, o venía a mi casa, porque el Amancio era un borrachín de aquí te espero. Don Germán, al que alguna vez acudió, quiso intervenir, pero fue peor el remedio que la enfermedad, el Amancio se volvió más violento porque la Lorenza iba contando por ahí lo que pasaba en casa, que la ropa sucia se lavaba si era preciso allí y no en el lavadero donde no había más que chismosas, que si a ella le faltaba algo, que si no tenía para poner buen puchero todos los días. Y era verdad, que la Lorenza era de las que tenía el puchero mejor adobado del pueblo y nunca le faltaba un retal para una bata nueva, e incluso pañuelo y blusa de seda para las fiestas. La Lorenza no tenía hijos propios, ¡menos mal!, pero sí una hija del marido, porque se casó con viudo y ¡la cencerrada fue sonada!, del marido, una hija que era medio tonta y murió siendo mocita de una mojada. Bueno, que no le faltaba de nada, pero le faltaba lo principal, el cariño del marido y el respeto, que vaya cruz toda la vida así.

La pepitoria estaba hecha y la mesa puesta, cuando mi prima Encarni nos mandó recado de que al final no iba a poder venir porque su niño pequeño tenía anginas…. ¡Menos mal que al Paquito se las habíamos quitado ya!

Habíamos hecho unas mantecadas de postre y también haríamos cagadillo, pero nos faltaba algo con lo que pasarlo, y entonces yo me acordé de que en la casa grande había quedado olvidada media botella de anís del Mono y a por ella que me fui. Total una copita o dos no se iban a notar, y llegado el caso ya lo repondría.

Nos chupamos los dedos con la gallina y el anís empezó a entrar él solito con las mantecadas. La tarde trasnscurrió entre firma y firma al brasero, pasta y copita, copita y pasta, y el meterse conmigo, que aquella tarde me tocó a mí y me tiraron de la lengua.

Que sí, que don Germán me había sugerido y más que me tenía que casar con el Martín, porque el niño de los herreros necesitaba una madre y yo necesitaba un hombre en casa, y que mira, y que así podíamos matar dos pájaros de un tiro. Pero a mí el Martín no me gustaba, que ya se lo había dicho, y que además a esas alturas todos ya sabíamos en el pueblo que era un mujeriego, y que no solo tenía ese hijo de madre desconocida, sino que otra chica de Salas andaba queriendo engancharlo porque le había hecho otra barriga. ¡Vaya con el Martín! ¡Y eso que parecía un pensadito!

¿Y tú te lo creíste, Juana? Tú los conocías bien, entrabas en su casa, criaste a mi padre… y me dijiste que cuando trabajasteis juntos llegaste a conocer mejor a Martín. ¿No deshiciste todos esos bulos?

Pues mira, no estaba segura, y además es que me convenía a mí también que todo aquello sobre Martín fuera cierto porque don Germán no me dejaba tranquila, venga a insistir… Y a los herreros también, que yo lo sabía bien. Además, es que aquel día de Santa Águeda pasó algo más, y eso era lo quería contarte, que la culpa la tuvo el anís, porque a mí el que me gustaba para marido era Santiago, y que si Carmelín necesitaba una madre bien podía una tía hacerle las veces, así que me fui entonando a medida que acababa la tarde, y se me soltó la lengua y hablé de más y al final se enteraron de lo que sentía por Santiago, pero eso no fue lo peor…

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Los Ros X

¡San Bartolomé bendito! ¡Estáis locos! ¡La Juana y yo! ¡A la vejez viruelas! ¿Cómo se os ha ocurrido semejante idea?

A ver, abuelo, que de lo único que hablamos es de que viváis en la misma casa y una chica de confianza os cuide a los dos, nada más.

¿Y qué van a pensar en el pueblo?

¿Vas a pensar ahora en eso?

Vosotros es que no tenéis ni idea de cómo han sido las cosas… Es que la Juana y yo siempre hemos mantenido las distancias, aunque hayamos sido como de la familia. Mira, recuerdo que al final de aquel año en el que tu padre llegó a nuestra casa, Santiago y yo pasamos por momentos de verdadero apuro, y todo gracias a la Juana, o a don Germán, o a los dos, que nunca llegamos a saber del todo la verdad, o al menos es uno de los secretillos que Santiago se llevó a la tumba, y que con la Juana he preferido no revolver porque aquello pasó y pasó, pero fue un momento de apuro, incluso para Santiago, que siempre lo tenía todo bajo su mano.

El niño tenía ya mis apellidos, la Antonia se ocupaba de criarlo a la vez que al suyo, que al Ramón, Santiago le había hecho una cuna al niño y pasaba aquí en casa muchos ratos con nosotros… Con la llegada del otoño habíamos cobrado las igualas de aquel año, el herrero de Quintanilla era ya muy viejo y algunos labradores empezaron a venir a la fragua a hacer sus arreglos, Santiago los trataba bien porque sabía que tarde o temprano todos terminarían aquí… El tiempo era bueno y yo aprovechaba para subir de Salas todos los días que podía, aunque luego al día siguiente, o a los dos días, volviera a bajar, porque el negocio de la Petra prosperaba y yo tenía el jornal allí seguro, y bien que nos hacía falta el dinero, que a Santiago en eso también le fallaron los cálculos.

Ya todos nos habíamos olvidado de buscar a la madre de Carmelo, o habíamos perdido la esperanza de encontrarla, que venía a ser lo mismo. La fragua no era el sitio más adecuado para el niño, decía Santiago, por eso la Antonia, o la Juana se encargaban de él durante casi todo el día, la Juana había encargado una amplia cesta de mimbre a uno que hacía cestos en Quintanilla y en ella transportaba a la criatura, pues el canastillo en el que vino ya se había quedado pequeño… ¡Cómo crecen los niños! Tú lo sabrás bien. Pronto se le quedaría también pequeña la media fanega gemela en la que la Antonia le dejaba cuando estaba en su casa. En la otra el Ramón iba creciendo también. La verdad es que la Antonia se portó bien y supo criar a los dos, aunque nos costó su dinero pero salimos ganando todos. A la Juana también la pagábamos, ¿eh?, aunque la Juana era otra cosa.

Cuando yo subía, que ya te digo que procuraba hacerlo a menudo, los días que flojeaba el negocio en Salas porque no eran días de mercado ni nada parecido, pues el niño pasaba la mayor parte del tiempo con nosotros, que ya me encargaba yo de llevárselo a la Antonia cuando le tocaba mamar. Yo me quedaba embobado mirando cómo crecía, cómo movía las manitas, me sentía el más feliz de los padres, y no te digo Santiago, es que él se quedaba más embobado que yo y me repetía a menudo: Es nuestro, es nuestro, y nadie nos le va a quitar.

Un día se presentó sin avisar don Germán en casa, bueno, en la fragua, se coló a pasar la tarde como hacían muchos hombres, pero ese día, aprovechando que nadie más había, pues había salido buen día y los hombres del pueblo habían aprovechado para ir al campo, don Germán se presentó allí y… bueno, yo atraído por la curiosidad o porque había dejado de oír el martilleo de Santiago y solo oía el murmullo de la conversación también me asomé, el Carmelín dormía plácidamente, tu padre siempre fue un niño bueno, como si supiese que no podía llorar más de la cuenta, que tenía que entretenerse solo, que no podía exigir mucho… Bueno, a lo que iba, que vi a Santiago de pie, con gesto contrariado de preocupación en la cara, y a don Germán, allí sentado en un taburete, que había cubierto con un pañuelo de hierbas que llevaba siempre consigo, le hablaba en tono grave:

Sí, Santiago, pensadlo bien, dos hombres solos no podéis criar a una criatura. Ese niño necesita una madre y nadie como la Juana…

Bueno, la Juana se nos ha ofrecido desde el primer momento, y la remuneramos sus servicios, ¿eh?, no piense que nos aprovechamos de ella, que sabemos de su necesidad… y ahora que ya no están los de la casa grande, pero nunca nos ha dicho que lo hiciera por el interés de…

¡No, claro! ¡Ella que os va a decir o qué va a sugerir! Es una mujer honrada y discreta, pero esas cosas se saben, se notan, y yo sé que no le importaría casarse con Martín. ¡Si la conoceré yo…!

Estuve a punto de saltar, pero Santiago ya me había hecho disimuladamente un gesto y me quedé allí, en la puerta, sin que don Germán me viera, Como siempre Santiago se ocuparía, pero aquella vez…

Es pronto para tomar esa decisión —dijo de pronto Santiago—. Quizá sea solo una falsa pista, pero tengo un amigo en Burgos que… Me va a disculpar que no le dé más detalles, pero tenemos una esperanza remota de que aparezca la madre y esté arrepentida. Como comprenderá…

Yo no daba crédito a lo que oía. No tenía noticia de ello e iba a ser muy raro que Santiago no me lo hubiera dicho, así que aquello solo podía ser uno de us muchos embustes, pero para mi mayor sorpresa no dudó en dirigirse a mí para que corroborara su versión:

¿Verdad, Martín, que nos han surgido esperanzas de encontrar a la madre del niño?

Don Germán se había vuelto hacia mí, Santiago aprovechó para hacerme un gesto de que le siguiera la corriente, pero yo no sabía inventar:

Sí, yo, como le ha dicho mi hermano esperamos que aparezca pronto la madre, pero hasta que no aparezca…

Hay que esperar, no queda más remedio. ¿Quiere usted un traguito del porrón, que algo habrá que echar a perder? —añadió palmeando la espalda del cura, que aceptó el trago pero nada más y se marchó a la calle un poco contrariado.

Ya solos me asusté de verdad. ¿Qué vamos a hacer? Don Germán está queriendo casar a la Juana a toda costa y a ver qué excusa les ponemos, de esta nos descubren. ¡Pobre hijo!, dije levantando al niño de su cuna, te veo pasando las que yo pasé. ¡Pobre criatura! ¿Por qué habrá gente sin entrañas?

Santiago, más tranquilo, y pasado el primer susto, estaba empezando a cavilar sobre la mentira que acababa de inventar. Yo seguía sin acostumbrarme a esa mentira tras mentira que nos traía en vilo.

De momento hemos ganado tiempo, que es lo importante.

Y en llegando a ese punto el abuelo Martín volvió a soltar la carcajada.

Fueron unos días casi peores que los primeros, me veía casado con la Juana, eso o la cárcel y el niño al hospicio. ¿Y qué iba a hacer yo con una mujer como la Juana? ¿Cómo iba a reaccionar cuando tuviera que cumplir con ella? No, no tenía miedo a lo físico, que al final el cuerpo es el cuerpo y reacciona, pero… ¿y Santiago? ¿Tendríamos que volver a las escondidas como en los tiempos ya pasados? ¿Cuánto podría durar aquella farsa? ¿Cómo iba a reaccionar la Juana viendo que yo no era un hombre como los demás? Además, la Juana no era ninguna inocente, que ya había estado casada y según decían en el pueblo, buena pareja que hacía con su marido, que la Juana era de pueblo, pero no se chupaba el dedo…

Santiago seguía maquinando… Don Germán acostumbró a pasarse por la fragua todas las tardes a preguntar si había noticias de Burgos… Cuando yo estaba en casa, casi prefería no asomarme, dejaba que Santiago se entendiera con él y le entretuviera, yo pretestaba quehaceres, la ropa, la comida… Luego algo pasó, que las visitas se espaciaron hasta que desaparecieron. Yo apenas salía por el pueblo, pero empecé algo debía haber ocurrido porque la gente del pueblo, sobre todo las mozas, se apartaban o me evitaban y alguna risita descubrí sin querer. ¡Me habían descubierto!, seguro, y ya me veía conducido al cuartelillo y de ahí a dar a la cárcel por degenerado.

Un día volví muy preocupado del caño y me confié a Santiago:

¡Nos han descubierto! Creo que saben lo que somos, de esta no nos libramos. Deberíamos coger al niño y largarnos.

¿A dónde? Si huímos entonces sí que ya no van a quedar dudas, y al que no las tenía le entrarán.

Pensarán que hemos encontrado a la madre. Podemos decirle a don Germán que nos vamos, que es nuestra oportunidad de dar con ella y ¡desaparecer!

Apenas tenemos dinero y Carmelo necesita a la Antonia, piensa en él. ¡Con lo que nos costó encontrarle una teta fija! Mira, yo estoy aquí en el pueblo todos los días y no he oído nada. La gente sigue pensando que somos hermanos… y tú un calavera, que quien la hace una vez la hace más veces…

Santiago quería irse a la taberna, a ver qué le contaban, a ver cómo estaba el ambiente y si podía enterarse de lo que decía la gente. El niño estaba ya con la Antonia, teníamos la noche para nosotros. ¡Quién sabe si la última noche que nos quedaba juntos y había que aprovecharla!

Al día siguiente, antes de bajarme a Salas, me acerqué donde la Antonia. Quería ver a Carmelo por si era la última vez, por si me prendían por el camino, por… Me tropecé con la Juana, que salía de su casa para ir a la de don Germán. Me saludó cortés, pero muy seca, casi sin palabras. ¿Qué había pasado? ¿Se sentía, acaso, despreciada, molesta por haberla rechazado? ¡Con las mujeres nunca se sabe cómo van a reaccionar!

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Los Ros IX

El día de San Roque no es el día más indicado para salir a pasear a media tarde, hace calor, hay algo de resaca de las fiestas, aunque no se haya participado en ellas, y quizá lo que más apetezca sea quedarse en casa con las persianas bajadas, la mejor postura en el sillón cómodo y procurar dejar la mente en blanco.

El abuelo Martín dormía o al menos dormitaba en su sillón, como casi todas las tardes, era buen momento para que yo saliera de casa y quizás un paseo me ayudara a poner las ideas en orden: en una semana se me acabarían las vacaciones y yo tendría que haber tomado ya una decisión.

Cogí el caminillo de detrás de la casa, los primeros metros eran duros pues el sol pegaba de plano, pero unos pocos metros más allá empezaban árboles y huertos, y todo se volvía mucho más amable; aunque no soplara ni una brizna de aire, la sombra de los árboles y el frescor que desprendieran los regatos de los huertos servirían para proporcionarme un poco de sosiego.

Llegué al pilón y me senté en un borde, si hacía un esfuerzo podía recordar cómo era aquello antes a la caída de la tarde cuando se iba a dar agua a los animales, un verdadero barrizal. Ahora adornaba el centro de un parque descuidado, donde la yerba, a su aire, formaba un suelo acolchado y en cuyo extremo campeaban como esqueletos de otra guerra un tobogán, un columpio y un pirata de esos donde los niños juegan a abordar barcos… Y al final el río, que más que río era apenas un arroyo que se abría paso a duras penas entre raíces y zarzas.

Sonó una campana y me volví instintivamente hacia la torre cuadrada, románica, con un único orden de ventanas, que guardaba el pueblo: el reloj había sido reparado últimamente, según me había dicho el abuelo, y seguía marcando el ritmo de sus habitantes, incluso en fiestas, cuando todos los horarios se alteraban.

Habían sido tres semanas intensas, en las que todo había sido para mí, y no lo digo solo por el trabajo físico de cuidar del abuelo, que la verdad es que a medida que mejoraba se iba cuidando él solo, sino por la cantidad de revelaciones que me habían llegado de golpe, revelaciones que tendría que guardar para mí, porque los secretos, por el bien de todos, tenían que seguir siendo secretos.

Además, ¿hasta qué punto no se había mezclado en la mente del anciano lo vivido y lo inventado? ¿Qué sentido tendría que me pusiera yo a averiguar, una vez muerto mi padre, si todo aquello era verdad o mentira? Saber la verdad, o al menos parte, sería tan sencillo como tomarle una muestra al abuelo y mandarla analizar comparándola con la mía. Aunque costoso en términos monetarios, era tan sencillo como eso, y yo lo tenía en la mano, ahora o nunca, pero de verdad que eso no era lo que más me preocupaba en ese momento. El futuro más que el pasado era lo que realmente me tenía desconcertada y preocupada.

Me levanté del pilón y crucé el ríachuelo por la pasadera en la que jugábamos de niños, había tan poca agua, que aunque me hubiera resbalado en las piedras no me habría llegado a mojar ni las zapatillas, el arroyuelo se había convertido en unos cuantos charcos infestados de mosquitos y algún que otro enclaraaguas que buscaba afanoso un poco de líquido en el que nadar. Me adentré en los huertos…

No podía dejar solo al abuelo en el pueblo, por muy burro que se pusiera en que iba a poder manejarse. Llevármelo conmigo a Burgos era lo más razonable, al menos de momento, pero yo también tenía mi vida y mis proyectos y quizá… ¿Buscarle una residencia?, ¿quizá aquella donde estaba la Juana? La Juana, la Juana tenía a Paco, su hijo, también de cabeza, porque una vez recuperada de su caída, quería volver a su casa, porque como en la casa de una… ¡Vaya dos! Me lo había contado Paco justo el día anterior, allí a la salida de misa, mientras tomábamos el vermú… Yo no le había dicho nada del abuelo, pero por alguna razón intuía que buscaba mi complicidad, que le hablara a su madre, más como médica que como allegada, como si yo tuviera alguna influencia sobre ella. No le quise decir que yo tenía el mismo problema con Martín, que no sabía qué hacer… ¡Menudos eran la Juana y el Martín a la hora de llevarles la contraria!

Los huertos se iban llenando de depósitos blancos de agua que estropeaban lo idílico del lugar, aunque qué importa eso cuando lo que conviene es sacar buenas alubias y mejores tomates. No cabía duda de que en el pueblo todavía quedaban media docena de jubilados enganchados a la huerta, que luego disputaban entre sí a a ver quién producía las hortalizas más sabrosas y con mejor aspecto, y quién comía las judías verdes más tiernas durante todo el año, previa guarda en el arcón congelador.

En otro tiempo me gustaba bajar allí, a los huertos, cuando mi padre iba a buscar algún producto especial para llevarlo al bar. Sabía con quién hablar, quién podía suministrarle las mejores patatas para las tortillas, o los mejores ajos, pero aquellos grandes productores, si es que podía llamarles así, grandes y productores, habían desaparecido y ahora solo quedaban los pequeños hortelanos, que eso sí, año tras año solían poner plantas de cebollino, calabacines, pimientos… alguna coliflor de cara al invierno… Aquellas parcelas, unas al lado de otras, separadas casi por una línea imaginaria que solía respetarse, aunque siempre existiera esa envidia de lo ajeno, de mirar de reojo a ver si el fruto del vecino maduraba antes, si era más grande, si era más liso… Los depósitos estropeaban el atractivo ajedrezado de las huertas, los surcos bien alineados, las altivas matas de alubias al lado de los casi rastreros calabacines… y los tomates, con sus varales enhiestos compitiendo con el alubiar. Frutales escasos, apenas un ciruelo regañado, pero los perucos de tres en boca, los primeros, ¡qué bien venían!

Y más allá el páramo, blanquigrisáceo, tan áspero que apenas daba fruto, donde las piedras rompían en otro tiempo reja tras reja, aquellas que el tío Santiago componía en lo oscuro de la fragua, hoy apenas se adentraban en él los tractores, porque el páramo estaba cada vez más muerto. Me dio miedo su blancura y me senté en un ribazo justo donde los últimos chopos le habían hecho hueco a un sauce…

Los secretos familiares venían a mí ahora, en aquella tarde tranquila en la que todo el pueblo parecía dormitar ajeno a mis pensamientos y tribulaciones. En casa nunca se había hablado de ello, o en todo caso siempre con medias palabras como para que una mocosa no se enterase… Y la verdad es que la mocosa creció teniendo como natural que tenía un padre, una madre, un abuelo, un tío abuelo que murió… y la Juana. ¿Hacía falta más? No, aquella era una familia sin abuelas, porque la una había muerto durante la guerra, como el abuelo, como el abuelo de Fran, el de la Juana, las guerras son malas y en ellas muere mucha gente… ¿Y la otra? Pues la otra habría muerto también… Cualquier otra explicación no habría cabido en la mente de una niña, y más tarde…

Sí, un día, ya mayorcita esa niña se enteró de que su padre no tenía madre porque esta le había abandonado de recién nacido en una cesta, como a Moisés, y que fue el abuelo Martín el que tuvo que criarlo, bueno, el abuelo y el tío Santiago, que era el hermano mayor del abuelo, que se había muerto justo antes de nacer ella… Y que el tío Santiago era herrero y el abuelo Martín cocinero, como papá y mamá, pero el abuelo Martín trabajaba en Salas, que era un pueblo importante cerca de nuestro pueblo, porque nuestro pueblo era pequeño y no había nada, y que por eso papá se había criado en el pueblo, con el tío Santiago y la Juana, que la Juana no era nada, pero era como si fueran familia y por eso ella quería tanto a Fran, que era nieto de la Juana, y era un chaval de lo más majo, pero ella era mayor y eso se notaba…

Ni tan siquiera ya de mayor, y cuando sus padres le dijeron a la joven estudiante de medicina que iban a divorciarse, le dieron muchas explicaciones, ni juntos ni por separado… ¿Estaría su madre al tanto de todo ello? Nadie le había hablado del gran secreto familiar… Tampoco habría podido intuirlo o deducirlo, puesto que no había conocido a Santiago y de haberle conocido, habría descartado la hipótesis por absurda y habría buscado otra…

Ahora, a pesar de lo vivido, de ser doctora en medicina, de no ser ninguna pacata, a pesar de la experiencia en África, conviviendo con todo tipo de situaciones, no se le hubiera pasado por la imaginación que el abuelo Martín y el tío Santiago, ese que no conoció, no habían sido hermanos, sino amantes, y que se habían refugiado en aquel pueblo perdido, donde nadie los conocía, para intentar vivir un amor imposible, imposible y proscrito… ¡Se le hacía tan raro y tan rocambolesco todo aquello!

Había tenido que caer gravemente enfermo su padre, y venir el abuelo Martín a su cabecera, y hasta su madre acudir a la casa familiar, donde ahora habían vuelto a coincidir todos, para que el secreto saliera a la luz, siempre de puertas adentro y en la intimidad de la sala… ¿Qué le había pasado al abuelo Martín, que siempre había gozado de una salud de hierro, para caer repentinamente enfermo justo tras la muerte de su hijo? ¿Tanto le había impactado esa muerte del hijo como para llegar a no comer ni querer casi vivir y empeorar y tener que hospitalizarlo…?

Secretos que se habían puesto sobre el tapete, pero no por desvelados traían consigo todas las respuestas. No obstante, no eran esas incógnitas las que me preocupaban, el pasado del abuelo importaba poco ahora, importaba su futuro.

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Los Ros VIII

Si quieres que te diga la verdad, aquellos días Santiago me tenía completamente desconcertado, y no solo por sus cambios de humor, es que realmente no sabía lo que quería, y a veces decía una cosa y al cabo la contraria, que yo creo que más de una vez se arrepintió de haberse hecho cargo del niño, pero yo ya había dado el paso y no pensaba volverme atrás, a menos que apareciera la madre, que arrepentidos quiere Dios.  

Así que el niño se quedó al cuidado de la Juana y nosotros nos bajamos a Salas, ¿a buscar qué? ¿Alguien que nos diera razón de alguna moza preñada a escondidas?, ¿de alguna barriga colgada?, ¿de alguien que hubiera oído algo? Nos encaminamos a la casa de citas que había a la entrada, cerca del molino, pero antes de llegar Santiago me dijo algo que me ha estado rondando desde entonces, y ¡mira que han pasado años!: Carmelín llegó en coche.

¿Y tú cómo lo sabes? ¿Y por qué no se lo has dicho a los guardias?

Yo ya te dije que recuerdo haber caído como un tronco aquella noche, pero Santiago me confió:

Es que no estoy seguro… Bueno, que yo iba un poco alegre al salir de la taberna y hasta cantaba, pero es que cuando me acercaba a casa oí el ruido de un motor, y me pareció ver una pequeña polvareda en el camino, aunque la noche estaba oscura, pues no había luna… y luego vi el bulto y ya pues todo estaba en calma, pero yo oí un coche carretera abajo…

Como te imaginarás, entonces había cuatro coches en toda la provincia, que ni tenían coche los ricos, solo gente muy destacada, como don Alfonso, el de la casa grande, y ese porque lo tenía por el gobierno, porque era un cargo de Falange, pero el coche de don Alfonso venía siempre por la mañana y se iba por la tarde, que venía con chófer, así que un coche allí a aquellas horas, que no lo tenía ni el médico, que se movía en caballo… Un caballo flaco que había sobrevivido a la guerra, y ya te dije, una bicicleta era todo un lujo, que yo bien que sentí haber vendido la mía, pero con las perras tuvimos para ir pagando a la Antonia.

En el burdel, Santiago se presentó sin más, allí a media mañana, que las mujeres andaban todavía peinándose o en sus cosas y preguntó de forma directa. La mujer que nos atendió que era la mandamasa nos miró raro, pero como Santiago tenía ese porte enseguida le quiso engatusar y se puso a hacerle dos carantoñas y algunas bromitas, pero Santiago se puso serio:

Vamos a dejarlo para más adelante, que ahora no podemos entretenernos. ¿Puedes ayudarnos o no?

La mandamasa se volvió hacia mí:

¿Tú no eres el que está en la cocina de la Petra?

Sí —dije sin más, mirando de reojo a Santiago por lo que pudiera pensar, pero Santigao seguía firme y a lo suyo:

¿Y quién podría ayudarnos a encontrar a esa mujer recién parida?

Preguntad a la Tomasa, la partera, se dice de ella que es medio celestina y arregla casi todos los entuertos, aunque también tiene fama de no soltar prenda, que en eso la va el prestigio.

No nos costó dar con la Tomasa, que todo el mundo parecía conocer menos yo, pero la mujer no soltó prenda, como nos habían anticipado. Era una especie de curandera que arreglaba hasta piernas rotas, según decían, y también asistía a preñadas en apuros, pero aunque Santiago prometió darle algún dinero, ella se cerró en banda:

Ya vinieron los guardias y les dije lo mismo, que por la Tomasa no había pasado ninguna barriga que no fuese legítima, que fueran a buscar a otra parte.

Y con aquellas dos gestiones, Santiago dio por cumplido nuestro cometido y nos fuimos a comer a la fonda donde yo trabajaba. La dueña, la Petra, me pidió que me metiera para adentro y me pusiera el delantal, que andaban apurados. Santiago me hizo un gesto de ¡adelante!, yo me metí en la cocina y Santiago se sentó a comer lo que le pusieran delante. Allí me quedé y Santiago, una vez bien comido y bien bebido, se volvió para el pueblo:

Te mandaré noticias con el Ricardo.

La gente de la fonda, empezando por la Petra, no pararon de preguntarme, y yo echaba de menos a Santiago que siempre salía airoso con sus embustes… Salí de aquella como pude, pero un poco más convencido de que el niño era mío… Empezó a ser una historia tan repetida que ya salía ella sola.

¿Y no averiguasteis nada más? ¿Ni idea de quién pudo haber sido la madre del niño? ¿Y del coche?

¡Qué vamos a averiguar! ¿El coche? Pues unas veces pienso que fueron visiones de Santiago y otras que no, que cómo se iba a haber inventado algo tan palpable, que es que cuando lo contaba parece que se te pegaba el polvo a la garganta. No me lo quito de la cabeza, ya te he dicho, pero es que no tiene sentido. ¿Qué sentido tiene que llegue en mitad de la noche un coche a un pueblo donde no hay nada y deje un recién nacido en la primera casa del pueblo? Además, si llegó en coche no lo trajo la madre, pero al niño nos lo dejaron recién alimentado y limpio, que la Juana dijo que con lo pequeño que era parecía mentira que hubiera aguantado sin mamar toda la noche… Tú que entiendes de eso ¿qué dices?

Si es como lo cuentas, así debió ser. De llevar mucho tiempo sin alimento, el niño hubiera empezado a berrear mucho antes, y si aguantó toda la noche antes de que la Juana se lo llevara a su prima… Sí, la madre, ya llegara en coche, andando o en burra, no podía andar muy lejos, pero por lo que me contó la Juana se arriesgó mucho, porque aunque en aquel tiempo todas las mujeres criaban ¿quién se iba a hacer cargo de él? ¿Su padre como decía el papel? Pero ¿cómo sabía que el padre no solo no le iba a fallar sino que iba a ser capaz de sacarlo adelante? ¿Con qué?… Y tú, abuelo, mientras estuviste en Salas ¿no conociste a alguna muchachita…?, ¿no confió ninguna conocida en ti?, ¿alguien que pasara por la posada?

Ya te digo que no, que yo en Salas hacía vida de cartujo, y en cuanto podía me venía para el pueblo con Santiago, que si yo me había bajado a Salas a trabajar era por el asunto de las perras, porque la fragua daba menos de lo esperado, que en eso Santiago hizo las cuentas de la lechera, pero por lo demás… ¿Qué pintaba yo en Salas si lo que necesitaba y quería lo tenía aquí? ¿En la posada, dices? Apenas salía de la cocina, no me trataba mucho con la gente… Estaba bien considerado por la Petra, sí, pero no mucho por los que frecuentaban el negocio…

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Los Ros VII

Doña Guillermina había llegado por San Pedro, el año anterior también lo había hecho por esas fechas. La casa grande siempre fue de los Palacios, todavía lo es, aunque hace años que no vengan por aquí y ¡qué pena que se esté hundiendo!, pero entraron las goteras, y ya se sabe que quien no arregla gotera…

Aquel verano doña Guillermina había llegado con un nuevo retoño, una niña, la Blanquita, que tenía cuatro meses, y una nodriza para ella, porque todo el mundo sabía de la delicada salud de la señora que le impedía criar, bueno, o al menos eso decía ella, porque era muy señorita. Yo entraba mucho en la casa porque les lavaba la ropa, y aunque se me despellejaban las manos en el lavadero con aquellos baldes llenos de ropa que parecían no terminarse nunca, las perras me las traía a casa, porque otra cosa no, pero doña Guillermina pagaba bien.

Sí, también Angelines, la nodriza de la Blanquita, le dio alguna vez la teta a tu padre, a escondidas, porque ¡menuda era doña Guillermina! Si la llega a pillar haciéndolo…, pero aprovechábamos la hora de la siesta, cuando todo el mundo estaba durmiendo, o a escondidas ella venía a mi casa y allí pues amamantaba al Carmelín, no fueron muchos días, la verdad, pero ya te digo que en sus primeros días tu padre chupó de todas las tetas disponbiles. Luego ya, cuando dio a luz la Antonia, pues ya se quedó fija y se acabaron los problemas, que la Antonia bien pudo criar a dos y más que le hubieran echado.

Pero a lo que íbamos, que fue un día a la hora de la siesta, allí las dos, el momoncillo y el Paquito, que se entretenía con dos cantos mientras los críos de doña Guillermina hacían el reposo, como decía ella, escondidas las dos en lo más fresco del corral a la sombra de la higuera, la Angelines me abrió su pecho a la vez que alimentaba a tu padre:

¿Dónde estará la madre de esta criatura? ¿A quién se le ocurre dejarle a la puerta de dos hombres por mucho que uno de ellos sea el padre? A las apuradas, mejor haberle llevado al hospicio, que por lo menos allí ya tendría la teta asegurada, porque en los hospicios no faltan amas.

Mujer —dije yo—, no sabemos lo que puede ser la necesidad.

No, si lo único que digo de ella es que tiene poca cabeza, que por lo demás, no seré yo quien tire piedras contra nadie, no sea que se vuelvan contra mí. Ya ves, a mi hijo me lo está criando una prima y yo aquí sobrada de leche, pero doña Guillermina fue firme: nada de alimentar a dos, que su niña no tenía que tener carencias, que me pagaría bien, que bien me paga, y yo la mitad se lo mando a mi prima, a ver, que también le hacen falta las perras, y así, pues vamos saliendo adelante ella y yo, otras se lo gastan en collares o en buenos vestidos, pero yo prefiero guardarlo, que no se lo que me puede traer el mañana.

Y el señorito no ha venido apenas, ¿verdad? —me atreví yo a preguntar, porque preciasamente porque el señorito no estaba en la casa, andábamos nosotras más tranquilas.

Bueno, yo no quiero decir nada en contra de mis señores, pero últimamente todo eran riñas, yo creo que fue a raíz de nacer la niña. Según me dijeron…

Y es que don Alfonso, el marido de doña Guillermina, era un tío muy soberbio, y muy adusto además. No sé ni cómo ella se había casado con él, bueno, porque los debieron casar, ya sabes, esas cosas de antes de la gente rica, pero él era un calavera impenitente y doña Guillermina se moría de celos, porque a más de una criada echó a la calle, sin ir más lejos el verano anterior, porque decía que se entendía con el marido… ¡Pobre chica! Me dio una pena, era menudita y muy guapa, y ¡qué culpa tenía ella si el señorito la buscaba!, pero oye, doña Guillermina en eso era muy intransigente, bueno, era muy intransigente en todo, menos en lo del bolso, que ya te he dicho que pagaba bien.

Don Alfonso era de Falange, un poco antes de la guerra se colocó la camisa azul y ya no se la quitó, y sí, tenía un buen cargo en Burgos, de él se contaba lo peor, pero ya sabes que también hay muchas habladurías… El verano anterior, a raíz de que echaran a la criada, se le volvió a ver poco por el pueblo y aquel verano en que doña Guillermina llegó con la niña, pues igual. De vez en cuando llegaba un coche de Burgos y traía suministro, se lo traían directamente, porque aquí en el pueblo, como comprenderás, carecíamos hasta de lo necesario, pero ellos no, en casa de doña Guillermina la despensa estaba bien provista… A mí me daba algunas cosas para mi hijo, y para mí, que ya te digo que generosa lo era.

¿Sabes una cosa? Doña Guillermina era muy especial y muy protectora de sus hijos, tenía otros dos mayores, además de la Blanquita, y aunque eran ya muy majos no les dejaba ir a jugar con los otros niños, las criaturitas estaban casi todo el tiempo en casa, menos por la tarde, que después de la siesta salían a jugar al corral, el corral que no era corral, que lo tenían como patio, y allí los esperaba mi Paquito para jugar con ellos… Entonces Angelines y yo suspendíamos nuestra charla y yo me iba con el Carmelín, y el Paquito se quedaba allí, que me lo devolvían merendao, que ya te digo que doña Guillermina para eso… Pero al pobre Carmelín tenía que buscarle una teta y otra… ¡Virgen del Rosario bendita, qué días de angustia!

Te decía que doña Guillermina era muy celosa para sus hijos, que ya te digo que no les dejaba jugar con nadie del pueblo, ni salir a la calle, siempre los angelitos allí, en el corral… Y a los dos días de haber tenido aquella conversación con la Angelines, y cuando ya casi habíamos caído en la rutina de la teta de la hora de la siesta, se presentó don Alfonso y todo cambió, porque algo debieron sospechar o no sé qué les pasó, que según me dijo Angelines había vuelto a discutir el matrimonio y apenas se cruzaban palabra entre ellos. Y que don Alfonso había preguntando por el niño aquel de los herreros, que se lo había dicho el cabo de la Guardia Civil, y a ella le prohibieron tajantemente siquiera asomarse a la calle, y a mí también me preguntaron, que había oído que yo era la que estaba a cargo del niño y que yo era la que le buscaba quien le diera de mamar y de atenderle, porque los hombres, claro… Mira, le di las explicaciones justas, pero no más, ¿qué se había creído? Y eso que a mí don Alfonso no me caía mal del todo, a pesar de lo que decían de él, pero por mí había movido los hilos para lo de la ayuda que me llegaba, que gracias a eso, ¿eh?, porque si no, a ver de qué iba a haber salido yo adelante… Y eso, que mientras estaban ellos en el pueblo yo tenía trabajo y me daban cosas y mi Paquito merendaba todos los días pan y chocolate, que ¡menuda envidia daba a los otros chicos!

Don Alfonso estuvo solo dos días, que según me dijo la Angelines y la otra chica, entre marido y mujer casi ni se habían cruzado la palabra, y justo el día de marcharse, ese día por la tarde, me acuerdo bien, doña Guillermina volvía del paseo, y yo salía de casa de los herreros con el Carmelín, que iba donde mi prima, y fue ella quien me paró y yo pensé que me iba a preguntar por el niño, que se iba a interesar por aquella criatura de la que todo el mundo hablaba, por la que don Alfonso se había interesado, y que llevaba en brazos, pero no, fue muy raro, porque fue como si el niño fuera invisible, la cosa es que miraba el bulto, pero como si fuera un rebujo de ropa y no una criatura lloriqueante, y tampoco me preguntó por él al día siguiente cuando fui a llevarles la ropa blanca… La Angelines andaba como recluida y tardé algunos días en hablar con ella, y entonces me confirmó que la señora le había prohibido así tal cual que diera ella de mamar también al Carmelín, que se corría por el pueblo que todas las mujeres con leche colaboraban… Pero para entonces, la víspera de la Virgen de Agosto ya había dado a luz la Antonia, la del pastor, que fue la que en definitiva crió, como sabes, a tu padre, que Santiago y Martín se lo quitaron de la boca para dárselo a ella, que sí que crió a dos, pero que también sacó ganancia, no tanto como la Angelines, la de doña Guillermina, pero la verdad es que en cuanto se hizo cargo del niño, todos descansamos…  ¡Y yo más que nadie, Dios me perdone…!

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Los Ros VI

Creo que fue hasta bien pasada la Virgen de Septiembre, cuando nos dijeron que nos podíamos quedar con el niño y que yo podría darle mis apellidos y figurar como su padre. ¡Mis apellidos! ¡Nuestros apellidos! Santiago llegó a bailar por la sala con la criatura en brazos. Desde la pared de enfrente parecían sonreírnos nuestros falsos padres, sí, esa misma, la que compró Santiago al gitano de Arcos…, quizá ellos no tuvieron hijos y por eso terminó su foto aquí. Nosotros íbamos a ser padres con todas las de la ley, bueno, iba a serlo yo, que había aceptado sin rechistar aquella locura con tal de que aquella criaturita no pasara por lo mismo que yo había pasado.

Sí, lo reconozco, Santiago se aprovechó de mi punto más débil, sabía de lo amarga que había sido mi niñez y que por ahí me tenía agarrado, y al final ¡qué coño, me dejé agarrar con gusto!

¡Cómo me voy a arrepentir si estás tú aquí llamándome abuelo y cuidando de mí! Bien está lo que bien acaba, pero fueron unos días angustiosos en los que yo me veía en la cárcel, separado de Santiago, y el pobre niño de vuelta al hospicio.

Claro que dimos parte a la Guardia Civil. Esa misma mañana Santiago, más sereno, fue a buscar al alcalde y juntos bajaron hasta el cuartelillo. Al niño lo dejaron al cuidado de la Juana, como si no tuviera bastante con lo suyo como para procurar por lo ajeno… ¡Lo que le debemos a esa mujer!

Como se suponía que yo podía ser el padre, Santiago y el alcalde subieron con el recado de que me personara a declarar, pero en ningún momento el cabo que estaba al mando dijo nada de que lleváramos al niño, imagino que no quería la responsabilidad de un chiquillo más en el cuartelillo, aunque eran varias las familias en aquel caserón… Se ve que con los propios ya tenían bastante… Bajamos al día siguiente Santiago y yo con el juez, que era el padre de los Pitucos —tú sí que le has conocido—. Declaró que al niño le había inscrito como de padres desconocidos, y que le habían puesto el nombre de Carmelo, que era el nombre que le habían puesto en la iglesia, porque a todo esto don Germán no perdió el tiempo y le echó el agua bendita, la Juana le sacó de pila, como ya sabes.

A mí no sé ni cómo no me pillaron en algún renuncio, la verdad es que no me supe explicar muy bien cuándo, cómo y sobre todo con quién había podido yo engendrar a la criatura; pero el cabo le fue quitando importancia a todo y cada dos por tres se reía socarrón y miraba a Santiago y al Pituco: «Todos hemos sido jóvenes, ¿eh?». Luego, de repente —es como si le estuviera viendo— se puso muy serio, como si hubiera recordado de pronto cuál era su deber, y yo me eché a temblar, pero Santiago, que hay que reconocer que se las sabía todas, intervino y dio la vuelta a la tortilla poniendo al cabo en un compromiso:

Vamos a ver, que si el chico es de mi hermano, pues responderemos como lo que somos, hombres de bien, pero ¿cómo saberlo?, y sobre todo ¿dónde está la madre? Un niño necesita de su madre. No se la puede haber tragado la tierra. ¿Habéis investigado quién ha podido dejarnos semejante regalo?

El cabo carraspeó:

Las diligencias practicadas hasta ahora no han dado resultado. Nadie ha visto nada y nuestras pesquisas no han ido a ninguna parte. Bueno, sí, a un carromato de comediantes que había acampado cerca de Quintanilla, que habían venido para las fiestas, pero cuando hemos ido ya se habían ido y no hemos podido interrogarlos. En cualquier caso nos han dicho los vecinos que la única mujer joven llevaba una criatura en mantillas, una criatura con tan poco tiempo que no hacía posible una segunda criatura de la edad del vuestro.

El cabo dijo aquello de «el vuestro» como sacudiéndose el mochuelo, y así sin dirigirse a nadie en concreto, aunque parece que miraba al Pituco y este se amoscó:

¿Qué vamos a hacer con un niño que no es nuestro?

El cabo fue tajante:

Bajádnosle y le llevaremos a Burgos inmediatamente, a la casa cuna, pero procurad que venga comido.

Santiago volvió a intervenir:

Vamos a esperar a ver si aparece la madre, vosotros seguid preguntando en los alrededores, o más allá… De momento hemos encontrado quien cuide del niño, le cuidaremos entre todos lo mejor que sepamos, pero del pueblo es mejor que no salga por ahora. Es demasiado pequeño, nosotros —y aquí me señaló a mí —nos comprometemos a procurar por él y si al final resulta que es un Ros, con nosotros se quedará.

La primera parte del camino de vuelta lo hicimos sin apenas hablar, pero de pronto el Pituco se encaró conmigo:

Pero vamos a ver, ¿tú no te acuerdas a quién le echaste el casquete para que podamos empezar a buscar por algún lado?

Comencé a titubear:

Fue en las fiestas…

Santiago intervino tajante, haciéndose dueño de la situación otra vez:

¡Coño! Algo podremos hacer. Mañana iremos los dos a Salas y empezaremos a preguntar. Si quieres acompañarnos… Pasaremos por el cuartelillo y se lo diremos al Gregorio…

El Gregorio —Santiago ya había trabado su amistad con las autoridades y llamaba así al cabo que acabábamos de dejar— se excusó, se ve que no tenía ningunas ganas de investigar asuntos de faldas, y en cuanto al Pituco le faltó tiempo para decirnos que le esperaban unas cuantas tierras por segar y que ya había perdido demasiado tiempo con aquella cosa. Que si el chico era mío, pues yo vería, y que si no lo era, pues también, que metidos en viajes le lleváramos al hospicio y sanseacabó.

Santiago al llegar a casa se frotaba las manos —¡Nos quedamos con él!— gritaba, y le faltó tiempo para ir donde la Juana a ver cómo andaba su chiquillo, nuestro niño.

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Los Ros V

Por la Virgen de las Nieves tu padre había probado todas las tetas del pueblo, que a decir verdad no eran muchas… No sé ni cómo le sacamos adelante.

Todavía recuerdo aquella madrugada… La fiesta había durado, pero los primeros carros ya salían a segar, los mozos casi de empalmada… y entre sueños oí los golpes en la puerta. Me asomé a la ventana y le vi allí, a Santiago, se tambaleaba y tenía un rebujo en los brazos. ¿Qué pasa? ¿A qué viene a estas horas llamar en mi casa? ¿Qué quieres? Casi de milagro oí el berrido que salía de sus brazos. ¿Qué tienes ahí? ¿De dónde ha salido esa criatura? ¿Qué podía hacer yo? Mis pechos hacía tiempo que estaban secos, así que no me quedó más remedio que recurrir a mi prima… Me eché una bata y un jersey por encima del camisón y fuimos hasta su casa, Santiago seguía llevando en brazos al niño sin querer dejármelo, volví un par de veces la cabeza y vi una sombra que nos seguía y que se recortaba a la luz del amanecer. Era Martín, que tenía miedo de acercarse.

El pequeño de mi prima tenía ya casi dos años, pero le seguía enchufando la teta porque decía que así no volvería a quedarse preñada, tenía ya cuatro chiquillos todos seguidos… El marido de mi prima era jornalero, se pasaba todo el verano fuera, de agostero, y solo volvería a por la muda limpia cerca de la Virgen, luego prolongaría su estancia donde el amo hasta bien entrado septiembre en que volvería trayendo algún dinero, mientras tanto mi prima… Esto no tiene nada que ver, pero son cosas que salen hablando y recordando aquella noche.

Yo apenas había hecho preguntas, había visto la urgencia, pero la Encarni las hizo todas por las dos. Santiago se limió a decir que le habían dejado el niño a la puerta, en una cestita, que habían estado toda la noche sin saber que hacer, contemplándole, hasta que se despertó y empezó a berrear, y que entonces, aunque hombres, se habían dado cuenta de que el niño tendría hambre y que había que buscarle con urgencia quien le diera de mamar. Como en otras ocasiones, habían recurrido a la Juana que tan bien se portaba con ellos.

La Encarni tenía echada por los hombros una mañanita, fue hasta la cocina, donde todavía quedaba el calorcillo de la noche, era pleno julio, y sentándose en una silla baja se volvió de espaldas y acercó la criaturita a su pecho sin dejar de hablar:

—No sé si vas a sacar mucho, angelito, que la Encarni ya va cuesta abajo, pero chupa, chupa, que algo sacarás —y luego se encaró, sin volverse, solo con el tono de voz, hacia nosotros—. ¿Y qué pensáis hacer con él? Lo mejor es que deis parte a la Guardia Civil y que se lo lleven a la inclusa… ¡Qué papel ni qué ocho cuartos! ¿A ver qué vas a hacer tú con la criatura?… Al menos tendréis una idea de dónde ir a buscar a su madre… Por muy sinvergüenzas que hayáis sido…

Santiago empezaba a sentirse molesto:

—¡Cállate ya, demontres, y a lo que estás, tuerta! —rugió Santiago—, da de mamar al niño y ya iré a dar parte, pero ahora tenemos que hacer lo que sea por él.

Tu padre se despegó enseguida de la teta, se ve, que efectivamente, a la Encarni no le quedaba ya demasiada leche, pero fue lo suficiente para que se tranquilizara. Entonces la Encarni se cubrió y depositó el paquete encima de la mesa de la cocina, y comenzó a desfajarlo. Metió la mano en el depósito del agua y dijo: «Todavía está templada» y sacó una palanganilla de debajo de la pila y se encaró con Santiago:

¿No traía otra ropa esta criatura?

En casa, en la cesta en la que venía creo que había algo contestó Santiago, pillado en renuncio, bastante descolocado.

La Encarni echó mano de unos trapos, unos pañales, que tenía encima de una silla:

Estos servirán de momento, la criatura ha hecho sus cositas y comenzó a retirarle los pañales manchados y ese olorcillo dulzón de la caca de niño nos hizo arrugar la nariz. Se fijo en el ombligo y me dijo: Mira, Juana, todavía no lo ha tirado, ese niño no tiene ni una semana de vida, pero parece sanote.

Santiago miraba atónito desde una distancia prudencial mientras Encarni y yo, ya las dos mano a mano, le poníamos el pañal limpio. Aparté el sucio en un rebujo con intención de llevármelo a casa, pero entonces fue cuando se nos acercó Martín, al que no habíamos oído llegar, y se acercó a nosotros llevando la cestita:

Si en mi mano está, mi hijo no irá a la inclusa dijo con una voz firme, y nos quedamos mirándole sin saber que decir. No se me escapó que el primer sorprendido por aquella aparición fue Santiago.

Ya había amanecido, yo tenía que marcharme. Volvimos a poner al niño en su cestita, dimos todos las gracias a mi prima y nos dispusimos a volver por donde habíamos venido. La Encarni desde la puerta nos dijo:

Volved luego, a ver si puedo darle otro poco de leche, pero sería mejor que hablarais con la Morena.

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Los Ros IV

Fue por Navidad cuando le dije a Santiago que no podíamos seguir así, que con lo que daba la fragua y los pocos convites de los alrededores no íbamos a poder comer, así que lo mejor era que me fuera a buscar la vida a Salas, o incluso a Burgos, si es que en Salas no encontraba quien me diera trabajo, pero que comer teníamos que comer.

Santiago reaccionó como un energúmeno:

—¿Tú te crees que yo he dejado mi carrera y me he arriesgado tanto para que ahora me plantes? Si nos vinimos aquí fue porque nadie nos conocía, para empezar una nueva vida, para poder vivir como hermanos sin que nadie sospechara… ¡y hasta ahora nadie lo hace!

—Pues menos sospecharán si yo me voy a buscar la vida fuera, y vengo cuando pueda, cuando no haya trabajo… Mira, si no te apañas a poner el puchero, puedo dejarte algo, o incluso hablamos con la Juana, que es una buena mujer…

—¡Que no, coño! Que lo que quiero es dormir contigo y…

Bueno, para ser sincero, creo recordar que fue más brusco y más violento. Además, había pegado un par de puñetazos en la mesa, yo estaba sentado en una silla frente a él, y el de pie, como si lo estoy viendo, parecía un gigante, pero no me dejé, esa vez no me dejé.

—Entra en razones, Santiago. Si encuentro trabajo en Salas puedo volver a menudo con cualquier pretexto, mi casa es esta y nadie podrá sospechar a qué vengo o a qué dejo de venir, pero si me quedo y nos ven pasar hambre, me tomarán por un haragán, por un mariquita, que solo sabe hacer la colada y ayudar a las mujeres con las rosquillas de los bautizos…

Al final dio su brazo a torcer… A otro día de la Pascua salí a buscar trabajo, trabajo serio, y lo encontré, porque donde había estado echando una mano en el verano enseguida me dijeron dónde dirigir mis pasos. Estaban terminando un nuevo hotel con pretensiones, aunque ye te dije que al final resultó más posada que hotel, a la salida del pueblo, y allí me encaminé. Era cerca de mediodía y me paré en los soportales de la plaza a comer un bocado que llevaba, luego fui a pedir el trabajo, y ¡me lo prometieron! Cuando volví al pueblo era noche más que cerrada y ya cerca del pueblo empezó a nevar. Llegué a casa aterido, Santiago me esperaba, había pasado la tarde y parte de la noche con algunos hombres que le habían hecho compañía en la fragua, le di las buenas nuevas y esa vez no se enfadó, al contrario, me abrazó y me acercó un pucherillo con unas sopas que había en la lumbre…

—Te las he guardado. Cómetelas y vámonos a la cama, que estarás cansado de estar andando todo el día de Dios.

Hacía frío, pero nuestra cama y las mantas eran acogedoras.

Trabajo había, las rejas se rompían, se partía algún eje, pero los labradores nos pedían que les fiáramos, que esperáramos hasta que cobraran… ¿el qué? Vendimos el carro y el macho, porque realmente no los necesitábamos y con ello fuimos tirando, con ello y con lo que yo iba ganando como guisandero en Salas…, pero el camino hasta el pueblo se hacía pesado para ir y venir con frecuencia, y entonces Santiago miró la cartera donde teníamos guardado el dinero que nos habían dado por el carro y alargándome unos billetes me dijo:

—Será mejor que te compres una bicicleta. Mira a ver si en Salas te venden una de segunda mano que no está mal, y si hay que reforzarla o repararla, el herrero le tienes en casa…

Y me compré una bicicleta, una Orbea, reluciente y Santiago me la ajustó, y con ella el camino era mucho más llevadero y para compensarle subía más días a dormir a casa… No, los días de mercado no, porque esos días eran días interminables…

Algunas veces me encontraba en el camino con don Julián, el maestro de Quintanilla, es que a su mujer le habían dado casa en Valdelahuiguera y habían aprovechado… el hombre se hacía todos los días sus buenos kilómetros para ir a dar escuela, pin, pan, pin, pan… Se llevaba la comida en una fiambrera que calentaba en la estufa, porque allí en el pueblo no había quien se aprestase a darle un plato caliente. ¿Sabes? No lo hacían por vergüenza, es que siempre fueron pobres y tuvieron unas casas muy malas, que casi vivían juntos animales y personas… En el verano solían hacer la vida fuera, pero en invierno ¿quién le ponía la ración al maestro allí…? El hombre no lo llevaba mal. Estaba contento porque con los dos sueldos y los puntos que pudieran acumular en un par de años podrían pedir un mejor destino, aunque la casa de Valdelahiguera era muy golosa…

Don Julián un día me habló de la guerra y de cómo estaba allí por haber sido depurado, ¿sabes? Bueno, pero eso te lo contaré otro día…

Lo que te quería decir es que aquella primavera del 42, del año que nació tu padre, fueron unos meses buenos al fin y al cabo, que no nos faltó dinero entre unas cosas y otras y que pudimos salir adelante, hasta que llegó tu padre…

El chico necesitaba ropa y sobre todo una nodriza… Santiago le hizo una cunita, sencilla, pero sólida, que colocamos en la alcoba… Llenaron un colchoncillo con borra, porque la Juana dijo que la lana con los meaos se estropeaba enseguida, que la borra aguantaba más… y allí pusimos a la criaturita… pero necesitábamos asegurarle el alimento, a ver, ¿de dónde iban a sacar la leche dos pobres hombres en aquella paramera?

El dinero de reserva en la cartera se había acabado y todavía quedaba un tiempo hasta cobrar las igualas, aunque alguno ya se nos había adelantado dándonos una fanega de centeno, pero… aquel día Santiago estaba a la puerta y me vio llegar sudoroso y cansado… Apenas dije nada, fui hacia la cunita y el niño dormía tranquilo en la penumbra de la alcoba. Lo contemplé durante un rato arrobado… Santiago, detrás de mí, tras un rato preguntó:

—¿Dónde has dejado la bicicleta?

—La he vendido y buenas perras me han dado por ella, Carmelo tendrá una buena ama de cría.

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Los Ros III

Me enteré el Día de la Virgen de que Juana estaba en una residencia reponiéndose de una caída. No la había echado de menos en otras visitas, pensé que estaría pasando unos días con su hijo, pero me extrañó no verla en la fiesta.

Fui a verla y le llevé caramelos de violeta, grave imprudencia por mi parte —pero con frecuencia puede en mí más el cariño que la profesión— y algo de fruta. Se alegró de verme y me reconoció enseguida.

—Gabrielita, hija, ¡qué guapa estás! Dame un beso, ponte a la luz que te vea.

Salí con ella al jardín, tenía que apoyarse en un andador, pero se manejaba, nos sentamos en un banquito al sol de la tarde.

—¿Y tu abuelo? ¿Está bien? ¿Se ha recuperado ya?

Juana había cumplido con creces el papel de la abuela que no tuve o que no llegué a conocer. En casa siempre se la consideró de la familia, y mi padre y mi abuelo la adoraban. Mi abuelo, absorto en sus propios pesares, tampoco se había enterado del percance de Juana, aunque empezaba a echarla de menos.

—Se va recuperando, pero es difícil que pueda vivir solo ya… ¿Tú estás bien aquí?

—Bueno, hija, como en casa en ningún sitio… Martín siempre fue tan apañado, más que una mujer, pero los años no nos perdonan a ninguno.

—Tú sin duda le conoces bien, y seguro que conociste también bien a Santiago, a ese otro abuelo que no conocí.

—¡Claro! ¡Cómo le ibas a conocer, si fue morirse él y venir tú a este mundo!

—¿Y cómo los conociste tú?

—¡Quia! ¡Cómo los voy a conocer! Pues cuando llegaron al pueblo, hijita. En un pueblo tan pequeño las noticias vuelan y los hombres esperaban que reabrieran la fragua como el agua de mayo. ¿Tú sabes lo que es tener que ir a otro pueblo cada dos por tres porque se te ha roto la reja, o el eje del carro o…?

La fragua echaba de nuevo humo y su portalón estaba abierto, y había brasas en el hogar y… Yo me asomé a la puerta del corral y vi a Martín sacando agua del pozo y vertiéndola en una pililla y poniendo en remojo unas mudas…

—Yo puedo hacerlo —recuerdo que le dije sin siquiera presentarme— cobro poco, dos reales el balde y si la quieren planchada una peseta, pero tiendo la ropa en el prado y queda blanca y tan limpia, que ni lejía hace falta, que en teniendo sol…

Martín me miraba, quería disculparse, pero no encontraba las palabras, miró hacia la fragua y en esto salió Santiago, en camiseta, sucio y hecho un gigante. ¡Qué hombre! ¡Qué diferentes eran!

—Buenos días, señora —dijo con un tono seco, pero que no resultaba desagradable —¿qué se le ofrece?

—Me llamo Juana y vengo precisamente a ofrecerme, porque me han dicho que ustedes dos son dos hombres solos y yo puedo lavarles la ropa, ponerles el puchero… Hago todas esas labores aquí y en los pueblos de al lado para quien me necesita… No cobro mucho, pero soy viuda, tengo un hijo y necesito el dinero, ¿para qué voy a andarme con rodeos?

Martín no decía nada, estaba mudo, pero Santiago se limpió las manos en el mandilón y afable me tendió una.

—Santiago, encantado, seremos buenos vecinos, mi hermano Martín —tu abuelo asintió con la cabeza pero seguía sin decir nada. A la legua se notaba que era Santiago el que decidía por los dos—. Yo tampoco me andaré con rodeos, acabamos de instalarnos y ya sabe que los herreros no cobramos al contado, al menos hasta que lleguen las cosechas tendremos todos que apañarnos con lo que tenemos. Me temo que ahora mismo no podríamos pagarle esos servicios, además la guerra nos curtió y nos enseñó a arreglarnos el puchero, en cuanto a la ropa… Eso es cosa de Martín, a Martín no hay roña ni manchas que se le resistan, ¿verdad, Martín? —y soltó una de aquellas risotadas…

Yo no me amilané, Santiago tenía un atractivo especial, así que no dudé en dar un paso adelante:

—Bueno, aunque no puedan pagarme, si me necesitan, es de ley ayudarse entre vecinos. Vivo en aquella casa al final de la calle.

¿Enamorada de Santiago? Al principio un poco sí, pero tuvo la culpa don Germán, que siempre anduvo queriendo casarme:

—Hija, tú no puedes seguir sola criando a ese hijo, necesitas un hombre que vele por ti y traiga el jornal a casa, un matrimonio cristiano…

—Pero yo sigo acordándome mucho de mi marido. No sé si podría vivir con otro hombre.

—Es natural, hija, todavía ha pasado poco tiempo. Tampoco te pido que te enamores, ni yo te lo pido ni Dios te lo pide, pero un hombre…

Yo no estaba muy convencida de necesitar un hombre, la verdad, seguía teniendo a mi marido tan presente…, pero miraba a mi hijo que crecía y cada día necesita un poco de algo, y me miraba a mí, y miraba las pocas posibilidades que tenía…, que aquel invierno llegué a hacerme ilusiones.

Aquel invierno, el primero, tuve también la oportunidad de conocer mejor a Martín. Si yo fui la primera en ofrecer mis servicios, fue el propio Martín, el tímido Martín, el que vino a mí a decirme que si me enteraba de algún sitio donde él pudiera hacer de cocinero… Me dijo que había aprendido en el ejército, aunque ya sabía de antes y que los fogones se le daban bien… Un día me encontré con Santiago… ya había entre nosotros una buena vecindad y me dijo que Martín había bajado a Salas a ver si podía colocarse en algún figón, que realmente los labradores no eran muy buenos pagadores y que los dineros siempre venían bien, que Martín era buen guisandero… ¿Y usted, tú, te apañas? —me atreví a preguntarle— pero estábamos hablando de Martín, de tu abuelo, que digo que ese invierno tuve ocasión de conocerle porque nos llamaron para un par de bodas, en realidad me llamaron a mí, pero yo sola no iba a poder con todos, porque eran bodas de posibles con muchos invitados y me acordé de Martín, que lo había visto otra vez en el pueblo… Y tuve ocasión de conocerle, y de hablar con él, aunque siempre habló poco y me resultó un poco picarón… a fin de cuentas todos los hombres son iguales. No, no intentó nada, ¿qué iba a intentar allí? y además… Bueno, la gente a veces habla demasiado y sin saber… Un día me habló de la bomba esa que estalló en la cocina del hospital y… He oído que a muchos soldados americanos en la guerra esa de Vietnan sufrieron de lo mismo, traumas de los que se recuperaron a duras penas… Si a los que no nos explotaron bombas al lado nos dejaron dañaos, ¿qué no sería a esos hombres?

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