Amarillo sobre negro

Crudelis ubique

Luctus, ubique pavor, et plurima noctis imago

rosaamarillaenfondonegro

Una leyenda recorre Madrid.

Duerme durante el día en los salones de la fonda de San Sebastián, pero en llegando la noche, se escapa por los postiguillos de los balcones, y ya en la plaza, se emboza en las vueltas aterciopeladas de una discreta capa —no va tanto que mandaron recortar las capas y sombreros—. Baja por la calle del Prado y se pierde en esas calles donde todavía al atardecer puede reconocerse la sombra de Cervantes, volviendo a casa desde la vecina imprenta, tras una última revisión a las galeradas de la segunda parte del manchego don Quijote, ya universal, antes de que las calles se llenen de maleantes y atenten contra su baqueteado cuerpo. Ya en casa, al amor de la lumbre de un brasero dispondrá la criada una mesilla donde servirle la cena —sopas canas y algún huevecillo de añadidura, que el salpicón tuvo que abandonarlo por ya carecer de dientes—. Su amada Catalina dejará el estrado y se llegará cabe su marido, y arropados por el calorcillo del brasero comentarán las noticias que él le lleva de la imprenta.

Sigue su camino la leyenda, dejando tras sí un halo apenas perceptible, como de neblina invernal. Los pocos viandantes la esquivan, algún otro se lleva algo del rastro acuanoso a casa o a la taberna. Risas juveniles atraviesan los muros y postigos de la casa del Fénix de los Ingenios. Ha estrenado comedia con éxito, y de la casa del insigne se escapa el regocijo del festejo propiciado por los jóvenes comediantes que la han representado en el corral del Príncipe. Una muchacha de ojos claros y pelo negro, se arrebuja en un chal de lana, adornado de grandes flores amarillas. La leyenda la observa, Filis la llaman sus compañeros, y ella ríe y ríe, hasta que de pronto se disuelve en súbito llanto y algunas lágrimas se subliman en el halo de la leyenda que sigue su camino.

El taller está solitario y oscuro, hace tiempo que oficiales y aprendices lo abandonaron, las gran prensa duerme en medio de la gran sala, al fondo un farolillo amarillento ilumina la mesa del maestro. La leyenda se acerca, el halo se ha vuelto amarillo:

¿Me darías una mano de pliegos negros donde poder materializar mis versos?

Las flores amarillas del halo de la leyenda se agitan, titilan en la oscuridad de la imprenta.

El maestro levanta la cabeza de su labor, tiene un gesto grave, mira fijamente a la leyenda, el negro bulto en el que quiere reconocer a ese escritor elegante y de fama, militar condecorado, del que dicen que ha enloquecido por la muerte repentina y temprana de su amada. Su figura resulta más cómica que siniestra y el impresor suelta una sonora carcajada.

Muerta Filis, el orbe nada espera,

sino niebla espantosa, noche helada,

sombras y susto como el pecho mío.

Lectura de Noches lúgubres en La Acequia dirigida por Pedro Ojeda.

 

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Una respuesta a Amarillo sobre negro

  1. Cadalso enloqueció de amor como un Lope con su Filis, como don Quijote con su Dulcinea, como Cervantes con Catalina…tal vez no fue tan frío el amor conyugal, qué sabemos…
    Ignacia en la fría tumba agusanada. El sepulturero con la azada y la pala. Noches lúgubres.
    Un abrazo, Coro.

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