El punto de vista

Lectura dirigida por el profesor Pedro Ojeda de Los Pazos de Ulloa de Emilia Pardó Bazán.

«Nosotros, como Julián, somos forasteros y nos iremos adentrando en los misterios de esa tierra», escribe el profesor Ojeda en el primer comentario de Gelu sobre Los Pazos de Ulloa.

primer plano de ramas sin hojas sobre el lecho de un río

Esa tierra es Galicia y los misterios son las fuerzas de la naturaleza, el destino de unos seres que parecen salidos de otro mundo, anclados totalmente en un entorno hostil, a pesar de la suavidad que da al paisaje esa misma naturaleza exuberante.

Julián se adentra en ese mundo perdido, que se cierra sobre el viajero «el pinar no estaba muy distante, y por el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima», solo sentimos su temor y su desconcierto. Una especie de edén deshabitado se va abriendo un palmo por delante del jaco que nos lleva al destino: «y ya salían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinos nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola heredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana». Allí una mujer amamanta a un niño:

—Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?
[…]
—La carrerita de un can…

Si el lector llegara de tierras más áridas o más urbanas, puede que el paisaje, los parajes en los que se adentra, le resultaran atractivos:

La vereda, ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchones de robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derecha e izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros. Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien, nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vez primera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza

pero al viajero que llega de la piedra tallada de Santiago, esa soledad le produce un irrefrenable temor:

y recuerda historias de viajeros robados, de gentes asesinadas en sitios desiertos.

—¡Qué país de lobos! —dijo para sí, tétricamente impresionado.

El paisaje es solo un adelanto de lo que va a encontrar en los Pazos:  la naturalaleza en su forma más primitiva y bella.
Imagen bordada de la Inmaculada
Irán pasando las páginas y la historia se seguirá contando a través de lo que los ojos de Julián ven, lo que ven y lo que no ven, pero que el lector intuye y completa a su modo. Y así va transcurriendo la historia, sin penetrar demasiado en las alcobas, salvo en la del propio Julián, sancta sanctorum  de donde ha conseguido echar al pecado en forma de Sabel, y donde rodeado de estampas, encuentra consuelo en sus rezos.

Sin embargo, hay un momento consciente en la narración en el que la narradora prefiere otros ojos, totalmente inocentes, para ir contando los terribles sucesos que se desencadenan uno tras otro sin que haya fuerza humana o divina que pueda evitarlos:

Al llegar aquí de la narración, es preciso acudir, para completarla, a las reminiscencias que grabaron para siempre en la imaginación del lindo rapazuelo, hijo de Sabel, los sucesos de la memorable mañana en que por última vez ayudó a misa al bonachón de don Julián (el cual, por más señas, solía darle dos cuartos una vez terminado el oficio divino).

Con una técnica naif que sorprende, doña Emilia Pardo Bazán, la gran autora del naturalismo narra los hechos con aún más distanciamiento, sin entrar en ellos, observándolos desde los ojos atemorizados de un niño que en esos momento solo piensa en salvar a otro niño, un ser inocente que ríe en su cunita.

—Reiniña, mona, ruliña, calla, calla, que te he de dar cosas bunitas, bunitas, bunitiñas… ¡Si no callas, viene un cocón y te come! ¡Velo ahí viene! ¡Calla, soliño, paloma blanca, rosita!

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Una respuesta a El punto de vista

  1. Qué bien visto. En gran medida una narración es quién nos la narra o a través de quien nos la narra. Este es un buen ejemplo.

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